Justiniano II segundo reinado
 

Justiniano II segundo reinado, este es el contenido de la segunda y última entrada de la biografía de Justiniano II Rinotmeto. En la anterior dejamos al ex-emperador mutilado camino de Querson. En este artículo examinamos el período del exilio (695-704) y su segundo reinado (705-711). Un breve espacio temporal en el que las relaciones con el nuevo estado búlgaro, las tensiones con Rávena y el Papado y las expediciones enviadas contra Querson han dejado el mayor recuerdo en las crónicas. En esta época también se produce la primera aparición en las fuentes del futuro León III, fundador de la dinastía Isáurica (o siria, para ser más precisos). Asistiremos también al dramático fin del reinado de Justiniano y con ello la extinción de la dinastía de Heraclio. Para concluir, un apartado especial con la reseña de la novela Justinian de H.N. Turteltaub, una biografía detallada de la vida del emperador. Espero que te guste…

 

Justiniano II segundo reinado

 

La ciudad de Querson era para los bizantinos el último reducto civilizado en una tierra lejana y salvaje. A causa de la gran distancia que la separaba de Constantinopla este territorio gozaba de gran autonomía y sus habitantes defendían ferozmente sus privilegios. La administración imperial era consciente de ello y conservamos una prueba en un pasaje del De Administrando Imperio de Constantino VII (913-959) sobre las medidas adoptadas en caso de rebelión:

Si alguna vez los hombres de la ciudad de Querson se rebelan o deciden actuar en contra de los mandatos imperiales, entonces todos los barcos quersonitas en Constantinopla deben ser retenidos con sus cargamentos y los marineros y pasajeros deben ser arrestados y llevados a prisión; y deben enviarse tres basilikoi [agentes imperiales]: uno a la costa del thema de los Armeníacos, otro a la costa del thema de Paflagonia, y otro a la costa del thema de los Bucelarios para tomar posesión de todos los barcos de Querson y retener el cargamento y las embarcaciones y arrestar a los hombres y confinarlos en prisiones públicas e informar sobre esas cuestiones como se les ha instruido. Además esos basilikoi deben impedir a los barcos mercantes de Paflagonia, los Bucelarios y los costeros del Ponto cruzar a Querson con grano o vino o cualquier otra mercancía. Después el estratego [de Querson] debe tomar medidas para retener las diez libras que el Tesoro entrega a la ciudad de Querson y también las dos libras del tributo, y entonces el estratego debe abandonar Querson e ir a otra ciudad y residir allí. Si los quersonitas no viajan a Romania y venden las pieles y la cera que obtienen de los pechenegos, no pueden vivir. Si no pueden recibir grano desde Amisos, Paflagonia, los Bucelarios y los bordes de los Armeníacos [los quersonitas] no pueden vivir.Constantino VII, De Administrando Imperio, 53

A causa también de esa distancia Querson había sido escogida con frecuencia como lugar de exilio para prisioneros políticos, un lugar a orillas del Mar Negro envuelto en la mayor desolación y miseria. Ya medio siglo antes había sido escogido por Constante II como lugar de destierro para el papa Martín I. Este, en las cartas que escribió en estos páramos se lamentaba de la falta del pan, del que se hablaba pero no se había visto nunca.

No conocemos el alcance real de la desfiguraciones sufridas por Justiniano. A juzgar por su comportamiento posterior la glosotomía no pareció causarle un daño duradero, pero la mutilación infligida a su nariz dejó una huella tan pronunciada que provocó que fuese conocido a partir de entonces como rinotmeto, nariz cortada. En un momento posterior, según testimonio de Agnello de Rávena, cubrió su desfiguración con una nariz artificial de oro.

Tampoco contamos con muchas noticias sobre las condiciones de su exilio. Al menos sabemos que no estaba recluido, porque tenía libertad de movimiento y podía hablar con quién deseaba. Con el paso del tiempo el monarca depuesto consiguió atraer a un número de seguidores entre la juventud local que le acompañaron en su aventura. Es probable que viviese en un monasterio, aunque no tomó los votos o sus rivales lo habrían acusado de ello. Uno de sus fieles partidarios en estos años fue precisamente un monje, Ciro, del que dicen las fuentes que se preocupó por él en los años del exilio y predijo la recuperación de su trono. Es probable que el apoyo de su amigo mantuvo vivo en Justiniano el deseo de no aceptar el estado de las cosas.

Mientras Justiniano penaba en el exilio grandes cambios se produjeron en Constantinopla. Leoncio fue incapaz de retener el trono mucho tiempo. En 698 los árabes tomaron Cartago, la última posesión bizantina en África. La flota enviada para recuperar la ciudad sólo pudo retenerla por un corto espacio de tiempo y tuvo que regresar. A la vuelta los oficiales se declararon en rebeldía, mataron a su comandante Juan y escogieron como emperador al drungario de los Cibirreotas Apsimar. Este cambió su nombre por el más conveniente Tiberio y aceptó la púrpura.Retrato del emperador Tiberio Apsimar

Cuando la flota llegó a aguas de la capital el demos de los Verdes se unió a los rebeldes y en poco tiempo toda Constantinopla estuvo en su poder. Tiberio Apsimar fue consagrado basileo por el mismo patriarca Calínico que había coronado a Leoncio tres años antes. El depuesto emperador fue sometido también a la rinocopia y obligado a entrar en un monasterio.

Sin duda cuando las noticias llegaron a Querson el exiliado tuvo que sentir renovadas esperanzas. Justiniano comenzó a hablar más abiertamente de recuperar el trono hasta el punto de que las autoridades locales se alarmaron, temiendo por el peligro que entrañaba para los intereses locales. Los padres de la ciudad decidieron entonces que Justiniano debía morir o ser enviado a Constantinopla.

Los amigos que Justiniano había hecho en el exilio le sirvieron bien. Recibió el aviso a tiempo y pudo escapar al norte y refugiarse en Doros, una ciudad controlada por los godos de Crimea en las cercanías de la frontera con Jazaria. Una vez allí Justiniano envió aviso a Ibuceros Gliabanos (posiblemente una versión griega del nombre original Ibuzir-Glavan), jagan de los jázaros. El depuesto emperador solicitaba amparo y una alianza para recobrar su imperio. El año de la huida de Justiniano probablemente puede situarse alrededor de 704. Habían pasado ya casi diez años de exilio pero la confianza del fugitivo en la restitución de sus legítimos derechos era tan fuerte como siempre.

El pueblo jázaro controlaba por aquel entonces una extensa área a lo largo de la costa norte del Mar Negro. Cuando Ibuceros aceptó su solicitud el fugitivo corrió a refugiarse en la corte jázara donde, por primera vez en muchos años, fue recibido con honores imperiales. Se estableció entonces una alianza formal entre el jagan y el antiguo emperador. Como sello el jagan entregó su hermana a Justiniano . Su nombre probablemente era Tzitzak pero Justiniano insistió en que fuese bautizada y escogió para ella el nombre de Teodora, una elección significativa. Aunque no conocemos la opinión de la nueva esposa con el tiempo llegó a amar a su marido hasta el punto de arriesgar su vida por él.

