Maniaces derrota al sebastóforo Esteban

 

En esta entrada conoceremos el relato de la segunda estancia de Jorge Maniaces en los territorios de Italia y su enfrentamiento con las autoridades de Constantinopla por las intrigas de corte que provocaron la proclamación de su rebelión y los dramáticos hechos que se sucedieron a continuación. Sigue leyendo para saber más…

 

DE NUEVO AL MANDO

 

Miguel IV, el emperador que había enviado a prisión a Maniaces, falleció en diciembre de 1041. Su sucesor Miguel V y su esposa Zoé, deseosos de enderezar la suerte de los asuntos occidentales, liberaron al general y lo reenviaron a Italia con el título de magistros, catepán de Italia y estratego autocrator de los tagmata de Italia tras hacer regresar a Sinodiano.

Maniaces desembarcó en Tarento a finales de abril de 1042 con un nuevo ejército reforzado con contingentes albaneses, los arvanitai que pasaron luego a constituir uno de los cuerpos extranjeros permanentes en el ejército imperial. En el momento de su llegada sólo seguían en poder de Bizancio las plazas de Bríndisi, Otranto, Tarento, Trani y Oria.

Entre tanto sus adversarios no habían permanecido ociosos con cinco meses de desgobierno bizantino para maniobrar y establecer alianzas con las ciudades de Apulia. Tras haberse malquistado con el principado de Benevento negociaron con los principales de Bari y propusieron a Argiro reconocerlo como su señor. Éste, seducido por la propuesta, repitió el comportamiento de Arduino e hizo entrar de noche a los normandos en la ciudad y allí concluyó un acuerdo definitivo con ellos recibiendo en febrero de 1042 el título de duque y príncipe de Italia con los guerreros normandos como vasallos. Éstos seguían el mismo procedimiento utilizado con éxito en otras ocasiones: imponer su participación, hacerse temer y reconocer en teoría la soberanía de los antiguos amos del país. Es posible que en lo tocante a Argiro su proyecto fuese llegar a una futura reconciliación con Bizancio previa aceptación de los hechos consumados y con la secreta esperanza del catepanato por entonces vacante.

La llegada de Maniaces trastornó todos esos cálculos y dejó al hijo de Meles como un simple rebelde, como su padre lo fue en tiempos, por lo que tuvo que vincular su destino más estrechamente a los recién llegados del norte. Avanzando en su propósito reclamó la ayuda de los normandos de Aversa y reunió varios miles de soldados que se aprestaron a combatir al ejército imperial acampado bajos los muros de Tarento. Maniaces, sin embargo rehuyó el combate y optó por refugiarse tras los muros de la ciudad a la espera de una oportunidad favorable. Los normandos intentaron en vano provocar a los bizantinos a un encuentro en campo abierto y se contentaron con saquear la región de Oria. Tras reconocer la imposibilidad de asediar una plaza poderosa como Tarento se replegaron hacia el norte en mayo de ese año.Maniaces en Italia 1042

En el litoral adriático Trani, la plaza más importante después de Bari, mantuvo la fidelidad al emperador y rehusó negociar con Argiro. Su ejemplo fue imitado por Giovinazzo con peor suerte pues Argiro apostó su ejército ante la plaza y la tomó el 3 de julio de 1042. Como castigo por su resistencia y los tres días de sitio la población fue sometida a pillaje  y los funcionarios bizantinos en ella refugiados fueron asesinados. De allí pasó a Trani, a la que sometió a asedio durante más de un mes hasta que los acontecimientos de Constantinopla provocaron un vuelco en la situación.

Entretanto Maniaces había salido en junio de Tarento con su ejército barriendo delante de sí las bandas de normandos que encontraba a su paso. Castigó cruelmente a los habitantes de Matera acusándoles de trato con el enemigo y demostró ser tan despiadado como sus enemigos, arrasando campos, quemando cosechas y asesinando a centenares de campesinos. Desde Matera Maniaces se dirigió hacia el este y sometió a Monópoli al mismo castigo e igual demostración de crueldad y ensañamiento: muchos ciudadanos fueron ahorcados y otros enterrados vivos, pero las ciudades no le abrieron sus puertas. Con estas atrocidades Maniaces se ganó una reputación de tirano abominable en la región y perjudicó muy gravemente la suerte de la causa bizantina en Italia. Mientras tanto en Constantinopla se sentaba en el trono un nuevo emperador. La llegada al poder de Constantino Monómaco (1042-1055) en julio no fue un revés para los intereses de Maniaces.

Durante la época de sus mandatos en Asia Menor el general había adquirido grandes propiedades en el thema de los Anatólicos. Algunas de esas tierras eran vecinas de las de un poderoso señor, Romano Esclero, nieto del famoso Bardas. Pronto las relaciones entre ambos se deterioraron y Maniaces, que era un hombre de genio pronto, amenazó de muerte a Esclero. Éste, amedrentado, abandonó sus tierras y desde entonces experimentó un odio feroz por su antiguo vecino. La situación era delicada para Maniaces porque Romano tenía muy buenas conexiones en la corte, al ser su hermana María Esclerina la amante del emperador.

