Paisaje bizantino

 

EL SAQUEO DE TESALÓNICA

 

En la entrada anterior asistimos al asalto de la ciudad y a la valerosa e infortunada defensa. A continuación vamos a conocer el desenlace…

Al conocerse la brecha en las murallas los tesalonicenses intentaron buscar su salvación en cualquier parte. Cameniates fue testigo de escenas de desesperación y recuerda cómo los padres perdían a sus hijos, los esposos abandonaban a sus mujeres, y éstas dejaban la protección del hogar y vagaban desesperadas por las calles. La terrible noticia había llegado también a los monasterios. Monjes de ambos sexos dejaban atrás sus celdas y erraban perdidos en medio de dolorosos lamentos. Unos volvían a sus casas, otros vigilaban esperando ver aparecer a los bárbaros, muchos más buscaban refugio en las iglesias. Los más desesperados se dirigían hacia las puertas intentando encontrar la salida de la ciudad. No faltaba quien pretendía subir a las murallas intentando saltar desde allí a la salvación. Otros simplemente se quedaron esperando el golpe de gracia fatal, sin fuerzas ni ánimo para intentar la huida o se arrojaron desde las murallas buscando una muerte rápida.

La matanza indiscriminada comenzó tan pronto los asaltantes se dispersaron por la ciudad y Cameniates resalta el salvajismo con el que fueron tratadas las víctimas. Una gran multitud de ciudadanos intentó la huida hacia la acrópolis y el barrio del Santo David en una zona con gran abundacia de monasterios.

Otros se dirigieron a las dos puertas de la ciudad que miraban al oeste, pero allí esperaban ya los bárbaros. Una gran carnicería se produjo en la Puerta Dorada, allí mismo fueron acuchillados sin piedad todos los que intentaron la salida. En la otra salida, la Puerta Litea, tuvo lugar la misma macabra escena. Las puertas que daban al mar estaban ya en poder de los asaltantes y en la zona este, la única que se había mantenido tras resistir los asaltos terrestres del día anterior, los defensores se desbandaron y corrieron al interior de la ciudad. Sólo consiguieron escapar los que saltaron desde los muros en el extremo oeste del puerto o aquellos que, antes del asalto, se deslizaron sin ser vistos por la puerta cercana a la acrópolis. Ése fue el caso de los líderes de los eslavos que habían preparado con antelación esta posibilidad conservando en su poder las llaves de la puerta. En la precipitación de su huida se preocuparon sólo de montar en sus caballos y cerrar la salida para evitar su persecución, condenando con ello a la muerte o el cautiverio a centenares de ciudadanos que intentaron la salida por ese punto. En el momento de su huida declararon que no escapaban, sino que iban en busca de refuerzos a la zona del Estrimón obedeciendo órdenes de su estratego.

En esos terribles momentos Cameniates, acompañado de su padre y sus dos hermanos, se encontraba entre la multitud congregada en ese lugar. Viendo que la salida era imposible optaron por buscar un refugio de nuevo en la ciudad. Ante la confusión decidieron no mezclarse con la masa de refugiados y buscar escondite en una de las torres sobre el muro interno considerando que les ofrecía mayores posibilidades de escapar del primer asalto de los bárbaros y ganar tiempo para negociar un rescate. Subieron a toda prisa por el muro y se dirigieron a la parte situada enfrente de la tumba del Apóstol Andrés. Eran cinco: su padre, dos hermanos y otro clérigo, todos ellos ocupando puestos en la iglesia de San Demetrio. Tras descansar un momento comenzaron a lamentarse de la terrible desgracia acaecida.Iglesia Hagia Sofía de Tesalónica

