Portada entrada Justino I

Justino I (518-527), el joven campesino tracio llegado a la capital alrededor de 470, se vio inopinadamente ascendido al trono tras la muerte del emperador Anastasio en la noche del 8 al 9 de julio de 518. Con el apoyo de su ambicioso y capaz sobrino Justiniano, Justino revocó la política religiosa en favor del credo monofisita desarrollada por su antecesor y propició una aproximación a Roma que podemos considerar como el mayor logro del reinado. Aunque su tiempo ha sido oscurecido por la gigantesca sombra proyectada por su sobrino, en esta entrada en Desde las Blaquernas queremos conocer más sobre este periodo que, por la gran implicación de Justiniano en el gobierno desde el mismo momento en que su tío subió al trono, anuncia muchos trazos característicos del reinado de Justiniano en solitario. Espero que sea de interés para ti…

 

Justino I, emperador de los romanos

 

Moneda de Justino I

El advenimiento de Justino I

 

En julio de 518 el emperador Anastasio I (491-518) había cumplido ya 88 años. A pesar de su avanzada edad se mantenía muy activo en las tareas de gobierno cuando falleció repentinamente en la noche del 8 al 9 de julio en circunstancias poco claras. Según algunos testimonios habría sufrido una crisis de demencia. Según otros el emperador, temeroso por una predicción que auguraba su muerte fulminado por un rayo, había hecho construir un refugio. Durante la tormenta que descargó sobre la capital esa noche Justino fue precisamente alcanzado por un rayo al dirigirse hacia su refugio. Es difícil pronunciarse sobre lo ocurrido realmente.

A la muerte de Anastasio el Imperio se encontraba sometido a grandes disensiones entre las que la religiosa era una de las más graves. La política pro monofisita del emperador y la falta de entendimiento con los obispos partidarios de Calcedonia había hecho fracasar el Henoticón, el edicto que intentaba reconciliar a calcedonios y monofisitas. Las repetidas rebeliones de Vitaliano, el nieto de Aspar, en nombre de la ortodoxia y en contra de la política pro monofisita del emperador habían provocado una grave crisis política que se mantenía abierta en el momento de la muerte de Anastasio.

El viejo emperador no había nombrado sucesor. Su esposa, la emperatriz Ariadna, había muerto en 515. No tenían hijos. Sus familiares más cercanos, sus sobrinos Hipacio, Pompeyo y Probo, habían desempeñado el consulado en fechas tan tempranas como 500, 501 y 502. En 518 Hipacio y Pompeyo ocupaban altos cargos militares (Magister Militum Orientis el primero y Magister Militum Thraciae el segundo) pero ninguno de ellos contaba en la sucesión. La razón para explicar esta situación es que Anastasio no mostró prisa por designar un heredero y que tampoco prefería especialmente a ninguno de sus sobrinos. Su muerte provocó un peligroso vacío de poder que conmocionó el Palacio. De inmediato los hombres en el gobierno comenzaron a negociar frenéticamente para apoyar a sus candidatos.

Conocemos en detalle el relato de los acontecimientos que condujeron a la coronación de Justino por la narración preservada en el Libro de las Ceremonias, muy probablemente de la mano de Pedro el Patricio, magister officiorum en tiempos de Justiniano, abogado y diplomático. Según el testimonio de este:

“En la proclamación de Justino de pía y divina memoria hubo cierta falta de orden ya que no había Augusta ni emperador para coronarlo, y los hechos fueron casi impremeditados. Cuando Anastasio de divina memoria­­ murió en plena noche, fue anunciado por los silenciarios al magistros y al conde de los excubitores que debían reunirse en el Palacio”Libro de las Ceremonias, I, 93

Los hombres que dominaban el Palacio eran Céler, el Maestre de los Oficios, y Justino, jefe de los guardias de Palacio. Tras ser informados de la muerte de Anastasio por los silenciarios que atendían personalmente al emperador, Céler y Justino se presentaron ante los cuerpos de guardia para darles la noticia y anunciarles la próxima designación de un sucesor escogido por el pueblo y el Senado. Céler reunió a los candidatos y escolares, que dependían del Maestro de los Oficios y Justino a los excubitores, bajo su mando directo.

Los nombres en las mentes de todos eran dos: Hipacio, que estaba lejos de Constantinopla, y Vitaliano, que disponía de un ejército numeroso cerca de la capital pero cuya rebelión continuada en los últimos años lo descalificaba ante los numerosos enemigos en palacio y cuya posición en favor del credo calcedoniano lo alejaba de las preferencias de Céler.

El fariseo y el publicano San Apolinar

El fariseo y el publicano, mosaico de San Apolinar el Nuevo

 

Durante la noche la noticia de la muerte de Anastasio se extendió por todo el Palacio. A la mañana siguiente los más altos dignatarios del Imperio presentes en la capital, acompañados por los miembros del Senado y el Patriarca, se reunieron en el pórtico ante el gran Triclinio de los Diecinueve Lechos. Mientras tanto el pueblo acudió al hipódromo reclamando al Senado que nombrase un emperador. Es paradójico que no surgiese el nombre de Vitaliano como candidato popular por su condición de abanderado de la ortodoxia pero las decisiones de la masa congregada en el hipódromo podían cambiar con facilidad. Los dignatarios reunidos eran conscientes de ello y de la necesidad de actuar con premura.  En palabras de Céler al dirigirse a los presentes:

En tanto  nos sea posible decidamos y actuemos. Si nos ponemos de acuerdo con rapidez en un nombre todos nos seguirán sin discutir; si tardamos en hacerlo seremos nosotros los que sigamos al que nos impongan”.

La situación se precipitó en la mañana del 9 de julio. Céler seguía sus propios intereses. Se había asociado al praepositus sacrae cubiculi (gran chambelán) Amancio para imponer su candidato y continuar la política de Anastasio a favor del monofisismo. Ambos dominaban las interioridades del Palacio pero no aspiraban al trono para sí mismos: Céler era mayor y sufría ataques de gota. Amancio era eunuco y como tal descalificado para acceder al trono. La elección de ambos recayó en el conde de los Domésticos, Teócrito, una figura menor que seguiría con docilidad sus dictados. Para imponerlo era preciso conseguir la adhesión del Senado y después hacerlo aclamar por el pueblo en el hipódromo. Ambos se ocuparon de lo primero, apoyándose en sus contactos y clientelas internas. Para lo segundo se dirigieron a Justino, el inculto comandante de los excubitores. Amancio le entregó una importante cantidad de dinero para que fuese distribuida entre sus tropas sin contar con que Justino emplearía el oro en su propio nombre.

Judas traiciona a Cristo, San Apolinar el Nuevo

Judas traiciona a Cristo, mosaico de San Apolinar el Nuevo

 

Céler y el chambelán Amancio no consiguieron reunir partidarios suficientes para su candidato entre los miembros del Senado, en buena parte por la resistencia de los presentes a la continuación de la política pro monofisita. El Senado y los dignatarios presentes se encontraron otra vez en el punto de partida y sin candidato. Los excubitores, ante el estado de confusión, se decidieron a proclamar emperador a un oficial llamado Juan, amigo de Justino. El elegido, que luego sería nombrado obispo de Heraclea, fue levantado sobre los escudos y mostrado al pueblo.

Los Azules se mostraron muy contrarios a la decisión. Apedrearon a los guardias y en el tumulto que siguió se produjeron algunos muertos. Los escolares nombraron a su propio candidato, un magister militum identificado en alguna fuente con Patricio. Alzaron a su candidato sobre una mesa e intentaron coronarlo pero se encontraron con la oposición de los excubitores. Estos se lanzaron sobre el pretendiente y lo desalojaron de la mesa con intención de matarlo. Sólo la intervención de Justiniano, entonces oficial de los candidatos, impidió el hecho. Tras poner a salvo al oficial, los excubitores le ofrecieron al propio Justiniano la corona que este se apresuró a rechazar. Durante todo este tiempo los guardias habían golpeado en la Puerta de Marfil, la vía más corta a las estancias privadas imperiales, pidiendo a los chambelanes imperiales que les entregasen las vestiduras imperiales. Estos, parapetados tras las puertas, al conocer los nombres se negaron a hacerlo en todos los casos.

En este momento de las negociaciones es razonable pensar que las posibilidades de Justino de aspirar al trono eran muy escasas, pero la imprevisibilidad de los acontecimientos podía provocar giros inesperados en la situación. Es indudable que Justino no deseaba favorecer a su colega Teócrito y el error mayúsculo de Amancio al confiar en él sólo puede tener la explicación de un exceso de confianza debido al desprecio que le inspiraba el tosco e inculto comandante.

Finalmente los senadores acordaron el nombre de Justino como el más aceptable y le intimaron a aceptar el trono. Su candidatura fue mal acogida por los escolarios, uno de los cuales llegó a golpear en el rostro a Justino. Sin embargo era un hecho irremediable desde el momento en que el ejército y los demos se apresuraron a dar su apoyo. Justino fue conducido al Hipódromo para recibir el homenaje de Azules y Verdes. De inmediato los chambelanes le enviaron las vestiduras imperiales. Justino hizo su aparición en el Kathisma acompañado por el patriarca Juan y otros oficiales. Subido a un escudo el  nuevo emperador recibió una cadena de un oficial llamado Godila, campidoctor de los lanciarii. Los estandartes que yacían en el suelo fueron izados para saludar al nuevo emperador y allí mismo Justino fue revestido bajo el abrigo de los escudos con las vestimentas imperiales. El patriarca Juan colocó una corona sobre su cabeza y Justino, armado con una lanza y un escudo, volvió a aparecer en la tribuna para recibir las aclamaciones que fueron dirigidas por los a libellis (funcionarios encargados de presentar peticiones al emperador) ya que ni el cuestor ni el propio Céler se encontraban presentes. El magister había alegado un ataque de gota para ausentarse.

Justino sabía a quién debía ganarse. En su discurso anunció una donación de cinco nomismata y una libra de plata para cada escudo (soldado), la misma cantidad ofrecida desde León I en 457. El relato de Pedro el Patricio recoge las aclamaciones y vítores que acompañaron a la ceremonia:

“El soberano César Justino, victorioso y siempre reverenciado: “Ya que accedemos al poder imperial por el juicio de Dios Todopoderoso y por vuestra elección, invocamos la previsión divina”. Entonces se oyó un grito general: “¡Prosperidad para el Imperio!¡Reina como has vivido! ¡Prosperidad para el Estado! ¡Emperador del cielo, preserva al de la tierra! ¡Justino Augusto, seas victorioso! ¡Muchos años para el nuevo Constantino! ¡Somos sirvientes del emperador! […] El soberano: “Para el festival inaugural de nuestro reino daré a cada uno de vosotros cinco nomismata y una libra de plata por cabeza”. Entonces se oyó un clamor: “Que Dios guarde al emperador cristiano! Eso rezamos en todo el Imperio” y otros gritos por el estilo. El soberano: “¡Que Dios esté con vosotros!”. El resto tuvo lugar como en el caso de Anastasio de divina memoria”Libro de las Ceremonias, I, 93

El último acto de la coronación se celebró en Hagia Sofía, donde  con sus propias manos depositó la corona en el altar para ofrecerla a Dios. Tras ponerla de nuevo sobre su cabeza una comida con algunos distinguidos oficiales puso fin a a la ceremonia. El viejo Justino era ahora emperador de pleno derecho.

 

Los orígenes de Justino I

 

La coronación de Justino I fue para sus contemporáneos algo completamente inesperado ante la abundancia de candidatos mucho mejor calificados que el viejo militar para subir al trono. Lo sucedido el 9 de julio ocurrió de manera demasiado rápida para ser controlada. El propio Justino en la carta dirigida al papa Hormisdas el 1 de agosto para anunciar su coronación proclamó que había sido elegido contra su voluntad. Sea como fuera, ni Anastasio ni sus familiares consideraron nunca que Justino pudiese figurar entre los candidatos pero la fortuna lo situó por encima de todos sus contemporáneos, lo que pareció especialmente notable ante los humildes orígenes del elegido.

Como muchos de sus ilustres predecesores Justino I era originario de Iliria. Maximino, Claudio el Gótico, Aureliano, Probo y muchos otros, entre los que estaba el propio Constantino, nacieron en las tierras de la Península Balcánica. Los testimonios históricos, aunque complejos, parecen apuntar a un origen tracio y nacimiento en el Ilírico para Justino y su sobrino Justiniano, con el latín como lengua materna.

“Entre los dardanios de Europa, que viven al otro lado de la frontera de los epidamnios, muy cerca de una fortaleza que se llama Vederiana, había una localidad de nombre Taurisio, de la que procedía el emperador Justiniano, fundador del mundo civilizado. Pues bien, en un pequeño perímetro, amuralló esta plaza dándole una estructura cuadrangular y, en cada ángulo, fijó una torre y logró que fuera y se llamara Tetrapirgia. Y muy próxima a esta plaza edificó una esplendorosa ciudad a la que dio el nombre de Justiniana Prima (quiere decir en lengua latina primera), correspondiendo con esa distinción a la tierra que lo había criado”Procopio de Cesarea, Edificios, IV, i 17-19

Procopio de Cesarea, como en tantas ocasiones, es el autor de referencia a la hora de hablar del lugar de nacimiento del emperador y su sobrino:

“También restauró, no obstante, en su totalidad la fortaleza de Vederiana y la dejó mucho más fuerte. Había una ciudad desde antiguo entre los dardanios que se llamaba Ulpiana. Derribó su rencinto en su mayor parte (pues se encontraba en un estado sumamente ruinoso y totalmente inservible) y le construyó otras edificaciones ornamentales en abundancia, la transformó en la bella ciudad actual y le dio por nombre Secunda Justiniana. Porque los romanos llaman secunda a segunda. Próxima a ella edificó otra ciudad que anteriormente no existía, a la que llamó Justinópolis en honor al nombre de su tío”Procopio de Cesarea, Los edificios, IV, i, 28-30

La provincia de Dardania, incluida en la diócesis de Tracia, comprendía las ciudades de Scupi (moderna Uskub/Soplye) y Ulpiana (moderna Liplyan). En el interés de Justiniano por reconstruir su tierra de origen está también el violento terremoto que en 518 destruyó veinticuatro ciudades de la región, como informa el Conde Marcelino en su Cronicón. La conclusión a que nos llevan ambos textos sitúa el lugar de nacimiento de Justiniano en Taurisio, en la provincia de Dardania y en Vederiana para Justino. La reconstrucción de esta última plaza y la erección de Justinópolis cerca de Ulpiana obedecen, seguramente, a los destrozos causados por los seísmos en la región. En las inmediaciones de Taurisio, donde se construyó un muro con cuatro torres, Justiniano levantó Justiniana Prima y restauró Ulpiana renombrándola como Justiniana Secunda.