Después de su matrimonio Justiniano y Teodora se trasladaron a Fanagoria, cerca del estrecho de Kerch, la actual Taman. Mientras vivían allí las noticias de lo sucedido alcanzaron Constantinopla. Alarmado, el emperador Tiberio Apsimar envió varias embajadas al jagan ofreciendo una cuantiosa recompensa por Justiniano, vivo o muerto. El jagan al principio desoyó las ofertas pero después de un tiempo comenzó a considerar la posibilidad de aceptarlas. Una vez decidido consideró el modo de apresar a su cuñado. Un destacamento de tropa fue enviado a Fanagoria, aparentemente como escolta del depuesto monarca. Dos hombres de confianza del jagan recibieron la misión de asesinar a Justiniano tan pronto como recibiesen la orden. Uno de los esclavos del jagan supo lo que ocurría y se lo reveló a Teodora. En ese trance la muchacha jázara escogió a su marido antes que a su hermano. Avisó a Justiniano de la conspiración y este se reunió con uno de los conspiradores, Papatzys, gobernador de Fanagoria, un hombre con el que había tenido siempre una buena relación. Mientras conversaban Justiniano se arrojó sobre él y lo estranguló con una cuerda. Al segundo hombre, Balgitzis, gobernador de la vecina ciudad de Bosporos, le ocurrió lo mismo poco después.

Ahora Justiniano tenía que huir. No podía llevar con él a Teodora, que estaba a punto de dar a luz. Ambos decidieron que lo mejor para ella sería regresar a la corte de su hermano. Entonces Justiniano escapó hasta Tomen, el puerto de Fanagoria, y se hizo a la mar en un pequeño bote acompañado por unos pocos seguidores.  Detrás dejaba un aliado desleal. Delante esperaba un mar tormentoso. Era un fugitivo con precio puesto a su cabeza y con cicatrices imposible de disimular. Frente a todas las adversidades Justiniano se lanzó a lo desconocido.

 

Justiniano II segundo reinado. El retorno

 

El pequeño bote era demasiado pequeño para alta mar. Navegando pegados a la costa, Justiniano y su grupo recorrieron la costa sur de Crimea hasta alcanzar Symbolon (actual Balaclava), un pequeño puerto muy cerca de Querson. Uno de sus hombres se introdujo en la ciudad y regresó con varios partidarios. Entre ellos estaban el ibero Barasbacurios (Varaz-Bakur) y su hermano Salibas, Esteban, Pablo el loco y Teófilo. Desde Symbolon el objetivo era costear el Mar Negro hasta llegar a tierras de  los búlgaros. Teófanes cuenta la historia del siguiente modo:

[Justiniano] encontró una barca de pesca y subió a ella y pasando Assas llegó a Symbolon, que está cerca de Querson. Envió un mensaje a Querson en secreto y se llevó con él a Barasbacurios y su hermano, al igual que Esteban, Pablo el loco y Teófilo y partiendo con ellos dejó atrás el faro de Querson. Después navegaron por Necrópila [el golfo Carcinítico, frente a la desembocadura de los ríos Dniéper, Bug y Dniéster]. Allí se levantó una tormenta y todos perdieron la esperanza de salvarse. Su servidor Miaces le dijo, “Mira, señor, vamos a morir. Hazle una promesa a Dios por tu salvación y pídele que si te devuelve tu trono no tomarás venganza sobre tus enemigos”. Y él respondió rabioso, “si perdono a uno sólo de ellos que Dios me ahogue aquí mismo”. Él salió sin daño de la tormenta y llegó al Danubio. Entonces envió a Esteban para encontrarse con Terbelis [Tervel], el señor de Bulgaria para obtener ayuda y recuperar su trono y le prometió muchos regalos y a su propia hija en matrimonio.Teófanes, Cronografía, AM 6196, AD 703/704, 373-374

No hay modo de saber si la anécdota es auténtica pero en cualquier caso proporciona una vivaz pincelada del carácter de Justiniano. Los búlgaros gobernados por Tervel eran paganos todavía y se habían asentado recientemente en la región. A pesar de lo primitivo de su estilo de vida pudieron proporcionar a Justiniano un ejército de buen tamaño. Una inscripción protobúlgara encontrada en la localidad de Madara conmemora la alianza entre Tervel y el narizcortada. Es probable que Justiniano intentase entonces conseguir que Tervel uniese a la alianza a otros grupos búlgaros en Esclavinia sin resultado, a juzgar por las enigmáticas palabras del final de la inscripción, mis familiares en Tesalónica no confían en el emperador con la nariz cortada.

A pesar del fracaso en la participación de otros grupos búlgaros Tervel recibió de buen grado a Justiniano en su corte. El invierno de 704 estaba avanzado y se acordó retrasar la campaña hasta que volviese el buen tiempo. Entretanto los aliados definieron los términos de su acuerdo que incluían, entre otros compromisos, la unión de la hija que Justiniano había tenido de Eudocia con Tervel. Lo que había sido de la muchacha en este tiempo es una completa incógnita y ni siquiera es probable que su padre supiese entonces si seguía viva, estaba comprometida o había tomado los votos. En cualquier caso por causas que se desconocen esta parte del tratado nunca llegó a ser realidad.

El Kan Tervel y Justiniano II, por D. Gyudjenov

Con la llegada de la primavera del año 705 Justiniano y sus aliados partieron hacia Constantinopla. Al llegar a la ciudad acamparon en las afueras durante tres días mientras desde las murallas llovían los insultos sobre el antiguo emperador. En la tercera noche después de su llegada alguien descubrió un pasaje secreto que conducía bajo los muros de la ciudad. Es probable que el propio Justiniano tuviese conocimiento de ese pasadizo. A través de una conducción subterránea él mismo condujo a un puñado de sus fieles hasta el extremo noroeste de la ciudad. Lo repentino de su aparición les permitió apoderarse del área de las Blaquernas sin apenas oposición. Poco después la ciudad entera capituló al conocer que Tiberio Apsimar había escapado. Justiniano ofreció una generosa recompensa por su captura.

Lo imposible había sucedido. Hasta entonces había sido inconcebible que un hombre desfigurado pudiese gobernar. Justiniano recuperó su trono y nadie se atrevió a oponerse. Vestido de nuevo con la indumentaria imperial, posiblemente con una prótesis dorada para ocultar su mutilación, Justiniano podía enorgullecerse de conseguir lo que nadie había hecho antes. De nuevo emperador ardía en propósitos: el primero de ellos premiar a los suyos y vengarse de sus enemigos. Y sin perder tiempo ordenó el envío de una flota al Mar Negro para recuperar a su mujer Teodora de entre los jázaros.

