Toma de Tesalónica por los árabes en 904
 

En la entrada anterior conocimos los frenéticos preparativos de defensa en la ciudad ante la inminente llegada de la flota pirata. Vamos a ver ahora lo que sucedió…

En su desesperación los ciudadanos de Tesalónica recurrieron a su santo patrono para implorar su intercesión en las horas de prueba que se acercaban. En medio de un clima de enfervorizadas procesiones, al alba del 29 de julio, los centinelas descubrieron las primeras unidades de la flota árabe acercándose al cabo Embolon. En medio de la confusión y el pánico general los defensores se armaron apresuradamente y corrieron a la muralla para ver ante ellos la flota desplegada a toda vela aproximándose a la orilla. Los barcos procedieron a desplegarse y echar el ancla mientras examinaban la disposición de la defensa y la mejor manera de preparar el ataque. En esos momentos se vio a León de Trípoli recorrer con su nave todo el frente de la flota. León era ya muy conocido en el Imperio y su fama de ferocidad le precedía. Cameniates denuncia largamente la impiedad de sus actos y lamentar sus continuos crímenes contra los cristianos.

La entrada de la bahía estaba obstruida por una cadena de hierro y por los cascos de varios barcos hundidos, así que León escogió como puntos de ataque aquellas zonas en las que no se detectaban bloques hundidos de piedra. El lugar decidido finalmente era un sector de la muralla particularmente bajo y con profundidad suficiente para permitir el acceso de las embarcaciones. Una vez decidido regresó con la flota y dio la orden de ataque.

De inmediato los navíos más próximos se dirigieron hacia el lugar remando con furia y atronando el aire con el estruendo de los tambores de guerra y los rugidos con los que intentaban atemorizar a los defensores. La respuesta en la muralla fue un clamor invocando la ayuda de de la Santa Cruz. La visión de los muros cubiertos de defensores detuvo por un momento el primer ataca pero una vez superada la vacilación comenzaron a arrojar sobre las murallas una lluvia incesante de proyectiles para proteger su avance. Los tesalonicenses respondieron de igual modo, usando con gran provecho sus arcos y destacando especialmente los eslavos llegados de las regiones cercanas.

Mientras la lucha a distancia se mantenía indecisa un grupo de asaltantes saltó de las embarcaciones provistos de escalas de madera y vadearon la distancia que les separaba del muro protegiéndose de los tiros manteniendo los escudos por encima de la cabeza. Nada más llegar a tierra posaron la escala contra el muro e iniciaron la subida pero sufrieron una descarga de piedras y fueron abatidos de inmediato. Ese revés provocó un momento de pausa en el combate. La flota pirata siguió bombardeando incesantemente los muros desde una distancia prudente. Se produjo así un intenso duelo contra las máquinas lanzapiedras petroboloi que respondían desde as murallas.

Plano urbano de Tesalónica en vísperas del ataque de 904

En estos momentos del combate la moral entre la defensa era alta. Eso fue aprovechado por Nicetas para animar a los ciudadanos a realizar mayores esfuerzos para ganar el día. En esta tarea se le unió el dolorido estratego León, que acudió a la muralla montado en una mula a la amazona para ofrecer también su apoyo. Para reforzar sus palabras dio órdenes a los soldados más escogidos de su séquito para que se desplegaran en los puntos más débiles de la muralla para que fueran con su ejemplo un modelo para el resto de los defensores.

Durante ese día la flota pirata atacó en varias ocasiones, pero en todas fueron rechazados sus intentos con pérdidas. En un momento dado el buque insignia alzó una señal para suspender las operaciones en el mar y todos los barcos echaron el ancla frente a una pequeña llanura al este de la ciudad. En ese punto organizaron el desembarco y comenzaron a acribillar con sus proyectiles la zona de la muralla donde se sitúa la Puerta de Roma, cercana al mar. Esos intercambios se sucedieron hasta bien entrada la noche y luego se retiraron a las embarcaciones.

El cese momentáneo de los combates no supuso un respiro para los defensores, que tuvieron que afanarse en reparar los daños causados en las murallas mientras en el ambiente seguía el temor a un ataque nocturno por sorpresa.