El momento para la venganza llegó cuando su rival tuvo que ausentarse para guerrear en Italia. Romano, seguro del apoyo de Monómaco, saqueó las propiedades de Maniaces y yendo más allá en la ofensa, ultrajó a su mujer. Cuando el general fue informado de estos penosos acontecimientos experimentó una cólera indecible, cólera que se convirtió en exasperación al saber que el emperador, a instancias de su rival, había decidido finalmente destituirlo de su puesto. En ese momento Maniaces, considerando demasiado peligroso regresar a Constantinopla como un simple particular optó por la única solución que veía a su alcance, la revuelta.

 

¡REBELIÓN!

 

En esos momentos las noticias llegadas de Constantinopla le decidieron a rebelarse, sabedor de que la pérdida de favor de la corte y la llamada a la capital suponían de nuevo la prisión. La llegada al poder de Constantino Monómaco y el favor que éste propiciaba a su mortal enemigo Romano Esclero no auguraban más que desgracias para su carrera. Puesto al corriente de todos los detalles comenzó a incitar en secreto a sus soldados contra Monómaco.

En septiembre de 1042 desembarcó en Otranto una representación del basileo. El patricio Pardo, el protoespatario Tubaces y el arzobispo Nicolás llegaron portadores de un crisóbulo dirigido a Maniaces con el que el emperador pretendía reconciliarse con su exasperado general, Pardos además debía sucederle en el cargo de catepán. Maniaces, conocedor en secreto del contenido del documento, al principio les dispensó una favorable acogida pero la torpeza del enviado muy pronto empeoró muy pronto la situación. Pselo relata así el encuentro:

Constantino le envía entonces a personas, no para que le sirvan de ayuda o le aplaquen de algún nodo y le hagan volver al horden, sino, por expresarlo más abiertamente, para que le maten, o por decirlo más prudentemente, para que le censuren por su hostilidad al emperador y poco menos que lo marquen de latigazos, lo carguen de cadenas y lo deporten fuera de la Ciudad. El jefe de la embajada (Pardo) no era un diplomático experimentado en tales menesteres ni había asumido anteriormente responsabilidad alguna en la gestión de asuntos civiles o militares, sino que era una de esas personas que habían dejado de repente las calles para entrar en Palacio. El enviado pone así rumbo por mar hacia quien por el momento sólo amenazaba con la usurpación –y que además comandaba ejércitos y sospechaba de su llegada- pero sin revelarle previamente que venía como portador de un mensaje de paz o anunciarle siquiera de algún modo su llegada. Por el contrario, como si pretendiera ocultarle un ataque, se presenta de improviso a caballo ante él y sin decirle nada que pudiera aplacarlo ni empezar su discurso con palabras que facilitaran su entrevista con él, enseguida le cubre abiertamente de reproches y lanza contra él las peores amenazas. Maniaces, comprendiendo que era verdad lo que sospechaba y temiendo además otras medidas ocultas contra él, se inflama de ira y levanta su mano contra el enviado, no para golpearle, sino para asustarle. Éste, como si hubiese sorprendido por esto a aquél en flagrante delito de usurpación, le denuncia públicamente por su osadía y añade que no podrá evitar que se le condene por tales acciones. La situación pareció desesperada a Maniaces y a su ejército, que, pasando a la acción, matan al embajador, convencidos de que el emperador no les reservaba otro tratamiento, y dan comienzo así a la usurpación.Pselo, Vida de los emperadores de Bizancio, VII, c. 80-81

Esa exhibición fue demasiado para el genio del general que dio órdenes de inmediato a sus hombres para detener al patricio al que al cabo de pocos días hizo asesinar en unas caballerizas tras someterlo a muchas vejaciones. El protoespatario Tubaces sufrió la misma suerte pocos días después. El secreto se había desvelado y tras la favorable reacción de sus hombres Maniaces se decidió por fin en octubre a asumir las insignias imperiales del poder supremo y se hizo proclamar emperador por sus tropas, decidido a emprender la lucha a vida o muerte por el poder. Su empresa requería oro y Maniaces lo encontró apropiándose de los fondos de la embajada, unas fuertes sumas destinadas a comprar la retirada de los normandos.

Maniaces encontró una calurosa acogida a sus proyectos  entre sus tropas, tal y como nos cuenta Pselo:

Muchas personas se unieron a él por ser un hombre lleno de coraje y perfecto conocedor de la estrategia militar. Estaban allí no sólo todas las personas que se hallaban en edad militar, sino también las que la habían superado o no llegaban a ella. Maniaces, puesto que sabía que las victorias se consiguen no por el número de combatientes, sino por su preparación y experiencia, reunió a los veteranos con los que había destruído muchas ciudades y se había apropiado de gran cantidad de dinero y hombres, y después de formar un contingente con ellos, cruzó al continente al otro lado del estrecho eludiendo a todas las guarniciones de la costa. Ninguno de los que habrían debido combatirlo se atrevió a marchar contra él, pues todos, presa del temor, le dejaron el camino expedito.Pselo, Vida, VII, c. 82

Anteriormente, en julio, otra delegación imperial se había encontrado con Argiro, que asediaba Trani en esas fechas, y le presentaron un crisóbulo en el que se le comunicaba el perdón del emperador y se le conferían los títulos de patricio y vestes si demostraba su fidelidad al imperio y atraía a los normandos al servicio de Bizancio. Ello suponía aceptar definitivamente la presencia de éstos en los territorios bizantinos intentando obtener a cambio un provecho para los intereses del imperio.