Procopio escribió un famoso pasaje para reflejar la falta de educación del nuevo emperador:

“Cuando el emperador [Anastasio] abandonó el mundo de los vivos, éste se hizo con el imperio gracias al poder que le confería el mando, aunque ya era un viejo decrépito y era incapaz de distinguir una sola letra, lo que se dice un analfabeto, algo que no había ocurrido nunca entre los romanos. Y aunque era habitual que los emperadores pusiesen su propia firma a cuantos documentos ellos mismos promulgaban, él por su parte era incapaz de promulgar nada o de tener conocimiento de lo que se hacía […] Para que pudieran tener el refrendo de mano del emperador aquellos a los que compete el asunto, ingenió Proclo [el cuestor] lo siguiente. Grabando en una pequeña tablilla de madera preparada la forma de las cuatro letras que en la lengua latina significan “he leído” [legi] y mojando la pluma en la tinta con la que los emperadores acostumbran a escribir, se la ponían en la mano al emperador. Poniendo entonces la mencionada tablilla sobre el documento y cogiendo la mano del emperador, la guiaban con su pluma por la forma de las cuatro letras y, una vez la habían hecho girar por todos los cortes de la tablilla, se retiraban, llevándose así este escrito del emperador”Procopio de Cesarea, Historia secreta, VI, 11-17

El juicio de Procopio encuentra eco en las obras de Juan Lido, Malalas y Juan de Nikiu, que califican al emperador de iletrado. Sin embargo autores como Vasiliev o Stein argumentan que un hombre en su posición forzosamente tendría que tener unos rudimentos en escritura y lectura. La cuestión queda abierta.

Sabemos que Justino I tenía una hermana, cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, la madre de Justiniano. Se especula con el nombre de Vigilancia, portado también por la hermana de Justiniano. Sí se conoce el de su cuñado, Sabacio, el padre de Justiniano. Las crónicas conservan alguna información sobre la esposa de Justino I, Lupicina, de la que se dice que era de origen bárbaro, una esclava comprada por Justino y posteriormente liberada y convertida en su esposa legal. Lupicina fue una mujer muy consciente de su origen, incluso después de coronación como emperatriz.

Acróbatas díptico consular de Anastasio 517Sabacio y su mujer tuvieron dos hijos: Pedro Sabacio y Vigilancia. El joven abandonó su nombre por el de Justiniano por el que fue conocido desde entonces. Justino adoptó a su sobrino y lo hizo llamar a Constantinopla donde le ofreció una excelente educación. En el momento de la ascensión al poder de su tío Justiniano tenía ya treinta y seis años y una considerable experiencia en palacio como oficial de la guardia. Su sobrina Vigilancia se casó con Dulcidio. Ambos fueron padres de otro emperador, Justino II (565-578).

Justino I debió nacer alrededor de 450 o 452 en el seno de una familia campesina muy humilde. Según el testimonio de Zonaras el joven Justino cuidaba vacas y cerdos. El empeoramiento de la situación en el Ilírico ante las devastaciones causadas por las invasiones hunas y ostrogodas provocaron el éxodo de la población local. Enfrentado a una vida de miseria el muchacho se decidió a probar suerte en la lejana capital. A finales del reino de León I (457-474), alrededor de 470, Justino y dos compañeros, Zemarco y Ditivisto, tomaron el camino a la capital. Iban a pie, llevando con ellos sólo un poco de pan duro y un manto para guardarse del frío. Tras llegar a Constantinopla las dotes físicas de los jóvenes les permitieron encontrar un puesto en el nuevo regimiento de la guardia de los Excubitores, creado para contrarrestar la excesiva influencia de los mercenarios germanos en el Palacio Sagrado.

Nada se conoce de la actividad de Justino durante el reino de Zenón (474-491), el sucesor de León, pero es indudable que sus cualidades marciales le permitieron el ascenso en la jerarquía militar. En el reinado de Anastasio I (491-518) lo encontramos como lugarteniente (ύποσταάτηγοσ o duque) de Juan el Jorobado (ό κυρτόσ) durante la represión de la rebelión en Isauria.

Procopio en su Historia Secreta ha conservado un recuerdo de un suceso ocurrido a Justino duranta esta época. Enfrentado a su superior por alguna querella Justino fue enviado a prisión y condenado a muerte. La ejecución no se llevó a cabo finalmente, lo que a ojos de Procopio fue debido a causas sobrenaturales. Una visión asaltó a Juan y le intimó a liberar al prisionero:

“En efecto, el general decía que en el sueño se le había presentado una figura que por su descomunal corpulencia y otros rasgos, resultaba demasiado fornida como para identificarla con un hombre. Decía que le había ordenado liberar al hombre que había encerrado justamente aquel día y que cuando se despertó no hizo el menor caso de la visión que había tenido en sueños […] Finalmente cuando por tercera vez se le apareció esta visión en sueños, le amenazó con terribles males si no hacía lo que le encomendaba y añadió en que el futuro cuando estuviese preso de la ira, tendría necesidad de este hombre y su familia. De esta forma se salvó entonces Justino, el mismo Justino que con el paso del tiempo llegó a tener un gran poder”Procopio de Cesarea, Historia Secreta, VI, 6-10

Justino también sirvió en la guerra persa durante el reinado de Anastasio. Tras la pérdida de Amida formó parte del ejército romano que a las órdenes de Céler invadió Persia:

“Anastasio, al saber que [los persas] estaban asediando Amida, envió con rapidez un ejército considerable. Había en él oficiales a cargo de cada una de sus divisiones, mientras que el mando supremo se lo repartían cuatro generales: Areobindo, que coincidía que era general de Oriente y yerno de Olibrio, el que había sido poco antes emperador de Occidente; Céler, capitán de las fuerzas de palacio (magister tienen por costumbre llamar los romanos a este oficial); y además los oficiales al mando de las tropas de Bizancio, Patricio el de Frigia e Hipacio, sobrino del emperador. Estos cuatro eran los generales. Iban con ellos Justino, el que posteriormente sería emperador a la muerte de Anastasio; Patriciolo, con su hijo Vitaliano, quien se alzaría en armas como usurpador contra el emperador Anastasio no mucho después; también Faresmanes, nacido en Cólquide, un hombre especialmente dotado para la guerra […] y es que aseguran que nunca antes ni después reunieron los romanos un ejército similar contra los persas”Procopio de Cesarea, Guerra Persa, I viii 1-5

Justino continuó su servicio en el Este hasta el final de la guerra. En los últimos años del reinado de Anastasio también se distinguió en la lucha contra Vitaliano, que se había rebelado contra el emperador por su decidido apoyo a la causa monofisita. Los méritos de Justino le permitieron ser ascendido al notable puesto de Conde de los Excubitores, el cuerpo de guardias en el que había empezado su carrera, y con ello el rango senatorial. Era una notable ascensión para un rústico campesino nacido sin fortuna. Un tosco soldado sin aspiraciones al que nadie en la Corte consideraba más que por sus habilidades profesionales. Nada pudo presagiar la sucesión de acontecimientos que le llevaron a ocupar el trono.

Justino I tenía sesenta y seis o sesenta y ocho años en el momento de ascender al trono. Las fuentes lo describen como de buena presencia, de altura mediana, delgado y bien proporcionado y con el cabello gris y rizado. Bajo el reinado de su sobrino Justiniano se elevaron estatuas de Justino y de varios de sus familiares en el pórtico de la Calcé de las que no se conservan descripciones. Se sabe también que otra estatua que lo representaba en el acto de hacer la proskynesis (genuflexión en el momento de la adoración) fue destruida durante un terremoto en el siglo IX. Nos quedan las monedas en las que Justino se ve representado sin barba y revestido con los regalia imperiales.

La ascensión de Justino I desde tan humildes orígenes provocó la admiración de sus contemporáneos. En la Crónica de Zacarías de Mitilene se cuenta la historia de un tal Marino de Apamea, cartulario y antiguo confidente de Anastasio, que había pintado en las paredes de un edificio público un conjunto de pinturas que mostraban la historia de la vida de Justino desde su primera juventud en Vederiana hasta su nombramiento como emperador. Desconfiado, Justino hizo llamar al hombre para preguntarle por los motivos a lo que este le respondió lo siguiente:

“He representado estos hechos en imágenes para que los que las vean entiendan y comprendan de manera que los magnates y gentes poderosas no confíen en su poder y sus riquezas y en la grandeza de su familia sino en Dios, que eleva de lo más humilde al pobre y lo coloca como señor del pueblo y gobierna el reino de los hombres y escoge a los más pobres para reducir a la nada a los que son algo”Zacarías el rétor, Crónica, VIII, I

Finalmente Marino fue liberado a pesar de su atrevimiento en ilustrar episodios de la vida del emperador que este prefería dejar en el olvido.

Se sabe poco sobre la esposa del emperador, rebautizada con el nombre de Eufemia. Consciente de sus humildes orígenes y falta de educación se mantuvo en un discreto segundo plano dedicada a obras piadosas. Su intervención más destacada en política fue su obstinada oposición a que su sobrino Justiniano convirtiese a su amante Teodora en su esposa. Decidida a evitarlo ningún argumento fue suficientemente convincente para vencer su resistencia. En palabras de Procopio:

“Mientras la emperatriz siguió viva Justiniano no tuvo medio alguno de hacer a Teodora su legítima esposa, pues sólo en este asunto se enfrentaba a él, aunque en lo demás no se le oponía en nada. Era en efecto una mujer completamente ajena a cualquier maldad, una simple palurda campesina de origen bárbaro, tal como he dicho. Ella, que ni siquiera llegó al palacio con su propio nombre, porque era risible, sino llamándose Eufemia, nunca llegó a tener cualidad alguna, sino que su vida transcurrió ajena a los asuntos de estado”Procopio de Cesarea, Historia Secreta, IX, 47-49

Sólo tras la muerte de la emperatriz pudo Justiniano cumplir su deseo. La fecha no es conocida, pero sin duda fue anterior al 1 de abril de 527 cuando el emperador, ya muy enfermo, elevó a su sobrino como coemperador y junto a él a Teodora. En vida de la emperatriz se construyó en el barrio de Olibrio un convento e iglesia dedicada a Santa Eufemia donde pidió ser enterrada.

 

El gobierno de Justino I

 

Justino y Justiniano

 

Pedro Sabacio, el sobrino del emperador ahora conocido como Justiniano, desempeñó desde el primer momento un papel relevante en el reinado de su tío. Aunque Justino I tenía otros sobrinos y se ocupó de su bienestar y educación fue en Justiniano en quien centró su atención. Cuando Justino ascendió al trono Justiniano tenía ya treinta y seis años y era oficial del cuerpo de los candidatos. Que era una figura relevante en palacio lo demuestra el hecho de que los excubitores le ofreciesen la corona, algo que prudentemente rechazó. En el período de formación durante el reinado de Anastasio sin duda Justiniano tuvo la oportunidad de adquirir una excelente educación, reflejada en su sincero y profundo interés por la teología y el derecho. Fue probablemente al término de sus estudios cuando el joven Justiniano se incorporó al cuerpo de guardias de los candidatos, en contacto cercano con la sagrada persona imperial.Venatio díptico de Anastasio

Justino adoptó legalmente a su sobrino, momento en el que Pedro Sabacio adoptó su nuevo nombre aunque no conocemos la fecha. Durante el reinado de su tío Justiniano además de convertirse en su primer consejero desempeñó puestos de importancia. Fue nombrado de inmediato Conde de los domésticos, un cuerpo especial de los guardias de palacio y como tal fue saludado por el papa Hormisdas en una carta fechada a principios de 519. Poco después fue nombrado Magister equitum et peditum presentalium y recibió el patriciado. Durante 521 detentó el consulado y ofreció suntuosos espectáculos al pueblo. En esa ocasión gastó más de 288.000 monedas de oro y presentó numerosas fieras salvajes y caballos con albardas metálicas a los carristas.

La influencia y la autoridad creciente de Justiniano no dejaron de turbar a su tío. El Senado y muchos dignatarios presionaron a Justino para que asociase a su sobrino en el trono debido a su avanzada edad. De creer el testimonio del historiador Zonaras el emperador se resistió alegando que no era prudente alentar las ambiciones de un joven. El Senado no renunció e intentó entonces que Justiniano fuese nombrado nobilísimo. Bajo presión y contra su voluntad, el viejo emperador cedió y otorgó ese título a Justiniano en una fecha anterior a 525, año en el que, nuevamente a instancias del Senado, Justiniano recibió el título de César, el más elevado de la jerarquía imperial después del emperador.

En 527 la salud de Justino I empeoró decisivamente. Tenía setenta y siete años y padecía las consecuencias de una antigua herida de flecha. Sintiendo que se aproximaba el final Justino cedió a las presiones del Senado y escogió como colega en el trono a su sobrino. La ceremonia tuvo lugar el día de Pascua, el 4 de abril de 527, en el gran Triclinio de los Diecinueve Lechos y se ha conservado el relato que de ella hizo Pedro el Patricio. En ausencia del emperador, enfermo en su lecho, fue el magister Officiorum Taciano quien convocó a los dignatarios y al Senado y el patriarca Epifanio quien coronó a los nuevos augustos, Justiniano y Teodora.

 

Justino I y Teodora

 

La nueva Augusta tenía una vida azarosa a sus espaldas. Antigua actriz, había ejercido la prostitución durante su juventud y tenido muchos amantes. Alrededor de 522 se instaló en Constantinopla para llevar una vida más tranquila. Fue en ese momento cuando conoció al sobrino del emperador. Las circunstancias del primer encuentro son desconocidas, pero no las consecuencias. Justiniano se enamoró perdidamente de la antigua cortesana y la convirtió en su amante. Consiguió de su tío la elevación al patriciado para ella y anunció su deseo de convertirla en su esposa legal. La oposición implacable de la emperatriz Eufemia a ese matrimonio retrasó su cumplimiento. Sólo en 523 o 524, tras la muerte de su tía, Justiniano pudo convertir a Teodora en su esposa. Cuando en abril de 527 Justino I lo convirtió en colega en el trono Teodora se convirtió automáticamente en Augusta y detentó un poder omnímodo desde el 1 de agosto de ese mismo año, fecha en que Justiniano se convirtió en único emperador tras la muerte de Justino.

Durante el reinado de su tío Justiniano no cejó en su empeño por casarse con Teodora a pesar de las restricciones legales y se aplicó a convencerlo para que reformase la ley:

“Pero un tiempo después sucedió que la emperatriz murió, mientras que Justino, que se había convertido ya en un viejo decrépito y sin entendimiento, causaba risa a sus súbditos y nadie, pues sentían un gran desprecio hacia él, le tenía en consideración, porque no se daba cuenta de lo que hacía. En cambio servían con profundo respeto a Justiniano, que no dejaba nunca de causarles espanto a todos, puesto que sus cambiantes decisiones eran causa permanente de confusión. Entonces pretendía hacer a Teodora su esposa legítima. Al ser imposible que un hombre que ha alcanzado rango senatorial llegue a unirse a una hetera, puesto que las más antiguas leyes lo han prohibido desde siempre, obligó al emperador a abrogar las leyes con otra ley y desde entonces vivió con Teodora como su esposa legítima, legitimando así para todos los demás el matrimonio con heteras”Procopio de Cesarea, Historia Secreta, IX, 50-52

Un reflejo de este empeño es el decreto De nuptiis (sobre el matrimonio), dirigido al prefecto pretoriano Demóstenes (520-524), primera muestra del favor hacia las mujeres desfavorecidas que mostraría Teodora a lo largo de toda su vida.

