Belisario, general de Justiniano
 

Belisario, la gloria de los romanos, η δόξα των ρωμαίον, así se leía en los medallones acuñados para celebrar las asombrosas victorias del general. En esta entrada en Desde las Blaquernas vamos a conocer la biografía de este ilustre militar, vencedor de los reinos vándalo y godo y el soldado más ilustre de la historia bizantina. Una vida llena de acontecimientos que ha tenido la fortuna de contar con un narrador como Procopio de Cesarea, que en su Historia oficial y en la escandalosa Historia Secreta nos ha legado un testimonio que ha convertido el reinado de Justiniano I (527-565) en uno de los más conocidos de la historia romana. Como decía Gibbon, afortunado sería si tuviese siempre un guía semejante. Vamos ahora a conocer la historia y los hechos del gran soldado Belisario aquí, en Desde las Blaquernas.

 

Belisario, la gloria de los romanos

Retrato de Belisario

 

Los inicios de la carrera de Belisario

 

Procopio de Cesarea, como no podía ser de otro modo, es quien nos proporciona la única información disponible sobre los orígenes de Belisario al relatar las acciones emprendidas contra los persas en 526:

Luego los romanos, bajo el mando de Sitas y Belisario, invadieron Persarmenia, que estaba sometida a los persas, y tras saquear una extensa zona regresaron con un gran número de prisioneros armenios. Estos dos hombres eran jóvenes, todavía con el primer bozo, e integraban la guardia personal del general Justiniano, el que después compartió el imperio con su tío Justino.Procopio de Cesarea, Guerra Persa, I, xii, 20-21

En su condición de asesor legal del joven militar el de Cesarea estaba bien cualificado para informar sobre su superior. Los estudiosos están de acuerdo en fijar la fecha del nacimiento de Belisario entre 500 y 505 en la localidad de Germania, cerca de Sárdica. Aunque no se conocen detalles sobre su familia y educación podemos deducir ex silentio por la falta de censura en las Anécdotas procopianas que provenía de una buena familia. Si el historiador no dudó en resaltar la baja cuna del emperador Justino  y su falta de cultura no habría dejado de hacer lo mismo con Belisario de haber dado lugar a ello. Una lectura de esa Historia Secreta nos deja la impresión de que Procopio no le ahorró a Belisario ninguna crítica, especialmente en el plano personal, si bien el autor reserva toda su animadversión para denigrar a su mujer Antonina.

Esta cambio de actitud de Procopio hacia su antiguo jefe ha sido interpretada como el resultado de una intensa decepción. El rechazo de Belisario a la oferta de los ostrogodos tras la toma de Rávena parece no haber sido bien recibida por el historiador. Es probable que Procopio deseara que Belisario diese ese paso y disputase a Justiniano el Imperio, por considerarlo más capaz que éste para gobernar y, posiblemente, por los beneficios personales que obtendría dada la estrecha relación que le unía al militar.

Una situación familiar acomodada podría explicar también el rápido ascenso de Belisario en la jerarquía militar. Cuando Procopio nos presenta por primera vez a Belisario en su Historia lo hace como un oficial al servicio de Justiniano, inmediatamente antes de que este ascienda al trono. Pronto lo vemos mandando ejércitos con no más de veinticinco años de edad, un hecho imposible sin fuertes conexiones personales con el poder. Si consideramos este hecho y el que, desde el momento en que Justiniano se convirtió en emperador Belisario recibió importantes mandos en el frente persa, el lazo personal entre ambos parece la explicación más probable del meteórico ascenso del joven soldado. Una promoción que sus extraordinarias dotes militares y personales le permitieron aprovechar hasta convertirlo por derecho propio en una figura fundamental en el Imperio.

Como tantos otros militares del Imperio la carrera del joven Belisario se vio determinada por la permanente tensión en Oriente con el Estado sasánida. Este había heredado del reino parto la tradicional hostilidad a su principal adversario y las confrontaciones entre ambos estados se fueron sucediendo desde el siglo III con raros espacios de tregua, particularmente en el siglo V. Entre unos y otros se encontraba Armenia, largamente disputada. A comienzos del siglo VI su territorio se encontraba dividido en dos partes, una de las cuales, bajo dominación persa, había dado en llamarse Persarmenia.

Soldados bizantinos

Soldados bizantinos en el siglo VI
 

Como dos rivales que conocen bien los puntos fuertes y debilidades del otro, la guerra en el Este se había convertido en una sucesión de cautelosas maniobras, ataques en pequeña escala y guerra de sitio. La estrategia habitual del reino persa en este periodo era la demanda del pago de subsidios a su interlocutor romano durante las coyunturas de escasez económica. Si dichos subsidios eran pagados la paz se mantenía. Si el emperador se negaba el monarca persa iniciaba operaciones ofensivas que incluían la captura de ciudades fronterizas, el traslado de los prisioneros a territorio persa y la aplicación del mayor daño posible antes de que se presentasen refuerzos romanos en la frontera. Con el paso del tiempo la diplomacia romana reconoció que era más barato pagar para mantener la paz que costear los gastos de una guerra.

En las ocasiones que un emperador renunció a ello las posibilidades de un conflicto armado aumentaban. En 502 el rey Cabades [Kavadh] (484-531) pidió un subsidio al emperador Anastasio (491-518) para pagar a los hunos heftalitas con los que estaba en deuda desde la recuperación de su trono años atrás. Cuando el emperador se negó a pagar el tributo el rey persa invadió territorio romano, capturó Teodosiópolis, Martirópolis y Edesa.

Aunque al principio la atención del gobierno imperial estuvo retenida por la lucha en los Balcanes contra los hunos búlgaros, el establecimiento de oportunas alianzas permitió dar un giro a la fortuna de la guerra. En 505 los hunos heftalitas invadieron el este de Persia a instancia de los romanos. Enfrentado a la perspectiva de una guerra en dos frentes, Cabades solicitó al año siguiente la paz. La tregua, establecida por una duración de siete años, terminó durando veinte.

El emperador Anastasio buscó el consejo de sus oficiales para reforzar la frontera. La respuesta fue la construcción de una base mejor preparada en Daras para sostener el esfuerzo ofensivo. Las obras se llevaron adelante con rapidez mientras los persas estaban ocupados en el Este. Cuando pudieron enfrentarse a este nuevo problema la fortaleza ya había sido construida. El emperador Anastasio se apresuró a pagar una compensación y Daras se convirtió en el pivote de la defensa romana en el Este.

mapa frontera oriental

La frontera del Este

 

En 527 el rey Cabades pidió al emperador Justino I (518-527) que adoptase a su hijo Cosroes [Khusrow] del mismo modo que había hecho Arcadio (395-408) con Yezdegerd [Yazdigerd] en el siglo anterior. Los consejeros del emperador temieron una argucia persa que pudiera suponer un derecho legal de Cosroes a la corona romana como hijo adoptivo del emperador. En consecuencia se le ofreció una modalidad de adopción limitada, como era de uso al tratar con bárbaros. Ni Cosroes I (531-579) ni su padre olvidaron la humillación. El rey Cabades se consideró insultado y declaró la guerra al Imperio:

El primer ataque persa se dirigió contra Lázica en el Cáucaso, un reino aliado al Imperio y disputado entre romanos y persas:

Y cuando Probo regresó de allí sin haber conseguido nada [sobrino de Anastasio, enviado a reclutar un ejército de hunos para ayudar a los lazos], el emperador envió a Pedro como general con algunas tropas de hunos a Lázica para luchar con todo su ímpetu al lado de Gúrgenes [Gurgen]. Entretanto Cabades envió contra Gúrgenes y los iberos un ejército muy considerable y como general a un persa de nombre Boes, con el título de varices [Ouarizes, “victorioso”, título de una familia noble]. Gúrgenes, viéndose en desventaja para resistir el ataque de los persas, dado que los refuerzos romanos eran insuficientes, huyó con todos los nobles iberos a Lázica y se llevó consigo a sus hermanos, a su mujer y a sus hijos, el mayor de los cuales era Peranio.Procopio de Cesarea, Guerra Persa, I, xii, 9-12

Todo el país de Lázica fue conquistado por los persas y su rey finalmente huyó a Constantinopla. La reacción bizantina fue el ataque a Persarmenia, durante el cual Belisario aparece por primera vez en el relato de Procopio como hemos visto anteriormente.