Argiro aceptó el trato y obligó a los normandos a levantar el sitio de Trani, quemó las máquinas de asedio y se dirigió de nuevo a Bari hacia donde también se encaminaba su rival. Maniaces, después del asunto de la embajada partió a marchas forzadas desde Otranto con parte de su ejército. Pretendía presentarse en Bari y utilizar el oro recién ganado para comprar el favor de los magnates de la capital y atraerlos a su causa. Pero la brutalidad que había demostrado en el trato con la población local lo había vuelto odioso e impopular, y los magnates decidieron mantenerse fieles a la causa del emperador. Tras ser incapaz de llegar a un acuerdo con Argiro, Maniaces se volvió hacia los normandos, pero éstos, con el recuerdo fresco de sus difíciles relaciones en Sicilia rehusaron también y sólo un pequeño número se unió a su ejército.

 

LA MARCHA CONTRA LA CIUDAD

 

Ante este fracaso Maniaces decidió no perder más tiempo en Italia y llevar su ejército al otro lado del Adriático para intentar su suerte hacia el corazón del imperio, allí donde se jugarían todas las bazas. Por ello tras ser rechazado de Bari se replegó sobre Tarento que se había convertido en la base de operaciones de su ejército y preparó el embarque de sus tropas hacia Grecia. Los normandos saqueaban la región y la población local mostraba una disposición muy poco amistosa hacia el rebelde por el duro trato que había recibido de su parte, por lo que Maniaces decidió abandonar la ciudad y marchar sobre Otranto para desde allí dejar Italia.

En estos momentos, en febrero de 1043 llegó a Bari Basilio Teodorocano, antiguo compañero de armas de Maniaces y nuevo catepán de Italia. Argiro rodeó Otranto con las milicias locales de Bari y contingentes normandos mientras una flota bizantina mandada por Teodorocano bloqueaba el puerto. Pero, siempre un hombre de recursos, Maniaces logró apoderarse de unos barcos, forzó su salida de puerto ese mismo mes y puso proa rumbo a Dirraquio. Desde allí su ejército, en el que se alineaban parte de los tagmata de élite orientales, varegos, mercenarios latinos, con el tagma de Hervé Francópulo a la cabeza (un antiguo subordinado de la campaña siciliana que después ganaría fama en Asia), y reforzado con tropas albanesas y búlgaras, avanzó por la Via Egnatia sometiendo todo a su paso de camino hacia Macedonia.

Su objetivo era avanzar con la mayor celeridad para no dejar tiempo a Monómaco a organizar una resistencia efectiva. En todas las regiones muchos notables que encontraba a su paso se le unían, probablemente por el terror que inspiraba su carácter implacable. Pronto se encontraron con las avanzadas  que le salían al encuentro y en un primer enfrentamiento derrotó al duque de Occidente Constantino Cabasilas que se le opuso con las tropas que tenía en la zona. Tras este primer revés Constantino IX envió otro ejército al mando del sebastóforo Esteban Pergameno para salir a su paso. La batalla tuvo lugar en marzo de 1043, en Ostrovo, en la alta Macedonia. Allí, la revuelta terminó de un modo dramático e inesperado.La cabeza de Jorge Maniaces exhibida como trofeo

Desde el comienzo del enfrentamiento las tropas de Maniaces batieron claramente a su enemigo. Cuando el ejército rebelde ponía en fuga ya a las tropas del sebastóforo y éstas comenzaban a saludar como emperador a aquel que las había vencido Maniaces, que se desplazaba a caballo a lo largo del campo de batalla, fue alcanzado fortuitamente por una flecha y falleció casi en el acto. El desánimo cundió de inmediato entre las tropas faltas de su líder carismático y de inmediato se desbandaron y abandonaron la lucha. La cabeza de Maniaces fue enviada a Constantinopla y paseada por sus calles clavada en la punta de una pica para demostrar el castigo que esperaba a quien quisiera rebelarse contra la autoridad del basileo. Su vencedor pudo gozar de un desfile triunfal como premio a una hazaña más celebrada por lo inesperado, pues no cabe duda de que el emperador se vio por ella libre de una amenaza que, dada la entidad del rebelde, sin duda consideró como un gravísimo peligro para su permanencia en el trono.

En la próxima entrada podrás leer la conclusión de esta serie. No dejes de visitarla…

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Jorge Maniaces, el hombre que pudo reinar (V)
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Roberto

Roberto Zapata es profesor y estudioso de Bizancio. Ha publicado el libro Italia bizantina 867-1071. En la actualidad escribe una trilogía ambientada en el siglo XI.

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