 

Justino I en el trono

 

La posición de Justino I en julio de 518 era precaria. Había ascendido inesperadamente al trono y Anastasio dejaba tres sobrinos influyentes. Aunque ninguno de ellos había sido considerado seriamente como candidato el nuevo emperador tenía otros adversarios muy cerca. El eunuco Amancio, el mismo que había visto frustrado su intento de imponer a su candidato Teócrito por el mismo al que había confiado los medios para conseguirlo, no estaba dispuesto a renunciar y organizó una conspiración para destronar a Justino antes de que pudiese reforzar su posición. El 16 de julio Amancio hizo su entrada en Hagia Sofía rodeado de sus partidarios para mostrar su oposición al nuevo gobierno pero la hostilidad de los reunidos provocó un rápido final a la tentativa. Los tres principales encausados, Amancio, Teócrito y Andreas Lausíaco, fueron ejecutados entre el 16 y el 18 de julio, cuando todavía no habían pasado diez días de la llegada al trono. Los autores contemporáneos destacan que los conjurados se mostraron decididos opositores del Concilio de Calcedonia y por sus simpatías monofisitas, que se enfrentaban radicalmente con la posición de Justino y Justiniano, fueron condenados a muerte de inmediato.

Casi en esas primeros horas de gobierno Justino I afrontó también el caso de su colega el tribuno Juan, que había sido postulado como candidato por los excubitores. En razón de su amistad el emperador se limitó a hacerle tomar los votos y se aseguró que también en su carrera eclesiástica viese avances. Dos años después el obispo Juan fue nombrado para la sede de Heraclea de Tracia.

Con el apoyo constante de su sobrino Justino I tomó rápidamente la medida del gobierno, especialmente contra los miembros de la Iglesia que se oponían a la nueva orientación pro calcedoniana en materia religiosa. A finales de año su reinado tenía una base sólida.

Entre las medidas tomadas en los primeros tiempos estuvo la llamada a los exiliados, víctimas de la política de Anastasio. Había en su número nombres ilustres como el patricio Apión, los senadores Diogeniano y Filoxeno y los obispos Juan de Paltos, Severiano de Aretusa y Eusebio de Larissa. Todos ellos fueron recompensados con nuevos puestos. Apión fue nombrado prefecto del pretorio para el Este, Diogeniano magister militum en el Este y Flavio Teodoro Filoxeno cónsul para el año 525.

Pero el personaje rehabilitado de más importancia fue Vitaliano, el recalcitrante oponente a Anastasio y campeón de la ortodoxia durante el reinado de aquel. Como Conde de los Federados en los Balcanes había reunido muchos partidarios en el Ilírico y Tracia y se había rebelado en dos ocasiones contra el emperador. Justino I decidió reclamar su presencia también en Constantinopla aunque las implicaciones políticas en su caso exigían una cuidadosa atención. Por su pasado y su influencia Vitaliano era un rival temible para el nuevo gobierno. Ambas partes lo sabían, como lo pone de manifiesto el testimonio de Evagrio:

“En cuanto a Vitaliano, que residía en Tracia (el hombre que había deseado expulsar a Anastasio del trono), Justino lo hizo llamar a la ciudad de Constantino, ya que temía su poder y experiencia en la guerra, así como su universal reputación y el deseo que tenía de aspirar al mando supremo. Reconociendo agudamente que el único modo de derrotarlo sería fingir ser su amigo, se colocó una máscara impenetrable en su engaño y le nombró general de uno de los ejército presenciales. Y yendo más allá en su persuasión para engañarle del modo más completo, lo nombró para el consulado”Evagrio Escolástico, Historia Eclesiástica, IV, 3

El antiguo rebelde exigió garantías para su regreso. Se estableció un encuentro en la iglesia de Santa Eufemia, en Calcedonia, donde en 451 había tenido lugar el gran Concilio. Allí mismo Justino, Justiniano y Vitaliano se ofrecieron solemnes juramentos mutuos, comulgaron y entraron como amigos en la capital. Vitaliano fue nombrado de inmediato magister militum praesentalis y cónsul con Rústico para el año 520. Durante ese tiempo Vitaliano fue rodeado de los mayores honores y su nombre asociado al de Justiniano en la correspondencia oficial. Sin embargo su influencia y experiencia política colisionaban directamente con los intereses de Justiniano, que llegó a temer por su posición ante el favor popular creciente de que gozaba su colega.

Esa rivalidad larvada estalló pronto. En julio de 520, como nuevo cónsul, Vitaliano inauguró los juegos en el Hipódromo. Por causas que se desconocen se produjeron enfrentamientos entre Azules y Verdes durante las carreras, incidentes que se extendieron a la ciudad. Las facciones llegaron a un acuerdo y regresaron al Hipódromo para asistir a la décima carrera de la jornada. Al día siguiente las facciones pidieron que apareciese el emperador y reclamaron favores para sus favoritos en el teatro. Se trataba de Caramalo, el famosísimo danzarín, favorito de los Verdes y Porfirio, el celebérrimo carrista de Alejandría famoso por sus múltiples victorias (la base del monumento erigido en su honor se ha conservado hasta nuestros días). Por su parte los Rojos y los Blancos pidieron gracias para sus favoritos. El emperador accedió a sus demandas de todos. Lo que ocurrió a continuación es contado por Malalas:

“Después de esto [los miembros de las Facciones] corrieron revestidos con sus mantos a través de la ciudad y el hipódromo y desfilaron en celebración por toda la ciudad. Algunos miembros de las facciones se fueron contra algunos de los que miraban y los arrojaron al mar. Vitaliano, consul y magister militum, fue asesinado en palacio y Celeriano su secretario también”Malalas, XVII, 8

Según Malalas, Vitaliano fue asesinado después de su primer mappa, el pañuelo que el cónsul alza en la mano derecha y arroja para dar la señal de inicio de las carreras. La excitación de las facciones y los desórdenes que surgieron a continuación pueden haber sido estimulados por el nombramiento como cónsul de un favorito de las masas como Vitaliano. Tal muestra pública de apoyo alarmó de tal modo a Justino y Justiniano que se decidieron a actuar para deshacerse de un rival de tal magnitud. Cuando Vitaliano y sus dos asistentes, el notario Celeriano y el doméstico Pablo, abandonaban los baños fueron invitados por el emperador a un banquete. Al llegar al Délfax, uno de los salones de banquetes de palacio, unos hombres se arrojaron sobre ellos y los asesinaron.

Procopio y Víctor Tunonense hicieron responsable a Justiniano de la muerte de su rival ante la aquiescencia de Justino I. Sin un competidor que le hiciese sombra Justiniano se convirtió en el poder indiscutido tras el trono. Tras la muerte de Vitaliano Justiniano fue nombrado magister militum praesentalis, el cargo que había ocupado su rival al regresar a Constantinopla y detentó el consultado al año siguiente. Sus potenciales adversarios, los sobrinos del difunto Anastasio se mostraron leales a Justino y otra de las figuras del gobierno, el cuestor Probo, famoso por su incorruptibilidad no tenía apetito por el poder. Justiniano podía preparar con seguridad su acceso al trono.

 

Justino I y las facciones

 

La llegada al trono de Justino supuso el triunfo de la ortodoxia sobre la política pro monofisita hasta entonces mantenida por el gobierno imperial y, colateralmente, también el triunfo de la facción de los Azules. El convencimiento de sus dirigentes de que los Azules eran el grupo político de más influencia ante el gobierno animó a la facción a provocar numerosos desórdenes públicos en diversas ciudades del Imperio. Esos desmanes continuaron hasta 523 cuando Justino I nombró como prefecto de la ciudad a Teódoto, antiguo comes orientis, conocido como κολοκύνθιοσ (calabaza). El emperador le dio instrucciones estrictas de castigar imparcialmente a todos los culpables sin reparar en su pertenencia a una u otra facción. Teódoto Calabazas se aplicó con celo hasta el punto de enojar al propio Justiniano al ordenar la ejecución de un alto dignatario de los azules. Justiniano forzó su destitución y el nombramiento del más manejable Teodoro Τηγανιστήσ el parrillero. A partir de 523 la agitación entre los Azules llegó a su fin por la decidida acción del gobierno en lo que fue llamado, en el lenguaje de la época, la supresión de la democracia. En su determinación por acabar con los desórdenes Justino I decretó el fin de los juegos Olímpicos en Antioquía en 521 y prohibió la celebración de diversos espectáculos en otras localidades del Este. Una excepción se hizo con Alejandría, que siguió gozando de sus espectáculos. La tranquilidad de una región económicamente tan importante para el Imperio fue considerada por encima de cualquier otra conveniencia.

En aquellos años la figura del carrista alejandrino Porfirio Caliopas, el ídolo de los Azules, se convirtió en un fenómeno de masas. Tras desarrollar una brillante carrera durante el reinado de Anastasio, Porfirio retomó su actividad en tiempos de Justino aunque ya había alcanzado la elevada edad de sesenta años. Se conservan numerosos epigramas en su honor escritos en esta época. El victorioso Porfirio se mantuvo activo hasta al menos 523 y se retiró dejando una gloriosa carrera tras él.

Un hombre con la falta de formación para el gobierno de Justino necesitaba consejeros capaces a su alrededor. Además de la predominante presencia de su sobrino Justiniano en la sombra, otros hombres tuvieron un papel importante en su reinado. Además de la figura de Vitaliano, desaparecido prematuramente por la amenaza que constituía para Justiniano, otros hombres descollaron en la administración en esos años:

  • Proclo el Cuestor, quaestor sacri palatii, hombre de reputación e integridad intachable para sus contemporáneos. Según el testimonio de Procopio Proclo fue el más decidido partidario de rechazar la adopción del joven Cosroes, el hijo de Cabades, por las implicaciones legales que para la sucesión del Imperio podría causar.
  • Efrén de Amida, famoso también por su rectitud y sentido de la justicia, desempeñó el puesto de prefecto de Constantinopla. En algún momento de su carrera ocupó el cargo de comes sacrarum largitionum (jefe de la tesorería central especializado en impuestos). Entre 522 y 524 fue Comes Orientis y como tal tuvo que enfrentarse a la turbulenta población de Antioquía y a los desastres naturales que azotaron a la población en esos años. En mayo de 526 un terremoto causó graves daños a la ciudad y en octubre un incendio devastó sus restos. A la muerte del patriarca Eufrasio, Efrén fue elegido como su sucesor y gobernó la iglesia antioquena hasta 545 con la misma eficacia con que había regido los asuntos civiles. En el desempeño de su cargo se mostró un ferviente ortodoxo y persiguió con tenacidad a los monofisitas, lo que le valió universal odio por parte de estos.
  • Teodoro Filoxeno Sotérico, reclamado del exilio al comienzo del reinado, fue nombrado magister militum per Thraciam. Hacia 520 se convirtió en Conde de los domésticos y fue nombrado cónsul para el año 525. Se han conservado varios dípticos de marfil para celebrar su nombramiento.
  • Demóstenes, prefecto del pretorio entre 520 y 524 y antiguo prefecto de Constantinopla. Se conservan varios decretos dirigidos a Demóstenes por Justino, entre ellos el De nuptiis.
  • Arquelao, prefecto del pretorio entre 524 y 527. Durante el reinado de Justiniano participó en la campaña dirigida contra el África Vándala. Al mencionarlo Procopio cita también el Ilírico como otra de las prefecturas desempeñadas por Arquelao.
  • Apión, egipcio de una poderosa familia que desempeñaría un papel destacado durante tres generaciones. Este Apión desarrolló la mayor parte de su carrera bajo el reinado de Anastasio. Participó como responsable de las finanzas en la campaña de 503 contra los persas. Su fracaso supuso su caída en desgracia. Sólo con el advenimiento de Justino pudo regresar a Constantinopla y recibir el cargo de prefecto del Pretorio. Siendo un convencido monofisita Apión realizó una conversión al credo calcedonio que le permitió recuperar su influencia política. Parece haber fallecido ya en 519.
  • Marino, sirio, desarrolló su carrera bajo Anastasio hasta alcanzar la prefectura del Pretorio en 519 sustituyendo a Apión. Fue muy impopular por su avaricia y arbitrariedad pero supo mantener su carrera política bajo el gobierno de Justiniano.
 

La política religiosa de Justino I

 

Los reinados de los dos predecesores de Justino I, Zenón y Anastasio habían tenido una inclinación favorable al monofisismo. El intento de Zenón de alcanzar un compromiso con su Henoticón de 482 había fracasado y ahondado las diferencias entre Constantinopla y Roma. Con la llegada de Justino al poder en 518 la nueva política de estricta ortodoxia chocó contra una tenaz resistencia en Oriente, personalizada especialmente en Alejandría y sus patriarcas. Egipto, con un credo nacional y una lengua propia, constituía un problema político de primer orden para el gobierno imperial. En consecuencia se trató el caso egipcio con mucha prudencia y menos rigor en que otras regiones. Siria, por su parte, fue escenario de una viva oposición a Constantinopla, encarnada en la figura del obispo Severo de Antioquía.

Paralelamente también había oposición en el Oeste, con Italia dominada por el arriano rey Teodorico, muy próximo a la Roma papal, lo que creaba una delicada situación diplomática. El paganismo, sin embargo, había dejado de ser peligroso. Aunque en regiones apartadas algunas poblaciones seguían respetando las antiguas prácticas y la famosa escuela filosófica de Atenas todavía estaba abierta (y no sería clausurada hasta 529, ya bajo el reinado de Justiniano) su influencia en el conjunto de la sociedad era prácticamente nulo.

Una muchedumbre se agolpó a las puertas de Hagia Sofía el 15 y el 16 de julio de 518 para insultar al patriarca Juan, impopular por sus simpatías monofisitas. Se han conservado los registros detallados de las disputas mantenidas en esos días en los que se daba voz pública otra vez a las simpatías calcedonianas largos años mantenidas en una forzosa oscuridad. El domingo 15 de julio se celebró un servicio religioso en la Gran Iglesia. Cuando el patriarca se dirigió hacia el ambón la multitud comenzó a vociferar proclamando la Trinidad y la legalidad del Sínodo Sagrado (de Calcedonia) en medio de vítores a los emperadores y exigiendo al patriarca que se manifestara públicamente contra Severo de Antioquía y proclamara el anatema.

A pesar de las conciliadoras palabras del patriarca los reunidos no se aquietaron. Durante horas impidieron que el patriarca abandonase el lugar y le intimaron a que proclamase el Concilio y anatematizase a Severo. Sólo cuando el patriarca cedió a la presión y aceptó anatematizar a Severo el pueblo accedió a abandonar la iglesia. Al día siguiente, lunes 16, se celebró la conmemoración de los Santos Padres del Concilio como había prometido el patriarca el día anterior. Al igual que había ocurrido el domingo, cuando el patriarca se dirigió al ambón los asistentes comenzaron a gritar de nuevo exigiendo el anatema para Severo y Nestorio.

Melquisedec en San Apolinar en Classe

Mosaico de Melquisedec, San Apolinar in Classe

 

El pueblo manifestó también su rechazo al chambelán Amancio, acusándolo de nuevo hereje. La tumultuosa congregación exigió la proclamación de los cuatro Concilios Ecuménicos (Nicea, Constantinopla, Éfeso, Calcedonia), así como la proclamación del nombre de los antiguos patriarcas Eufemio y Macedonio. El patriarca accedió a todas las exigencias de la turbulenta multitud, aunque fijó la fecha del 20 de julio para un sínodo que determinara con arreglo a la norma esas disposiciones. En esas fechas los monjes de Constantinopla presentaron un memorándum al patriarca en el que concurrían en esas decisiones, se unían al anatema contra Severo y pedían el regreso de los exiliados. En ese documento se encuentra, por primera vez, la mención del patriarca de Constantinopla como ecuménico.

El 20 de julio 143 obispos se reunieron en Sínodo para ratificar de acuerdo a los cánones las demandas del pueblo de los días 16 y 17 de julio y el escrito de los monjes de Constantinopla. En esa reunión se acordó restablecer en las listas los nombres de los patriarcas que habían muerto en el exilio (Eufemio y Macedonio) y anular todas las disposiciones dictadas contra ellos, proclamar como ecuménicos los Concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia y el anatema y deposición de Severo de Antioquía. Esas decisiones fueron ratificadas en sínodos celebrados en Jerusalén y Tiro en agosto y septiembre, donde las comunidades locales, en el mismo clima de exaltación, proclamaron la victoria de la ortodoxia calcedoniana y la condena de Severo de  Antioquía y sus partidarios. En los detallados relatos de esas reuniones que han llegado hasta nuestros días es notable la popularidad de Vitaliano, que es aclamado repetidamente, y la ausencia del nombre de Justiniano, que parecía desconocido para el gran público en esos momentos.

Tras la reinstauración de los decretos del Concilio de Calcedonia, Justino estaba deseoso de restablecer las relaciones con Roma, que se habían deteriorado gravemente en los últimos años de Anastasio. El 1 de agosto el emperador envió una carta al papa Hormisdas por medio del vir spectabilis Alejandro para comunicarle su elección:

“Declaramos por esta sagrada carta a tu Santidad que en primer lugar con la benevolente ayuda de la indivisible Trinidad y por la mediación de los altos oficiales de nuestro palacio sagrado, el muy venerable Senado y el muy poderoso ejército, hemos sido elegidos y confirmado contra nuestra voluntad y a pesar de nuestra oposición. Por ello suplicamos que por la santidad de tus oraciones supliques al poder divino que se refuercen los comienzos de nuestro reinado”Carta de Justino a Hormisdas, Collectio Avellana, 141

En septiembre el comes sacri palatii Grato partió hacia Roma con tres nueva cartas dirigidas al papa por el patriarca Juan, el emperador y Justiniano. Mientras el contenido de las dos primeras se centra en la solicitud del envío de legados papales a la capital, la carta de Justiniano muestra claramente que ya entonces el sobrino del emperador era el poder en la sombra, demandando al pontífice que se dirigiera en persona a la capital imperial para reglar las diferencias entre Roma y Constantinopla:

“Tan pronto como nuestro señor el invencible emperador, que siempre se ha adherido ardientemente a la fe ortodoxa, recibió el mandado principesco por voluntad de Dios, anunció a los obispos que la paz de la Iglesia debía ser restaurada, y esto se ha cumplido en buena parte. […] Esperamos vuestra llegada sin retraso; pero si sobreviene algún obstáculo, que no debería ser, que retrase vuestra venida, entre tanto no dejes de enviar plenipotenciarios convenientes porque todo el pueblo de nuestra patria no soportará el retraso. Así pues, apresúrate, santísimo señor”Carta de Justiniano a Hormisdas, Collectio Avellana, 147

La respuesta del papa se hizo efectiva en enero de 519 cuando una embajada encabezada por los obispos Germano de Capua y Juan, con Dióscoro el diácono como traductor y consejero, partió rumbo a Constantinopla para poner fin a la negociación para la comunión de las iglesias. Los legados tenían instrucciones del papa de no aceptar otra solución que no fuese la favorecida por Roma (particularmente difiriendo de la postura oriental en la rehabilitación de los patriarcas posteriores a Acacio). Después de desembarcar en Aulona (Valona) la delegación se dirigió por la Via Egnatia hacia la capital. En Scampae (Elbasan) la población y el obispo local les recibieron entusiasmados y se adhirieron sin reservas a lo dictado por la sede romana. Siguiendo el viaje el 7 de marzo en Lignido (Ocrida) el obispo Teodorito aceptó igualmente el libellum papal, lo que llenó de esperanzas a la legación de que podría concluirse felizmente la corrección de las iglesias. Los primeros tropiezos se encontraron en Tesalónica, donde la constitución papal fue recibida con tibieza. El obispo Doroteo declinó por el momento suscribir el libellum y pospuso su aceptación a la celebración de un sínodo.

La legación papal siguió su camino y el lunes de Semana Santa, 25 de marzo,  llegó a la décima piedra miliaria en las afueras de Constantinopla. Junto al llamado Castillo Redondo, (la fortaleza de Ciclobio, cerca del Hebdomon) esperaba una comitiva de bienvenida formada por Vitaliano, Pompeyo, Justiniano y muchos otros dignatarios. La recepción, cargada de solemnidad, prosiguió a través de las calles de la capital ante una muchedumbre expectante. Al día siguiente la delegación fue recibida por el emperador y los miembros del Senado. En ese ambiente solemne los legados presentaron a Justino I el mensaje papal  que este recibió con gran reverencia. El emperador instó entonces a los embajadores papales a reunirse con el patriarca para tratar el asunto pero estos se atuvieron a las instrucciones recibidas:

“¿Por qué tendríamos que ir a discutir con el obispo? Nuestro muy bendito papa Hormisdas, que nos ha enviado, nos ordenó que no disputásemos. Pero tenemos en nuestras manos el libellus, que todos los obispos que desean reconciliarse con la Sede Apostólica han firmado. Si Tu Piedad lo ordena, que sea leído”.

Tras la lectura del libellus los legados dijeron: Que los cuatro obispos presentes como representantes del obispo de Constantinopla digan si lo que se ha leído en el libellus es contrario a la fe verdadera. Los obispos respondieron que todo era verdad. Entonces los legados dijeron oh, Señor Emperador, los obispos nos han librado de una gran preocupación y te dan una oportunidad para expresar la verdad. El emperador le preguntó a los obispos, si eso es verdad, ¿por qué no firmáis? Varios senadores dijeron somos laicos. Tú dices que es verdad. Firma y te seguiremos.

Obispo Eclesio de Rávena

El obispo Eclesio de Rávena

 

Ante la firme posición de los legados el patriarca Juan se reunió con sus obispos en Hagia Sofía para deliberar. El patriarca comunicó al emperador su resistencia a firmar por la condena expresa del patriarca Acacio y amenazó con no hacerlo si no se le explicaba la razón del interdicto papal. Para tratar la cuestión la legación se reunió con el emperador en presencia del Senado. Debido a la prohibición expresa del papa Hormisdas de entrar en disputas el diácono y traductor Dióscoro asumió el papel de mediador. Dióscoro desempeñó su papel con brillantez y convenció a los presentes de la rectitud de la postura papal.  Justino se adhirió a la condena de Acacio. El jueves 28 de marzo en el palacio imperial el patriarca Juan se vio obligado a su pesar a firmar el libellus papal en presencia de Justino y toda la corte. En virtud de ese acuerdo el obispo Acacio y sus cuatro sucesores fueron borrados de los dípticos. Idéntica suerte sufrieron los nombres de los emperadores Zenón y Anastasio.

La comunión de las iglesias era una realidad. En uno de los mensajes intercambiados entre Roma y Constantinopla para celebrar la efeméride el patriarca Juan, muy consciente de su rivalidad con el papa, minimiza su papel para engrandecer los méritos de Justino I:

“El Señor ha brindado un príncipe tan piadoso al estado romano como necesitaba la Iglesia Católica desde hace tanto y toda la raza humana deseaba conocer. Por la gracia celestial del Señor se derramó copiosamente la compasión sobre su cabeza y al tiempo de su elevación todos a una alabaron a Dios, el señor de todos, mientras por mis manos la corona ornaba su cabeza. Primeramente ha triunfado brillantemente en su lucha contra el enemigo [se refiere a la conspiración de Amancio], seguidamente tiene el mérito de su virtud: ha preparado con sabiduría la unión de las sagradas iglesias; terceramente es la bendición de su reino: ha unido lo que estaba disperso y se ha ocupado de la paz en el mundo… Lo que se ha dividido ha sido unido; lo que estaba disperso se ha reencontrado. Como nos corresponde decir y como dije una vez: reconociendo con claridad que las Iglesias de la Vieja y la Nueva Roma son una, y y correctamente juzgando que la Sede de ambas es una, con sensatez reconoció la unión indivisible y la consolidación armoniosa de ambas. Por ello rezo a Dios para que por la mediación de las oraciones de los Santos Apóstoles y los de tu Santidad la Iglesia permanezca por siempre una y que el muy Clemente y muy cristiano príncipe Justino, y su muy piadosa esposa, nuestra hija Eufemia nos sean concedidos en paz por muchos años”Carta del patriarca Juan a Hormisdas, Collectio Avellana, 161, pp. 612-613

Durante los meses siguientes la legación papal permaneció en Constantinopla para supervisar la aplicación del acuerdo. Tras la exaltación inicial la reacción en las provincias comenzó a manifestarse contra la imposición de la voluntad de Roma. Entre los opositores se encontraban también algunos obispos poco dispuestos a doblegarse. Los incidentes más graves se produjeron en Tesalónica, donde el obispo Doroteo se negó finalmente a firmar el libellus argumentando que había enmiendas que hacer. La delegación papal enviada a la ciudad se negó a hacer concesiones y la muchedumbre, muy alterada, atacó a los embajadores matando a algunos sirvientes e hiriendo al jefe de la legación, el obispo Juan. La exigencia del papa de la destitución del obispo Doroteo y su envío a Roma se encontró con la negativa del emperador. Tras una breve estancia en Heraclea Doroteo volvió a ocupar su sede sin sanción.

Otro revés para el papa Hormisdas fue el fracaso de su mediación para que los obispos Elías de Cesarea, Tomás y Nicóstrato, que se habían adherido tempranamente a la postura romana, recuperasen sus antiguos puestos. En todos los casos Hormisdas se encontró con la reticencia de Justino I. En un caso similar en 519 un grupo de monjes del Bajo Danubio enfrentados al obispo de Tomi, Paterno, se convirtió en un nuevo enfrentamiento por la influencia entre Roma y Constantinopla. El asunto se arrastró durante más de dos años sin llegar a un acuerdo definitivo y mostrando a las claras la distancia real entre Roma y Constantinopla a pesar de la firma del acuerdo.

La muerte en febrero de 520 del patriarca Juan puso en la silla patriarcal a Epifanio, que gobernaría la Iglesia Oriental hasta el año 535. El nuevo patriarca se apresuró a manifestar su aceptación de los cuatro Concilios pero mostró más resistencia a borrar de los dípticos el nombre del patriarca Acacio y sus sucesores como demandaba Roma. Justiniano escribió al papa en julio de 520 sobre la cuestión. El contenido de la carta revela la audacia de su posicionamiento político y anticipa su actitud ante el papado durante su reinado:

“Ya que el enemigo de la raza humana intenta siempre entorpecer el curso de los eventos, una parte de los orientales no puede ser obligada, ni bajo amenaza de exilio o de espada y fuego, a condenar los nombres de los obispos que murieron después de Acacio; esta dificultad supone un retraso para un acuerdo general. Sería preferible dejar a un lado la cuestión de los nombres de esos obispos para que puedas librar de una sangría al pueblo que el Señor te ha confiado gobernar, y que concilies no por persecuciones ni derramamiento de sangre, sino por sacerdotal paciencia para que, deseando ganar almas, no perdamos a la vez almas y cuerpos de muchos. Un médico es alabado por apresurarse a curar viejas heridas para que no aparezcan nuevas en ellas”.

Pocos días después de la salida de los legados (10 de julio) Vitaliano fue asesinado a instigación de Justiniano. Es seguro que este prefirió esperar la marcha de los embajadores que siempre mostraron por Vitaliano la mayor de las deferencias.

Díptico consular de Areobindo 506

Díptico consular de Areobindo, año 506

 

La correspondencia entre Justino y Hormisdas en los meses posteriores da cuenta de las dificultades encontradas en las provincias orientales para hacer respetar el acuerdo llegado con la Sede Pontificia. En la carta fechada el 9 de septiembre podemos leer lo siguiente:

“Algunas ciudades e iglesias pónticas y asiáticas, cuyos clérigos y fieles han sido probados por amenazas y persuasiones, no han consentido en eliminar los nombres de los obispos tan estimados por ellos. Consideran la vida menos soportable que la muerte si condenan a los muertos de los que tanto se enorgullecen. Por eso, ¿qué podemos hacer ante tal pertinacia que se niega a obedecer órdenes y desprecia las torturas hasta el punto que sería gozoso para ellos abandonar sus cuerpos antes que sus opiniones religiosas? Con intención de evitar sangre y torturas hemos aceptado el libellus”.

También en la misma fecha del 9 de Septiembre el patriarca Epifanio escribió al papa para recomendar moderación en el trato a las provincias orientales al tiempo que resaltaba significativamente la igualdad entre los dos patriarcados de Roma y Constantinopla. El papa Hormisdas no recibió de buen grado esos avances y esperó a marzo de 521 para contestar de un modo poco comprometedor. En su respuesta Hormisdas dejó claro que en absoluto estaba dispuesto a comprometer la preeminencia religiosa de la Sede Apostólica. En otras cartas escritas ese mismo mes al emperador y al patriarca el papa se mantuvo inflexible en su posición sobre el dogma de la Trinidad y los decretos de los Concilios Ecuménicos sin aprobar medidas de benevolencia hacia los disidentes en Oriente. El análisis de la correspondencia hasta la muerte del papa Hormisdas, el 6 de agosto de 523, muestra el declive progresivo de la influencia de Roma en Oriente tras la unión de las Iglesias y el fortalecimiento de la política religiosa de Justino y Justiniano y su resistencia a someterse a Roma encubiertas bajo las fórmulas de cortesía diplomáticas.

El sucesor de Hormisdas en el pontificado, Juan I (13/08/523-18/05/526) durante su breve periodo de gobierno emprendió el viaje al Este que Justiniano había demandado a su predecesor. El impulsor del viaje era, sin embargo, el rey Teodorico. Preocupado por la persecución anti arriana en el Imperio tras la reinstauración de la fe calcedoniana en 518 y alarmado por el aislamiento diplomático de su reino rodeado por estados no arrianos, dispuso el envío de una embajada de primer nivel encabezada por el mismo papa. Junto a él otros importantes prelados, Eclesio de Rávena, Eusebio de Fano, Sabino de Canosa y los senadores Teodoro, Importuno y los dos Agapitos:

“El mensaje que debían llevar en su embajada era que las iglesias en el territorio de Grecia debían ser devueltas a los heréticos y si esto no se cumplía por el emperador Justino el rey Teodorico destruiría toda Italia por la espada”Libro Pontifical, Vida de Juan I, 1

La embajada llegó a Constantinopla a comienzos de la primavera de 526. Era la primera vez que un papa llegaba a la capital y como correspondía a la importancia del acontecimiento el recibimiento fue fastuoso.

El propio emperador estaba esperando al papa y se inclinó ante él para recibirlo. La comitiva entró en la ciudad por la Puerta Dorada y para regocijo de todos el papa Juan obró el milagro de devolver la vista a un ciego imponiéndole las manos. En la gran Iglesia de Hagia Sofía se celebró un solemne servicio en el que se resaltó la preeminencia del papa con un trono de más altura que el del patriarca. El 19 de abril el oficio del Domingo de Pascua se hizo en latín y a instancias del emperador Juan I volvió a posar la corona sobre la cabeza de Justino.

Durante su breve estancia en la capital el papa se mostró muy activo. Se puso en contacto con muchos obispos que mostraron su inclinación a aceptar el credo calcedonio. Sin embargo el patriarca Timoteo IV de Alejandría y por extensión Egipto, se mostraron inflexibles en su defensa del monofisismo.

En las conversaciones mantenidas con el emperador el papa obtuvo la devolución a los arrianos de los lugares de culto que les habían sido confiscados. Sin embargo Justino I se negó rotundamente a permitir que volviesen a su antigua fe los convertidos. A finales de abril la embajada partió hacia Italia. A su llegada a Rávena a comienzos de mayo el rey Teodorico se mostró muy descontento con los resultados. Como consecuencia se ordenó una investigación más extensa. La delegación estaba todavía detenida en Rávena cuando el papa, que estaba mal de salud, falleció el 18 de mayo.

La política religiosa pro-calcedoniana propugnada por Justino y Justiniano desembocó en una persecución religiosa en el Este para vencer la resistencia de amplios sectores del clero y la población desarrollada en tres etapas:

  • En una primera fase violentas medidas de fuerza gubernamentales que despertaron amargas críticas entre los territorios simpatizantes con el monofisismo. Vitaliano se convirtió en el jefe espiritual de la persecución.
  • Una segunda etapa, a partir de la desaparición de Vitaliano (ardiente defensor de la política ortodoxa) en julio de 520, marcada por una suavización de las medidas ante la tenaz oposición del clero, el monacato y el pueblo en defensa de su fe. El temor a la pérdida de esas regiones orientales impuso prudencia al gobierno. Una excepción supuso el caso de Egipto, que como se ha dicho, no sufrió ningún tipo de represalias y se convirtió en tierra de asilo para muchos refugiados.
  • Le tercera etapa, en los últimos años del reinado de Justino, marca un retorno a la coerción y la violencia que culmina con la promulgación en 527 de un Edicto contra los herejes, tras el fracaso de las medidas para combatir la disidencia religiosa.

La represión del gobierno supuso el exilio de decenas de obispos en el Este aunque algunas de las principales figuras del monofisismo pudieron escapar a Egipto para proseguir su lucha. Ese fue el caso de Severo de Antioquía y Julián de Halicarnaso. Otros como Filoxeno-Jenias, obispo de Hierápolis. padecieron y murieron en el destierro sin someterse. Juan de Tella, Jacobo de Saruj o Pedro de Apamea fueron otras figuras destacadas del credo monofisita. Cronistas monofisitas como Zacarías el rétor y Juan de Éfeso dedican amplio espacios en sus obras para destacar la violencia de la persecución infligida sobre sacerdotes, monjes y el pueblo.

Una de las últimas medidas del gobierno de Justino fue la promulgación conjunta por Justino y Justiniano (y por tanto posterior al 4 de abril de 527) de un Edicto dirigido contra los heréticos en el que se anunciaban severos castigos contra los infractores de la ley, especialmente contra aquellos que desobedeciendo las ordenanzas imperiales se infiltrasen en el ejército. Esta pieza legal tenía un precedente en el edicto promulgado por Justino en 519-520 dirigido a las tropas regulares de origen romano:

“Nadie puede ser alistado en el ejército a menos que tres testigos testifiquen sobre los Libros Sagrados que es un cristiano ortodoxo; el acto debe tener lugar en presencia del comandante bajo el que va a servir; y tiene que efectuarse un pago de dos nomismata por este acto. Pero si se desobedece este Edicto el comandante pagará cincuenta libras de oro, sus oficiales subalternos veinte y la persona alistada diez; esta será licenciada y los falsos testigos recibirán castigos corporales. Y las penas serán pagadas al tesoro imperial bajo la responsabilidad del comes [comes rerum privatarum]”Código de Justiniano, I, 4, 20

Un paso adelante en estas medidas legales fue el Edicto promulgado entre el 4 de abril y el 1 de agosto de 527 sobre los heréticos, la medida final de la política religiosa del reinado de Justino I. Mucho más severo en el tono que el anterior, prescribía una larga lista de prohibiciones y castigos contra los heréticos:

  • Se les excluía de todos los puestos de honor en el Estado, de las magistraturas y del ejército salvo oficios menores. Se mencionaban específicamente la abogacía del Estado (defensor, ekdikos en griego), la prefectura de la ciudad y el cargo de pater civitatis (pater poleos en griego)
  • Se les impedía la práctica de la abogacía o la enseñanza en todo el Imperio, con elevadas multas para aquellos que engañasen para desempeñar esas profesiones o para los ortodoxos que, sabiéndolo, consintiesen que un herético siguiese ejerciéndolas.
  • En el ámbito familiar si hubiese diferencias de credo entre los cónyuges, o hijos de padres paganos se inclinasen al cristianismo se habría de apoyar a la parte ortodoxa. Igualmente se establecían limitaciones a los derechos de dote y donaciones tras el matrimonio.

Quedaban a cargo de la observancia del cumplimiento del Edicto los oficiales civiles y religiosos en todo el ámbito del Imperio. Por definición se consideraba herético a todo aquel que no profesase la confesión calcedoniana. El edicto los clasifica en maniqueos, samaritanos, judíos y helenos (paganos). Fuera de estas severas prescripciones estaban los godos enrolados en las tropas de los foederati, a los que se permitió seguir practicando su fe sin trabas. Significativamente el término monofisita no es empleado en el Edicto. La denominación reservada para ellos es eutiquianos o acéfalos y como tales no son mencionados en el texto legal.

 

La política exterior de Justino I

 

En los primeros años del reinado de Justino I el Imperio estaba en un estado de tregua con Persia tras el cese de las hostilidades en 505. Al finalizar el conflicto el rey Cabades (487-498 y 501-531)  había emprendido la guerra contra los hunos heftalitas hasta 513 y a continuación el fenómeno socio-religioso mazdakita exigió de toda su atención hasta 523, año en el que aniquiló a la secta y se vio libre para asumir el pleno control de la política persa. Entonces el rey pudo considerar de nuevo la confrontación con el Imperio. El conflicto que estalló en el año anterior a la muerte de Justino tuvo su centro en tierras caucásicas, en el reino Lázica (la región situada entre los ríos Faris y Choroj hasta la frontera con Iberia). La región era pobre en recursos naturales pero su importancia estratégica atrajo a los dos eternos rivales:

“Existen dos puestos de guardia en Lázica, que uno encuentra nada más penetrar en el país tras cruzar las fronteras de Iberia. De su vigilancia se encargaban, desde época remota, los naturales de la región, aunque sufrían muchas penalidades, porque allí no hay ni grano, ni vino, ni ninguna otra cosa buena. Y tampoco es posible llevar nada desde otro sitio por culpa de lo intransitable del lugar, a menos que se haga con porteadores. No obstante, los lazos eran capaces de mantenerse con una especie de mijo que allí se da y al que se habían acostumbrado”Procopio de Cesarea, Guerra Persa, I, xii 15-18

El reino de Lázica, aunque cristiano, mantenía una cuidadosa distancia con el Imperio a principios del siglo VI y no estaba subordinado a los dictámenes del gobierno de Constantinopla. La importancia estratégica del reino al defender los pasos fronterizos que impedían a los hunos acceder a Anatolia desde el Cáucaso lo convertía en una baza diplomática de primer orden para las grandes potencias en el Este.

Durante el reinado de Anastasio y los primeros años de Justino I el rey Cabades había conseguido imponer su influencia en el reino hasta el punto de intentar introducir los ritos zoroastrianos en él. En 522, tras la muerte del rey Zamnaxes, su hijo Tzates buscó refugio en la corte de Justino por temor a las maniobras de Cabades. El emperador recibió de buen grado a Tzates, lo hizo bautizar de nuevo y le dio como esposa a Valeriana, hija de Nomo, patricio y Curopalata. Tzates fue coronado como rey de Lázica en Constantinopla y recibió espléndidos insignias reales.

La noticia irritó profundamente a Cabades y tensó todavía más las relaciones entre los dos estados. En el intercambio de cartas que siguió el rey persa acusó a Justino I de haber roto la tregua por conceder atribuciones reales a un súbdito persa. Justino no deseaba precipitar una ruptura y dio sus explicaciones:

“No hemos anexionado ni sobornado a ninguno de los súbditos de tu imperio. En realidad un hombre llamado Tzathios [Tzates] se presentó a nosotros como suplicante  para ser rescatado del paganismo, de los sacrificios impíos y de errores demoníacos y pidió convertirse en cristiano, digno de la gracia del Dios eterno, creador de todas las cosas. Era imposible negárselo a quien deseaba conocer al Dios verdadero. Así, cuando se convirtió en cristiano y digno de los misterios celestiales lo enviamos de vuelta a su tierra”Malalas, libro XVII, 414

Las semillas para una nueva confrontación entre persas y romanos estaban sembradas. Ambos bandos buscaron aliados para la guerra que se avecinaba. Los hunos asentados en la estepa del sur de Rusia, que podían presionar a ambos imperios a través de Iberia y Lázica, fueron cortejados con insistencia. Su rey Zilgibi negoció buscando el mejor postor. Cuando Justino tuvo noticia de sus manejos no dudó en dirigirse directamente a Cabades:

“Mira, es apropiado que seamos como hermanos en nuestra amistad y no ser burlados por nuestros enemigos. Y sabe, queremos informarte que Zilgibi el huno ha recibido una gran suma de dinero de nosotros para ayudarnos en la guerra y mira que ahora ha acudido a ti con intenciones traicioneras y cuando estalle la guerra se pasará a nuestro lado y matará a los persas. Y ahora, como tú dices, que haya paz entre nosotros y no guerra”Juan de Nikiu, Crónica, XC, 40

Complacido por la actitud amistosa de su colega romano, Cabades llamó a Zilbigi y tras comprobar su culpabilidad ordenó su muerte. El desenlace pacífico de la crisis de 522 impulsó a Cabades a proponer a Justino que apadrinase a su hijo Cosroes, para quien deseaba el trono persa a su muerte. Cosroes era el cuarto de sus hijos y según la ley persa la sucesión correspondía al mayor, Caoses. El rey, sin embargo, prefería a Cosroes y para sostener su candidatura aprovechó el nuevo clima de amistad desarrollado tras la resolución de la crisis en Lázica. La propuesta tenía precedentes en el siglo anterior. Arcadio había encomendado a su hijo Teodosio II a Yezdegerd I para protegerlo contra las intrigas de la corte imperial. Ahora Cabades escribió a Justino para pedir que hiciese otro tanto con su hijo.

La propuesta despertó inmediata simpatía entre Justino y Justiniano que mostraron su intención de aceptarla de inmediato. Sin embargo los argumentos del cuestor Proclo, que veía en esa maniobra una artimaña peligrosa para la seguridad del Imperio provocó un cambio de opinión. Cuando Cabades escribió por segunda vez para determinar el modo en que se realizaría la adopción la respuesta del gobierno romano despertó su ira:

“Y entonces Proclo, todavía más que antes, vino a denunciar esta tentativa de los persas, insistiendo en que lo que más les interesaba era apropiarse ellos del poderío romano del modo más seguro posible. Y expresó su opinión de concluir la paz de inmediato con ellos y con este fin enviar, de parte del emperador, a unos hombres de primera fila quienes, en el momento en que Cabades les preguntara cómo tenía que llevarse a efecto la adopción de Cosroes, debían responder abiertamente: “Conforme al estilo de los bárbaros”; con lo que daba a entender que los bárbaros no adoptan hijos mediante un documento sino por la fuerza de las armas”Procopio de Cesarea, Guerra Persa, I xi, 21-23

La delegación romana estaba encabezada por Hipacio y Rufino. Por su parte los persas llegaron con Séoses y Mébodes. Las dos embajadas se encontraron en la frontera y comenzaron las negociaciones de inmediato. Por su parte el joven Cosroes estableció su campamento cerca de la frontera para poder entrar en territorio romano tan pronto como recibiera la señal.

Los desacuerdos entre las delegaciones surgieron rápidamente. La cuestión de Lázica seguía enfrentando a romanos y persas y tampoco entonces se llegó a un acuerdo. Y cuando los delegados romanos anunciaron que la adopción se haría por las armas, en el modo en que se recibía a los bárbaros en el Imperio, la decisión fue considerada como una afrenta por los persas. Las negociaciones se rompieron de inmediato y ambas delegaciones partieron sin ningún acuerdo. Al conocer la noticia Cabades se resintió profundamente. Tras la llegada de la delegación persa su jefe, Séoses, fue acusado por su colega Mébodes de haberse extralimitado en sus atribuciones al discutir la cuestión de Lázica y frustrar así las negociaciones. El rey ordenó su ejecución sumaria.

El fracaso diplomático renovó en el rey persa su interés por Lázica aunque la cuestión tuvo que posponerse por la necesidad de atender primeramente a la situación en Iberia. El periodo que va desde 524 hasta la muerte de Justino estuvo marcado por la rivalidad de ambos estado por la cuestión ibera.

Díptico consular de Justiniano, año 521

Díptico consultar de Justiniano, año 521

 

En su deseo de proteger la frontera norteña de su reino y a partir de ahí avanzar sobre Asia Menor el rey Cabades buscó un pretexto para la guerra forzando a los iberos a abandonar sus prácticas funerarias cristianas y ordenándoles en su lugar que entregasen los cuerpos de sus muertos a las alimañas. Tal medida sólo podía provocar una rebelión entre ardientes cristianos como los iberos. Gurgen, el rey ibero, acudió a Justino para pedir ayuda contra los persas.

La primera medida del emperador fue enviar a Probo, el sobrino de Anastasio, a la ciudad de Bosporos en Crimea con dinero para reclutar los servicios de los hunos y enviarlos en ayuda de los iberos. Probo sin embargo no fue capaz de cumplir su misión por las dificultades internas entre los hunos. Justino no abandonó su empeño. Consiguió reunir algunas tropas hunas y las envió al mando del general Pedro a Lázica.

La respuesta persa fue enviar a Iberia un poderoso ejército al mando de Boes. Incapaz de resistir, el rey Gurgen escapó a la frontera de Lázica con su familia y toda la nobleza ibera e intentó resistir en las regiones montañosas. La presión persa le obligó a escapar y buscar refugio en Constantinopla. Las tropas romanas en Lázica recibieron orden de retirarse y toda Iberia quedó en manos de los persas y perdió su independencia. En años futuros los repetidos intentos de los iberos por restablecer un rey fueron frustrados por la decidida oposición de Persia.

Lo ocurrido en Iberia y Lázica supuso un revés humillante para el prestigio romano. Ante su fracaso en el Cáucaso Justino decidió golpear en Persarmenia y Mesopotamia. En el año 526 comenzaron las hostilidades. En ese año los jóvenes comandantes Belisario (que aparece por primera vez aquí en las crónicas) y Sitas realizaron una exitosa incursión en el interior del territorio persa. Puedes leer sobre esto en la entrada sobre la biografía de Belisario. Un segundo intento en la misma región se encontró con una decidida respuesta de los generales armenios Narsés y Aracio. Los romanos tuvieron que retirarse apresuradamente en lo que parece una guerra de frontera.

Entre tanto en el sur el general tracio Libelario, al mando en la región de Daras, invadió Mesopotamia pero se retiró rápidamente sin conseguir nada. Su fracaso supuso su destitución y el nombramiento de Belisario en su lugar. Estas operaciones ocurrieron en  527, el último año del reinado de Justino, y se prolongaron en los primeros de Justiniano hasta terminar en la Paz Eterna firmada en 532. Al término del conflicto a los exiliados iberos se les ofreció la posibilidad de retornar a su patria pero muchos, entre ellos el propio Gurgen y su familia, decidieron permanecer en el Imperio. Su hijo mayor Peranio tuvo una larga y exitosa carrera en el ejército romano y murió durante su servicio en Italia.

A pesar de que los persas eran ahora dueños de los pasos fronterizos en el norte que guardan de las incursiones hunas el rey Cabades decidió que el Imperio debía contribuir a su mantenimiento ya que los beneficios de su salvaguardia eran mutuos. Con tal motivo escribió a Justino demandándole el pago de 550 centenaria de oro, cantidad estimada para sufragar los gastos de guarnición. Justino I se negó a pagar y la cuestión se convirtió en otro motivo de fricción entre Bizancio y Persia.

 

Justino I y los árabes

 

Más al sur, en los territorios ocupados por los árabes lájmidas y gasánidas, se daban las condiciones para nuevos enfrentamientos entre romanos y persas. El reino lájmida, de origen yemení, estaba asentado en el actual Iraq, con su capital en al-Hira, y políticamente gravitaba en torno a Persia. Su población era mayoritariamente nestoriana y su rey en estos años Alamundaro III o al-Mundhir (505-554).

Opuestos a ellos estaba otra tribu árabe, la de los gasánidas, monofisitas de confesión y sujetos a la soberanía bizantina. Su gobernante es llamado filarca en las crónicas. Lájmidas y gasánidas fueron empleados como auxiliares a lo largo de todo el siglo VI en las constantes guerras entre persas y romanos, aunque sus gobernantes tuvieron cuidado de perseguir en paralelo sus propios intereses. Procopio nos informa de las cuestiones que enfrentaban a ambas tribus:

“Él [Alamundaro], entonces, acusó a Aretas [al-Harith, filarca de los gasánidas] de haber violado las fronteras de su territorio, de manera que trabó combate contra él durante el armisticio y, con aquel pretexto, comenzó a efectuar correrías en suelo romano. Y realmente así era, pues nunca se había hecho mención de los sarracenos en los tratados, por estar englobados bajo el nombre de persas y romanos. Esa región, que en aquel tiempo se la disputaban los dos grupos de sarracenos, se llama Estrata [la Strata Diocletiana que une Damasco con el Éufrates vía Palmira] y se encuentra en dirección sur desde la ciudad de Palmira.  Y en ningún lugar produce ni árbol ni ninguno de los buenos frutos de la cosecha, por estar increiblemente agostada por el sol, si bien desde antiguo se viene destinando a pasto de ganado. Lo cierto fue que Aretas sostenía que aquel territorio era de los romanos y como prueba alegaba el propio nombre que de todos había recibido desde muy atrás (“Estrata”, en efecto, es como se dice en latín “camino pavimentado”), sirviéndose del testimonio de unos hombres muy ancianos. Pero Alamundaro no pretendía de ningún modo porfiar por el nombre y lo que afirmaba era que, de antiguo, los dueños de los ganados le pagaban un precio por aquellos pastos”Procopio de Cesarea, Guerra Persa, II, i, 1-9

Para defender la región de los asaltos árabes los antecesores de Justino habían ordenado la construcción de varias fortalezas, particularmente en el desierto de Tannuris. Una de esas había sido erigida en tiempos de Anastasio pero los árabes la habían demolido poco después. Justino I decidió que Tannuris era un lugar apropiado para vigilar la frontera y envió al silenciario Tomás de Apadna para dirigir los trabajos de reconstrucción. Las obras apenas habían avanzado cuando un ataque de los árabes y cadisenos desde Singara y Thebetha frustró el intento. Las labores de fortificación se reiniciarían otra vez durante el reinado de Justiniano. La región necesitaba la presencia de fuerzas militares ante las incursiones de los merodeadores árabes que asaltaban a los peregrinos que cruzaban por allí en dirección a Tierra Santa.

Tras la negativa de Justino a costear los gastos de las defensas en el norte Cabades encomendó al rey Alamundaro la tarea de hostigar a los romanos en la región. La figura de Alamundaro es tratada con admiración por Procopio:

“Alamundaro era un hombre muy sensato y bien provisto de experiencia en materia de guerra, leal a los persas más que nadie y particularmente enérgico, alguien que durante cincuenta años había hecho que el Imperio Romano se hincara de rodillas ante él […] Nadie le salía al encuentro. Y es que nunca efectuaba sus ataques a lo loco, sino que de una forma tan repentina y tan ventajosa para él que, de ordinario, ya se había marchado con todo el botín cuando los generales y las tropas se estaban aún informando de lo ocurrido […] En fin que, resumiendo, este hombre se convirtió en el enemigo más peligroso y temible para los romanos”Procopio de Cesarea, Guerra Persa, I, xvii 45-46

A instancias de Cabades Alamundaro realizó en 523 dos devastadoras incursiones en territorio romano. En la primera recorrió pillando la región entre los ríos Balij (Bilecha para los romanos) y el Jabur (Aborras). Una segunda incursión penetró por la región de Apamea y Emesa y llegó hasta los suburbios de Antioquía provocando grandes daños económicos y la captura de miles de cautivos. En su horror las crónicas llegan a relatar el sacrificio ordenado por el pagano Alamundaro de cuatrocientas monjas del convento de Santo Tomás en Apamea en honor de la diosa al-Uzza, la versión arábiga de Venus.

La expedición fue un resonante triunfo para Alamundaro. Entre los cautivos se encontraban dos generales romanos, uno de ellos Timóstrato, veterano de la guerra persa de Anastasio y antiguo duque de Calínico. El emperador se decidió a tratar directamente con el rey lájmida para buscar la paz en la región. A finales de 523 una embajada llegó a al-Hira para negociar. Al mando estaban Abraham, hijo de Eufrasio, y Sergio, el obispo de al-Resafa.

La embajada llegó a al-Hira en enero de 524 pero descubrieron que Alamundaro estaba en uno de sus campamentos en el desierto. El 20 de enero los enviados abandonaron la población y a principios de febrero encontraron a Alamundaro junto a Ramlah. En el lugar ya estaban congregados representaciones de varias doctrinas cristianas asentadas en Persia que habían sido enviadas allí por Cabades. El objetivo de Abraham era complejo: conseguir la paz con Alamundaro para que cesasen las incursiones en Siria, conseguir la liberación de los dos generales prisioneros y mejorar la situación de los cristianos que vivían bajo el gobierno del rey lájmida. Todos esos objetivos fueron conseguidos con la satisfacción añadida de asistir a la expulsión de los refugiados monofisitas  del reino de Alamundaro. La única nota negativa fue el conocimiento de la masacre realizada sobre las poblaciones cristianas entre los hymiaritas, en el sur de la península arábiga.

 

Justino I, Abisinia y el sur de Arabia

 

En el siglo VI Bizancio consideraba Abisinia un estado dependiente. Las relaciones con esas tierras fueron conducidas desde Egipto a través del patriarca de Alejandría que, como sabemos, no fue afectada por las persecuciones contra los partidarios del credo monofisita que se realizaron en el resto del Imperio. Tras la muerte del patriarca Dióscoro II en 517/518, Timoteo IV accedió a la sede sin la oposición del gobierno y la ocupó hasta 535. En virtud de su cargo el nuevo patriarca se ocupó de las relaciones con el lejano sur.

La comunicación entre Egipto y Abisinia no era fácil por tierra, especialmente por la presión de las tribus blemmíes y los nubios. Alrededor de 522 los ataques de los blemmíes sobre el Alto Egipto provocaron una petición al duque de la Tebaida, Flavio Mariano, para que protegiese la ciudad de Ombos. En esa época el gobierno todavía toleraba la celebración de viejos ritos paganos en la isla de File. También en esta época se produjo un enfrentamiento con ribetes religiosos entre los axumitas (etíopes) del rey cristiano Elesboas y los homeritas del Yemen. Justino prometió a través del patriarca Timoteo ayuda militar en forma de tropas reclutadas entre blemmíes y nubios para enfrentarse a los hymiaritas.

Los homeritas/hymiaritas, residentes en Yemen, habían acogido en su seno desde mucho tiempo atrás misiones cristianas, que convivían con otros sectores de la población de confesión judía o simplemente paganos. La abierta intención del gobierno imperial por convertirse en protector del reino de Abisinia apuntaba a a la defensa de los intereses comerciales y a participación en la guerra contra el reino hymiarita del Yemen aliado a Persia, que también tenía intereses en la región. Una victoria en la región permitiría al gobierno ejercer más presión sobre las tribus árabes en Mesopotamia que a su vez estaban muy interesadas en el control sobre la península arábiga.

El monarca reinante en Abisinia en tiempos de Justino era Elasboas y su enemigo yemenita Dhu-Nuwas, de religión judía. El detonante de la guerra entre ambos fue la masacre de un gran número de cristianos por Dhu-Nuwas en la ciudad fortificada de Nagran en octubre de 523. Unos trescientos habitantes del lugar fueron asesinados, entre ellos el jefe de la tribu Harith ibn-Kilab (Aretas en los relatos cristianos) por su negativa a convertirse al judaismo. De allí la persecución se extendió a otras regiones.

Las noticias de lo ocurrido en Nagran fueron comunicadas a Justino. El rey Elesboas recibió a los supervivientes que pedían venganza y solicitó naves al emperador para atacar el Yemen. Justino I respondió que esa tierra estaba demasiado lejos para enviar tropas allí y ordenó al patriarca Timoteo de Alejandría que contactase con Elesboas para emprender la guerra. Finalmente el Imperio proporcionó barcos mercantes al rey abisinio para transportar sus tropas. En el documento llamado el Martirio de Aretas se especifican los detalles:

“De la ciudad de Ayla [Aqabah] en la bahía de Aqabah, quince naves; de Clysma [Suez] veinte; de la isla de Iotabe [cerca de la península de Sinaí] siete; de Beronice en el Mar Rojo, dos; de la isla de Farsan en el Mar Rojo, siete; de la India, nueve”Martirio de Aretas, § 29, 747

En el invierno de 524-525 unas setenta naves se reunieron en el puerto de Gabaza, cerca de Adulis, la capital de Elesboas. En la primavera de 525 cuando se abrió la estación de navegación la expedición partió hacia el Yemen. Elesboas consiguió derrotar en dos campañas a Dhu-Nuwas y conquistar su capital de Tafar. En su lugar fue nombrado un monarca cristiano llamado Esimifeo como tributario de Abisinia. Elesboas estuvo ocupado en esta guerra tres años y regresó a su reino alrededor de 528, cuando ya había muerto Justino. Tras la victoria Elesboas envió dos oficiales a Alejandría para informar al augustalis de Egipto, Licinio, del resultado de su campaña.

La leyenda etíope de Justino I

La guerra abisinio-yemenita dejó su recuerdo en la tradición abisinia. En ella no es Justiniano, sino Justino el monarca bizantino que es recordado en el Kebra Nagast o La Gloria de los Reyes. A finales del siglo XIII la dinastía en el poder proclamó sus lazos con los tiempos de Salomón y la reina de Saba [que se extendería en el tiempo hasta el Negus Haile Selassie, muerto en 1975]. Para glorificar su historia se compuso el Kebra Nagast, compilado entre 1314 y 1322. El libro contiene una colección de leyendas que tienen como centro al pueblo etíope considerado el elegido y a su reino el más elevado entre todos los del mundo por su antigüedad que se extiende hasta los tiempos bíblicos. En diversos pasajes se alude a la historia de Bizancio, resaltando las herejías que la han azotado comparadas a la pureza de la fe etíope, lo que la hace superior a cualquier otra del mundo.

En uno de sus pasajes el Kebra Nagast se refiere directamente al reinado de Justino I:

“Y el rey de Roma y el rey de Etiopía y el arzobispo de Alejandría se informarán unos a otros para destruirlos [a los judíos]; ya  que los romanos son ortodoxos. Y se alzarán para luchar, para hacer la guerra a los enemigos de Dios, los judíos,  destruirlos, el rey de Roma para destruir Enya [Armenia] y el rey de Etiopía para destruir Fineas [Dhu-Nuwas]; y saquearán sus tierras y construirán allí iglesias, y aniquilarán a los judíos al final de este ciclo de doce ciclos de luna. Entonces el reino de los judíos conocerá su fin y el reino de Cristo se creará bajo la llegada del falso Mesías [anticristo]. Y esos dos reyes, Justino el rey de Roma y Kaleb [Elasboas] el rey de Etiopía se encontrarán en Jerusalén. Y su arzobispo tendrá preparadas ofrendas y las presentarán y establecerán la Fe en el amor, como se ha dicho al comienzo de este libro. Y por amor compartirán el título real [de rey de Etiopía]. Se unirán a David y Salomón, sus padres. Aquel a quien escojan de entre los reyes de Roma será llamado Rey de Etiopía y del mismo modo el Rey de Roma llevará el nombre de Rey de Etiopía”.

Kebra Nagast, § 117

 

Justino I y los eslavos

 

Las evidencias históricas, lingüísticas y topográficas muestran que poblaciones eslavas se habían asentado en los Balcanes antes del siglo VI, pero los ataques e incursiones que padeció la región en este tiempo tuvieron como protagonistas a nuevos contingentes de emigrantes llegados más allá del Danubio, especialmente tras el colapso del imperio huno a la muerte de Atila en 453. Antes de la llegada de Justino al trono bandas de eslavos se infiltraron en Tracia y el Ilírico y llegaron en 517 a las Termópilas. Para incrementar la seguridad de la capital Anastasio había hecho construir los Muros Largos desde el Mar de Mármara hasta el Mar Negro. Tal medida se mostró a la larga inefectiva y las destrucciones causadas por los bárbaros unidas a los daños provocados por los terremotos de la primera mitad del VI contribuyeron a la degradación de las condiciones de vida en los Balcanes.

La más desastrosa de las invasiones tuvo lugar en 517, en vísperas del advenimiento de Justino. Los eslavos devastaron Macedonia y Tesalia y llegaron hasta el Epiro. Anastasio intentó rescatar a los numerosos cautivos pero el esfuerzo fue insuficiente. En palabras de Procopio refiriéndose a los hechos del año 531, “los hunos, antas y esclavenos ya habían cruzado [el Danubio] muchas veces y causado un daño irreparable a los romanos”. La penetración de las bandas eslavas en los Balcanes continuó durante todo el reinado de Justino.

Más al norte, en Crimea, la antigua ciudad de Bosporos, amenazada por los hunos se sometió al Imperio durante el reinado de Justino I. Sabemos que el emperador envió a Probo a la ciudad para reclutar hunos con destino a la guerra en Iberia. Posteriormente, durante el reinado de Justiniano, las defensas en las posesiones imperiales en Crimea fueron reforzadas.

El conglomerado de tribus que se conoce colectivamente como hunos era a principios del siglo VI una amenaza de primer orden para Bizancio y Persia en su frontera norte. Buscados como aliados y temidos como enemigos, los hunos onogures y cutriguros, asentados en las mesetas del sur de Rusia, desempeñaron un papel importante en la política exterior durante el reinado de Justino I. Más al Este los hunos heftalitas o blancos también son mencionados en las crónicas como una amenaza permanente para persas y romanos. En las Vidas, obra escrita por Juan de Éfeso para recordar las edificantes biografías de algunos monjes en el Este, se mencionan la incursiones de los hunos heftalitas en las provincias orientales en el periodo entre 515 y 535:

“Cuando el santo llevaba veinte años subido en la columna se le mostró una revelación sobre la terrible horda de bárbaros [hunos] que llegaría para castigar a los hombres en la Tierra. Y después de veinte días los hunos vinieron y cubrieron toda la tierra del Este y nunca habían aparecido antes en tan gran número en tierras de los romanos ni se había oído que antes que estos hubiesen cruzado el Éufrates […] A veces aparecían con frecuencia y gritaban “¡huye, huye!, la tierra está llena de hunos. Y los hunos aparecían en terribles formas, cabalgando en sus caballos con espadas desenvainadas y relampagueantes”Juan de Éfeso, Vidas de los Santos del Este, XVII, 19-26

Otro de los protagonistas de la época es otra tribu húnica, los sabiros, asentados en el norte del Cáucaso. Eran estos los que amenazaban los pasos de las Puertas Caspias. En 515 realizaron una desastrosa incursión en las provincias pónticas y saquearon Capadocia. Ante esa amenaza la cuestión de la seguridad de los pasos en el norte se convirtió inevitablemente en un problema diplomático de primer orden. Probablemente el Zilbigi mencionado anteriormente era de estirpe sabira.

Así como los sabiros eran enemigos tradicionales de Bizancio, los hunos heftalitas lo eran de Persia. El rey Perozes [Firuz] sufrió en 484 ante ellos una derrota devastadora que le costó la vida. Su hermano y sucesor Vologeses tuvo que pagar durante dos años el tributo que le impusieron los vencedores. Más adelante Cabades mantuvo mejores relaciones con los hunos blancos. Tras su intento fallido de tomar el trono en 487 se refugió entre los heftalitas y tras su deposición en 498 durante el movimiento mazdakita volvió de nuevo a apoyarse en ellos y usar su alianza para recuperar el trono. Sin embargo entre 503 y 513, tras el fin de la guerra con Bizancio, Cabades tomó las armas contra sus antiguos aliados y resultó finalmente victorioso. Para entonces la influencia en la región de los hunos blancos estaba en regresión. A mediados de siglo su lugar fue ocupado por los turcos.

 

Justino y el Oeste

 

Aunque separados del Imperio desde el siglo anterior, los reinos de Italia y África eran considerados de vital importancia para la diplomacia bizantina a comienzos del siglo VI. En particular el reino ostrogodo de Teodorico, que albergaba en su seno a Roma y la Sede Apostólica era, por fuerza, interlocutor privilegiados de Constantinopla, especialmente tras el cambio de la política religiosa del Imperio auspiciado por Justino I y Justiniano.

Las relaciones entre la corona ostrogoda y el Imperio habían sido establecidas por el acuerdo de 497 entre Teodorico y Anastasio por el cual Italia seguía formando parte del Imperio con Teodorico como representante del emperador. En obediencia a ese acuerdo nunca se usaron los años del reinado de Teodorico para datar la documentación oficial ostrogoda ni el monarca acuñó moneda salvo como subordinado del emperador. Tampoco Teodorico promulgó leyes, sino edictos. Los derechos de nombramiento de los cónsules en el Oeste, cedidos por Zenón y Anastasio a Teodorico, estipulaban que sólo los romanos podían ser elegidos para el puesto y sólo ellos podían ser miembros del Senado. Si las magistraturas civiles les estaban reservadas, por el contrario el ejercicio de las armas quedaba en exclusiva para los godos, con Teodorico como magister militum , el puesto que le había concedido Zenón. El rey era comandante supremo de un ejército compuesto enteramente de godos. Para subrayar su posición Teodorico se conformó con titularse rex, sin el añadido rex gothorum o romanorum. En palabras de Procopio:

“De este modo se ganó el favor de todos los bárbaros enemigos que tuvieron la suerte de sobrevivir y él mismo se aseguró el mando sobre los godos y los italianos. Aunque [Teodorico] no reclamó el derecho a asumir ni la indumentaria ni el título de emperador de los romanos, sin embargo se le siguió llamando rex hasta el fin de sus días, y es que así acostumbran los bárbaroas a llamar a sus líderes”Procopio de Cesarea, Guerra Gótica, I i 26

Así como en su reino había una dualidad legal entre sus súbditos también existía en el terreno religioso. El propio Teodorico era arriano y tolerante. En palabras citadas por su cuestor Casiodoro no podemos imponer la religión porque nadie puede ser obligado a creer contra su voluntad.

Por respetuoso y admirador que fuese de la herencia clásica y la cultura romanas el objetivo fundamental del gobierno de Teodorico fue asegurar la completa independencia de su reino del Imperio. Para ello trazó una compleja red de alianzas matrimoniales con los reinos vecinos. En el momento de la accesión al trono de 518 los intereses de Teodorico, del Senado romano y del Papa eran favorables a un entendimiento con Constantinopla, especialmente después de la vuelta de la política religiosa imperial a una estricta ortodoxia. Teodorico, en particular, deseaba mantener buenas relaciones con el emperador para asegurar la cuestión no definida de su sucesión. El rey deseaba que se reconociese a su yerno Eutarico como señor de Italia y para ello necesitaba la aprobación del emperador. La inclinación arriana del rey no era un problema inmediato, pues Justino I tenía cuestiones mucho más inmediatas a las que hacer frente.

Para mostrar su buena voluntad Justino I tomó la decisión sin precedentes de nombrar a un godo para el consulado como compañero de él mismo. El elegido para ese inmenso honor, en un claro gesto político, fue Eutarico, el yerno del rey. El embajador bizantino Símaco asistió a los fastuosos juegos celebrados en Roma y Rávena en honor del nuevo cónsul y la renacida amistad entre Teodorico y Justino pareció presagiar años de bonanza diplomática.

Pero las esperanzas de Teodorico se vieron pronto defraudadas con la temprana muerte de Eutarico en 522. Tras su pérdida las esperanzas del rey se pusieron en el niño Atalarico, nacido de su hija Amalasunta en 518. En consecuencia todo se dispuso para que el joven estuviese preparado para suceder al rey cuando este falleciese. En ese mismo año 522 Justino I realizó un nuevo gesto amistoso hacia Teodorico al renunciar a su derecho en la nominación del cónsul y ceder al rey la elección de los dos nombres, Símaco y Boecio. El año siguiente, sin embargo, las relaciones entre ambas capitales comenzaron a enfriarse por la política religiosa de Justino. La minoría arriana en el Este había sufrido las consecuencias: iglesias confiscadas, obligación de los fieles de abandonar su crédito y abrazar el dogma calcedonio. La legislación imperial excluyó a los no ortodoxos de los puestos relevantes de la administración y el ejército. Para agravar la desconfianza entre ambos gobiernos, la aproximación del nuevo papa Juan I al emperador y el temor a las consecuencias para la supervivencia de su reino provocaron un cambio en el carácter de Teodorico. Ya no más el gobernador tolerante de antaño, el rey ostrogodo se convirtió en un hombre suspicaz y desconfiado.

Las consecuencias se vieron de inmediato. En 523-24 los influyentes Símaco y Boecio fueron acusados de traición y connivencia con Constantinopla. El filósofo Boecio fue condenado a muerte al igual que su suegro Símaco, primer hombre del Senado. La honda repercusión del acto eliminó definitivamente la posibilidad de un acuerdo y espoleó las ambiciones políticas bizantinas en Italia. La respuesta de Constantinopla a la acción de Teodorico fue recrudecer las medidas punitivas contra los arrianos a lo largo de 525.

La embajada del Papa Juan a Constantinopla fue impulsada por Teodorico para intentar suavizar las medidas tomadas contra los arrianos dentro del Imperio. Aunque la embajada consiguió su objetivo el rey recibió con frialdad al papa a su regreso, muy descontento por la cordial recepción que Justino I le había ofrecido en Constantinopla y particularmente por el hecho de aceptar coronar de nuevo al emperador. Tras la muerte del Papa Juan a los pocos días de su llegada (18 de mayo de 526) el nuevo pontífice Félix IV fue elegido el 12 de julio, un candidato del agrado de Teodorico.

El mes de mayo de 526 marcó la ruptura abierta de Teodorico con Constantinopla. En los meses siguientes hasta su muerte el 30 de agosto toda su atención estuvo puesta en la preparación para la guerra. Tras conocer la noticia de la detención en África de su hermana Amalafrida, viuda del rey vándalo Trasamundo, acusada de conspirar contra el nuevo rey Hilderico, él mismo favorable a un acuerdo del reino vándalo a Constantinopla, Teodorico ordenó que se construyese una flota poderosa que contrarrestase la potencia de la marina vándala. Las intenciones del rey estaban claras en su carta al prefecto del pretorio Abundancio:

“Te alabamos por tu pronto cumplimiento de las ordenes contenidas en la carta anterior. Has construido una flota casi tan rápido como hombres ordinarios podrían llevarla al mar. Ahora que tenemos una flota los griegos no tienen motivos para precipitar una disputa con nosotros, ni para que los africanos nos insulten. Ellos ven con envidia que ahora les hemos arrebatado el secreto  de su fuerza. Que toda la flota se reúna en Rávena en los próximos idus de junio”Casiodoro, Variae, V, 16-20

Pocos días antes de su muerte el rey presentó a los nobles del pueblo godo a su nieto Atalarico y anunció que sería su futuro rey:

“Pero como Teodorico había llegado ya a la vejez y se daba cuenta de que pronto dejaría este mundo, convocó a los condes godos y a los más notables de su reino y proclamó rey a Atalarico, que era todavía un niño que no había cumplido los diez años, hijo de su hija Amalasunta y huérfano de su padre Eutarico. Les ordenó, como si se tratara de un testamento pronunciado oralmente, que honraran a su rey, que estimaran al Senado y al pueblo de Roma, y que imploraran, después del divino, el favor y el auxilio del emperador de Oriente”Jordanes, Origen y gestas de los godos, LIX, 304

Teodorico murió el 30 de agosto de 526, dejando entre sus contemporáneos casi por unanimidad juicios elogiosos. En palabras de Procopio:

“No obstante [Teodorico], en el gobierno de sus súbditos propios se invistió de todas cuantas atribuciones corresponden propiamente a un emperador de nacimiento. Así, fue extraordinariamente cuidadoso en la administración de la justicia y guardó firmemente las leyes; además, vigiló cuidadosamente el territorio y lo mantuvo a salvo de los vecinos bárbaros y siempre actuó de la manera más discreta y valiente posible. Personalmente apenas si cometió u solo acto de injusticia contra tus súbditos, ni tampoco permitió que ninguna otra persona emprendiera una acción de este tipo […] Aun cuando Teodorico era de nombre un usurpador, de hecho fue un verdadero emperador, en absoluto inferior a ninguno de los que han sido bien valorados en este cargo desde el principio […] Teodorico, sin embargo, murió tras haber reinado durante treinta y siete años y no sólo fue temible para todos sus enemigos, sino que también dejó entre sus súbditos un fuerte sentimiento de desamparo ante su pérdida”Procopio de Cesarea, Guerra Gótica, V, i 26-31

Tras la muerte del rey su hija Amalasunta quedaba como regente del reino en nombre del pequeño Atalarico de ocho años. Mientras se mantuvo en el poder Amalasunta buscó decididamente la paz con Constantinopla. A comienzos de la siguiente década la pérdida de control sobre su hijo socavó su posición. Su caída política fue aprovechada por Justiniano como uno de los pretextos para intervenir en Italia en lo que sería conocido como la Guerra Gótica que devolvería la península a la obediencia del Imperio.

 

La economía durante el reinado de Justino I

 

Al llegar al poder Justino I encontró un tesoro repleto gracias a la previsión de su antecesor. Sin embargo la concurrencia de diversas situaciones adversas provocaron un agotamiento rápido de esos recursos y condujeron a una situación de crisis económica. Vamos a examinarlos uno a uno.

Desastres naturales

 

Infortunada coincidencia durante el reinado de Justino I fue la rápida sucesión de desastres naturales en forma de terremotos, incendios, plagas e inundaciones que causaron inmensas pérdidas en todo el Imperio y dañaron gravemente la economía en una escala global. Todos ellos fueron debidamente registrados en las crónicas.

Los terremotos figuran en primer lugar. Los fenómenos sísmicos se sucedieron en toda la geografía del Imperio, desde los Balcanes a Asia Menor, pasando por Grecia, Siria y la propia Constantinopla. Antioquía, la joya de Oriente, fue golpeada por un desastroso terremoto el 29 de mayo de 526. Malalas el cronista fue testigo presencial y nos ha dejado un amplio relato:

“En el séptimo año de su reinado, en el mes de mayo, Antioquía la Grande sufrió su quinta calamidad por la ira de Dios durante el consulado de Olibrio. Grande fue el miedo a Dios entonces cuando aquellos que fueron sorprendidos bajo los edificios fueron incinerados y las chispas de fuego salieron disparadas y quemaron todo lo que tocaron como relámpagos. La superficie de la Tierra hirvió y los cimientos de los edificios fueron golpeados por truenos enviados por los terremotos y fueron reducidos a cenizas por el fuego, de manera que incluso los que huyeron fueron consumidos por las llamas. Fue una tremenda e increíble maravilla de fuego eruptivo cayendo desde enormes hornos, las llamas se derramaron como lluvia y lluvias de cenizas consumieron todo sobre la tierra. Como resultado Antioquía quedó desolada, ya que no quedó en pie nada salvo algunos edificios junto a la montaña. Ni una capilla ni un monasterio ni ningún otro santo lugar quedó intacto. Todo fue destruido por completo”Malalas, Crónica, XVII, 16

Según los testimonios de testigos las víctimas de la catástrofe superaron la cifra de 250.000. Como suele ocurrir en estas circunstancias excepcionales se produjeron desmanes y desórdenes. Los robos y pillajes provocaron un clima de enorme inseguridad ciudadana. Entre los muertos estaba el patriarca Eufrasio, que según el testimonio de Zacarías el rétor, murió al caer dentro de un caldero de cera hirviendo. El gobierno comenzó de inmediato los trabajos de restauración de la ciudad, que continuaron durante el reinado de Justiniano.

A pesar de los esfuerzos de las autoridades, Antioquía nunca se recuperó de ese golpe. Poco antes del terremoto la ciudad había sufrido un gran incendio en el que muchos edificios habían sido afectados, entre ellos la capilla de San Esteban y el palacio del comes orientis Anatolio Carino. Nuevos desastres naturales y la toma de la ciudad por los persas en 540 impidieron su recuperación. Antioquía viviría en la sombra hasta recuperar una sombra de su esplendor bajo la segunda dominación bizantina, a partir de 969. Puedes leer el relato de su historia en la entrada sobre Antioquía bizantina. Las misiones arqueológicas que en la actualidad excavan en los restos de la antigua ciudad descubren todavía evidencias de la tremenda catástrofe que se abatió sobre ella.

Moneda de oro de Justino I

Nomisma de oro de Justino I

 

El emperador se mostró consternado por la tragedia de Antioquía. Se decretó el luto en la capital y el propio Justino se mostró a sus súbditos sin corona y vestido sólo con una túnica para mostrar su dolor. Toda la corte se apresuró a imitar a su señor. Para acelerar los trabajos de reconstrucción el emperador envió al conde Carino con cinco centenaria de oro. Los patricios Asterio y Focas fueron enviados también para dirigir la restauración de los edificios destruidos, los baños públicos, los acueductos y los puentes. El emperador Justino I había vivido varios años en la ciudad en la época de la guerra con Persia y con esas demostraciones quiso expresar su interés por la tercera ciudad del Imperio.

En esos mismos años otros terremotos afectaron a diversas ciudades en los Balcanes y Asia Menor. Dirraquio, Corinto, Pompeyópolis de Misia y Anazarbo en Cilicia fueron también gravemente dañadas. El gobierno estableció de inmediato medidas para la restauración de los edificios dañados y el auxilio a los damnificados.

A los graves daños causados por los terremotos se unieron los de las inundaciones. Una de ellas afectó a Edesa el 22 de abril de 525. Durante las primeras horas de la noche las aguas del río Skirtus (Daisan) que atraviesan la ciudad, experimentaron una crecida inusual y desbordaron el cauce. El muro de la parte superior se derrumbó cerrando el paso a las aguas que cayeron sobre la ciudad. En menos de dos horas toda la ciudad quedó inundada. Las aguas invadieron los baños y ahogaron a todos los que estaban allí. Muchas casas construidas con materiales de poca consistencia se derrumbaron matando a sus ocupantes. Sólo se salvaron los edificios construidos con piedra en la parte baja de la ciudad. La violencia de la riada fue tal que derrumbó las murallas de Edesa y con ellas la gran iglesia de Hagia Sofía y el palacio. La mortandad fue inmensa.

Para paliar el desastre también Justino I envió dinero para la reconstrucción de la ciudad y de su muralla. Según Procopio la ciudad perdió un tercio de la población. Los trabajos de restauración de Edesa, sin embargo, tuvieron lugar bajo el reinado de Justiniano. La gran iglesia de Hagia Sofía de Edesa, celebrada como una de las maravillas del mundo, fue reconstruida bajo la atenta vigilancia del obispo Amidonio en el mismo tiempo en que se erigía su homónima en Constantinopla. Las crónicas mencionan otros incendios en Heliópolis de Siria y devastaciones y sequías en diversos lugares. Todos estos desastres contribuyeron a un decaimiento grave de la economía y las condiciones de vida en gran parte de los territorios del Imperio.

Invasiones y pillajes

 

Durante el reinado de Anastasio y también en el de Justino I las incursiones bárbaras en los Balcanes arruinaron la economía de la región y provocaron un fenómeno de despoblamiento y de desplazamiento de los naturales hacia zonas más seguras. Como se lee en el texto de una ley del tiempo de Anastasio, “en Tracia no se pueden cobrar los impuestos porque a causa de las incursiones bárbaras ha disminuido el número de campesinos y no tienen suficiente comida para aprovisionar a los soldados estacionados allí”. Al igual que había hecho el propio Justino en su juventud, los habitantes de las regiones europeas del Imperio abandonaban sus hogares para intentar encontrar mejores condiciones de vida cerca de la capital, con la consiguiente disminución de las tierras cultivadas y de los ingresos que debía recibir el fisco.

En el Este, a pesar de las duras condiciones impuestas por la guerra con Persia, seguía floreciendo el comercio. Las ciudades de Artaxata y Dubio (Dvin) junto con Trebisonda, Calínico y Teodosiópolis conservaron toda su importancia como puntos de entrada y salida para el comercio con Persia y Oriente. Esto es lo que dice Procopio de la importancia económica de Dubio:

“Dubio, que es una comarca buena en general, pero particularmente por la templanza de su clima y la abundancia de agua, se halla a una distancia de ocho días de camino a Teodosiópolis. Sus llanuras son apropiadas para correr caballos; hay muchas aldeas sumamente pobladas y muy cerca unas de otras, y son muchos los comerciantes que están allí establecidos para sus negocios. Y es que desde la India y las cercanas regiones de Iberia y, prácticamente, de todos los pueblos de Persia y de algunos romanos introducen mercancías y allí las intercambian”Procopio de Cesarea, Guerra Persa, II, xxv 1-3

Al sur de Mesopotamia la guerra endémica entre gasánidas y lájmidas y las incursiones de las tribus árabes dependientes de Persia provocaron grandes daños en la región. Más al sur y al sureste, sin embargo, el comercio con el golfo pérsico y la India siguió floreciendo a principios del siglo VI. La ruta terrestre que atravesaba Arabia tenía su punto de partida en la provincia de Arabia Felix, en el puerto de Adane (Aden). Desde allí continuaba a Aila (Aqaba) para llegar al Mediterráneo a través de Petra y Gaza. La ruta marítima, también de gran importancia, partía de Clysma (Qulzum, muy cerca de Suez) y seguía por Aqaba. En este puerto y en el de la pequeña isla de Iotabe en el golfo de Aqaba el gobierno imperial había establecido una aduana para fiscalizar los cargamentos de los grandes navíos indios que atracaban allí.

De esta época se conserva el relato de Cosmas Indicopleustes, Topografía Cristiana, un marino y mercader egipcio, probablemente originario de Alejandría y nestoriano, que durante su juventud viajó hasta Sri Lanka, Etiopía, el golfo Pérsico y la península del Sinaí. Posteriormente se asentó en Alejandría y tomó los votos monacales. En esta etapa de su vida fue cuando escribió su libro. Sabemos que Cosmas se encontraba en Adulis, la capital del reino de Etiopía, en 523 o 524, en el momento en que el rey Elesboas se disponía a emprender la guerra contra los himyaritas. Como comerciante que había viajado largamente por las rutas comerciales del Golfo Pérsico y había estado en Taprobane (Sri Lanka) y la isla de Dioscórides (Socotora) en el Índico, su testimonio muestra la actividad de las rutas comerciales en el Mar Rojo y Golfo Pérsico y también la feroz competencia con Persia. Significativamente las monedas de Justino I son las últimas romanas encontradas en la India. El comercio con el Este demostró ser siempre deficitario para el Imperio y una fuente constante de pérdida de oro destinada a pagar los exóticos productos importados de aquellas tierras.

El valor de un nomisma…

En el relato de Cosmas aparece la historia del mercader Sôpatros, muerto a finales del reinado de Anastasio y al que él mismo conoció. Sôpatros partió de Adulis con otros mercaderes griegos hacia Taprobane donde encontraron mercaderes persas que acababan de llegar. Unos y otros fueron llevados ante el rey. Recibidos en audiencia y compitiendo por la primacía de sus respectivos soberanos, el rey quiso saber cuál de los soberanos era el más poderoso. Sôpatros sugirió que se compararan el nomisma bizantino con la dracma sasánida. El rey aprobó la sugerencia y pidió que se le mostrasen las monedas. El nomisma era de oro, brillante y bien acabado. La dracma era una moneda de plata que no podía competir en calidad. El rey examinó las dos monedas y dijo por fin en verdad los romanos son magníficos, poderosos y sabios. Tras vencer en la contienda el rey ordenó que Sôpatros fuese subido a un elefante y paseado por toda la ciudad.

 

Hacienda en tiempos de Justino I

 

La prudente política financiera del emperador Anastasio le permitió dejar en el tesoro la cantidad de 320.000 libras de oro a su muerte. Procopio elogia abundantemente al difunto emperador en su Historia Secreta por su previsión al tiempo que lamenta el derroche de esos recursos por sus sucesores:

“Este Justiniano, cuando su tío Justino asumió el poder imperial, encontró las arcas del estado repletas de dinero, pues Anastasio, que fue el más previsor y a la vez el mejor administrador de cuantos emperadores ha habido, temeroso de que ocurriera lo que efectivamente pasó, que el que le sucediera en el trono, al quedarse escaso de fondos, pudiese robar a sus súbditos, llenó de oro en abundancia el tesoro antes de terminar la cuenta de sus días. Todo este dinero Justiniano lo dilapidó enseguida […] los responsables del tesoro y arcas del estado y de todos los demás bienes del emperador, afirmaban que Anastasio, que había gobernado a los romanos más de veintisiete años, había dejado tres mil doscientos centenarios en la caja central. Que durante el reinado de Justino, que tuvo nueve años el poder imperial, mientras Justiniano traía el desorden y la confusión al estado, ingresaron ilegalmente cuatro mil centenarios en la caja central y que de todos ellos no había quedado ni la más pequeña suma, sino que todavía en vida de Justino este hombre los había derrochado del modo que referí en los libros previos”Procopio de Cesarea, Historia Secreta, XIX, 4-8

Juan Lido también alaba las medidas de Anastasio y su habilidad para socorrer al pueblo y gestionar los impuestos como un padre de familia. La política de gasto de Justino y Anastasio tuvo indudablemente algunos episodios fastuosos, como la gran celebración del consulado de Justiniano en 521, ocasión en la que se ofrecieron los juegos más brillantes que se recordaban. Sin embargo debe recordarse también la sucesión de desastres naturales que afectaron al Imperio durante la década de los veinte y las cuantiosas donaciones del estado para paliar los daños provocados en Antioquía, Edesa y muchas otras ciudades del Imperio.

Justino también dedicó abundantes recursos a la construcción de hermosos edificios. Restauró generosamente la iglesia de la Virgen de las Blaquernas, muy alabada por Procopio en su De los Edificios. En vida de su tío Justiniano hizo construir la iglesia de los santos Pedro y Pablo cerca del palacio de Hormisdas, su residencia como heredero. Cuando accedió al trono la iglesia fue integrada en el complejo palaciego. La obra edilicia de Justino no se limitó a la capital, pues se sabe que reparó y restauró numerosos edificios en las provincias, como lo muestran las numerosas inscripciones conservadas en Siria de esta época. La valoración de todas estas circunstancias puede hacernos considerar con una luz más crítica la imagen proyectada por Procopio de la política financiera de Justino.

 

La legislación imperial durante el reinado de Justino I

 

La legislación promulgada en tiempos de Justino I que se nos ha conservado palidece en comparación con la copiosísima obra de su sobrino. Veintiocho leyes y algunos edictos fueron publicadas en su tiempo, especialmente en el último año de su reinado. Conociendo la inclinación de Justiniano por el género legal es muy probable que hombres como Triboniano o los profesores Teófilo de Constantinopla y Doroteo de Beirut estuviesen trabajando ya en el gran proyecto de la compilación de un nuevo código jurídico, lo que explicaría la celeridad con que vería la luz tras llegar al trono.

Buena parte de los decretos promulgados en esta época se refieren a la práctica en las cortes y apelaciones. A continuación se ofrece un breve resumen de los más importantes:

  • Decretos sobre el matrimonio (De nuptiis, ya comentado en esta entrada) y los hijos ilegítimos: establece mecanismos para que las mujeres de vida deshonesta que deseen enmendarse puedan contraer matrimonio legal, lo que estaba prohibido en la legislación anterior. Los hijos habidos de esos matrimonios serán legítimos con todos lo derechos para heredar. Por el decreto sobre hijos ilegítimos promulgado en 519 sólo los hijos procreados en uniones legítimas tendrían derecho a la herencia de sus padres. Esa disposición fue suavizada en 528 por Justiniano al restaurar el antiguo derecho de los hijos naturales a reclamar la mitad de las posesiones de su padre. En 539 lo llevaría más allá al decretar que un padre podría dejar toda su herencia a su hijo o hijos naturales si no tenía descendencia legítima.
  • Decreto sobre los presentes matrimoniales (De donationibus ante nuptias vel propter nuptias et sponsaliciis). Considerado del 527, permitía a esposas y maridos, si lo desean, incrementar tras la boda el montante de la dote original.
  • Decreto sobre las últimas voluntades: El primer decreto fue publicado en 521 y establecía el procedimiento para la redacción de testamentos en presencia de siete testigos y un tabularius (notario) o un octavo testigo si el notario no estaba presente. El segundo decreto, con fecha de 524, establecía que los testamentos ejecutados en la capital debían ser supervisados por el magister census y que si el montante de la herencia no excedía las cien monedas de oro ninguno de los oficiales podría cobrar una tarifa.
  • Decreto sobre los escolares: el 22 de abril de 527, pocos días después de la coronación de Justiniano como colega en el trono, se promulgó este decreto sobre el cuerpo de guardia palaciego de los escolares que establece que las plazas vacantes en el cuerpo sólo podrán ser provistas por orden del emperador y no por su jefe, el magister officiorum. Tras este decreto puede adivinarse la intención de Justiniano de convertir a los escolarios en un cuerpo controlado desde el trono. El recuerdo de los incidentes de 518 estaba seguramente todavía en su memoria.
  • Decreto sobre la prescripción de los treinta o cuarenta años: en el caso del derecho a una propiedad ofrecida por el deudor al acreedor se amplía en algunos casos a un plazo de cuarenta años.
  • Decreto sobre la violación de sepulcros: promulgado en 526: establece la prohibición de medidas de fuerza en el funeral del deudor por parte del acreedor en el caso de que la deuda no hubiese sido pagada en su totalidad.
  • Edicto sobre la epibolé: la epibolé (adjectio sterilium en latín) era un impuesto aplicado a las tierras que habían dejado de ser cultivadas o se convertían en improductivas o estériles. Por su impacto sobre la población campesina era una tasa tremendamente impopular en todo el Imperio. El prefecto del pretorio Demóstenes envió este edicto al gobernador de Lidia, probablemente durante su primer mandato en la prefectura (520-524). El texto legal hace referencia al impuesto aplicado cuando parte de una propiedad no comunitaria se convierte en improductiva y el conjunto de la propiedad sigue sujeta a la imposición por el total.
 

Conclusión

 

En la primavera de 527 el emperador enfermó de gravedad. A instancias del Senado, escogió a su sobrino Justiniano como colega en el trono en una ceremonia celebrada el 4 de abril. Pocos meses después, el 1 de agosto, falleció a los 75 o 77 años a consecuencia de una vieja herida de guerra nunca sanada por completo. Había reinado nueve años y veintidós días. Su cuerpo fue llevado al monasterio de la Augusta, donde reposaban los restos de su esposa la emperatriz Eufemia. Marido y mujer compartieron para la eternidad el mismo sarcófago. El féretro que se había dispuesto para Justino quedó vacío en ese mismo monasterio hasta que en 886 León VI ordenó que se enterrasen en él los restos de Miguel III, el emperador al que había hecho matar su padre, y al que los rumores en la capital atribuían la paternidad del propio León.

A la muerte de Justino su sobrino Justiniano, gobernó ya por fin en solitario el Imperio que había controlado en la sombra desde los mismos inicios del reinado de su tío. El recuerdo de Justino I quedó borrado pronto ante la dimensión colosal del reinado de Justiniano pero no pueden despreciarse los méritos de su obra, entre los que puede destacarse como más significativo la reconciliación con Roma y la imposición del credo calcedoniano tras el paréntesis monofisita.

Hasta aquí ha llegado esta entrada. Espero que haya sido de tu interés.

Un saludo muy cordial

Roberto

Para saber más:

Para saber más...

  • Croke, B. (2008) = “Justinian under Justin: reconfiguring a reign” Byzantinische Zeitschrift , 100, pp. 13-56.
  • Shahid, I. (1995) = Byzantium and the arabs in the Sixth Century, I, Dumbarton Oaks.
  • Stein, E. (1949) = L’Histoire du Bas-Empire 2: de la disparition de l’Empire d’Occident à la mort de Justinien (476-565), Paris.
  • Vasiliev, A.A. (1950) =  Justin the first. An introduction to the epoch of Justinian the Great, Harvard.

 

Enlaces de interés

Belisario, la gloria de los romanos
Justiniano I, emperador de los romanos
Dieciséis novelas sobre Bizancio
Antioquía bizantina

 
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Justino I, emperador de los romanos
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Roberto

Roberto Zapata es profesor y estudioso de Bizancio. Ha publicado el libro Italia bizantina 867-1071. En la actualidad escribe una trilogía ambientada en el siglo XI.

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