En esos momentos descubrieron a algunos piratas cerca. Cameniates nos dice que parecían africanos, vestidos sólo con taparrabos y avanzando espada en mano. Contemplaron con terror como los recién llegados se dedicaron a despachar como matarifes a aquellos que hasta hacía unos momentos habían sido sus compañeros de huida y que se encontraban a pie de muro. Acabada esa macabra tarea se dirigieron hacia el grupo de Cameniates, a los que habían visto encaramarse a la muralla, con la intención de hacer con ellos lo mismo que a sus vecinos. Pero cuando se lanzaron al ataque se encontraron con un imprevisto: entre unos y otros estaba la torre y los piratas debían atravesarla para alcanzar a sus víctimas, pero el suelo de planchas de madera estaba carcomido y sólo quedaba un precario pasadizo de dos tablas que ofrecían una travesía peligrosa. Los asaltantes recularon recelosos de una trampa y en esos preciosos momentos de duda los fugitivos ordenaron sus ideas y probaron la vía de la negociación. Cameniates se adelantó apresuradamente hasta el pie del paso y se dirigió hacia ellos. Los bárbaros, al verle aproximarse, alzaron sus espadas para golpear, pero cuando vieron que la amenaza no hacía retroceder al rumi y que éste parecía tener algo importante que decir, uno de ellos intentó acuchillarlo pero se detuvo ante los gritos de Cameniates que le suplicaba que no se precipitara o perdería la posibilidad de obtener un gran beneficio para si mismo y sus compañeros.

Lo expresivo de sus gestos hicieron detener por un momento al pirata, lo que aprovechó Juan para poner apresuradamente algunas joyas en sus manos para reforzar el efecto de sus palabras, con la promesa de ofrecer mucho más si perdonaba su vida y la de sus acompañantes porque guardaba grandes tesoros en un escondite bien seguro que sería imposible de localizar en el caso de que ellos muriesen. Aunque aquél no entendía nada de lo que se le decía intuyó el sentido del mensaje y se vio impresionado por la determinación desesperada del hombre.

En ese momento apareció otro hombre que se dirigió en griego a Cameniates para reprocharle que tratase con alguien que no le entendía cuando él estaba disponible. Juan volvió a repetir su ofrecimiento y el recién llegado le tranquilizó, asegurándole que se ocuparía de apaciguar a sus atacantes e incluso se ofreció a conducirlos hasta el mismo León de Trípoli para que recibieran la garantía de la seguridad de sus personas. Todo a condición de que pudieran cumplir sus promesas ya que de no ser así serían pasados a cuchillo de inmediato. Durante este intercambio los acompañantes de Cameniates aprovecharon para arrojarse a sus pies confirmando todo lo dicho por su compañero y suplicando que se les perdonara la vida. El hombre informó a sus compañeros de lo que había acordado con los prisioneros y se comprometió por un juramento a respetar la integridad física de todo el grupo.San Demetrio de Tesalónica

Bajaron entonces de la muralla y se adentraron en la ciudad pasando entre los cadáveres de ciudadanos que aparecían por todos lados. Tras pasar por la puerta que llevaba al interior de la ciudad giraron hacia la zona alta. En ese momento apareció un grupo de sudaneses con la espada desenvainada que intentó atacarlos al descubrir su presencia. Sus captores los disuadieron a excepción de uno que se acercó hasta el grupo e intentó arrastrar fuera a Cameniates para matarlo. Al verlo el padre de Cameniates acudió de inmediato al jefe del grupo y le reclamó su promesa de seguridad. El hombre se apresuró a detener al pirata que estaba a punto de degollar a su prisionero e forcejeó con él para que soltara su presa. El bárbaro, frustrado, golpeó a Cameniates en la espalda con su arma y lo hirió. No pudo ir más allá porque el jefe del grupo lo empujó a un lado y así todos reemprendieron el camino con Cameniates sangrando por su herida, no sin que éste reprochara al hombre su descuido y le recordase que las promesas de oro estaban ligadas a la protección de todos los prisioneros. Ante eso los piratas accedieron a reforzar la vigilancia y tener más cuidado en su guardia.