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Restauración y represalias

 

Mientras esperaba el regreso de Teodora Justiniano se ocupó de los asuntos de Estado. Había que acuñar nueva moneda para reemplazar las de Leoncio y Tiberio Apsimar. Para estas emisiones escogió en el anverso la efigie de Cristo, algo típico en su primer reinado y que sus sucesores no habían imitado. Intrigantemente la figura de Cristo en esta serie de monedas de Justiniano II segundo reinado presenta un modelo completamente distinto: un joven de cabello rizado con barba corta llamado de tipo sirio. Las razones son desconocidas.

Imagen de Cristo de tipo sirioEn el reverso Justiniano aparece con su característica cara menuda y retratado de cuerpo entero ataviado con el loros ceremonial, una larga cruz en una mano y un orbe con la palabra Pax inscrita. La dedicatoria D[OMINUS] N[OSTER] IUSTINIANUS MULTUS (sic. en vez de MULTOS) AN[NOS] no tiene precedentes entre las monedas imperiales. Todo en esas manifestaciones de la propaganda imperial evoca el deseo de Justiniano de considerar su nuevo reinado como un período de paz para el Imperio. Las emisiones datadas consideran el año de su retorno como el vigésimo de su reinado, como si Leoncio y Tiberio Apsimar nunca hubiesen reinado.

El emperador no se había olvidado de sus antecesores. Leoncio era monje desde hacía siete años y Tiberio había sido capturado en Apolonias y devuelto a Constantinopla. Para ellos y para otros que les habían servido el emperador les destinaba un final nada grato.

La venganza de Justiniano sobre sus enemigos ha espoleado la animosidad de la historiografía. Sin duda el espectáculo que preparó para ponerla en práctica causó un enorme impacto entre sus contemporáneos. El 15 de febrero de 706 los dos antiguos emperadores cargados de cadenas fueron paseados por las calles de Constantinopla hasta su destino final en el Hipódromo. En ese gran estadio en el que once años atrás había sufrido la rinocopia Justiniano se sentaba de nuevo en el trono imperial. Los dos prisioneros fueron obligados a tenderse en el suelo para que su vencedor los usase como escaño. Justiniano clavó su pie en el cuello de ambos. Durante esta escena el pueblo cantó los versos del Salmo 91:

Pisarás sobre áspides y víboras

y hollarás al leoncito y al dragón

Después de esta dramática escena el león (Leoncio) y el áspid (Apsimar) fueron arrastrados lejos de su presencia y decapitados.

Justiniano no estaba dispuesto a dejar vivo a ninguno de sus rivales. La represión alcanzó también a un número de altos oficiales. El primero de ellos Heraclio, el hermano de Apsimar, un competente soldado. Junto a él un número indeterminado de aristócratas y oficiales del mayor rango.

También Heraclio fue llevado encadenado desde Tracia junto con todos los comandantes que le apoyaban, y a todos los empaló en los muros. Justiniano también envió emisarios al interior y, después de encontrar a muchos los mató [..] También destruyó a una multitud sin número en los registros civiles y militares; a algunos los arrojó en sacos para morir en el mar, a otros los invitó a comer o a cenar y, tan pronto como se levantaban de la mesa, los empalaba o los hacía decapitar. Así todos estaban sobrecogidos por el miedo. Teófanes, Cronografía AM 6198, AD 705/6, 375

Es significativo que el acento que Teófanes y Nicéforo ponen en el amplio alcance de la represión de Justiniano no encuentran eco en fuentes occidentales contemporáneas. El Liber Pontificalis y el De sex aetatibus de Beda el venerable no mencionan más que la ejecución de León y Tiberio y el castigo al patriarca Calínico. Sin embargo a fines del siglo VIII cuando Pablo Diácono escribe su Historia de los Lombardos conoce la leyenda de crueldad que envolvía la figura de Justiniano:

León al desterrarlo le cortó la nariz y él [Justiniano], después de recobrar el trono, con la misma frecuencia que se limpiaba la mano de una gota de moco daba orden de asesinar a alguno de los que se le habían opuesto.Pablo Diácono, Historia de los Lombardos, VI, XXXIII

Aunque sin duda el número de víctimas debió ser elevado, particularmente entre las grandes familias contra las que Justiniano siempre se había mostrado mal dispuesto, no se puede aceptar que el emperador actuase indiscriminadamente. Perdonó por ejemplo a Teodosio, hijo de Tiberio Apsimar, que años después como obispo de Éfeso gozó de la confianza de los emperadores León III y Constantino V. En cuanto al patriarca Calínico, que había coronado a sus rivales, Justiniano ordenó que fuese cegado y enviado a Roma. En su lugar el emperador escogió a su viejo amigo Ciro, como una muestra más de la generosidad con que sabía recompensar a los suyos.

Su fidelidad se extendía también a su esposa. Para recoger a la emperatriz Teodora, la primera no nacida en el seno del Imperio,  se envió una flota que fue casi destruida por completo en una tormenta. Justiniano envió entonces a Teofilacto el cubiculario con una compañía mucho más reducida. El enviado regresó con la emperatriz y con ella el niño Tiberio, que había nacido en ausencia de su padre. Tan pronto como madre e hijo llegaron a la capital fueron coronados y el pequeño Tiberio nombrado emperador al lado de su padre. El orgulloso padre no dudó en reflejar su asociación paternal en las nuevas monedas que mandó acuñar a partir de la coronación en las que padre e hijo se muestran uno junto al otro vistiendo idénticas coronas y vestiduras.

 

Justiniano II segundo reinado. La búsqueda de aliados

 

Durante su segundo reinado la formación de alianzas duraderas con los estados vecinos fue una preocupación primordial en la política de Justiniano. Además de la alianza con el jagan Ibuceros la primera cuestión que tuvo que solucionar el emperador fue dar una adecuada recompensa al kan Tervel. La conquista de la capital había sido obra tan solo de Justiniano pero su aliado seguía acampado en las afueras esperando.

Justiniano decidió organizar una suntuosa celebración en la que con sus propias manos revistió con un manto real a su aliado y le proclamó César mientras la audiencia se arrodillaba ante él. Era la primera vez en la historia del Imperio que este título, el segundo en importancia tras el emperador, era otorgado a un extranjero. A ese nombramiento siguió una espléndida cantidad de oro, armas y vestiduras de seda ofrecidas a Tervel y sus oficiales. Lo que los búlgaros pudieron interpretar como un tributo desde el punto de vista bizantino fue considerado como la aceptación de Tervel de su condición como oficial de alto rango subordinado a la majestad imperial.

En los años siguientes las relaciones entre los búlgaros y el Imperio son confusas. Teófanes y Nicéforo informan de un conflicto en el año 708, aunque el nombre de Tervel no se menciona. Es probable que el emperador quisiese continuar las campañas realizadas durante su primer reinado para sojuzgar otra vez las Esclavinias.