Al alba del 30 de julio los generales se apresuraron a poner en alerta de nuevo el dispositivo de defensa. Casi de inmediato los bárbaros se acercaron al sector de la muralla que habían batido el día anterior. Esta vez realizaron un asalto en toda regla con descargas incesantes de flechas y piedras y apoyados en siete pedreros que habían transportado hasta el lugar y que habían sido armados durante el trayecto desde Thasos.

Una vez aclarada la muralla apoyaron escalas de madera e intentaron subir protegidos por los disparos constantes desde su retaguardia que hacían imposible a los defensores asomar la cabeza. En este momento crítico unos arrojados defensores atacaron con sus lanzas a los primeros asaltantes en la cima y los expulsaron al tiempo que derribaban la escala. Ante esto los atacantes optaron por retirarse dejando allí la escalera para regocijo y burla de los defensores. Durante un tiempo continuó el intercambio de disparos por uno y otro lado hasta que al mediodía los asaltantes atacaron en masa. Protegidos por los escudos y agrupados en líneas compactas avanzaron conduciendo carros cargados con materias inflamables, los arrojaron contra las puertas y les prendieron fuego.

Pronto las puertas de hierro se pusieron al rojo vivo y se colapsaron, provocando el pánico entre la población al propagarse la noticia por toda la ciudad. Entretanto en las murallas los defensores se apresuraron a proteger las puertas internas una vez que las exteriores fueron destruidas. Para prevenir la repetición de lo ocurrido dispusieron grandes recipientes con agua en las cercanías y mantuvieron la vigilancia para conocer con tiempo el siguiente movimiento del enemigo. Advertidos de eso los bárbaros desistieron por el momento de lanzar un segundo ataque en el lugar y se contentaron con mantener un incesante bombardeo con arcos y grandes piedras durante el resto del día.

Con el descanso de la noche los asaltantes se retiraron a los barcos y comenzaron una nueva fase del ataque. Encendieron lámparas a lo largo de toda la línea de barcos y emparejaron las galeras sujetándolas entre si fuertemente con cables y cadenas de hierro. Una vez aseguradas erigieron estructuras de madera entre el velamen que sobrepasaban en altura las murallas de la parte de la ciudad que daba al mar y allí subieron los guerreros más escogidos preparados para el asalto final.

Así dispuestos, en la madrugada del 31 de julio, los navíos se arrimaron a la costa y cuando estuvieron a corta distancia comenzaron a barrer la muralla lanzando flechas, piedras y vasijas de material inflamable apoyados por el fuego griego que arrojaban las galeras desde sus sifones.

Ante ese ataque generalizado sólo una pequeña parte de los defensores mantuvo la presencia de ánimo e intentó resistir lanzando a su vez tinajas con brea, cal viva y otras sustancias contra los barcos. El resto saltó de la muralla y se desperdigó entre las callejuelas de la ciudad en medio de la confusión y el terror buscando el refugio de la acrópolis. Finalmente cuando las últimas sombras de la noche empezaban a disiparse se produjo el choque final. Las parejas de navíos fueron tanteando en busca de los puntos más débiles hasta que en un momento dado encontraron la brecha e hicieron huir a los defensores del lugar.

Un asaltante sudanés saltó a tierra y armado con su espada exploró los alrededores para asegurarse de que la huida de los defensores había sido real y no se trataba de una emboscada. Ello detuvo durante un rato a los asaltantes, pero hacia las nueve de la mañana ya se podían ver los reflejos de sus espadas a lo largo de todo el lienzo marítimo de Tesalónica. En ese momento el pánico ya se había adueñado de la ciudad. Los piratas desembarcaron en masa, subieron a las murallas y quemaron las puertas como señal de que el ataque había tenido éxito.

En los siguientes momentos una masa de enloquecidos asaltantes vestidos sólo con taparrabos y armados con espadas invadieron la ciudad empezando por las calles más cercanas al puerto. Pronto comenzaron a ensañarse con la población, asesinando a todos aquellos que encontraban sin perdonar a mujeres, ancianos ni a niños…

En la próxima entrada conoceremos el desenlace del asalto. Escribe un comentario en el cuadro de la parte inferior.

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Roberto

Roberto Zapata es profesor y estudioso de Bizancio. Ha publicado el libro Italia bizantina 867-1071. En la actualidad escribe una trilogía ambientada en el siglo XI.

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