De esta forma llegaron al lugar llamado To Akrulio, conocido por el convento de monjas de las proximidades. Tras toparse con nuevas patrullas llegaron finalmente al porche de la iglesia de San Jorge. Allí se encontraron con un pirata sentado en una cátedra y con una apariencia muy amenazante que parecía un oficial de rango entre los asaltantes. El hombre preguntó bruscamente por qué estaban con vida esos prisioneros. Tras conocer la historia los golpeó ligeramente con la parte plana de la espalda como señal de su salvación y los condujo al interior de la iglesia, en la que yacían en lamentable estado unas trescientas personas. El jefe pirata se encaramó al altar y tras indicar que el grupo de Cameniates fuera llevado a la entrada ordenó a sus hombres que comenzaran a matar al resto de los prisioneros, lo cual tuvo lugar de inmediato ante los horrorizados ojos de los recién llegados. Cuando todo concluyó el hombre montó a caballo y se fue al galope tras dar órdenes de que se condujera a toda prisa a los cautivos al puerto.

Durante el camino se cruzaron con numerosos grupos de piratas que vagabundeaban por las calles. Una vez en el puerto descubrieron que el jefe de la expedición, el temible León de Trípoli, estaba allí. Los captores se acercaron a León y le informaron de las circunstancias particulares del caso. El almirante ordenó que uno de sus oficiales se acercara al grupo y les recordara que su supervivencia dependía de que fuera cierta la existencia de las riquezas prometidas. Sin más pérdida de tiempo se les ordenó que les condujeran al lugar donde se escondían los tesoros. Así lo hicieron de inmediato y tras comprobar los guardas que efectivamente sus promesas se correspondían con los bienes hallados les confortaron comunicándoles que irían de nuevo a ver a León para que les confirmara personalmente el perdón de sus vidas. De ese modo volvieron de nuevo al puerto atravesando otra vez las calles salpicadas de cadáveres y reconociendo aquí y allá a vecinos o amigos que yacían muertos en total abandono.

Ya en el puerto se les condujo a la presencia de León de Trípoli. En esos momentos el comandante de la expedición estaba realizando la oración acompañado de sus oficiales. Al concluir sus rezos mandó llamar al grupo y preguntó a Cameniates si era el obispo de la ciudad, cosa que había deducido de las vestimentas que llevaban todos los miembros del grupo. Tras deshacerse el malentendido y conocer que todos los integrantes del grupo formaban parte de la iglesia de San Demetrio les felicitó por haber salvado la vida y les informó que se disponían a partir hacia Siria y que serían conducidos a Tarso en Cilicia para reunirse con todos los que serían canjeados cuando se produjera el siguiente intercambio. Entonces serían libres de nuevo y podrían regresar a sus hogares.San Miguel de Tesalónica

Dicho esto León ordenó que fueran confinados en una zona cercana a la playa, allí donde se estaban agrupando todos los prisioneros que serían llevados por la flota. En ese lugar se enteraron de que Nicetas y León Quitzilaces también habían sido detenidos y conducidos a la nave insignia. Mientras Cameniates y sus compañeros yacían en estado de total desolación fueron testigos, a lo largo de los diez días que duró su estancia en la zona de confinamiento, de la suerte de otros prisioneros que, en circunstancias semejantes a las suyas, habían intentado rescatar sus vidas. En muchos casos no fueron capaces de satisfacer sus promesas y fueron ajusticiados allí mismo. Las pilas de valiosas mercancías, principalmente vestiduras de seda y lino, alcanzaba en palabras de Cameniates la altura de montañas, mientras que cualquier otro género de menor valor era directamente arrojado al mar.

Entre los prisioneros se encontraba Rodofiles, un eunuco con el rango de cubiculario imperial que había sido enviado en una misión oficial, y que a causa de una indisposición había tenido que detenerse en Tesalónica justo antes del ataque. Para cumplir su misión llevaba una gran cantidad de oro que afirmaba estar destinado al ejército de Sicilia que pasaba por grandes apuros en esos días y lo necesitaba desesperadamente. La noche anterior al asalto había conseguido hacer salir el dinero de la ciudad con la ayuda de algunos de sus subordinados y enviárselo al estratego del Estrimón junto con una carta en la que le encomendaba que lo mantuviera a salvo hasta el final de la guerra. Esa circunstancia no había pasado inadvertida para los asaltantes. El eunuco fue conducido ante Léon de Trípoli que le preguntó de inmediato por el oro. Rodofiles le confesó de lo que había hecho e intentó apaciguarlo prometiendo que podría compensarlo pero León le interrumpió aullando de rabia:

 ¡Este que vive entre mujeres todavía no aprendió que no hay salvación de la pena de muerte para aquellos que no ofrecen sus riquezas como rescate. En cambio representa una farsa y miente para proteger su vida. ¡Que lo azoten en los muslos y en la espalda para que sepa en frente de quién está y de lo que se está hablando y no intente salvar su vida disponiendo del dinero de otro! Cameniates, §59

Nada más acabar de hablar sus hombres arrojaron al suelo al desgraciado y le golpearon con tal ferocidad que en pocos instantes comenzó a desangrarse. Al poco quedó muerto y todavía seguían ensañándose con él hasta que apaciguado ya León les hizo detenerse.

¡Que se vaya al infierno con su famoso oro. No le haría mucho bien ahora, aunque lo encontrara! Cameniates, ibidem, §59

Acabado este asunto León ordenó de inmediato a sus oficiales que prepararan la salida de la flota y embarcaran a los prisioneros, comenzando por los más jóvenes, mucho más valiosos, y separando a los familiares entre sí. Una vez amontonados en penosas condiciones en las bodegas se procedió a cargar las mercancías de valor en los cincuenta y cuatro galeras de la flota, pero como todavía quedaba una muchedumbre por subir a bordo se decidió tomar los barcos mercantes fondeados en el puerto y reparar aquellos que habían sido hundidos apresuradamente en la bocana para impedir el paso de la flota pirata. Así llegaron a reunir hasta sesenta. León ordenó que los prisioneros que se habían salvado ofreciendo su fortuna fueran repartidos entre los barcos en grupos de cinco a la espera de ser enviados a Tarso para el canje. Entre éstos estaban también los generales cautivos. En cambio a otros se decidió por liberarlos directamente ya que en la orilla se habían reunido algunos ciudadanos pudientes encabezados por el asekretis (secretario) Simeón con intención de rescatar a sus familiares.

León, sabedor de que en breve habría un intercambio, acordó con Simeón liberar a doscientas personas a cambio de la garantía jurada de que en Tarso serían entregados otros tantos musulmanes prisioneros. Una vez decidido esto cambió el tono de su discurso y amenazó con incendiar la ciudad antes de zarpar, y de hecho dio órdenes de quemar algunos galpones en el puerto para presionar a sus interlocutores. Ante la amenaza éstos, tras una breve consulta, acordaron pagar el rescate exigido por la ciudad. Ante la falta de dinero en la ciudad para hacer frente al pago Simeón prometió emplear en ello los dos talentos de oro que Rodofiles había enviado al Estrimón. Envió apresuradamente unos mensajeros que localizaron el oro y lo trajeron de vuelta para ser entregado a los piratas.

Cuando concluyó esta transacción y León consideró que había sacado el provecho suficiente de la empresa ordenó por fin la salida al mar de la flota, lo que tuvo lugar al son de tambores y címbalos al anochecer del 9 de agosto, el décimo día desde la toma de la ciudad, dejando tras de sí ruina y desolación. Los autores árabes difieren en sus cifras pero hablan de entre 5.000 y 30.000 muertos durante el asalto y posterior saqueo de Tesalónica.

Espero que esta entrada haya sido de interés. En la próxima conoceremos los detalles del cautiverio. Puedes dejar tus comentarios aquí.

Hasta pronto…

Suscribirse al blog
5/5 - (2 votos)
Roberto

Roberto Zapata es profesor y estudioso de Bizancio. Ha publicado el libro Italia bizantina 867-1071. En la actualidad escribe una trilogía ambientada en el siglo XI.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.ACEPTAR

Aviso de cookies
>
A %d blogueros les gusta esto: