El papa Martín I (649-655). Historia de un proceso

 

El papa Martín I (649-655) fue el último papa mártir de la Iglesia Católica. En esta entrada en Desde las Blaquernas presentamos el relato de los hechos que enfrentaron a la sede pontificia con el emperador bizantino Constante II a mediados del siglo VII. Aunque la cuestión en disputa fue la aceptación o no de la política imperial por parte de Roma en materia religiosa en el trasfondo se encuentra la pugna por la independencia política y religiosa de unos territorios occidentales cada vez más distantes de Constantinopla. Más allá de la dimensión puramente doctrinal la historia del proceso y caída del papa Martín I nos ofrece una oportunidad única para asomarnos a los engranajes de la alta política imperial en una época en la que por desgracia los testimonios históricos no abundan. Por eso espero que puedas disfrutar de esta historia tanto como yo aquí, en Desde las Blaquernas

 

El papa Martín I: Historia de un proceso

 

En la década de 650 d.C. el monje griego Máximo el confesor (580-662) y su aliado Martín I, papa de Roma (649-655), fueron acusados y hallados culpables de oposición a la doctrina monotelita patrocinada por el emperador Constante II. Ambos fueron condenados al exilio como resultado de su enfrentamiento político y doctrinal. En ambos casos los procesos de que fueron objeto fueron presentados como un asunto legal (alta traición, connivencia con los árabes) para enmascarar lo que en verdad era el núcleo de la acusación: su desafío al derecho imperial a determinar la política en materia de doctrina. Las acusaciones contra ambos fueron consideradas de suficiente gravedad para ser juzgadas por el Senado bajo la presidencia del sacelario [tesorero general que en esta época había visto aumentadas sus atribuciones a una supervisión general de los asuntos imperiales], a diferencia de los cargos de herejía o blasfemía, que eran atendidos por el patriarca de Constantinopla y un sínodo local de obispos. Las severas penas que padecieron ambos fueron convertidas en ejemplos de las consecuencias de desobedecer a la autoridad imperial.

Las fuentes que se conservan para reconstruir los hechos son tres:

  • Un relato conocido como Narrationes de exilio sancti papae Martini, que conmemora el padecimiento del papa. En su interior está incluida la Conmemoratio, un testimonio supuestamente fiel del juicio del papa ante el senado de Constantinopla
  • La Relatio motionis, una transcripción de un testigo presencial del juicio de Máximo y su discípulo Anastasio el monje en 655.
  • El Hypomnesticon de Teodoro Espudeo, que describe el exilio en Querson y Lázica de Martín y Máximo, así como el destierro de algunos de sus seguidores (Teodoro y Euprepio, Anastasio el apocrisiario, el propio Teodoro Espudeo, Teodosio de Gangra y Esteban de Dora).

Ambos personajes merecerían una entrada por sí mismos, particularmente la poderosa figura de Máximo, pero en esta ocasión os centraremos en el papa Martín I y la historia de su enfrentamiento con el emperador. Para ello debemos examinar previamente qué condiciones se daban en las posesiones italianas del Imperio para que una confrontación tal tuviese lugar…

 

El enfrentamiento entre Roma y Constantinopla: el desafío del papa Martín I

 

La irrupción de los árabes como nueva potencia regional, con aspiraciones a disputar la primacía al Imperio Romano y a la Persia Sasánida, provocó una convulsión política de primera magnitud en Oriente. Una de las muchas consecuencias de este proceso fue el avivamiento de la controversia religiosa que desde hacía mucho tiempo dividía a la Iglesia. Los esfuerzos realizados durante el siglo VI por conciliar el credo ortodoxo y el monofisita, o lo que es lo mismo, la contienda entre los partidarios de las dos voluntades y una única en Cristo, se revelaron baldíos. La guerra contra Persia a principios del VII y la desaparición de la administración bizantina en la mayor parte de las provincias orientales favoreció el crecimiento de la Iglesia monofisita. Durante el reinado de Heraclio la constatación de esa realidad llevó a un intento de conciliación. Bajo los auspicios de Sergio, patriarca de Constantinopla y Ciro, patriarca de Alejandría, se propuso la doctrina del monoenergismo, una postura que evitaba el debate entre las dos naturalezas o la naturaleza única para resaltar que de las naturalezas de Cristo emanaba una única energía. El mMosaico representando al papa Honorio Ionoenergismo recibió algunos tibios apoyos al principio gracias a la presión del emperador pero terminó siendo rechazada terminantemente por ambas partes. En Occidente el papa Honorio (625-638) recibió en principio favorablemente la propuesta, con seguridad por carecer del suficiente conocimiento del griego para captar las implicaciones de la iniciativa de Sergio.

En 638 Sergio dio un paso más al publicar con auspicio imperial la Ekthesis, que exponía la doctrina de una voluntad en Cristo, el monotelismo, variante del monoenergismo que reconoce el dogma de las dos naturalezas de Cristo pero introduce el principio unificante de una sola voluntad y una sola fuerza operativa.

El rechazo fue unánime en Oriente y Occidente. El patriarca Sofronio de Jerusalén (634-638) se opuso radicalmente al igual que las comunidades monofisitas. En el Oeste la oposición fue particularmente virulenta en el norte de África, donde el partido antimonotelita decidió poco después apoyar la rebelión del exarca Gregorio por considerar legítimo la oposición contra un monarca que negaba el dogma de Calcedonia.

El papado no fue tan determinante en su enfrentamiento. Una copia de la Ekthesis junto con las actas de un sínodo celebrado en Constantinopla por Pirro, el sucesor de Sergio, fue enviado al exarca Isaac para que se lo entregase al papa. El papa Honorio había fallecido el 12 de octubre de 638 y el gobierno imperial deseaba presionar a la Iglesia Romana reteniendo a los legados enviados a Constantinopla para pedir permiso para la consagración de su sucesor Severino (28-V a 2-VIII de 640). La presión se mostró efectiva y el puesto estuvo vacante hasta el 28 de mayo de 640.