Sea cual fuese su enemigo la campaña acabó en desastre para los bizantinos. La caballería romana bajo el mando personal del emperador avanzó por la costa de Tracia acompañada por la flota hasta la fortaleza de Anquialo. Poco después los búlgaros consiguieron destruir una parte del ejército mientras forrajeaba en la zona. Durante tres días Justiniano y sus tropas tuvieron que luchar para evitar ser rodeados. Según relata Teófanes, ante la imposibilidad de usar la vía de tierra Justiniano fue el primero en cortar los tendones de su caballo y el resto del ejércitoGuerreros árabes hizo lo mismo. Por fin las tropas pudieron ser evacuadas por mar y regresar a Constantinopla relativamente intactas pero cubiertas de humillación.

En el Este Justiniano intentó asegurar las buenas relaciones con el califa Walid, hijo de Abd al-Malik. Poco después de recuperar el trono ordenó la liberación de seis mil prisioneros de guerra tomados por sus predecesores. También envió artesanos expertos y mosaicos para la construcción de una mezquita en Medina. Sin embargo si Justiniano esperaba con esas pruebas de buena voluntad establecer la paz entre ambos estados se vio decepcionado. Las incursiones en territorio bizantino siguieron siendo tan frecuentes como antes. En 709 una fuerza árabe de considerable tamaño asedió Tyana en Capadocia durante nueve meses. El emperador envió un ejército indisciplinado y mal adiestrado al mando de Teofilacto Salibas y Teodoro Carterucas para defenderla. La mala relación entre ambos comandantes les llevó a realizar un ataque imprudente con el resultado de una derrota y miles de muertos. Tras este fracaso no había esperanza para Tyana, que se rindió en mayo o junio del mismo año. Esta victoria animó a los árabes a incrementar sus incursiones en tierras del Imperio. Al final de su reinado las tropas bizantinas tenían graves carencias en preparación y disciplina tanto en el Este como en el Oeste. La eliminación de los comandantes que habían ejercido bajo sus predecesores sin duda tuvo mucho que ver en ello. Es una incógnita lo que habría podido hacer Justiniano si su reinado hubiese durado más.

 

Las aventuras del joven León

 

En la primavera de 705, cuando Justiniano y Tervel el búlgaro avanzaban sobre Constantinopla llegaron un día a una localidad de Tracia. En un campo cercano a la carretera un joven pastor atendía el rebaño de la familia. Su nombre era Conón, pero todos le conocían como León porque decían que era tan bravo como uno. Aunque había vivido en Tracia durante más de una década y hablaba el griego con soltura su familia procedía de la frontera siria y él mismo conocía el árabe. La familia de León era una de tantas de las que habían sido trasladadas durante el primer reinado de Justiniano. Si el destino no hubiese hecho pasar al emperador por allí el joven pastor podría haber seguido toda su vida cuidando las tierras familiares.

El joven León era un muchacho avispado. Conocedor de las costumbres de los soldados se apresuró a adelantarse y presentó al propio Justiniano quinientos animales como regalo. El emperador se mostró impresionado por la iniciativa del joven. En un impulso lo nombró allí mismo espatario y lo incorporó a su séquito. Así, en un instante, Conón-León abandonó su vida rústica y comenzó un camino de consecuencias insospechadas.

El nuevo espatario acompañó a Justiniano en su empeño de reconquistar el trono y lo sirvió con lealtad. Demostró ser un oficial muy valioso, especialmente por su conocimiento del árabe. La envidia de sus colegas le puso en un grave aprieto. Sabedores de la estima en que le tenía el emperador algunos oficiales le acusaron de tramar una conspiración contra él y pretender atentar contra su vida. Al tener noticia Justiniano mandó llamar a su espatario y lo sometió a un juicio en el que fue absuelto, lo que demuestra una ecuanimidad que contrasta con la arbitrariedad de la que es habitualmente acusado.

Poco después el emperador encargó a León una misión diplomática en tierras de los alanos, al norte del Cáucaso. Su objetivo era la contratación de mercenarios para invadir las tierras de los abasgos en la costa este del Mar Negro. Abasgia había estado en tiempos sometida al Imperio y Justiniano tenía esperanzas de recuperarla de nuevo. El emperador proporcionó a León una cantidad considerable de oro que el joven oficial dejó depositado en Fasis, en la costa de Lázica, antes de cruzar el Cáucaso. Cuando llegó a su destino y entabló negociaciones con los alanos tuvo noticia de un alarmante rumor. Según este Justiniano había ordenado la retirada del oro de Fasis.

León se encontró entonces en un grave aprieto. Después de muchos esfuerzos consiguió incitar a los alanos a invadir Abasgia. El éxito de su empresa fue conocido por el emperador que se esforzó por conseguir un salvoconducto y asegurar su regreso a través de las tierras hostiles de Abasgia. Es probable que Justiniano actuase de buena fe pero León sospechaba y se negó a regresar a la capital.

Esta aventura, de la que Teófanes da un inusualmente detallado relato en su obra, concluye con el regreso de León a la capital durante el reinado de Anastasio II (713-715). Hubiese o no tramado Justiniano algo contra su oficial es cierto que León lo creía así. La inmediatez de su reinado tienen sin duda mucho que ver con el crecimiento de la leyenda negra de Justiniano II. Aunque León tuviese motivos para odiar a Justiniano es paradójico que el hombre que debía todo a su benefactor fuese el principal instigador de su difamación futura.

 

Justiniano II segundo reinado. La relación con el papado

 

Si en el Este Justiniano buscó la alianza de jázaros, búlgaros y árabes, en el Oeste su atención se centró en las relaciones con el Papado. A diferencia de los fracasos sufridos en Oriente, la diplomacia imperial obtuvo aquí un claro éxito del que tenemos noticia, no por Teófanes y Nicéforo que no se interesaban por los asuntos del Oeste, sino por las informaciones contenidas en el Liber Pontificalis, que ofrece un relato casi contemporáneo con los hechos.

Tan pronto como Justiniano se sentó en su trono quiso reabrir la cuestión de los cánones del QuiniSexto. El papa Sergio había muerto ya y su sucesor era Juan VII, cuyo retrato se conserva en la Cripta del Vaticano. Juan era griego, ilustrado y de carácter tímido. El emperador le envió dos obispos con los Tomos que contenían las decisiones del QuiniSexto y un sacra (carta imperial) en la que se le solicitaba que convocase un sínodo para aprobar los cánones aceptables y rechazar los otros.Juan VII, papa del siglo VIII

A pesar de la razonable propuesta Juan VII temía a Justiniano y le envió de vuelta los Tomos rehusando dar su aprobación. Antes de que el emperador pudiese tomar alguna medida Juan VII falleció y la Iglesia se encontró con el problema de escoger un sucesor. A comienzos de 708 el nuevo papa Sisinio, un sirio de edad avanzada y salud delicada, duró sólo veinte días. El siguiente en ocupar la sede pontificia fue otro sirio, Constantino, un hombre de temperamento moderado que demostró ser capaz de entenderse con el emperador.

No es descartable la acción de los agentes imperiales en Roma para forzar la elección de un papa más proclive a entender la posición imperial. En cualquier caso el sirio Constantino no estaba dispuesto a ser un títere en manos del emperador como lo prueba el hecho de que en 710 la cuestión de los cánones del QuiniSexto todavía no se había resuelto. Por fin, en octubre de ese año, el papa y un buen número de prelados aceptaron la invitación de Justiniano y se embarcaron con rumbo a Constantinopla. A causa del mal tiempo se demoraron en Nápoles y Sicilia y tardaron varios meses en llegar a su destino. Justiniano tomó todas las medidas para que en el camino el papa fuese recibido con los mismos honores debidos al basileo. El detallado relato del Liber Pontificalis nos informa de que en Quíos el grupo fue recibido por Teófilo, patricio y estratego de los Carabisianos, probablemente el mismo Teófilo que se había embarcado con Justiniano para recuperar su trono y que ahora gozaba el premio por sus servicios.

El papa llegó a Constantinopla a comienzos de la primavera de 711. En la séptima piedra miliar esperaba una delegación de patricios y religiosos encabezada por Tiberio, que ahora tenía seis años y por el patriarca Ciro. Los recién llegados recibieron caballos ricamente enjaezados y entraron en la Ciudad aclamados por toda la población hasta el palacio de Placidia donde se instalaron.

Justiniano no estaba en la ciudad. Desde Nicea, dice el Liber Pontificalis, el emperador mostró su enorme alegría y pidió de inmediato que el papa se reuniese con él en Nicomedia. Ese encuentro fue rodeado de una espléndida ceremonia. El emperador se inclinó para besar los pies del pontífice y después ambos se abrazaron como hermanos para regocijo de todos los presentes. El domingo siguiente Constantino celebró la Misa y el emperador recibió la comunión de sus manos y le pidió que orase por el perdón de sus pecados.

Aunque el autor del Liber Pontificalis describe con gran detalle los aspectos externos de la visita ha transmitido muy poca información sobre las cuestiones sometidas a debate. Sin duda el emperador y la delegación papal se reunieron y llegaron a un acuerdo aceptable para ambas partes. Probablemente Constantino aceptó la mayoría de los cánones y se vio liberado de la obligación de aceptar los que eran rechazados por Roma. Buena parte del mérito de la negociación es atribuible al diácono Gregorio, que luego sería papa con el nombre de Gregorio II (715-731). La aceptación por parte del emperador de la inutilidad de forzar un acuerdo le llevó a consentir en modificaciones. Para simbolizar el nuevo espíritu de colaboración el emperador renovó todos los privilegios de la Iglesia, cualesquiera que fuesen estos.

 

El enfrentamiento con Rávena

 

Como hemos visto anteriormente, ante la falta de noticias internas es necesario recurrir a fuentes no bizantinas para conocer los esfuerzos de Justiniano por establecer una duradera política exterior. Se debe a una de esas fuentes el relato más negativo para la figura del emperador. El cronista Agnello de Rávena, que escribió en el siglo IX, relata los ataques de Justiniano contra la capital del Exarcado motivados por la venganza. Según Agnello algunos ciudadanos de Rávena habían participado en la rinocopia y ahora el emperador deseaba venganza. EL ataque contra Rávena en el segundo reinado de Justiniano es confirmado por el Liber Pontificalis, que aporta datos más sustanciales que los esgrimidos por Agnello.

Poco después de que el papa Constantino ocupase la sede pontificia el nuevo arzobispo de Rávena, Félix, se vio envuelto en una seria disputa con Roma. La rivalidad entre ambas ciudades se remontaba a mucho tiempo atrás y había provocado en ocasiones violentos choques armados. En el centro de la disputa estaba la posición de Rávena como capital del Exarcado y el resentimiento causado por la obligación de su obispo de jurar obediencia al papa. La crisis entre ambas ciudades se había mantenido latente durante los últimos treinta años pero tras la consagración de Félix estalló con toda virulencia. Nada más tomar posesión de su cargo el arzobispo de Rávena se negó a firmar un documento papal por el que debía prometer no hacer nada contrario  a la unidad de la Iglesia o la seguridad del Imperio. Es significativo que los jefes del gobierno local apoyaron decididamente a Félix contra Roma.

El obispo envió su versión del documento que no satisfizo al papa. En ese momento se produjo la intervención del emperador. Justiniano envió una flota a Rávena en 709 para obligar a la ciudad a someterse. Es probable que en esa coyuntura Justiniano interpretase la resistencia de Félix como un desafío no sólo ante el papa sino ante la propia autoridad imperial. No es descartable tampoco que concibiese que una acción tal inclinaría decisivamente al papa a aceptar en su totalidad los cánones del QuiniSexto. En cualquier caso es indudable que Roma vio la acción de Justiniano como un justo castigo contra los desobedientes a la sede apostólica.

El relato de Agnello es rico en detalles. Describe al emperador como obsesionado por vengarse de Rávena. Decidido a castigarla con severidad envía una flota al mando del patricio Teodoro. Cuando este invita a un banquete de recepción a los dignatarios locales hace que sus hombres los apresen y los conduzcan a Constantinopla. Entre ellos estaba el arzobispo Félix. Tras conseguir su presa las tropas imperiales entraron en la ciudad y la saquearon.

Poco después los prisioneros llegaron a la capital y fueron conducidos ante la presencia del emperador. Agnello describe a Justiniano sentado en un trono de oro y esmeraldas, cubierto con un tocado de oro y perlas ideado por la emperatriz. El deseo del emperador era condenar a muerte a todos los implicados pero, según relata Agnello, una visión se le apareció en sueños pidiéndole que perdonase al arzobispo Félix. Justiniano accedió y se contentó con ordenar su ceguera y destierro a las costas del Mar Negro. El resto de los prisioneros fue sentenciado a muerte.

El desenlace de los acontecimientos en Rávena no es claro, aunque todas las evidencias apuntan a que la ciudad no se sometió mansamente a la disciplina imperial. La falta de claridad de Agnello es compensada en parte por el Liber Pontificalis que nos informa del encuentro del papa con el nuevo exarca Juan Rizocopo durante su viaje al este en el otoño de 710:

De ese modo [el papa y su séquito] llegaron a Nápoles donde el patricio y exarca Juan, llamado Rizocopo, se reunió con él. Juan fue a Roma, degolló al diácono Saiulo, al arcario Pedro, a Sergio el abad y a Sergio el ordinator [asistente del  nomenclator o maestro de ceremonias], luego fue a Rávena donde como castigo divino por sus criminales actos encontró una muerte ignominiosa.Liber Pontificalis, Constantino, 3

Las circunstancias de la muerte de Rizocopo son desconocidas aunque algunos indicios apuntan a que el exarca podría haberse unido a la rebelión y morir allí por causas naturales. Fuese cual fuese su posición la rebelión en Rávena contra el gobierno imperial continuó y seguía activa cuando Justiniano murió más de un año después.

 

Rebelión en Querson

 

La rebelión en Querson que finalmente costaría la vida al emperador, es conocida solamente a través de los testimonios de Teófanes y Nicéforo, aunque debido a la proximidad de la fecha de redacción a los hechos es muy probable que contenga también elementos propagandísticos favorables al sucesor de Justiniano, Filípico Bardanes. Según los cronistas el deseo de venganza de Justiniano contra los quersonitas por su traición durante la época de su exilio fue la causa de la crisis. Ante esto se pueden aportar tres consideraciones:

  • Resulta extraño que el emperador esperase cinco años para vengarse de su antiguo lugar de destierro.
  • Es un hecho histórico que en esa fecha Ibuceros, el cuñado del emperador, había establecido en Querson un gobernador (tudun). Esta injerencia en la órbita política bizantina era causa suficiente para alarmar a la administración imperial.
  • La Crónica perdida de 713, fuente supuesta de Teófanes y Nicéforo para este relato, debía estar influenciada por la propaganda de Filípico Bardanes. La alianza del jagan Ibuceros fue crucial para conquistar el trono por lo que no desearía presentarlo como agresor. Es probable, entonces, que fuese el afán expansionista del estado jázaro el que provocase la expedición de Justiniano a Querson.

A comienzos de 711 el emperador envió una flota excepcionalmente numerosa, de acuerdo con los cronistas, al mando de los patricios Mauro y Esteban Asmictos. Este era probablemente el mismo Esteban de Querson que le acompañara en su huida años atrás. Tenían órdenes de tomar la región de Querson y Bosporos y aniquilar a toda la población. Uno de los oficiales llamado Elías fue nombrado gobernador. Es evidente a partir de ese testimonio que el objetivo primordial era el estado jázaro, ya que Bosporos estaba sometida a la autoridad del jagan. Y la acusación de genocidio es ilógica a la vista de la designación de un gobernador para los territorios conquistados.

Las tropas de Mauros y Esteban desembarcaron en Querson y vencieron con facilidad la resistencia local. Un número de dirigentes fueron ajusticiados y el resto, entre los que estaban Zoilo, el pater poleos [primer ciudadano de Querson], y el tudun jázaro, conducidos con cadenas a Constantinopla. Además un grupo de jóvenes de la población fueron destinados a la venta como esclavos.

Justiniano se mostró descontento con el modo en que se habían arreglado los asuntos, en particular la venta de los jóvenes. Por ello ordenó que se le enviasen de inmediato. Los oficiales en Querson se vieron obligados a obedecer, aunque la temporada de navegación estaba casi acabada. Una tormenta destruyó casi por completo la flota (que en opinión de la historiografía era mucho más pequeña de lo que claman Teófanes y Nicéforo y transportaba en realidad de vuelta al ejército al final de la campaña).

Fuese cual fuese el motivo el emperador ordenó la preparación de otra flota. Los cronistas añaden que los quersonitas apelaron al jagan y que éste envió tropas a la ciudad. La guarnición bizantina en Querson al mando de Elías fue convencida para aliarse con los quersonitas y el jagan. Al conocer la noticia Justiniano ordenó la liberación de Zoilo y el tudun y los envió de vuelta con una flota al mando del patricio Jorge el sirio, logoteta del Genikon, de Juan el prefecto y de Cristóforo, turmarca de los Tracesios al mando de una tropa de trescientos hombres. Su misión era hacer las paces con Ibuceros, detener a Elías y enviarlo a Constantinopla.

La iniciativa llegó demasiado tarde. Los rebeldes fingieron al principio acoger favorablemente la propuesta. Aceptaron recibir a los enviados y después asesinaron a Jorge y a Juan el prefecto. Zoilo y el tudun fuero enviados a Jazaria con el turmarca y los trescientos soldados. Durante el viaje el tudun falleció y, de acuerdo a una costumbre jázara, los cautivos bizantinos fueron asesinados para acompañarle en el otro mundo.

Una vez desafiado abiertamente al emperador el único paso posible para los rebeldes era la elección de un rival. Un oficial armenio que había acompañado a Elías en la primera expedición llamado Bardanes fue el elegido. Años antes Bardanes había sido detenido por Tiberio Apsimar con la acusación de aspirar al trono. Justiniano lo había liberado y reintegrado a su mando. Bardanes parece haber sido un hombre apacible y un oficial popular entre sus hombres. Era también un confeso monotelita pero eso no pareció ser un obstáculo entonces. Bardanes tomó el nombre más apropiado de Filípico y fue proclamado emperador por sus seguidores.Retrato del emperador Filípico Bardanes

Cuando Justiniano conoció la noticia su ira se descargó sobre la familia de Elías en Constantinopla. De creer a Teófanes asesinó a los hijos de Elías que eran pequeños y obligó a su mujer a casarse con su cocinero indio. Muy consciente de la gravedad de la situación preparó otra flota con maquinaria de asedio y la puso al mando de Mauro Bessos. Las tropas desembarcaron en Querson e iniciaron el ataque. Cuando la ciudad estaba a punto de capitular la oportuna llegada de los jázaros provocó una tregua que aprovechó Filípico para escapar a la corte del jagan. Ante la falta de resultados las tropas imperiales, temerosas de volver ante su amo, se pasaron al bando de Bardanes animadas por su promesa de recompensarles con una moneda de oro por cabeza.

En Constantinopla la falta de noticias desequilibró a Justiniano y le hizo cometer un error fatal. Reunió a las tropas del Opsicio, a los tracesios y tres mil auxiliares búlgaros proporcionados por Tervel y se puso en camino hacia Sínope para vigilar más estrechamente a los sublevados. Mientras avanzaba hacia el Este divisó los barcos de la flota navegando directamente hacia la ciudad. Rugiendo de rabia Justiniano se apresuró a regresar a la capital. Era demasiado tarde. Constantinopla había caído en manos de Filípico sin combate y Justiniano tuvo que detenerse en Damatris, en la costa asiática que mira a la ciudad.

La moral entre las tropas del emperador se resquebrajó y las deserciones deshicieron toda su fuerza. En la duodécima piedra miliar Justiniano se encontró con una pequeña tropa mandada por Elías. El espatario ofreció una promesa de amnistía para todos los que abandonasen  a narizcortada. Sólo unos pocos oficiales se mantuvieron fieles hasta la muerte. El fiel Barasbacurios, que ahora era protopatricio y conde del Opsicio, ya había sido perseguido por los hombres de Bardanes y asesinado. El resto se unió al bando de Filípico y abandonó a su suerte al emperador. Su causa estaba perdida.

Elías se reservó para sí el placer de la venganza. Según los testigos:

El ya mencionado Elías el espatario se echó a él lleno de ira y agarrándole por el cuello le cortó la cabeza con el cuchillo que llevaba al cinto y se la envió a Filípico por medio de Romano el espatario. Filípico entonces la envió al cuidado del mismo Romano a los países del Oeste tan lejos como hasta Roma.Teófanes, Cronografía, AM 6203, AD 710/711, 378

Era el 4 de noviembre de 711. Justiniano tenía cuarenta y dos años. Sus enemigos le negaron un entierro cristiano y arrojaron sus restos al mar.

La cabeza de Justiniano fue enviada a Rávena y Roma para ser mostrada públicamente. En Rávena la muerte de Justiniano fue particularmente celebrada y los ciudadanos festejaron mientras el trofeo era llevado por las calles. En Roma, sin embargo, la pérdida de un aliado fue particularmente sentida en febrero de 712. El cronista del Liber Pontificalis anota a propósito del retorno del papa Constantino:

Pero después de tres meses se conoció la dolorosa noticia de que Justiniano, el cristiano y ortodoxo emperador, había sido asesinado y que el herético Filípico había sido elevado a la dignidad imperial.Liber pontificalis, Constantino, 8

Quedaba todavía un triste remate a la historia de Justiniano. Cuando la emperatriz madre Anastasia supo que su hijo había muerto recogió a su nieto de seis años Tiberio y lo llevó hasta la iglesia de la Virgen de las Blaquernas donde esperaba encontrar asilo. Dos hombres de Filípico llegaron detrás. Mauro, el patricio al mando de la expedición a Querson y un espatario llamado Juan Struthos, el avestruz, entraron en la iglesia. Dejemos que Teófanes narre la terrible escena:

Mauro llegó a Blaquernas junto con el llamado Struthos y encontraron a Tiberio aferrado con una mano a la columnita del altar en el santuario de la Virgen María y  con la otra a la madera de la Cruz. [El niño] llevaba al cuello filacterias mientras su abuela Anastasia estaba sentada fuera del bema. Ella se arrojó a los pies de Mauro y le suplicó que no matase a su nieto Tiberio porque no tenía culpa. Mientras ella se aferraba a los pies del hombre y le imploraba con lágrimas, Struthos entró en el bema y agarró al niño a la fuerza. Le arrebató el leño de la cruz y lo colocó en el altar, mientras que las filacterias se las colgó en su propio cuello. Llevó al niño a la portezuela que está por encima del barrio de Calínica, lo desnudaron y estirándole en las losas de la entrada le cortó el cuello como si fuese una oveja, y ordenó que lo enterrasen en la iglesia de los Santos Anárgiros, que llaman de Paulina.Teófanes, ibid. 380

Era el último heredero de la casa de Heraclio. De los restantes miembros de la familia se cree que la emperatriz Anastasia no recibió ningún daño y probablemente ingresó en un convento. De la emperatriz Teodora sólo se puede conjeturar porque no se conserva noticia sobre ella. Si sobrevivió a su esposo es posible que fuese devuelta por Filípico a su hermano en Jazaria.

 

Conclusión

 

La animosidad de la historiografía bizantina sobre la figura de Justiniano no debería arrastrar al lector moderno a tomar una actitud negativa a priori sobre el personaje. Después de conocer su vida y hechos es posible realizar algunas reflexiones de interés:

  • Justiniano accedió al trono a la edad de dieciséis años y gobernó un imperio durante otros dieciséis. Ese es un logro nada desdeñable, en absoluto posible si el emperador estuviese desprovisto de capacidad, aptitudes y voluntad para reinar.
  • Sus esfuerzos en campos tan variados como la política exterior, la diplomacia o la religión prueban que era un hombre enérgico y capaz. Su preocupación por reforzar la organización temática y el traslado masivo de poblaciones de un extremo al otro del imperio demuestran su capacidad como gobernante. Las relaciones establecidas con el Papado o el Califato no siempre fracasaron y su evidente preocupación por los asuntos occidentales demostró que no había perdido su interés por el Oeste.
  • Sin embargo el mundo mediterráneo estaba cambiando y la distancia entre la cristiandad griega y latina se hacía cada vez más grande. Es significativo que la visita del papa en 711 fuese la última de un pontífice romano a la corte de Constantinopla. Pocos años después la controversia iconoclasta provocó una separación decisiva entre ambas comunidades que la caída de Rávena en 751 y el acercamiento de Roma a la monarquía carolingia no hicieron más que aumentar.

Tras la desaparición de Justiniano los problemas para el Imperio no cesaron. El reinado de Filípico Bardanes fue corto y desastroso. Su adherencia al monotelismo le costó el trono y la vista menos de dos años después de ser coronado. Sus sucesores Anastasio/Artemio y Teodosio fueron incapaces de remediar la situación y sólo la llegada al poder del estratego León, el mismo que en 705 había encontrado Justiniano en un prado de Tracia, permitió dar paso a una nueva época, una en la que el recuerdo de Justiniano se borró para los vivos…

Las crónicas retratan a Justiniano como un hombre de genio terrible y violento, inclinado a decisiones impulsivas y arbitrarias. Debemos recordar que a muy temprana edad fue sometido a una terrible mutilación, un trauma que sin duda dejó huella duradera en su carácter para el resto de su vida. Y a pesar de esa terrible experiencia Justiniano tuvo la energía para soportar el exilio y enfrentarse a todos los peligros para recuperar lo que consideraba suyo por derecho. Tomados a un lado sus virtudes y al otro sus innegables faltas podemos concluir que el emperador Justiniano II fue un hombre de pasiones intensas que asumió con responsabilidad sus deberes como gobernante, mucho más de lo que sus enemigos estuvieron dispuestos a concederle.

 

La aproximación literaria a la figura de Justiniano II

 

Somos afortunados por contar con otro ángulo para estudiar la figura de Justiniano. Es improbable que una figura poco conocida como la suya atrajese la atención de un novelista y sin embargo así es. Justinian, la novela publicada en 1998 por Harry S. Turtledove con el seudónimo de H.N. Turteltaub, es una obra en la que historia y ficción se complementan de modo excelente. Quien conozca la trayectoria del autor no se extrañará. Harry S. Turtledove, escritor norteamericano nacido en 1949, estudió en UCLA. En esta universidad presentó en 1977 su tesis sobre los sucesores de Justiniano. Es por ello un experto en historia bizantina. Esta inclinación se continuó en 1982 con la edición parcial de la Crónica de Téofanes para el período 6095-6305 (AD 602-813), la única traducción disponible hasta que la edición de Mango y Scott de 2006 la desplazó como referencia fundamental para este historiador.

Tras unos primeros intentos bajo el seudónimo de Eric Iverson la atención de Turtledove se ha centrado preferentemente en la historia alternativa. El escritor creó un universo en el que el imperio bizantino sigue existiendo, la Confederación gana la Guerra Civil americana, la Alemania hitleriana es la vencedora de la II Guerra Mundial o los alienígenas desembarcan en la tierra. En paralelo a estas historias Turtledove, un escritor muy prolífico, ha escrito otras de corte más tradicional sobre la Guerra Civil (Fort Pillow, 2006), el desastre de Teutoburgo (Give me back my legions!, 2009), la Grecia Clásica en la serie Menedemos & Sostratos, (una tetralogía sobre dos mercaderes de Rodas y sus aventuras por el Mediterráneo en la época de los sucesores de Alejandro) y en 1998 Justinian, la biografía de Justiniano II Rinotmeto que examinamos en esta entrada de Desde las Blaquernas.

El planteamiento formal del autor es un libro escrito a dos voces. La del propio Justiniano escribiendo sus memorias en primera persona y la de su fiel escudero Myaces que rememora los hechos en el monasterio en el que está recluido, ciego, veinte años después de la muerte de su señor. Myaces prueba ser un comentarista jocoso e indiscreto que gusta de escandalizar a su interlocutor, el monje Elpidio, con los pasajes más escabrosos o memorables de la vida de Justiniano.Justinian, novela de H.N. Turteltaub

Justinian es una novela de dimensiones considerables. Tiene 629 páginas y en ella está contenida toda la historia de Justiniano a partir de los datos históricos conocidos. Todo. Explicar su argumento sería repetir lo que has podido leer en estas dos entradas de la biografía. Turteltaub es un escritor concienzudo y preocupado por la documentación. En la Nota Histórica que acompaña a la novela nos informa de que ha leído a Teófanes y Nicéforo en griego y también otras fuentes secundarias como la crónica siríaca de Dionisio de Tell Mahré, también conocida como Crónica de Zuqnin. En su opinión el intento de la biógrafa de Justiniano Constance Head por mejorar la imagen del emperador no se corresponde con la realidad histórica porque los actos y los rasgos de personalidad atribuidos a Justiniano por Teófanes y Nicéforo concuerdan con los testimonios del Liber Pontificalis o las fuentes orientales.

El rigor documental exhibido por Turteltaub se acompaña de un estilo rápido, mordiente y eficaz, sugeridor de imágenes y caracteres reales y veraces construidos a partir de las pocas notas históricas que se conservan. El nivel de la historia no decae  en ningún momento. El relato de los primeros años y la infancia de Justiniano es fascinante, así como el día a día de su primer reinado. La recreación del período del destierro se sostiene bien y la habilidad del autor para mezclar historia y ficción da como resultado una narración creíble y atrayente. En el debe el hecho de centrarse la novela en los puntos de vista de Justiniano y Myaces hace que en comparación otros, como Leoncio, Apsimar o la pléyade de secundarios, palidezcan al aparecer reflejados exclusivamente desde la visión focalizada de los protagonistas.

En mi opinión una excelente novela por la ambientación y el desarrollo de los caracteres. Es debatible si el artificio de unas supuestas memorias comentadas es el modo más eficaz de transmitir la historia pero no quita méritos a la obra en su conjunto.

Puedes encontrar una crítica de la novela por Steven H. Silver en este enlace.

Para saber más...

  • Agnellus of Ravenna, The book of pontiffs of the Church of Ravenna (Medieval Texts in Translation), 2004.
  • Constantino Porfirogénito, De administrando imperio, ed. G. Moravcsik y R.J.H. Jenkins, Washington, 1967.
  • Ekonomou, A.J. (2007) =  Byzantine Rome and the greek popes, eastern influences on Rome and the Papacy from Gregory the Great to Zacharias, AD 590-752, Maryland.
  • Head, C. (1972) = Justinian II of Byzantium, Wisconsin.
  • Liber Pontificalis. The ancient biographies of the ninety roman bishops to AD 715, Liverpool, 2000.
  • Llewellyn, P. (1971) =  Rome in the dark ages, Londres.
  • Noble, T.F.X. (1991) = The Republic of St. Peter. The birth of the papal state, 680-825, Filadelfia.
  • Oikonomidès, N. (1964) = “Une liste arabe des stratèges byzantins du VIIe siècle et les origines du thème de Sicile”, Rivista di Studi Bizantini e Neoellenici, XI, Roma.
  • Stratos, A.N. (1978) = Byzantium in the Seventh Century, IV, Amsterdam.
  • The Chronicle of Teophanes Confessor, Byzantine and Near Eastern History AD 284-813, ed. C. Mango y R. Scott, 2006.
  • Turteltaub, H.N. (1998) = Justinian, Nueva York.
  • Zapata, R. (2006) = Italia bizantina. Historia de la segunda dominación bizantina en Italia (867-1071), Madrid.

 

Esto ha sido todo. Espero que esta serie sobre Justiniano II Rinotmeto haya sido de tu interés. Recuerda que en el enlace inferior puedes leer la primera entrada. No dudes en utilizar la zona de comentarios para preguntar cualquier duda o exponer tu opinión.

Un cordial saludo

Roberto

Justiniano II Rinotmeto, primera entrada de la biografía

 
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Roberto

Roberto Zapata es profesor y estudioso de Bizancio. Ha publicado el libro Italia bizantina 867-1071. En la actualidad escribe una trilogía ambientada en el siglo XI.

  • César dice:

    Saludos.

    Me ha parecido una buena conclusión para la vida de Justiniano II. Consideré acertado quitarle toda la carga negativa que su figura ha acumulado por culpa de la historiografía, ya que esto le ha quitado méritos al último heraclida.

    Por otra parte, tengo mis dudas con respecto a que el kan Tervel haya sido el primer extranjero en recibir el título de César. Según G. Ostrogorsky, este título se le otorgó a Patricio, hijo del alano Aspar, durante el reinado de León I (457-474). Así que me parece que este personaje fue el primer extranjero en recibir dicho honor.

    Independientemente de esa cuestión, el trabajo en su conjunto me pareció muy bueno. Espero que puedas hacer biografías de otros emperadores.

    Te mando un afectuoso abrazo.

    • Roberto dice:

      En mi opinión Justiniano II tuvo dotes para ser un buen gobernante pero había rasgos en su carácter que le impulsaron a ser violento, receloso de sus prerrogativas y poco flexible. Un autócrata en el sentido tradicional. Aquellos que se sientan sobre un trono, como cualquiera que deba gestionar equipos humanos, por utilizar una terminología actual, deben tener empatía, asertividad e inteligencia emocional (la mano izquierda de toda la vida:-)) para no provocar más resistencias que apoyos a su gobierno. No fue el caso de Justiniano, por desgracia para él mismo y su familia.
      Tienes razón al mencionar a Patricio. La interpretación del pasaje es que al ser hijo de Aspar, que llevaba tiempo sirviendo al Imperio, se le consideraba asimilado como súbdito. En el caso de Tervel se trataba de un aliado, no de alguien sujeto a obediencia. Y la magnitud de la recompensa (una dignidad que estaba destinada a los hijos de los emperadores y presuntos herederos) habla bien a las claras de la desesperada posición en la que se encontraba Justiniano y lo que supuso para él recuperar su trono…
      Muchas gracias otra vez, pronto más:-)

      Un abrazo muy cordial

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