Ante el éxito de la campaña se decidió una segunda invasión. Esta vez los persas estaban preparados para defenderse. En la batalla que siguió los armenios Narsés y Aracio, que posteriormente desertarían al bando romano y servirían en Italia, se enfrentaron a Belisario y Sitas y vencieron. Simultáneamente una fuerza al mando del tracio Libelario, magister utriusque militum, cruzó la frontera cerca de Nísibis. Esta circunstancia dio lugar a una nueva oportunidad para Belisario:

Por su parte, realizó también una incursión en las cercanías de la ciudad de Nísibis otro ejército romano mandado por Libelario de Tracia, pero estas fuerzas se retiraron en precipitada huida aunque nadie vino a enfrentárseles. Por esta razón el emperador destituyó de su cargo a Libelario y puso a Belisario al mando de los reclutas con destino en Daras. Fue también entonces cuando se nombró consejero suyo [assessor] a Procopio, el que escribió esta historia.Procopio, Guerra Persa, I, xii, 23-24

Las tropas de Libelario estaban compuestas en su mayor parte por limitanei. Su intento de avance hacia Nísibis se mostró infructuoso, como también lo fue su ataque en dirección a Thebetha que tampoco pudo tomarse. Sufriendo mucho por el calor del verano la retirada hacia Daras se saldó con graves pérdidas para la infantería.

Como nuevo dux Mesopotamiae el joven Belisario se instaló en la ciudad de Daras, centro de mando del distrito. Al informarnos de estos hechos Zacarías el rétor en su Crónica nos proporciona interesantes apuntes sobre la personalidad de Belisario, aunque se equivoca al convertir a este en sucesor de Timóstrato:

Y el duque Timo [Timóstrato] el magister militum, murió y Belisario le sucedió; y no buscaba enriquecerse con sobornos y era amable con los campesinos y no permitió al ejército que los molestase. Porque estaba acompañado por Salomón, un eunuco de la fortaleza de Edribath [posiblemente Hieriftum]; y era un hombre astuto y buen conocedor de los asuntos del mundo; y había sido notario del duque Felicísimo y había servido a otros gobernadores; y había ganado sabiduría a través de muchas dificultades.Zacarías de Mitilene, Historia Eclesiástica, IX ,2

La muerte del emperador Justino en agosto de 527 y la ascensión al poder de su sobrino Justiniano provocó cambios de alcance en los cuadros de la oficialidad del ejército en Oriente. Como parte de su reforma Justiniano creó el puesto de magister militum per Armeniam para mejorar la defensa de la frontera frente a Persia. Parte de esta estrategia fue también la rehabilitación y reconstrucción de las fortalezas situadas en primera línea.

Uno de esos lugares era un fuerte construido en el desierto de Tanurin, al sur de Nísibis. EL silenciario Tomás de Apadna fue el encargado de su erección. Al descubrir las intenciones de los romanos los persas enviaron un contingente armado de cadisenos y árabes para detener las obras. La respuesta bizantina fue reunir un ejército bajo el mando de varios oficiales. Además del propio Belisario estaban allí los hermanos Cutzes y Buzes, ambos duques de la Fenicia Libanesa con base respectivamente en Damasco y Palmira.

Romanos y persas se enfrentaron en dos batallas, una en Thannuris, a unos ochenta km. al sur de Nísibis y otra junto al pequeño fuerte de Minduos, entre Daras y Nísibis (Procopio las une en una sola pero esa es una cuestión sobre la que los especialistas no se ponen de acuerdo). Este es el relato de Zacarías sobre lo que ocurrió en 528 en Thannuris:

Entonces se reunió un ejército romano con el propósito de entrar en el desierto de Thannuris contra los persas bajo el mando de Belisario, Cutzes el hermano de Butzes, Basilio, Vicente y otros comandantes [Sebastián y Procliano, mencionados en Malalas] y Atafar [Tapharas en la versión de Malalas], el jefe de los sarracenos [gasánidas]. Y cuando los persas tuvieron noticia idearon una estratagema y excavaron varios fosos entre sus trincheras y las ocultaron tras estacas triangulares de madera y dejaron varias entradas. Y cuando los romanos llegaron no descubrieron la treta de los persas a tiempo sino que los generales entraron en el recinto persa a toda velocidad y, cayendo en los pozos, fueron hechos prisioneros y Cutzes murió. Y entre los romanos aquellos que luchaban a caballo dieron la vuelta y regresaron con Belisario a Daras; pero la infantería que no pudo escapar, fue muerta o tomada cautiva. Y Atafar, el rey sarraceno, durante su huida fue alcanzado desde corta distancia y murió; y él era un hombre belicoso y capaz, y tenía mucha experiencia en el uso de las armas romanas y había ganado renombre y distinción en muchos lugares.Zacarías de Mitilene, Historia Eclesiástica, IX, 2

Procopio hace notar que los hermanos Cutzes y Butzes eran conocidos por su temperamento impetuoso y su precipitación. Es probable que la responsabilidad de la derrota no recayese entonces sobre Belisario y que este saliese librado de la derrota sin perjuicio.

Podemos reconstruir el resto de la actividad de Belisario en el año 528 al analizar las operaciones romanas en Lázica. Los estudiosos están de acuerdo en que ese año Justiniano ordenó a sus generales que realizasen una campaña allí. Tres magistri militum fueron enviados a la región y las fuentes concuerdan en la evolución de la campaña (pérdidas considerables para los romanos a causa del mando compartido y una retirada), aunque discrepan sobre la identidad de los comandantes. El Cronicón Pascual y Juan de Nikiu mencionan a Belisario, Ceryco e Ireneo, mientras que Malalas identifica a Gilderico, Ceryco e Ireneo. Teófanes nombra a Belisario, Ceryco y Pedro. Así pues hay una posibilidad de que Belisario hubiese servido ese año en el norte, aunque muchos autores lo descartan debido a su reciente nombramiento como duque de Mesopotamia.

Mapa de la región en 528

La región en conflicto en 528

 

Tras la batalla de Thannuris el emperador ordenó a Belisario en 529 construir un fuerte en Minduos, a la izquierda del camino que conduce a Nísibis según nos informa Procopio. De nuevo los persas enviaron tropas para impedir la fortificación del lugar, esta vez al mando de Gadar el cadiseno. En la batalla que tuvo lugar en la colina de Minduos Belisario fue nuevamente derrotado y el fuerte arrasado.

En ese mismo año 529 una serie de sucesos adversos refrenaron los esfuerzos bélicos de Justiniano. El reciente y desastroso terremoto en Antioquía fue seguido por otros seísmos en Laodicea (2 de enero) y meses después en Amasea y Myra. En marzo el rey lájmida Alamundaro [al-Mundhir] llevó a cabo una dañina campaña hasta la vecindad de Antioquía que provocó gran destrucción. La suma de esos reveses animaron al emperador a enviar a Hermógenes, el magister officiorum, a la corte persa en julio para iniciar los parlamentos de paz.

Dos medidas más fueron adoptadas para reforzar la seguridad de las defensas en Oriente:

  • El jefe gasánida Aretas [al-Harith ibn Gabala] fue nombrado filarca supremo o rey sobre los otros filarcas árabes con la esperanza de encontrar un contrapeso a la amenaza presentada por Alamundaro.
  • El ineficaz magister militum per Orientem Hipacio fue destituido por su incapacidad para detener los ataques de los lájmidas. En su lugar el emperador nombró a Belisario.

Pese a esas dos derrotas la confianza de Justiniano en su joven oficial parecía intacta. Belisario tras su nombramiento recibió instrucciones para preparar la invasión del territorio persa. Un gran ejército de 25.000 hombres fue reunido en Daras como paso previo a la campaña.

Mapa de Daras en 530

Plano de la fortaleza de Daras en 530 (según Whitby)

 

La coyuntura era delicada. En abril de ese año 529 había estallado una revuelta de los samaritanos en Palestina que había exigido la intervención del duque de Palestina Teodoro Simo con ayuda de los gasánidas. Los rebeldes fueron aniquilados y la cabeza de su jefe, Julián, enviada al emperador. La crisis samaritana y la crítica situación en el área de Antioquía, que Alamundaro conocía de primera mano tras su expedición de pillaje, convencieron a Cabades que era el momento adecuado para usar la fuerza. El rey persa se apresuró a comunicarlo a su colega romano:

Cabades, emperador de emperadores, del sol naciente, a Flavio Justiniano César, de la luna poniente. Encontramos escrito en nuestros antiguos registros que somos hermanos uno del otro y que si uno de nosotros necesita hombres o dinero el otro debería proporcionárselos. Desde entonces hasta ahora hemos permanecido constantes en nuestro propósito. Cuando las naciones se alzaron contra nosotros a unas tuvimos que combatirlas, mientras que a otras las persuadimos con presentes o dinero para que se sometiesen a nosotros, de modo que todo nuestro tesoro se ha agotado. Informamos a los emperadores Anastasio y Justino de esto pero no hemos conseguido nada. Así nos hemos visto obligados a prepararnos para la guerra […] como buenos cristianos ahorrad vidas y hombres y entregadnos algo de vuestro oro. Si no haces eso prepárate para la guerra. Para eso tienes un año entero de plazo para que no se pueda pensar que nuestra victoria ha sido robada o ganada con tretas.Malalas, Crónica, 449-450

Podemos entender que Belisario aprovechó el año transcurrido entre la derrota de Minduos y los prolegómenos de lo que sería la batalla de Daras para mejorar el adiestramiento y la moral del ejército, algo muy necesario tras la serie de derrotas anteriores. A comienzos del verano de 530 Hermógenes, el magister officiorum, estaba presente también para colaborar en la organización del ejército. En Hierápolis esperaba el embajador Rufino para tratar una posible paz.

Era tiempo. En junio de 530 un ejército de unos 30.000 soldados avanzó hacia Daras al mando de Perozes el mirrane [Firuz, marzban o gobernador militar] y acampó cerca del villorrio de Ammodio a 20 estadios (7,7 km) al sur de Daras.

 

La batalla de Daras

 

Somos afortunados por contar con un relato muy detallado de la batalla de Daras. Gracias a la obra de Procopio conocemos los números y disposiciones tomadas por ambos adversarios. Belisario y Hermógenes adoptaron una estrategia defensiva. Es probable que en ese momento las obras de defensa en Daras no estuviesen completadas. Para proteger la ciudad se ordenó la excavación de trincheras extramuros cerca de la puerta sur con la parte central más adelantada que las alas. Tras ellas en el centro se apostó la infantería con una reserva de caballería de bucelarios al mando de Belisario y Hermógenes. En el flanco izquierdo se encontraban tropas de caballería al mando de Buzes y Faras el hérulo con trescientos jinetes. En el ala derecha más caballería romana al mando de Juan, Cirilo, Marcelo, Germano y Doroteo. Tras la infantería y fuera de la vista de los persas un contingente de 600 hunos masagetas al mando de Sunicas y Aigan en el ala izquierda y otros tantos en la unión del centro y el ala derecha con Simmas y Ascán.

El plan era sencillo: atraer las tropas persas de los flancos hacia la trinchera y proteger a la poco fiable infantería al retrasar su avance a través de las entradas practicadas en ella.  Una vez que chocasen con la infantería serían atacadas por los flancos y la retaguardia por la caballería de reserva.

Al día siguiente Perozes desplegó su ejército en tres grandes cuerpos. El central bajo su mando personal y reforzado con los Inmortales [zhayedan], el ala derecha al mando de Pityaxes [petyaxes-bdeashkh, gobernador de una provincia, identificado con Hormisdas, gobernador de Arzanene] y el flanco izquierdo con Baresmanas [probablemente una interpretación del término marzpan].

Buena parte del día pasó en espera ante la sorpresa de los persas por el buen orden de la formación romana. Tras unas escaramuzas de tanteo en la que los jinetes de Buzes y Faras usaron la táctica escita de fingir la huida para revolverse y sorprender a sus rivales, se produjeron dos duelos en los que se distinguió Andreas, el asistente de Buzes. Al final de la jornada los dos ejércitos se retiraron a sus campamentos.

Disposición de la batalla de Daras 530

En el segundo día el ejército persa fue reforzado por 10.000 hombres procedentes de Nísibis. Belisario y Hermógenes intentaron persuadir a Perozes de que se retirase de territorio romano y se reabriesen las negociaciones pero el comandante persa se negó a modificar su postura de modo que el recurso al combate se hizo inevitable para todos. Al tercer día al alba los comandantes arengaron a sus tropas y a continuación dispusieron sus fuerzas para la inminente batalla. El ejército persa se organizó en dos líneas paralelas compuestas por infantería flanqueada por caballería que lucharían en rotación, con los Inmortales en reserva.

Frente a ellos los romanos se alinearon junto a la trinchera. En ese momento Faras el hérulo se dirigió a Belisario para sugerirle que le permitiese situar a sus hombres tras una colina a la izquierda de la línea romana y poder atacar así por retaguardia a los persas en caso de que estos rompiesen la línea. Belisario aceptó la propuesta.

El ejército de Perozes esperó hasta media tarde para atacar en la esperanza de debilitar a los romanos al privarles de su comida del mediodía. Tras el intercambio de disparos la caballería persa del ala derecha compuesta por cadisenos [un pueblo guerrero originario de la región de Singara y Thebetha] avanzó para tomar contacto.

La caballería de Buzes en el flanco izquierdo estaba retrocediendo ante el ataque persa cuando los arqueros hérulos aparecieron a espaldas de los persas y cayeron sobre ellos mientras los jinetes de Sunicas y Aigan contraatacaban por el otro flanco. Los hombres de Pityaxes fueron derrotados por completo y se retiraron dejando 3.000 muertos en el campo. Sunicas y Aigan se trasladaron rápidamente hacia el otro flanco donde se les necesitaba con urgencia.

Daras fase I

Daras fase II

Daras fase III

Daras fase IV

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Perozes había reforzado el ala mandada por el tuerto Baresmanas con los Inmortales y otras tropas para realizar un ataque decisivo contra el flanco derecho romano. En el choque inicial consiguieron hacer retroceder a la defensa pero se vieron expuestos así al contraataque romano que Belisario y Hermógenes habían planeado. Tropas de la reserva central se unieron a Simmas y Ascán en un violento ataque sobre el flanco persa. Baresmanas hizo girar a sus hombres para enfrentarse a la nueva amenaza. En el combate que siguió una parte de la columna persa fue aislada del resto. El propio Baresmanas murió a manos de Sunicas y el ala persa atacada por ambos lados tuvo que retirarse precipitadamente con más de 5.000 caídos.

Después de estos acontecimientos el desenlace de la batalla fue breve. El cuerpo central al contemplar la derrota de las alas emprendió la huida hacia Nísibis. Los romanos iniciaron su persecución pero esta fue detenida al cabo de poco por el temor de Belisario y Hermógenes a poner en peligro la victoria.

La batalla ante Daras en el verano de 530 fue una resonante victoria para los romanos, la primera de tal magnitud desde la guerra de 421-422. Para conmemorarla una estatua ecuestre de bronce representando al emperador fue erigida en el Hipódromo. Se conservan todavía dos inscripciones de la misma recordando las grandes victorias alcanzadas en ese año sobre persas y búlgaros.

Combate en Daras

Combate ante Daras en 530 (Igor Dzis)

 

La batalla fue un gran revés para el rey Cabades y seguida en breve por otra derrota en Armenia. El ejército enviado allí al mando de Mermeroes [Mihr-Mihroe] fue sorprendido por Doroteo, el nuevo magister militum per Armeniam y Sitas, magister utriusque militum praesentalis, y derrotado por completo. Un nuevo intento persa se saldó con una nueva derrota cerca de Satala. Para completar el balance desastroso del año para los persas, los romanos ocuparon Suania y se produjo la deserción de los hermanos Aracio, Narsés e Isaac a los romanos. Este último ofreció como presente la fortaleza de Bolo, cerca de Teodosiópolis. Finalmente el gobernador de la fortaleza de Farangio, que dominaba un territorio con importantes yacimientos de oro, se apresuró también a acogerse a la protección romana.

Batalla de Satala (530)

Batalla de Satala (530), ilustración de Igor Dzis

 

En agosto de 530 las negociaciones entre ambas corte continuaron. Cabades en un principio exigió la demolición de Daras y el copago del mantenimiento de la defensa de las Puertas Caspias pero dejó entrever que estaría dispuesto a firmar la paz a cambio de una sustanciosa cantidad. Sin embargo, cuando una segunda embajada romana se presentó en la corte persa a finales de 530 o principios de 531 el rey persa había cambiado de opinión y se inclinaba de nuevo por la guerra. Las noticias de la rebelión samaritana y las exageradas promesas de colaboración de los líderes rebeldes [Belisario había capturado siete enviados samaritanos en el verano de 530 en las cercanías de Daras que descubrieron sus negociaciones con Cabades], la mala evolución de los intereses persas en el norte tras la batalla de Satala y la pérdida de los ingresos de Farangio le animaron a tomar otra vez el camino de la guerra.

 

La campaña de Calínico

 

Ante la dura experiencia sufrida el año anterior el rey Cabades decidió en la nueva campaña evitar la invasión por las rutas tradicionales en favor de una penetración en Siria y Eufratesia a través del desierto. Es probable que, como nos indica Procopio, al tomar esta iniciativa Cabades siguiese el consejo de Alamundaro, que conocía el estado de defensa de la región tras su expedición de marzo del 529:

Cabades, tras aceptar gustoso el consejo de este hombre [Alamundaro] escogió quince mil soldados, los puso bajo el mando del persa Azaretes, un guerrero particularmente diestro y le ordenó a Alamundaro guiar la expedición. Cruzaron el río Éufrates en Asiria y después de pasar por una zona despoblada se lanzaron de forma repentina e imprevista contra la región llamada Comagena.Procopio de Cesarea, Guerra Persa I, xviii, 1-3

Al comienzo de la primavera de 531 el ejército persa atravesó la frontera a la altura de Circesio acompañado por unos 5.000 jinetes lájmidas y avanzó con rapidez hacia el norte. Consciente el emperador de las intenciones de Cabades envió a Hermógenes de nuevo al este. Para cuando el magister officiorum alcanzó Hierápolis los persas se encontraban ya en Gabulón.

Entre tanto Belisario había reunido sus fuerzas pero sólo cuando las tropas de Azaretes fueron descubiertas a la altura de Calínico pudo descubrir la ruta de invasión. El mal estado de las defensas en la región de Osroene, que denuncia Procopio en su obra Sobre los edificios facilitó sin duda el avance persa.

Tras recibir la noticia Belisario dejó una parte considerable del ejército en Daras y partió hacia el oeste con 3.000 hombres de caballería reforzados por 5.000 árabes del filarca Aretas. Avanzando a marchas forzadas consiguió apostarse en Calcis, obstaculizando así el avance hacia el oeste. Los persas entre tanto se habían mantenido en la región de Gabulón donde construyeron un campamento fortificado. El duque Sunicas al mando de 4.000 hombres lanzó un ataque contra los persas y los árabes diseminados por la región. Al hacerlo desobedeció las órdenes de Belisario, que no quería enfrentarse al enemigo antes de reunir todas las fuerzas. Su indisciplina le supuso un enfrentamiento con su superior. Por entonces Hermógenes había alcanzado Hierápolis con 4.000 hombres y los comandantes Ascán, Estefanacio y Simmas.

Al conocer la situación de los persas Hermógenes continuó hasta Barbaliso. Azaretes al enterarse de su llegada se dirigió hacia Batnae en el norte. Esto permitió a Belisario reunirse en Barbaliso con el resto del ejército. Allí mismo Hermógenes se aplicó a reconciliar a Belisario con su subordinado.

El ejército romano era ahora una fuerza respetable:

Pues bien, el ejército romano constaba en conjunto de unos veinte mil hombres entre infantería y caballería, de los que no menos de dos mil eran isáuricos. Los que mandaban las tropas de caballería eran todos los que habían participado antes en la batalla de Daras contra los persas y el mirranes, mientras el general de la infantería era uno de los lanceros de la guardia del emperador Justiniano, de nombre Pedro. Sin embargo al frente de los isáuricos iban Longino y Estefanacio.Procopio, Guerra Persa, I xviii, 6-7

A diferencia del año anterior la campaña de Calínico estuvo marcada por los continuos enfrentamientos entre el alto mando romano. A pesar de los esfuerzos de Hermógenes muchos de los oficiales estaban en desacuerdo con la actitud de Belisario, demasiado cautelosa en su opinión. Este mantenía la postura de que los persas podían ser obligados a regresar a su territorio sin combate y que los romanos  no tenían nada que ganar en una batalla y sí mucho que perder.

La opinión de muchos otros no era la misma. Eufratesia y Siria habían sufrido mucho y querían venganza. La victoria del año pasado les había llenado de confianza y reclamaban que el enemigo no escapase indemne. A instancias de Hermógenes los romanos persiguieron a los persas hasta las villas de Batnae y Beselathon. Desde allí siguieron presionando hacia el sur, de vuelta a Gabulón.

Azaretes comprendió que se hallaba en una situación delicada. Después de tomar al asalto Gabulón recogió el botín y comenzó a retirarse hacia el sudeste. Tan pronto como Belisario tuvo noticia inició la persecución manteniéndose a un día de camino del enemigo. Los persas retrocedieron por la ruta que habían tomado para la invasión a través de Eufratesia, seguidos por los romanos entre los que el descontento crecía cada día.

El 18 de abril de 531, Viernes Santo, los persas acamparon frente a Calínico. Al día siguiente, cuando se disponían a partir, los romanos aparecieron desde Sura. Sabedores de que esa era la última oportunidad para enfrentarse a los persas, soldados y oficiales clamaron abiertamente para que se iniciase la batalla pero se encontraron con la negativa de Belisario y Hermógenes.

La situación era delicada. Los romanos habían marchado durante todo el día y se encontraban debilitados por el ayuno, pero recibieron con tal hostilidad las palabras de Belisario que este cambió de opinión y se decidió por el ataque. La razón para su conducta debemos buscarla en su temor a que algunos de sus oficiales le desobedecieran abiertamente y atacasen por su cuenta al enemigo, lo que podría provocar la ruina de todo el ejército. Es probable también que Hermógenes cambiase de opinión, dejando sólo a Belisario. En la tarde del 19 de abril los romanos se dispusieron en formación de batalla mientras que Azaretes hizo lo mismo.

Belisario dispuso sus tropas en ángulo recto a espaldas del Eufrates. En la parte sur, sobre una elevación del terreno, se apostó Aretas con sus gasánidas. Junto a ellos un contigente de licaonios, tropas de infantería mal adiestrada al mando de Estefanacio, Doroteo y Mamancio. A continuación se situaba la excelente caballería de Ascán, en una posición similar a la que había ocupado en Daras. En el centro Belisario se situó con sus propios hombres y a su izquierda se apostaron Sunicas y Simmas. En el flanco izquierdo, junto al Eufrates, estaba la infantería romana al mando de Pedro.

A la vista de la disposición de las tropas parece que Belisario utilizó una táctica inversa a la empleada en Daras el año anterior. Esta vez sus mejores tropas estaban en el centro, anticipando que los contingentes de peor calidad podrían huir. Por su parte Azaretes colocó en el flanco izquierdo a Alamundaro y situó sus mejores tropas en el centro.

Calínico fase I

Calínico fase II

Calínico fase III

Calínico fase IV

Fases de la batalla de Calínico. Haz clic en cada mapa para ampliarlo

 

La batalla comenzó con el acostumbrado intercambio de flechazos, en la que los romanos se vieron perjudicados por el viento. A media tarde ninguna de las partes había ganado una ventaja sustancial. Entonces Azaretes se decidió a descargar un golpe decisivo. Las mejores tropas persas fueron conducidas al ala izquierda y en unión de los lájmidas derrotaron al ala derecha romana. La mayor parte de los gasánidas emprendieron la huida dejando a su suerte a Ascán y los licaonios y cediendo a los persas la ventaja de una posición de más altura. Ascán luchó con bravura pero murió en combate, al igual que el filarca árabe Ambros [‘Amr] y Estefanacio.

La muerte de Ascán acabó con los ánimos de los indisciplinados licaonios, que habían sido los más airados críticos de Belisario. Unos pocos fueron muertos allí mismo, pero el resto escapó hacia el norte intentando encontrar la salvación al otro lado del Éufrates. Su retirada puso todavía más en peligro la posición romana.

Belisario en la batalla de Calínico

Batalla de Calínico (531) por Igor Dzis

 

Para hacer frente a la amenaza el ejército romano giró noventa grados, dejando el Éufrates a su espalda. Con la espalda cubierta Belisario ordenó a la caballería desmontar y se unió a la infantería de Pedro en una formación de orden cerrado que recuerda al fulkon descrito  en el Estrategikon. La obstinada resistencia de la infantería permitió resistir las cargas de la caballería persa.

Malalas y Procopio, las fuentes principales para el relato de la batalla, difieren en el detalle de lo sucedido a continuación:

  • De acuerdo a Procopio los romanos llegaron a Calínico el día siguiente a la batalla después de pasar la noche en la isla en la que habían buscado refugio.
  • Malalas exalta el papel de Sunicas y Simmas, los héroes de la batalla en su relato. Acusa a Belisario de haber sido el primero en huir en un bote y dice que los romanos llegaron a Calínico el mismo día de la batalla después de haber perseguido a los persas durante dos millas, lo que es muy improbable.
Cuando los isaurios que estaban cerca vieron escapar a los sarracenos ellos también se arrojaron al Éufrates, pensando que podrían cruzarlo. Cuando Belisario vio lo que ocurría tomó su estandarte y subió a un bote; cruzó el Éufrates y llegó a Calínico. Su ejército le siguió. Algunos usaron botes, otros intentaron nadar con sus caballos  y llenaron el río con sus cuerpos. Sunicas y Simmas continuaron luchando contra los persas y esos dos exarcas, perseverando con los supervivientes de su ejército, desmontaron y lucharon a pie con valentía. Con su hábil despliegue destruyeron a muchos de los persas. No les permitieron perseguir a los fugitivos sino que interceptaron a tres de sus exarcas. Mataron a dos de ellos y capturaron vivo a otro llamado Amerdaj, un hombre belicoso cuyo brazo derecho había sido cortado por el codo por Sunicas. Ellos continuaron luchando con su ejército.Malalas, Cronica, xviii, 464
Belisario con unos pocos había permanecido allí y, mientras vio resistir a los de Ascán, también él con los suyos siguió rechazando a los suyos. Pero cuando cayeron muertos los unos y los otros […] entonces también él huyó con las tropas a su mando y se retiró a las filas de la infantería, que aún estaba luchando a las órdenes de Pedro; pero ya no había muchos con él, porque se daba el caso de que la mayoría había huido también. Allí bajó Belisario del caballo y ordenó a todos los suyos hacer lo mismo para, con el resto de la infantería, rechazar a pie a los atacantes […]Así prosiguieron unos y otros hasta que hubo caído la tarde. Y cuando ya los cogió la noche, los persas se retiraron a su campamento y Belisario, que había descubierto una nave de carga, alcanzó con unos pocos la isla que había en el río y allí también llegó nadando el resto de los romanos.Procopio, Guerra Persa, I, xviii, 41-44, 49

Los persas saquearon el campo de batalla y sólo después de su marcha pudieron los romanos recuperar a sus muertos. Azaretes continuó su retirada hasta alcanzar territorio persa donde fue mal recibido por Cabades a la vista del pobre balance de su expedición.

Justiniano supo pronto lo que había ocurrido. Las quejas de la oficialidad contra Belisario le llevaron a ordenar una comisión de investigación al mando del antiguo duque de Mesia Constanciolo. Algunos le acusaron de haber fracasado en la defensa de las provincias y de abandonar el campo de batalla precipitadamente. Procopio en su obra histórica se apresura a defender su reputación achacando a la indisciplina de sus hombres la decisión de dar batalla.

Constanciolo consultó con los generales presentes en Calínico así como a Hermógenes y presentó su informe al emperador. Como consecuencia Belisario fue depuesto de su mando y recibió la orden de presentarse en Constantinopla. Es muy probable que también Constanciolo compartiese la hostilidad que Belisario inspiraba en algunos de sus subordinados. Y es significativo que esta situación es la primera de muchas otras que se repetirían a lo largo de la carrera del general. En opinión de Bury la decisión de Justiniano de reclamar a Belisario tuvo más que ver con el deseo de rebajar la tensión en el alto mando en el este que a una pérdida de confianza en su antiguo escudero.

Tras la batalla Hermógenes viajó a la corte persa para reanudar las negociaciones pero encontró poco propicio a Cabades. El rey no se resignaba a ganar alguna ventaja antes de firmar la paz y ordenó el envío de una fuerza a Osroene que terminó tomando la plaza de Abgersaton a pesar de la oposición de Domenciolo, sobrino de Buzes, que estaba enfermo en Amida.

Mientras tanto Belisario y sus generales se mantenían a la espera del resultado de la encuesta de Constanciolo. En mayo o junio el informe fue entregado a Justiniano y Belisario sustituido por Mundo, el magister militum per Ilyricum, según Malalas aunque no hay acuerdo sobre ello. Zacarías de Mitilene nos informa de que Constantino sucedió a Belisario en Daras, probablemente el mismo Constantino que intentó asesinarle en Roma en 538.

La guerra en Oriente continuó durante varios meses más. El anciano rey Cabades falleció el 13 de septiembre y la preocupación de su hijo Cosroes por asentarse en el trono le hizo mostrarse favorable a una paz. Los embajadores Tomás, Alejandro, Hermógenes y Rufino se encontraron con el nuevo rey sobre el Tigris en febrero o marzo de 532. En septiembre se firmó la Paz Eterna, un ampuloso nombre para un tratado que sólo se mantendría ocho años.

Belisario, que había sido el gran protagonista de los últimos años, estuvo ausente y no volvería hasta nueve años después, en circunstancias muy distintas. Asuntos de la mayor gravedad le ocuparon en la capital, donde el propio Justiniano estuvo a punto de perder su trono en unas dramáticas jornadas de revolución urbana.

 

La sedición Niká

 

La atención de Justiniano tras asentarse en el trono no se limitó a la guerra en el lejano Este. Tan pronto como le fue posible el emperador inició una serie de ambiciosas reformas en muchos ámbitos. Uno de los principales era el legal. Justiniano encargó al cuestor Triboniano la dirección de una comisión para codificar el enorme número de leyes que habían sido promulgadas en siglos pasados. Ese trabajo ingente se vio plasmado en la publicación del Código en 529, el Digesto o Pandectas en 533 y en ese mismo año los Instituta, un manual para los estudiantes de las escuelas de leyes. Finalmente las Novelas, publicadas tras el Código y reuniendo la nueva legislación promulgada por Justiniano en aquellas áreas en las que este no cubría las necesidades.

Constantinopla plano general

Vista de Constantinopla (A. Helbert)

 

Triboniano era un hombre capaz pero codicioso y pronto amplios sectores de la población lo identificaron como el causante de sus apuros económicos. Es un hecho que el costoso programa de fortificaciones iniciado por el emperador y las guerras en el Este ya en el principio de su reinado supusieron una grave carga para el erario público, una situación que obligó a recaudar de forma más rigurosa para subvenir a las necesidades del Estado. Para esta misión nombró Prefecto del Pretorio a Juan de Capadocia, un hombre con grandes dotes para la tarea. El retrato que hace Procopio del responsable de los asuntos financieros del Imperio no es halagador:

El primero de ellos, Juan, estaba ayuno de estudios liberales y de cultura […] pero por sus facultades naturales había llegado a ser el más poderoso de todos los que nosotros hemos conocido. Y es que era también el más capacitado para decidir lo que se debía y para encontrar solución a los problemas. Así, se había convertido en el más perverso de todos los hombres y aprovechaba para ello sus dotes naturales […] El caso es que tras cubrirse en poco tiempo de grandes riquezas se hallaba engolfado en una vida de crápula sin freno: hasta la hora del almuerzo saqueaba las haciendas de sus súbditos y el resto del día dedicaba su ocio a emborracharse y a entregar su cuerpo a prácticas licenciosas. No tenía fuerzas para controlarse, sino que engullía la comida hasta vomitar , y a robar dinero estaba siempre dispuesto, y a tirarlo y malgastarlo más dispuesto todavía. Así era Juan a grandes rasgos.Procopio, Guerra Persa, I, xxiv 11-15

Las órdenes dadas a Juan eran terminantes: llenar el tesoro de nuevo. Las medidas que puso en práctica, aunque permitieron reducir el impacto de los sobornos en la administración, causaron mucho desasosiego en la población, que le identificó como el causante de sus penurias económicas.

Otros factores contribuyeron a un clima de creciente inquietud a principios de 532 en Constantinopla, cuestiones de primer orden que enrarecieron la vida en la capital hasta provocar un estallido:

  • La cuestión religiosa: el enfrentamiento entre ortodoxos y monofisitas que estaba muy lejos de estar resuelta en esos días.
  • La cuestión dinástica: con las figuras de Hipacio y Pompeyo, que por sus conexiones familiares eran vistos por una parte de la población como con legítimo derecho al trono.
  • Y sobre todo las facciones del Hipódromo, las desencadenantes de la revuelta revolucionaria de enero de 532.

La pasión de los romanos por los juegos del Circo se habían trasplantado a la nueva capital. Los constantinopolitanos amaban desenfrenadamente las carreras y otorgaban a los aurigas de más éxito un aura en el que podemos reconocer los excesos de las grandes estrellas del deporte o el espectáculo actuales. Cuatro facciones estaban representadas, siendo las principales los Verdes y los Azules, con los Blancos y los Rojos asumiendo un papel secundario.

Triboniano presenta su obra al emperador

Triboniano presenta su obra al emperador

 

Desde el emperador al último de los súbditos compartían la pasión por las carreras y no dudaban en mostrar públicamente sus preferencias. Con el paso del tiempo las Facciones o Demos se convirtieron en asociaciones más allá de lo meramente deportivo, sino que asumieron connotaciones religiosas, políticas y económicas. En el siglo VI estas asociaciones análogas a partidos tenían una estructura definida que abarcaba deberes políticos y militares y desempeñaban una función arraigada en la política constantinopolitana. El difunto emperador Anastasio había favorecido a los Verdes mientras que Justiniano se decantó por los Azules. La polarización de intereses entre ambas facciones llevó a una identificación de los Verdes con la causa monofisita y los comerciantes y artesanos mientras que bajo la enseña de los Azules se agruparon los ortodoxos, la aristocracia latifundista y los campesinos.

Una representación del estado de cosas en este tiempo es la descripción que Procopio nos ofrece de los partidarios de las facciones:

La población de cada ciudad, desde muy antiguo, estaba dividida entre azules y verdes, pero no hace ya mucho tiempo que por estos colores y por las gradas en que están sentados para contemplar el espectáculo, gastan su dinero, exponen sus cuerpos a los más amargos tormentos y no renuncian a morir de la muerte más vergonzosa. Se pelean con sus rivales sin saber por qué corren ese peligro […] Lo cierto es que el odio que les brota hacia personas muy próximas no tiene justificación y permanece irreductible durante toda su vida, sin ceder ni siquiera ante vínculos de matrimonio, ni de parentesco, ni de amistad, aunque sean hermanos o algo semejante los que defienden colores distintos. […] En este fanatismo también se unen a ellos sus esposas, que no sólo secundan a sus maridos, sino que incluso, si se tercia, se les enfrentan aunque no vayan nunca a los espectáculos; de modo que a esto no puedo darle otro nombre que enfermedad del alma.Procopio, Guerra Persa, I xxiv, 1-6
En primer lugar los miembros de las facciones cambiaron su corte de pelo y adoptaron una moda nueva, pues no se lo cortaban de la misma manera que los demás romanos. No se tocaban en efecto el bigote ni la barba sino que querían dejárselo crecer lo más posible, tal como desde siempre han hecho los persas. De los pelos de la cabeza se afeitaban los de delante hasta las sienes, dejando que los de detrás les cayesen largos y en desorden, al igual que los maságetas. Por eso llamaban huna a esta moda. […] Al principio casi todos llevaban sus armas abiertamente de noche, mientras que de día ocultaban bajo el manto pequeñas dagas de doble filo que llevaban junto al muslo. Cuando oscurecía se reunían en bandas para despojar a los ciudadanos más pudientes tanto en plena plaza como en los callejones […] Puesto que el mal se extendía y el magistrado con autoridad sobre el pueblo [eparca] no tomaba para nada en consideración a los delincuentes, la audacia de estos hombres no dejaba de crecer más y más cada día.Procopio, Historia Secreta, vii 8-19

El Hipódromo era el lugar donde todas esas pasiones confluían. El programa en los días de fiesta era apretado. Cuatro carreras por la mañana, intermedio con números circenses, pantomimas y bailarines. Después de la comida cuatro carreras más en la sesión vespertina y al final de la jornada, tanto ganasen Azules como Verdes, altercados y desórdenes.

Las medidas tomadas por Justiniano para restringir la conducta descontrolada de las facciones fueron recibidas por Azules y Verdes como señal de la opresión imperial. En ese clima tenso un incidente podía desencadenar consecuencias insospechadas. El domingo 11 de enero de 532 tuvo lugar ese incidente.

El estallido de la rebelión

Ese día tras unos nuevos altercados en las gradas el emperador envió un heraldo a la zona de los Verdes para preguntar la causa. Teófanes ha conservado en su obra el registro del diálogo que tuvo lugar a continuación:

“Las facciones llegaron al Hipódromo y los Verdes comenzaron a gritar a Calopodio el cubiculario y espatario.

Verdes: ¡Que vivas largos años Justiniano Augusto! Tu vincas. He sido agraviado, oh ejemplo de virtud y no puedo soportarlo, Dios lo sabe. Tengo miedo de decir su nombre no sea que prospere y me ponga en peligro.

Heraldo: ¿Quién es él? No lo sé.

Verdes: Mi opresor, tres veces augusto, se encuentra en el barrio de los zapateros.

Heraldo: Nadie te está agraviando.

Verdes: Uno y sólo uno busca mi desgracia. Madre de Dios, que no pueda levantar la cabeza.

Heraldo: No sabemos quién es.

Verdes: Tú y sólo tú sabes, tres veces augusto, quién me agravia hoy.

Heraldo: Adelántate, porque si es alguien no lo conocemos.

Verdes: Calopodio el espatario me agravia.

Heraldo: Calopodio no ha cometido falta.[…]

Verdes: ¡Ojalá que Sabacio [el padre de Justiniano] no hubiese nacido para no tener un asesino por hijo! Es el vigésimo sexto asesinato que ocurre en el Zeugma. Un espectador por la mañana y muerto por la tarde, señor de todos.

Azules: Los únicos asesinos en el estadio sois vosotros.

Verdes: Vosotros matáis y salís corriendo.

Azules: Vosotros matáis y os vais andando. Los únicos asesinos en el estadio sois vosotros.

Verdes: Señor Justiniano, lo están pidiendo y sin embargo nadie les mata. Quien quiera entender que entienda. El vendedor de madera, el del Zeugma, ¿quién lo mató?

Azules: Vosotros mismos lo matasteis.

Verdes: ¿Quién mató al hijo de Epagato, emperador?

Heraldo: Vosotros mismos lo matasteis y ahora queréis implicar a los Azules. ¡Blasfemos!, ¿nunca callareis?

Verdes: Si place a tu majestad, me callaré pero contra mi voluntad. Lo sé todo y no diré nada. Adiós Justicia, ya no existes. Me convertiré en judío. Mejor ser pagano que Azul, Dios lo sabe.

Azules: No quiero ni verte. Tu malicia es horrible.

Verdes: ¡Que les desentierren los huesos!”

Teófanes, Cronografía,  AM 6024 AD 531/32, 182

La tensión creciente llegó al paroxismo. Los Verdes abandonaron en masa el Hipódromo y dejaron allí al emperador y a los Azules.

El desorden se trasladó a las calles mientras el emperador esperaba en palacio que la situación se resolviese por sí sola. La severa actuación del prefecto de la ciudad Eudemon unió paradójicamente a Verdes y Azules. Siete miembros prominentes de las facciones envueltos en los incidentes callejeros fueron detenidos y condenados a muerte. Tras ser ahorcados se encontró que dos de ellos vivían todavía. Un grupo de monjes los condujo al monasterio de San Lorenzo. Al conocer  la noticia el prefecto, poco deseoso de forzar la entrada, se limitó a poner guardia a la entrada del monasterio para obligarlos a salir por hambre.

En la tarde del martes 13 de enero durante la sesión vespertina de las carreras los Demos unidos pidieron al emperador clemencia para los prisioneros. Al no recibir satisfacción de Justiniano la tensión estalló:

Tres días después se celebraron las carreras de carros conocidas como de los Idus. […] Mientras se celebraban las carreras de carros el 13 de enero ambas facciones comenzaron a reclamar clemencia al emperador. Siguieron cantando hasta la vigésimo segunda carrera y no recibieron respuesta. Entonces el demonio les infundió designios perversos y se cantaron unos a otros “Larga vida a los piadosos Verdes y Azules”. Después de las carreras la muchedumbre salió unida dándose como consigna la palabra ¡Vence! [Niká] para que no se entremezclasen soldados o excubitores. Y así cargaron.Malalas, Crónica, xviii, 474

Esa noche tras las carreras las facciones se dirigieron al Pretorio y exigieron saber si Eudemon había perdonado a los fugitivos. Al no recibir respuesta liberaron a los presos que allí había y prendieron fuego al edificio. Tras él otros ardieron alrededor del Augusteón, entre ellos Hagia Sofía, mientras el pueblo permanecía en las calles toda la noche.

En la mañana del 14 de enero siguieron los disturbios. Los rebeldes se presentaron ante las puertas de palacio exigiendo la destitución de Juan de Capadocia, el cuestor Triboniano y el prefecto Eudemon El emperador cedió a sus exigencias pero esas medidas habían llegado demasiado tarde para detener lo que estaba en marcha y nadie se consideró satisfecho. Ya en abierta rebelión, y con Hipacio y Pompeyo en palacio, las facciones buscaron a Probo, otro sobrino de Anastasio, para proclamarlo emperador. Al no encontrarlo en su casa le prendieron fuego también.

El jueves 15 de enero Justiniano ordenó a Belisario que saliese con algunos hérulos y godos para restablecer el orden pero estos en su precipitación atropellaron a unos sacerdotes de Hagia Sofía que habían sacado unas reliquias para calmar a los sublevados. El incidente inflamó todavía más los ánimos y Belisario, con su habitual prudencia, consideró conveniente hacer retroceder a sus hombres.

Los desórdenes siguieron irresistiblemente. El viernes 16 los rebeldes atacaron por segunda vez el Pretorio y quemaron los archivos. El viento extendió el incendio hasta otras construcciones alrededor de la Mesé y hacia el norte de la ciudad. Ese día ardió el baño de Alejandro, el hospicio de Eubulo y el gran hospital de Sansón con la muerte de todos los que estaban dentro.

El sábado 17 de enero se produjeron combates callejeros entre el pueblo y soldados llegados desde el Hebdomon en las afueras. En medio de la lucha el Octógono fue quemado y como el día anterior el incendió se propagó al sur de la Mesé, quemando el palacio de Lauso y otros edificios. Esa tarde Justiniano hizo salir de palacio a Hipacio y Pompeyo, los sobrinos de Anastasio, por temor a que tramasen su caída. Ellos protestaron su inocencia pero fueron obligados de todos modos a retirarse a sus casas.

El domingo 18 el emperador se presentó en la tribuna del Hipódromo con los Evangelios en la mano pero los acontecimientos se sucedieron de un modo muy contrario al que esperaba:

En el día del Señor, que era el 18 de ese mes, por la mañana temprano el emperador subió a su palco en el Hipódromo llevando con él los sagrados Evangelios. Y cuando se supo esto todo el pueblo acudió y el Hipódromo se llenó de una muchedumbre. Y el emperador hizo un juramento ante ellos diciendo “por su poder, os perdono vuestro error, y ordeno que ninguno de vosotros sea arrestado; y seguid en paz, porque no es vuestra falta sino la mía. Porque mis pecados hicieron que me negase a concederos lo que me pedisteis en el Hipódromo”. Y muchos entre los espectadores comenzaron a cantar “Justiniano Augusto, seas victorioso”. Pero otros replicaron “No jures en falso, pollino”. Y él desistió y bajó del Hipódromo y despidió a los que estaban en palacio y dijo a los senadores “marchaos, que cada uno guarde su casa.Cronicón Pascual, a. 532

En ese momento Hipacio y Pompeyo fueron descubiertos y los rebeldes proclamaron emperador al primero. Hipacio fue conducido al Foro de Constantino y allí mismo fue investido con un modesto collar de oro en la cabeza. Procopio relata la desesperación de la esposa de Hipacio al ver a su marido arrastrado por los acontecimientos:

E iban ya aclamando como emperador a Hipacio y llevándolo a la plaza para que asumiera el poder, mientras la mujer de Hipacio, María, que era discreta y contaba con una grandísima reputación de prudencia, se agarraba a su esposo y no lo dejaba, al tiempo que entre gritos y gemidos ante todos sus allegados insistía en que el pueblo lo llevaba camino de la muerte. Aún así, arrollada por la muchedumbre, soltó ella contra su voluntad a su esposo, y a él, que también contra su voluntad había ido a la plaza de Constantino, la multitud lo llamaba a ocupar el trono imperial.Procopio, Guerra Persa, I xxiv, 22-24

Hipacio, Pompeyo y el antiguo prefecto del pretorio Juliano fueron llevados en volandas a la tribuna imperial en el Hipódromo para ser aclamados por todo el pueblo. El Cronicón Pascual nos informa que el infortunado Hipacio envió un mensaje a Justiniano a través del candidato Efrén para hacerle saber que seguía siendo leal y que sus enemigos estaban reunidos en el Hipódromo. Pero en ese ambiente de confusión a Efrén se le comunicó que el emperador había partido. Al saberlo Hipacio se resignó a recibir la corona mientras varios centenares de jóvenes de la facción Verde armados con corazas se ofrecieron para forzar la entrada del palacio.

En en este momento de supremo dramatismo cuando Procopio nos relata las atribuladas deliberaciones en el interior del palacio:

 Los del círculo del emperador estaban indecisos entre dos pareceres: si sería mejor para ellos permanecer allí o darse a la fuga en sus naves. Y se expusieron muchos argumentos en favor de uno y otro. Y Teodora, la emperatriz, dijo lo siguiente: “[…] Yo al menos opino que la huida es ahora, más que nunca, inconveniente, aunque nos reporte la salvación. Pues lo mismo que al hombre que ha llegado a la luz de la vida le es imposible no morir, también al que ha sido emperador le es insoportable convertirse en un prófugo. No, que nunca me vea yo sin esta púrpura, ni esté viva el día en el que quienes se encuentren conmigo no me llamen soberana. Y lo cierto es que si tú, emperador, deseas salvarte, no hay problema: que tenemos muchas riquezas y allí está el mar y aquí los barcos. Considera, no obstante, si una vez a salvo no te va a resultar más grato cambiar la salvación por la muerte. Lo que es a mí, me satisface el antiguo dicho que hay: “el imperio es hermosa mortaja”. Cuando la emperatriz habló así todos recobraron el ánimo y decididos ya a combatir, se pusieron a deliberar cómo podrían defenderse en el caso de que alguien viniera a atacarlos.Procopio, Guerra Persa, I xxiv, 32-38

La respuesta tomó varios caminos. El cubiculario y espatario Narsés, que compartiría más adelante con Belisario la responsabilidad de la conquista de Italia, utilizó sus habilidades diplomáticas para ganar con presentes y sobornos a miembros destacados de los Azules e inclinarlos a la defección. Estos comenzaron a aclamar a Justiniano y Teodora en el Hipódromo hasta que fueron silenciados. Habían comenzado a sembrarse las semillas de la discordia.

Una acción mucho más directa tuvo como protagonistas a Belisario y a Mundo. El primero con sus bucelarios y el segundo con mercenarios hérulos se dispusieron a salir de palacio. Mientras Mundo usaba la llamada Puerta del Caracol, Belisario se dirigió directamente a la tribuna imperial a través del pasadizo usado habitualmente por los emperadores. El general encontró la puerta cerrada y la negativa a abrirla de los soldados que la guardaban dentro. Belisario tuvo que retroceder sin conseguir nada para informar al emperador.

Justiniano le ordenó entonces que saliese por la Puerta de Bronce. Avanzando entre los escombros Belisario llegó hasta el Pórtico Azul, a la derecha del palco imperial. Su intención era desde allí subir a través de una portezuela para detener a Hipacio, pero el temor a verse acorralado en ese lugar estrecho le hizo tomar la decisión de atacar a la muchedumbre que se agolpaba en el Hipódromo. Espada en mano los hombres de Belisario se lanzaron al ataque contra un gentío desarmado que comenzó a retroceder presa del terror y la confusión. Al descubrir lo que estaba pasando Mundo atacó a su vez por la Puerta de la Muerte mientras Narsés ordenaba a sus hombres que ocupasen las puertas para impedir la escapada a los sublevados.

Lo que ocurrió a continuación fue una matanza. Las cifras de los muertos oscilan entre los 30.000 mencionados por Procopio y los 40.000 de Zonaras. Fuese como fuese la rebelión fue aplastada de un modo sangriento. En la confusión siguiente Justo y Boraides, primos del emperador, pudieron acceder al palco imperial y detener a Hipacio y Pompeyo, que fueron conducidos de inmediato a presencia del emperador.

Ambos eran inocentes de los cargos pero Justiniano ordenó que los llevasen a prisión. Al amanecer del día siguiente, lunes 19 de enero, ambos fueron ejecutados y sus cuerpos arrojados al Bósforo. Sus propiedades fueron confiscadas pero posteriormente Justiniano, consciente quizá de la involuntariedad de su culpa, decidió devolverlas a sus herederos. Según el testimonio de Zacarías el emperador estaba dispuesto a perdonarles la vida pero Teodora le exigió que fuesen castigados con la muerte. En expresión afortunada de Gibbon, el emperador había pasado demasiado miedo para perdonar.

El balance tras los cinco días de sublevación era desolador: buena parte de la ciudad destruida, miles de muertos y una oleada de confiscaciones y detenciones entre los partidarios o simplemente tibios con las facciones. Una gran quietud se apoderó de la ciudad. Las carreras fueron suprimidas, las facciones prohibidas y Justiniano, más poderoso que nunca, se vio con las manos libres para proseguir sus ambiciosos proyectos.

Mientras en la escena doméstica se daban los primeros pasos para un ambicioso programa de reconstrucción edilicia en la política exterior el emperador se decidió a involucrar al Imperio en una audaz política de ofensiva militar y diplomática para recobrar los viejos territorios perdidos en Occidente. El reino africano de los vándalos se convirtió en el primer objetivo y Belisario, recobrada ahora toda su influencia tras su decisivo papel en las revueltas de enero, se convirtió en el hombre elegido por Justiniano para hacer realidad su sueño.

 

El matrimonio de Belisario

 

Antonina, la famosa esposa de Belisario que tan frecuentemente aparece en la narración de Procopio durante la guerra en Italia, no es mencionada durante la guerra persa ni en relación con los acontecimientos de la sedición Niká, lo que ha llevado a los expertos a considerar que su matrimonio con Belisario debió tener lugar en algún momento entre 532 y el comienzo de la expedición a África al año siguiente. La ausencia de otros testimonios obliga a dejar la cuestión en ese punto.

Se estima la fecha de nacimiento de Antonina alrededor de 484, mucho mayor por tanto que su marido. La sórdida vida que le atribuye Procopio  le dio una fama escandalosa que el de Cesarea no se molesta en ocultar. De los presuntos hijos tenidos antes del matrimonio con Belisario se conocen a dos: Focio, que ya era un joven con edad suficiente para participar en la campaña de 535 y una hija de nombre desconocido que se casó con Ildiger, un destacado oficial de caballería que sirvió a las órdenes de Belisario en África e Italia.

La pareja tuvo una hija en común, Joanina, casada en 548 con Teodosio, nieto de Teodora, por insistencia de la emperatriz. Tras la muerte de Teodora ese mismo año Antonina obligó a la pareja a separarse.

Retrato de Antonina, esposa de Belisario

Retrato de Joanina, hija de Belisario

Antonina

Joanina

 

La aversión de Procopio por Antonina es palpable. Aunque hace mención elogiosamente de ella como mujer de coraje en la Historia oficial muestra clamorosamente en la Historia Secreta sus verdaderas opiniones y dedica sustanciosos pasajes a la mujer del general:

El abuelo y el padre de esta habían sido aurigas que habían desempeñado su oficio en Bizancio y Tesalónica, mientras que su madre era una de las que se prostituían en el teatro. Esta mujer, que había tenido antes una vida impúdica y un comportamiento disoluto, que había frecuentado a menudo a los hechiceros de su familia y adquirido de ellos los conocimientos que requería, finalmente se convirtió en la legítima esposa de Belisario cuando ya era madre de muchos hijos.Procopio, Historia Secreta, I 11-12

El de Cesarea no duda en relatar el adulterio de Antonina con Teodosio, un tracio arriano al que el propio Belisario había apadrinado tras convertirse a la ortodoxia y que, según Procopio, tuvo una relación adúltera con Antonina ya durante la campaña de África. También según Procopio es Antonina la causa principal del enfrentamiento entre Belisario y su subordinado Constantino en 538 mientras el ejército imperial estaba asediado en Roma. En este caso un comentario despectivo hacia su mujer sería la espoleta que provocaría el resentimiento de Belisario hacia Constantino y le llevaría a ordenar su muerte poco después.