Isaac vio este interregno como una oportunidad para reforzar su posición y obtener recursos para pagar a sus tropas. Su cartulario Mauricio fue enviado a Roma para organizar el saqueo del tesoro almacenado en Letrán. El oficial difundió a través de agentes el rumor de que en el palacio se acumulaban tesoros fraudulentos, producto de la apropiación por Honorio de las pagas del ejército enviadas por Heraclio abusando de su posición de tesorero y pagador. Eso fue suficiente para inflamar los ánimos del exercitus romanus:

Antes de que llegase Isaac fue Mauricio el que llevado por su malicia contra la Iglesia de Dios tramó un plan con otros hombres perversos: incitaron al ejército romano diciendo, “¿cómo es que el papa Honorio ha reunido tanto dinero en Letrán mientras su ejército no tiene ninguna recompensa?”.  Al oír esto ellos se enfurecieron contra la Iglesia de Dios; muy exaltados todos los hombres armados que entonces se encontraban en Roma, tanto los jóvenes como los mayores, corrieron a Letrán. No pudieron entrar por la fuerza al encontrar resistencia por parte de los que estaban dentro con el santo señor Severino.Liber Pontificalis, Severino, 1-3

La guardia del papa resistió durante tres días pero al fin tuvieron que rendirse. Mauricio entró en palacio y se dirigió al tesoro. En esas estancias se guardaban valiosos ornamentos sagrados, fruto de las donaciones de emperadores, cónsules y personas privadas, además de los fondos destinados al rescate de prisioneros de guerra y las limosnas para los pobres. Se depositaron sellos en las cámaras del tesoro y tras la llegada del exarca se hizo cargo de ofrendas acumuladas durante varios siglos. Todo fue retirado bajo la atenta supervisión de Isaac que envió parte del botín a Heraclio en la capital. Sólo entonces permitió que Severino fuese ordenado papa.

La tentación del oro probó ser demasiado fuerte. En 643 una nueva rebelión tuvo lugar a orillas del Tíber. A su frente se puso Mauricio, todavía al mando en Roma. El rebelde se dirigió a todas las unidades acantonadas en Roma y fortalezas circundantes, y allí extrajo de los notables y la milicia el juramento de no volver a servir a las órdenes del exarca, al que acusaba de pretender proclamarse emperador.

La respuesta de Isaac fue rápida. Desde Rávena llegó el magister militum y sacelario Dono al mando de un ejército y provisto con oro suficiente para ganarse la voluntad de los romanos. Mauricio fue abandonado por todos y corrió a refugiarse en la iglesia de Santa María ad Praesepe. El asilo en sagrado demostró ser inútil para el rebelde. Apresado y encadenado, emprendió el camino hacia el norte, pero no llegó a entrar en Rávena. Isaac había jurado que no llegaría con vida a la capital, así que en obediencia a sus órdenes Mauricio fue ejecutado en Cervia, en la duodécima piedra miliaria. La cabeza del rebelde fue expuesta en el circo de la ciudad, clavada en una pica como recordatorio de la contundencia de la justicia imperial.

El papa Severino una vez consagrado murió sin aceptar o condenar formalmente la Ekthesis, pero las tirantes relaciones entre papado y gobierno imperial no mejoraron. A la muerte de Heraclio el 11 de  febrero de 641, la emperatriz Martina, sospechosa de haber envenenado al hijo mayor que el emperador que había tenido con su primera mujer Fabia-Eudocia, intentó con el apoyo del patriarca Pirro establecer una regencia en beneficio de su hijo Heracleonas. Una conspiración de varios generales en favor de los herederos Constante y Teodosio triunfó y Martina fue desposeída de la regencia. Su aliado Pirro fue atacado en Hagia Sofía pero pudo escapar al Norte de África, que ahora era el principal foco de oposición al monotelismo. En Cartago entró en contacto con el exarca Gregorio, primo de Heraclio y conocido anti-monotelita al que se consideraba como aspirante al trono. Pirro se encontró también con el abad Máximo, antiguo secretario de Heraclio, el jefe intelectual de la resistencia contra el monotelismo. En mayo de 645 se celebraron una serie de debates sobre la cuestión de la voluntad de Cristo. En ese momento Pirro se pronunció públicamente como adherente a la doctrina de las dos voluntades, añadiendo que:

condenaría a sus predecesores monotelitas si fuese  necesario. Pero primero tengo que visitar las tumbas de los Apóstoles y al papa al que presentaré un relato escrito de mis errores. Disputatio cum Pyrrho, Patrologia Graeca, 91, 287-354

El sucesor de Severino, Teodoro (642-649)  se había negado a reconocer a Paulo, sucesor de Pirro en la sede de Constantinopla, aduciendo que un obispo sólo podía ser depuesto por un sínodo. Además el papa condenó nuevamente la Ekthesis. Pirro fue recibido con honores en Roma como el legítimo patriarca pero sus esperanzas de ser reinstaurado en su sede desaparecieron cuando Gregorio se rebeló en África en 646 y se proclamó emperador. Los árabes aprovecharon la inestabilidad en la provincia para invadirla y Gregorio murió combatiendo contra ellos. Pirro entonces presentó su dimisión al papa y fue excomulgado por Teodoro.Retrato de Máximo el Confesor (580-662)

La administración imperial se encontró entonces ante una situación de ruptura casi total con sus dominios en el Oeste. En esos momentos la oposición religiosa en el Oeste estableció una alianza firme con Roma y el papa asumió de modo creciente la autoridad en detrimento de la soberanía imperial. En esos años se descubre al papado enviando dinero a las regiones castigadas por los ataques árabes para alivio de los refugiados. La lealtad de las provincias italianas cada vez estaba más en duda.

La respuesta del gobierno imperial fue aumentar la presión. En 647 el representante papal en Constantinopla, Anastasio, fue arrestado y enviado al exilio en el Cáucaso. Al año siguiente el emperador Constante II ordenó la promulgación del Typos, un nuevo edicto que imponía el fin de la discusión sobre la cuestión de las Voluntades. La Ekthesis fue abolida y se impusieron penas graves contra aquellos que desobedeciesen la orden imperial. La muerte del papa Teodoro el 14 de mayo de 649 en medio de las preparaciones para el concilio laterano puso de nuevo en evidencia la fragilidad de las relaciones entre ambas entidades. Su sucesor, el toscano Martín (649-655), pontífice desde el 7 de julio de 649, había sido apocrisiario (legado papal) en Constantinopla y era buen conocedor de la situación en el Palacio Sagrado. La administración imperial, por el momento, se  negó a reconocer su nombramiento hasta que se conociese su disposición hacia el Typos. Martín, pues, fue consagrado sin el permiso del emperador y comenzó a tomar medidas que acrecentaron las dudas sobre su lealtad. La primera fue reorganizar la estructura de la Iglesia en Palestina, que había sido destruida durante la conquista árabe. Martín nombró un legado papal y mostró una actitud tolerante para aceptar al clero monotelita arrepentido dispuesto a colaborar en el cuidado de la población. Los líderes griegos de la oposición religiosa se reunieron en Roma y con su apoyo Martín celebró en octubre de 649 un sínodo en Letrán al que acudieron 105 obispos y con ellos 37 abades y monjes escapados del Este. El resultado fue la condenación del monotelismo y el Typos y los anatemas dirigidos contra los patriarcas Sergio, Pirro y Paulo.

Era un desafío directo a la autoridad imperial y Constante II no era hombre que pudiera tolerar el menoscabo de su voluntad. El emperador se decidió a tomar medidas de fuerza para reestablecer la situación. El cubiculario Olimpio fue nombrado exarca en 649 con instrucciones precisas para asegurar la cooperación papal. El nuevo exarca tenía orden de obligar a suscribir el Typos a todo el estamento eclesiástico italiano y asumir el control total de las milicias provinciales. Durante las deliberaciones previas al envío de Olimpio, Constante tuvo como consejeros a Platón y Eupraxio, dos oficiales que habían estado destinados en Italia y que conocían bien el delicado equilibrio de fuerzas e intereses de la región. Platón había desempeñado brevemente el cargo de exarca en algún momento después de la muerte de Isaac en 643.

Ambos recomendaron una aproximación cautelosa. Olimpio debía comprobar el grado de adhesión local al Typos. Si esta era suficiente entonces debería arrestarse a los obispos, administradores y otros líderes que habían asistido al Sínodo de octubre de 649. Si el apoyo al papa era grande debería recurrirse al ejército, aunque cabía la posibilidad de que se negasen a obedecer órdenes. Si tal era el caso, concluían Platón y Eupraxio, Olimpio debería maniobrar con mucha cautela hasta asegurarse el apoyo de las tropas de Rávena y Roma. Al menos en Rávena y la Pentápolis Olimpio podía contar con la fidelidad de las milicias y la población, que se habían opuesto al viaje a Roma del obispo Mauro para asistir al sínodo convocado por Martín. El propio Mauro justificó su ausencia ante el papa aduciendo que las tropas eran fieles al exarca y que se temían ataques de los lombardos en la región. Con ello Constante esperaba poder evitar la aparición de una alianza similar a la formada en África sólo tres años antes, circunstancia favorecida por la presencia en Roma de Máximo el Confesor, representante principal de la oposición africana, máximo defensor de la ortodoxia calcedoniana y teólogo oficial del papa Teodoro.Moisés ante el faraón, biblia siríaca

El nuevo exarca partió de inmediato hacia Occidente y como primera iniciativa visitó en Roma al nuevo papa, que le recibió con todos los honores. En el momento en que Olimpio hizo acto de presencia en Roma se había celebrado ya en el palacio de Letrán el sínodo. El exarca encontró al episcopado romano firme en su apoyo a Martín. Los intentos iniciales por provocar una división entre ambos fracasaron y las actas del sínodo fueron enviadas al emperador Constante acompañadas de una carta en la que se le urgía a que obligase al patriarca Paulo a regresar a la ortodoxia. El anatema contra los impulsores del monotelismo alcanzaba a sus fundadores, Teodoro de Faran y Ciro de Alejandría, a los patriarcas Sergio, Pirro y Paulo y dejaba convenientemente al margen al propio Constante y a su abuelo Heraclio.

Olimpio intentó entonces recurrir al asesinato. Envió a uno de sus espatarios con órdenes de matar al papa mientras éste celebraba misa en Santa María la Mayor, pero el oficial fracasó en su misión y reveló las órdenes que se le habían dado. Olimpio, abrumado, se apresuró a reconciliarse con Martín poniéndole al corriente de las instrucciones de Constante. A partir de entonces el exarca optó por colaborar con la Iglesia e ignorar las órdenes de Constantinopla. En consecuencia, siguiendo el ejemplo de lo hecho por Gregorio en África, durante algunos meses gobernó Italia desvinculado de la autoridad imperial, para lo que parece haber contado con el apoyo de las milicias italianas. Olimpio gobernó el exarcado en paz con el Papado hasta su muerte en Sicilia en 652, víctima de una epidemia, junto con buena parte de los contingentes romanos que lo acompañaban, mientras combatía a las partidas árabes que habían invadido la isla. Es probable que el propio Papa alentase la rebelión porque evidencias numismáticas de monedas acuñadas en la ceca de Roma en el período 651-652 parecen representar a Olimpio y no al emperador.

 

La crisis: el papa Martín I procesado

 

La presión impuesta sobre el clero italiano por parte de los funcionarios imperiales se muestra en un testimonio que nos llegado desde Cerdeña. La isla formaba parte administrativamente del exarcado de Cartago. Sus obispos Deodato de Cagliari y Valentino de Turres estuvieron presentes en el sínodo de 649. El apocrisiario Anastasio desde su exilio en el Cáucaso escribe a unos monjes de Cagliari para exhortarles a que se mantengan firmes en la defensa de la ortodoxia. En la profesión de fe del obispo Eutalio de Sulcis, escrita probablemente después de 668 cuando las relaciones con el nuevo emperador Constantino IV habían mejorado, se puede leer lo siguiente:

Además de todo esto [la adherencia a los grandes concilios] acepto el sagrado concilio reunido en Roma por el muy santo papa Martín de apostólica memoria para la confirmación de la enseñanza apostólica ortodoxa de nuestra incuestionable fe católica, y condenar innovaciones audaces… Yo anatematizo y rechazo toda herejía, de antiguo o reciente origen y condeno también la profesión que con malicia infeliz Juan, exceptor de la administración ducal, redactó con desprecio del abad Máximo, de bendita memoria, y a la que yo, en mi simpleza y no sospechando la malignidad ni la calumnia del hombre, fui obligado en secreto a firmar respecto a los libros recibidos por nosotros que le fueron arrebatados mediante violencia y por la fuerza al abad Máximo, de bendita memoria.Carta de Anastasio, Patrología Graeca, 90, 133

Tras el fracaso de Olimpio llegó la respuesta de Constantinopla. El nuevo exarca, Teodoro Caliopas, que ya había servido anteriormente en esa calidad, entró en Roma el sábado 15 de junio de 653 acompañado por el cubiculario Teodoro Pelurio y las milicias de Rávena. Sus órdenes eran terminantes: acabar con la oposición papal. Nada más llegar se dirigió al Palatino donde le esperaba una delegación del clero romano. Sus integrantes le explicaron que el papa Martín, que estaba enfermo desde octubre, no podría estar presente en su bienvenida oficial el día siguiente. Al no ver al Papa entre los presentes el exarca declaró afablemente que él mismo iría a verle al día siguiente para mostrarle sus respetos. El domingo sin embargo Caliopas comenzó a sospechar al ver la gran masa de romanos reunida ante Letrán para la Misa y dedujo que su intención era defender a su obispo por todos los medios. El exarca entonces envió un mensaje al papa retrasando su encuentro hasta el lunes, alegando cansancio por el viaje. El lunes pasó sin novedad y fue el martes cuando Teodoro Caliopas envió a Pelurio con otros oficiales a Letrán para acusar formalmente al papa de preparar armas y piedras para defenderse. Martín entonces envió algunos hombres para hacer una inspección y estos regresaron sin haber encontrado nada. El propio papa habló con los oficiales para decir que los rumores de rebelión eran falsos y que toda defensa era inútil como se había comprobado durante la estancia de Olimpio en la ciudad. Su arresto era inminente y el propio Martín lo describió en una carta a un amigo en su exilio de Querson:

Había dispuesto mi lecho frente al altar de la iglesia y allí dormí; pero justo antes de la medianoche esos hombres entraron con el ejército, armados por completo con espadas y lanzas, con los arcos y escudos preparados. Una acción incalificable. Porque, así como las hojas se ven arrancadas de los árboles y caen en las tormentas de invierno, ellos con sus armas destrozaron los candelabros de la iglesia y los aplastaron en el suelo; y nos oímos en la iglesia el alboroto como trueno del entrechocar de sus corazas y la rotura de tantos candelabros. En el momento que entraron Caliopas mandó que se leyese ante los clérigos y diáconos una orden que contenía muchas mentiras sobre mi: que me había apoderado ilegal y contra los cánones del obispado, que era indigno de la Sede Apostólica y que iba a ser conducido a la capital por los medios que fuesen necesarios para ser interrogado sobre mi situación como obispo (algo que nunca se había hecho antes, y confío, nunca se vuelva a hacer), y que en ausencia del papa el archidiácono, el arcipreste y el primicerio deberían ejercer el poder.

Para entonces se había reunido una multitud ante Letrán que comenzó a insultar al exarca y a sus tropas, gritando que Martín siempre había sido ortodoxo. Caliopas se adelantó e intentó convencer a los romanos de que él era ortodoxo también y que el arresto de Martín no era por razones de doctrina. De hecho la acusaciones que le fueron imputadas después fueron, además de albergar al enemigo del emperador Pirro, la de enviar dinero a los árabes en el norte de África y de implicación en la rebelión de Gregorio.

El clero había sido instruido por Martín para no mostrar oposición y evitar con ello derramamiento de sangre. Sin embargo todos pidieron acompañar al papa cuando le visitaron el martes. Caliopas, que temía perder el control de la situación, se apresuró a sacar al papa del Palatino. En la noche entre el martes y el miércoles 19 de junio Martín fue conducido en secreto fuera del palacio acompañado sólo de seis asistentes. Sus guardianes lo llevaron fuera de las murallas y lo introdujeron en una barcaza con el poco equipaje que había podido recoger y se le condujo a Porto. Tras él las puertas de la ciudad fueron cerradas para que nadie pudiese impedir su traslado.

Panorámica de Constantinopla, obra de T. Bakogiorgos

Desde Porto el papa fue conducido a Messina donde cambió de barco el 1 de julio. Siguió luego el lento y largo viaje hasta Constantinopla. En Naxos se vieron retrasados por tormentas que duraron un mes entero. Esa estancia permitió a Martín el primer respiro desde su marcha de Roma. Se le permitió alojarse en un hospicio local y la comodidad de un baño y descanso en tierra firme. Martín no se había recuperado por completo de su anterior enfermedad y seguía muy débil. La alimentación en el barco no le hizo ningún bien y enfermó de disentería. Durante su estancia en Naxos se dieron signos de simpatía y lealtad entre el clero local. Sus simpatizantes le trajeron alimentos y ropa que los guardas no le permitieron conservar. Estos procedieron a destruir todos los presentes amenazando a los donantes con el arresto por mostrar amabilidad con un traidor. Al llegar a Abydos se envió un mensajero a la capital para anunciar la llegada del papa. Por fin el 17 de septiembre el barco llegó a Constantinopla. Martín permaneció todo el día en su lecho mientras escuchaba los insultos y burlas que le dirigían desde afuera. En el puerto esperaban sus fieles Teodoro Espudeo y Teodosio de Gangra, que serían sus fieles amigos durante su cautiverio e intentaron visitarlo en el exilio de Querson. De ese tiempo está fechada la segunda carta escrita a Teodoro:

Hace cuarenta y siete días desde que se me permitió bañarme en agua fría o caliente. Estoy agotado y aterido y no he tenido descanso en mar o tierra por el flujo que sufro. Mi cuerpo está destrozado y gastado; desearía tomar comida normal y aborrezco y me da náusea la que me ofrecen. Pero espero que Dios, que todo lo sabe, cuando me haya llevado de este mundo guíe a mis perseguidores al arrepentimiento.

Al atardecer del mismo día llegó el escribón [oficial del cuerpo de los excubitores] Sagolevas con un guardia para trasladarlo a la prisión de Prandiaria, cerca del Palacio Sagrado. Allí permaneció confinado durante noventa y tres días sin poder comunicarse con nadie. El 20 de diciembre fue conducido ante un tribunal en el Senado. El relato de lo que ocurrió a continuación se puede reconstruir sólo a partir de las cartas del propio Martin y los escritos de sus partidarios, pero nos ofrece de todos modos una fascinante aproximación a un suceso político de primera magnitud en una época en la que esos testimonios son muy escasos para Bizancio. A causa de su lamentable estado físico Martín tuvo que ser trasladado en una silla. El sacelario [tesorero] Bucoleón, que presidía el juicio, ordenó que debería estar en pie, lo que el papa sólo pudo conseguir apoyándose en dos bedeles.

El juicio había sido cuidadosamente preparado. Bucoleón tomó la palabra para dirigirse al Papa:

“Responde, infeliz, ¿que daño te ha hecho el emperador?”

El Papa se mantuvo en silencio. A continuación fueron llamados los testigos. Entre ellos se encontraban oficiales que habían servido a las órdenes de Olimpio y también varios soldados. Según los testimonios pro Martín todos ellos habían sido aleccionados sobre lo que debían contestar y muchos parecían intimidados. El primer acusador fue Doroteo, antiguo gobernador de Sicilia, que prestó juramento:

“Aunque Martín tuviese cincuenta cabezas no debería vivir, porque él solo ha sublevado y destruido todo el Oeste al alzarlo en rebelión; fue como un hermano para Olimpio, un enemigo criminal para el emperador y para el estado romano”. Otro declaró que “[Martín] había tomado parte en la insurrección de Olimpio y alentado a los soldados a conspirar”.

A continuación fueron traídos al juicio algunos soldados que habían servido con Olimpio. Según el testimonio conservado en la Patrología Latina:

[Ellos] hablaron contra el santo hombre como se les había instruido de antemano y esa evidencia había sido preparada y acordada. Pero algunos de ellos, que no habían sido adecuadamente preparados, comenzaron a decir la verdad, como suele pasar: esto enojó a los organizadores del juicio que juraron y los amenazaron hasta obligarles a decir lo que convenía para la condena del santo hombre.

En este momento Martín suplicó a los senadores presidentes que se liberase a los testigos de la obligación de prestar juramento para no poner en peligro sus almas inmortales. Su ánimo siguió firme y su humor irónico se trasluce en sus contestaciones. Mientras observaba a los que prestaban testimonio, comenzó a reir y dijo:

“¿Estos son los testigos? ¡Están bien instruidos!”

Otra de las acusaciones fue la colaboración con los árabes. Martín lo negó rotundamente:

En ningún momento envié cartas a los sarracenos ni, como dicen algunos, un escrito sobre cuáles deberían ser sus creencias; tampoco les proporcioné dinero excepto el dado a los sirvientes de Dios que viajaban a aquellos lugares para la cura de almas, y lo poco que les dimos ciertamente no fue entregado a los sarracenos.Martín, Epistola 14, Patrologia Latina 129: 587C

Tampoco sobre este cargo fue capaz el papa de convencer a sus acusadores. Sólo una vez se le permitió hacer una declaración. Cuando se le pidió que contestase Martín quiso orientar el proceso sobre las cuestión religiosa. Sus primeras palabras fueron “Cuando el Typos fue promulgado y enviado por el emperador a Roma…”. En ese momento el patricio Troilo le interrumpió:

No estás aquí para hablar de la Fe porque todos somos perfectos ortodoxos. Se te investiga sobre una rebelión. Viste lo que hizo Olimpio contra el emperador y no se lo impediste, sino que estuviste de acuerdo con él.

A eso Martín, que conocía bien la escena política en la capital durante su estancia como apocrisiario, contestó:

y tú no te opusiste cuando Jorge y Valentino se rebelaron contra el emperador [en 645, Valentino Arsacuni, general armenio, se rebeló y consiguió ser reconocido como co-emperador junto a Constante II durante unos meses antes de ser depuesto y asesinado]  y tú y tus colegas permitisteis que pasase. ¿Cómo podría haberme enfrentado  a un hombre que tenía todo el poder militar de Italia en su mano?  Te pido por Dios nuestro Señor que acabes pronto lo que pretendéis hacer conmigo. Cualquier tipo de muerte será mejor para mí.

Había más testigos presentes pero no fueron escuchados. El intérprete Inocencio fue insultado porque había traducido con exactitud al griego las acusaciones del papa. Ante esa situación el sacelario Bucoleón se levantó y acudió a informar al emperador de lo que había ocurrido.

Martín fue conducido a una terraza del palacio. El emperador observaba desde una ventana. Ante una multitud expectante el sacelario regresó de su entrevista con el emperador y pronunció las siguientes palabras:

“Te has enfrentado al emperador; ¿qué puedes esperar ahora? Has olvidado a Dios y Dios te ha olvidado a ti”.

El sacelario ordenó entonces que se despojase al Papa de sus regalia, los ornamentos símbolo de su cargo, y lo entregó al prefecto y eparca Gregorio con orden de “cortarlo en trozos, miembro a miembro” y pidió a todos que lo anatematizaran, lo que fue hecho sólo por unos pocos. Los asistentes del prefecto le retiraron su clámide e incluso rasgaron su túnica interior de forma que el reo quedó medio desnudo. En su cuello colgaron una cadena de hierro y le sacaron del lugar a rastras precedido por un verdugo con la espada desenvainada en señal de su condena a muerte.

En ese lamentable estado se arrastró al acusado hasta la prisión del pretorio donde estuvo apenas una hora encerrado con criminales para ser luego trasladado a la prisión de Diomedes. Durante el trayecto el preso se derrumbó varias veces y manchó con su sangre las escaleras de la prisión.

Allí permaneció en penosas condiciones durante todo el invierno. Sólo se permitió permanecer a su lado a uno de sus asistentes y en todo momento Martín estuvo atado a un sirviente del verdugo, como correspondía a los condenados a muerte. Unas mujeres, madre e hija, que trabajaban allí se compadecieron  de sus sufrimientos y quisieron atenderle, pero por miedo al prefecto sólo se acercaron cuando Gregorio se ausentó. En todo ese tiempo Martín se había mantenido en silencio. A última hora de la tarde Gregorio le envió algunos alimentos con el deseo de que no se estuviese muriendo. Por fin se le permitió librarse de sus cadenas.

Vista de Palacio Imperial de Constantinopla

Los sufrimientos del papa fueron aliviados en parte por la intercesión del patriarca Paulo que, en su lecho de muerte el 27 de diciembre, convenció al emperador para suavizar el tratamiento al prisionero. Se dice que la reacción de Martín al conocer la conmutación de la pena de muerte fue de decepción por no sufrir lo que estaba esperando. Claramente Martín se veía a sí mismo como un mártir que deseaba la muerte como prueba de su fe.

Tras el fallecimiento de Paulo el antiguo patriarca Pirro, que había regresado del Oeste, pretendió recuperar su puesto. Esa decisión no era compartida por muchos, de modo que el emperador envió a Demóstenes, rescriptor [redactor de edictos] del sacelario, para interrogar de nuevo a Martín sobre si la abjuración del monotelismo por parte de Pirro había sido por su propia voluntad o a instancias del papado. Martín declaró que Pirro había hecho su profesión de fe por propia voluntad, que el papa Teodoro lo había acogido como obispo porque la elección de Paulo no había sido reconocida por Roma y que Pirro había sido mantenido con los recursos del papado. Demóstenes quiso hacerle reconocer que Pirro no había actuado libremente y que había sufrido prisión en Roma. Martín apeló a los testigos que habían estado en Roma y se encontraban presentes en Constantinopla y añadió “haz conmigo lo que te plazca, que se me corte en pedazos como ordenes. No estaré en comunión con la Iglesia de Constantinopla”.

Demóstenes dijo entonces:

Nuestro distinguido gobernante el emperador nos envía para decirte esto: Contempla la gran gloria que disfrutaste antes y a qué condición te ves reducido ahora. Nadie te hizo esto, sino que tú te lo has causado a ti mismo. Pero Martín no contestó a nada salvo para decir, “Gloria y gracias en todo al único rey inmortal”.Narrationes, 24

El papa continuó en la prisión de Diomedes durante ochenta y cinco días hasta el momento en que se hizo pública la conmutación de su pena de muerte por la de exilio perpetuo. Durante ese tiempo se despidió de los amigos que acudieron a visitarle. El escribón Sagolevas le hizo salir de prisión y lo alojó en su propio domicilio durante dos días. Por fin el 10 de abril de 654, día de jueves santo, Martín fue trasladado a un barco que lo condujo a Querson, a donde llegó el 13 de mayo.

En el momento de la partida los monjes y religiosos que le habían acompañado en todo este tiempo se despidieron de él llorando. En el momento en que se daban el beso de la paz las lamentaciones se hicieron más desgarradoras. El papa tuvo entonces humor para bromear. “¿Esta es la paz que pedía yo?”.

Martín fue conducido a Querson, la última frontera para los bizantinos, donde permaneció los dos últimos años de su vida soportando grandes penalidades, acosado por mezquinas restricciones y desprecio por las autoridades locales. Su único medio de comunicación era a través de los mercantes que transportaban sal y regresaban con harina. En una carta que escribió a sus asistentes que todavía permanecían en Constantinopla se quejaba de la falta de comida y dinero:

“Se habla de pan aquí pero nunca lo he visto. Si no nos envían algún socorro de Italia o del Ponto es imposible vivir”.

En su última carta escrita en septiembre pocos días antes de su muerte dice:

No sólo estamos apartados del resto del mundo, sino que también estamos privados de los medios para vivir. Los habitantes de esta tierra son todos paganos y los que llegan hasta aquí, además de aprender las costumbres de las gentes del país, no tienen caridad, ni siquiera la compasión natural que se puede encontrar entre los bárbaros. No traen nada de otros lugares en las barcas que llegan hasta aquí cargadas de sal, ni he sido capaz de comprar nada salvo un modio de trigo [aproximadamente 6,4 kg.] que me ha costado cuatro monedas de oro. Me asombra la insensibilidad de todos los que tuvieron alguna relación conmigo y que me han olvidado por completo, y no parecen saber si todavía sigo en este mundo. Todavía me asombro más por aquellos que pertenecen a la iglesia de San Pedro, por la poca preocupación que han mostrado por uno de los suyos. Si la Iglesia no tiene dinero, podría ser trigo, aceite u otras provisiones, de las que nos podrían haber enviado una pequeña parte. ¿Qué terror se ha apoderado de todos esos que les impide cumplir las órdenes de Dios y aliviar a los afligidos? ¿He sido tan enemigo para toda la Iglesia o para ellos en particular? A pesar de todo ruego a Dios, por la intercesión de San Pedro, que los guarde firmes e inamovibles en la fe ortodoxa. En lo que a este ruin cuerpo se refiere, que Dios se cuide de él. Dios está conmigo, ¿por qué debería preocuparme? Espero que en su misericordia no prolongue el tiempo de mi vida en este mundo.

Martín no tuvo que esperar mucho. Pocos días después, el 16 de septiembre de 655, el día de la fiesta de Santa Eufemia (significativamente una muy señalada defensora de la ortodoxia calcedoniana), el papa Martín I falleció después de un período de seis años, un mes y veintiséis días en la sede pontificia. Sus restos fueron enterrados fuera de las murallas, en la iglesia de la Santa Virgen de Blaquernas. La memoria del papa muerto fue venerada en Querson y todo el litoral y con el tiempo su tumba se convirtió en lugar de peregrinación. Todavía en el primer cuarto del siglo VIII se atestiguaban curaciones milagrosas y afluencia de peregrinos al santuario, como lo muestra una carta del papa Gregorio II al emperador León III.

En una fecha posterior el cuerpo de Martín fue trasladado a Roma y depositado en la iglesia dedicada a San Martín de Tours. Martín fue nombrado mártir y santo y es venerado por católicos y ortodoxos. La Iglesia católica celebraba su fiesta el 12 de noviembre hasta la reforma de 1969 que la desplazó al 13 de abril. La iglesia ortodoxa lo honra como confessor [que ha padecido persecución por la fe] cada 11 de abril.

 

Epílogo

 

La noticia de los sufrimientos de Martín fue conocida en todo el Oeste. Sus propias cartas, escritas a su discípulo Teodoro, llegaron a ser recibidas y un relato completo de su juicio y confinamiento enviado por uno de sus asistentes al Oeste. En su última carta Martín encomendaba la Iglesia Romana y su pastor a la divina protección. Incluso en su lejano exilio el Papa estaba preocupado por la delicada cuestión del gobierno de la Iglesia. A través de sus cartas había manifestado que correspondía a sus representantes legales, el archidiácono, el archipresbítero y el primicerio regir los asuntos de la sede apostólica.

Sin embargo en el tiempo en que Martín escribía eso el clero romano ya había elegido a su sucesor. El 10 de agosto de 654 Eugenio I (654-657), un romano de distinguida familia, se convirtió en Papa. En esta decisión pesaba el temor a que el emperador forzase la elección de un monotelita para la sede pero la oposición en Italia y especialmente entre los romanos empezaba a ser demasiado abierta para ser fácilmente aquietada:

En su tiempo [el pontificado de Eugenio I] Pedro, patriarca de Constantinopla, siguiendo la tradición, envió una carta sinódica a la sede apostólica; era completamente ininteligible e iba más allá de los cánones, fallando en su posición acerca de las operaciones y la voluntad de nuestro Señor Jesucristo. El pueblo y el clero se indignaron de que hubiese enviado ese escrito y se negaron a aceptarlo y con gran griterío la arrojaron fuera de la sagrada iglesia de Dios. El pueblo y el clero ni siquiera permitieron al papa acabar la misa en la basílica de la siempre Virgen María madre de Dios llamada ad praesepe, hasta que el pontífice les prometiese que la rechazaría permanentemente.Liber pontificalis, Eugenio, 2

 La preocupación del gobierno imperial por la lealtad de las provincias occidentales se comprueba también en el juicio contemporáneo del abad Máximo, que también había sido arrestado en Roma y llevado a Constantinopla. Fueron citados oficiales de África y Roma para dar testimonio de sus actividades políticas: disuadir al gobernador de Numidia de defender Egipto cuando estaba siendo invadida por los árabes con el argumento de que cooperar con Heraclio no complacía a Dios y que por ello se había perdido África a manos de los árabes. En otras acusaciones se sostenía que había animado al papa Teodoro a apoyar al patricio Gregorio en su rebelión al declarar que había tenido un sueño en el que el patricio se alzaba como emperador ortodoxo al que los coros de ángeles en el oeste y el este cantaban “Gregorio Agusto, tu vincas”, siendo los coros del oeste mucho más potentes que los del Este. A lo que Máximo respondió que sus sueños eran involuntarios. Durante el proceso legal, Máximo resistió todos los intentos de sus acusadores por cambiar su actitud, y con ello frustró el deseo de Constante de su reconocimiento público de que la voluntad imperial tenía la última palabra en materia religiosa. Los argumentos de Máximo defendían la diferencia de competencias entre la Iglesia y el Estado, y por ello refutaba la concepción del emperador como única fuente de autoridad en sínodos y consejos negando la primacía imperial a la hora de decidir en cuestiones de dogma y ortodoxia. En septiembre de 656 Máximo fue condenado a prisión y permaneció casi cinco años retenido en las cercanías de la capital. En 661 o comienzos de 662 fue detenido de nuevo y transferido a la capital para sufrir un nuevo juicio en compañía de su discípulo Anastasio y de otro Anastasio, el antiguo legado del papa Teodoro. Los tres fueron encontrados culpables y condenados a ser flagelados y a la mutilación de la lengua y la mano derecha. En opinión de algún historiador este nuevo juicio tenía su razón en el posible apoyo de Máximo a Teodosio, hermano del emperador, lo que puede explicar la severidad del castigo. A sus ochenta y dos años, muy resentido por el sufrimiento físico padecido, Máximo llegó a la remota fortaleza de Esquemario en Lázica el 8 de junio de 862 donde falleció el 13 de agosto de ese mismo año.

Hechos como estos muestran que la fractura entre el oeste y el este se agigantaba ante la insistencia del gobierno imperial en la absoluta aceptación de sus dictados y concepciones religiosas por parte de sus súbditos del oeste. Un efecto multiplicador en la separación entre ambas partes del Imperio puede ser atribuida a la función del ejército como elemento clave en la política de esos años. La organización themática y exarcal establecida para la salvaguardia de las provincias se convirtió ahora en un foco de oposición contra la unidad imperial. NumeroExercitus romanus en época bizantinasos testimonios en estos años nos muestran el cortejo por parte de los distintos actores implicados del favor de las milicias de Rávena y Roma. Los esfuerzos de la administración imperial por atraer a su bando a las milicias urbanas terminaron en fracaso por cuanto los intereses de estas fueron tendiendo a ser cada vez más italianos y romanos (o ravenates). El ejército se convirtió en un grupo característico dentro de la sociedad y sus oficiales recibieron de modo regular concesiones de tierras o beneficios por parte del papa hasta identificar sus intereses con los del estado romano. Una generación después del arresto del papa Martín el exercitus romanus tomó el papel protagonista en el propio proceso de elecciones papales y fue factor decisivo en la oposición a las políticas llegadas del Este. El papa Sergio, que rehusó aceptar los cánones del Concilio Quinisexto de 691/692, no tuvo que sufrir el mismo tratamiento de Martín. Cuando las milicias de Rávena se negaron a cumplir las órdenes de Justiniano II para arrestar al papa se volvieron en contra del espatario Zacarías, enviado del emperador, que tuvo que buscar refugio bajo el lecho del pontífice, como puedes recordar en la entrada dedicada a la biografía del emperador Justiniano II Rinotmeto que puedes encontrar en este enlace.

 

 

Para saber más...

  • Ekonomou, A.J. (2007) =  Byzantine Rome and the greek popes, eastern influences on Rome and the Papacy from Gregory the Great to Zacharias, AD 590-752, Maryland.
  • Gregorovius, F. (2001) = History of the city of Rome in the middle ages. Vol. II 568-800 a.D., Nueva York.
  • Hefele, C.J. (1896) = A history of the councils of the Church from the originals documents, t. V, Edinburgo.
  • Kaegi, W.E. (2010) = Muslim expansion and byzantine collapse in North Africa, Cambridge.
  • Liber PontificalisThe ancient biographies of the ninety roman bishops to AD 715, Liverpool, 2000.
  • Llewellyn, P. (1971) =  Rome in the dark ages, Londres.
  • Mann, H.K. (1902) = The Lives of the Popes in the Early Middle Ages, Londres.
  • Maximus the Confessor and his companions. Documents from exile (2002), ed. P. Allen y B. Neil, Oxford.
  • Neil, B. (2006) = “Narrating the trials and death in exile of Pope Martin I and Maximus the Confessor”, en Byzantine Narrative: Papers in Honour of Roger Scott, ed. J. Burke, Byzantina Australiensia, 16, Melbourne: 71-83.
  • Neil, B. (2007) = Seventh-Century Popes and Martyrs: The political hagiography of Anastasius Bibliothecarius, Studia Antiqua Australiensia, Brepols.
  • Peeters, P. (1933) = Une vie grecque du pape S. Martin I, Analecta Bollandiana, 51, 225-262.
  • Stratos, A. N. (1980) = Byzance au VIIe siècle. II Les premiers Héraclides et la lutte contre les Arabes, Lausana.
  • The Chronicle of Teophanes Confessor, Byzantine and Near Eastern History AD 284-813, ed. C. Mango y R. Scott, 2006.
  • The Oxford Handbook of Maximus the Confessor (2015), Oxford Handbooks in Religion and Theology, ed. P. Allen y B. Neil.
  • Zapata, R. (2006) = Italia bizantina. Historia de la segunda dominación bizantina en Italia (867-1071), Madrid.

 

Esto ha sido todo. Espero que este artículo haya sido de tu interés. Recuerda que en el enlace inferior puedes leer una entrada relacionada. No dudes en utilizar la zona de comentarios para preguntar cualquier duda o exponer tu opinión.

Un saludo cordial

Roberto

Justiniano II Rinotmeto, primera entrada de la biografía

 
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Roberto

Roberto Zapata es profesor y estudioso de Bizancio. Ha publicado el libro Italia bizantina 867-1071. En la actualidad escribe una trilogía ambientada en el siglo XI.

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