La emperatriz Teodora también se ve entremezclada en esta relación. Como fiel amiga de Antonina la protegió con celo, llegando incluso a perseguir a Focio, hijo de Antonina, para defender la relación de esta con Teodosio.

El retrato íntimo y personal de Belisario en la Historia Secreta de Procopio contrasta grandemente con el elogioso tratamiento recibido en la Historia oficial. En este antirretrato vemos a un hombre disminuido, timorato, consentidor y dispuesto a someterse a cualquier indignidad debido a su débil carácter. Las relaciones sentimentales entre ambos se convierten en una farsa burlesca con la intervención de terceros, engaños, tesoros robados, criadas asesinadas por denunciar los manejos de su ama, hechizos y fugas que se convierten en un grotesco contrapunto del marmóreo retrato de Belisario conservado en la historia oficial.

 

Belisario y la conquista del reino vándalo

 

La conquista de Cartago por el vándalo Gicerico (428-477) en 439 dio lugar a la original creación de un reino germánico en África. Fue bajo el reinado del fundador el tiempo en que los vándalos gozaron de una mayor prosperidad, llegando incluso en 455 a saquear Roma. Su hijo y sucesor Hunerico (477-484), un arriano convencido, inició la persecución de la mayoría ortodoxa romano-africana. Esta política de enfrentamiento como modo de afirmación de la entidad propia vándala continuó con Guntamundo (484-496). Sólo tras la muerte de este y la llegada al trono de Trasamundo (496-523) finalizó el hostigamiento de los católicos, sustituyendo esa agresiva política por otra en la que se propició la conversión voluntaria al arrianismo mediante el debate y no la violencia. Su sucesor Ilderico (523-530) mantuvo esa línea de actuación aunque para entonces el enfrentamiento entre arrianos y católicos en África tenía demasiados muertos en la memoria para ser superada en paz.

Magnate vándalo

Magnate vándalo en un mosaico africano

 

En lo político los años de prosperidad e influencia vividos bajo Gicerico no pudieron ser replicados por sus sucesores. Aunque el estado vándalo seguía manteniendo una considerable fuerza naval las relaciones con el estado ostrogodo de Teodorico (474-526) pasaron por tensiones que culminaron en la prisión y muerte posterior de Amalafrida, hermana del rey ostrogodo que había estado casada con Trasamundo. La buena relación del nuevo monarca Ilderico con Justiniano no hizo mucho por mejorar las relaciones entre ambos estados.

En el frente interno la endémica resistencia de las tribus moras a la dominación de la administración vándala provocó graves derrotas en tiempos de Trasamundo e Ilderico que debilitaron la fuerza menguante del ejército vándalo. Enfrentado a la pérdida de influencia política y la crisis militar Ilderico respondió con una aproximación a Justiniano y el nombramiento como sucesor de su primo Gelimer.

Este, que como general había conseguido derrotar a los moros, pronto consideró demasiado débil la figura del rey. En mayo de 530, con el apoyo de la mayoría de los aristócratas vándalos, Gelimer se rebeló contra el rey y se proclamó su sustituto.

Campaña vándala de Belisario (533)

Mapa de la Guerra Vándala

 

El nuevo monarca no tardó en comprobar lo dificultoso de su tarea. En el plano exterior se encontró con la animosidad de Justiniano, que le reprochaba haber derrocado a su aliado. En el plano interior sus medidas provocaron pronto mucho descontento hasta el punto que en la periferia del reino Cerdeña y Tripolitania se rebelaron en 533, alentadas por el gobierno imperial.

Justiniano estaba dispuesto a intervenir en África aprovechando la oportunidad que se había presentado y para ello preparó una ofensiva diplomática. La reina regente en Italia, Amalasunta, se apresuró a ofrecer los puertos de Sicilia a la flota imperial. Con la colaboración goda asegurada Justiniano se apresuró a solventar sus obligaciones en otros lugares para poder tener manos libres en Occidente. La firma de la Paz Eterna en 532 permitió retirar tropas de Oriente a cambio, entre otras concesiones, de retirar los cuarteles del duque de Mesopotamia de Daras a Constantina y pagar 11.000 libras de oro.

Mapa reino vándalo

El reino vándalo en África (autoría de Guilhem de Encausse)

 

Una vez libre para actuar el emperador buscó al hombre adecuado para mandar una expedición tan arriesgada al otro extremo del Mediterráneo. Ese hombre fue Belisario.

Tras su destitución tras la batalla de Calínico y ser acusado por la comisión dirigida por Constanciolo, Belisario había sido reclamado a Constantinopla. Durante la sedición Niká su actuación fundamental le devolvió a los ojos del emperador todo su prestigio. Sus indiscutibles dotes como comandante; su conocimiento del latín, algo indispensable en occidente para un oficial en jefe que quisiera ganarse el favor de sus habitantes y su fama de honrado y cabal decidieron rápidamente en su favor. En febrero de 532, sólo semanas después del aplastamiento de la sublevación callejera, Belisario fue nombrado de nuevo magister militum per Orientem y puesto al mando de la expedición que se preparaba febrilmente para zarpar a Occidente.

Procopio en un pasaje bien conocido ha detallado la composición de las fuerzas enviadas a África:

Mientras tanto, no habiéndose enterado todavía el emperador de esto [el rechazo de Godas, el rebelde en Cerdeña, de aceptar compartir el mando con un oficial romano] preparaba un contingente de cuatrocientos soldados y a Cirilo en calidad de comandante para proteger la isla junto a Godas. Y además de estos tenía ya dispuesta para la partida la expedición militar contra Cartago, que estaba compuesta de diez mil soldados de infantería y cinco mil de caballería, reclutados de entre las tropas regulares  los federados […] Los jefes de los federados eran Doroteo, el general de las tropas de Armenia y Salomón, que actuaba como intendente del general Belisario­ –doméstico llaman los romanos a los que ejercen tal función –Salomón era un eunuco […] también estaban presentes Cipriano, Valeriano, Martino, Altias, Juan, Marcelo y Cirilo, del cual hice mención anteriormente; y de los soldados regulares de caballería los jefes eran Rufino y Aigán, que pertenecían a la casa de Belisario, así como Barbato y Papo, mientras que los que estaban al mando de la infantería eran Teodoro, al que le habían impuesto el sobrenombre de Ctéano [tesoro], y también Terencio, Zaido, Marciano y Sarapis. Y un tal Juan, originario de Epidamno, ciudad que ahora recibe el nombre de Dirraquio, ejercía el mando supremo sobre todos los jefes de la infantería […] Y a ellos los acompañaban cuatrocientos hérulos sobre los que mandaba Faras y alrededor de seiscientos bárbaros aliados del pueblo maságeta, todos arqueros a caballo; estos eran dirigidos por Sinión y Balas, ambos dotados de una bravura y resistencia excepcionales. Y el cuerpo expedicionario completo requería quinientas  naves, de las que ninguna podía transportar más de cincuenta mil medimnos más ciertamente tampoco menos de tres mil [entre 30 y 500 toneladas]. Y en todos los barcos navegaban un total de treinta mil marinos, egipcios y jonios en su mayor parte y también cilicios; y un solo comandante en jefe fue designado para la totalidad de la flota, Calónimo de Alejandría. Llevaban ellos además barcos largos equipados para una batalla naval en número de noventa y dos, pero de un solo orden de remos y que estaban provistos de unas cubiertas por encima para evitar que los remeros fuesen alcanzados por los dardos de los enemigos. Los hombres de ahora llaman a tales barcos drómones [corredores], dado que pueden navegar a gran velocidad. En estos navegaban dos mil bizantinos, todos soldados y remeros a la vez, pues entre ellos no había ni uno solo que fuese superfluo.Procopio, Guerra Vándala, III, xi, 1-17

Con Arquelao, antiguo prefecto del pretorio de Iliria como segundo al mando, Belisario recibió el mando supremo sobre el ejército expedicionario:

Sin embargo, como general con mando supremo sobre todos el emperador envió a Belisario, que asumía el mando de las tropas de Oriente por segunda vez. A este lo acompañaba una guardia personal compuesta por un buen número de oficiales y soldados [escuderos/δορυφοροι y lanceros/υπασπισται en la terminología de la época], hombres experimentados en los peligros que esta conlleva. El emperador le mandó una serie de indicaciones por escrito, comunicándole que ejecutara todas y cada una de las acciones como mejor le pareciera a él y que sus actos serían tan válidos como si fuese el emperador en persona el que los hubiera llevado a cabo. La carta, en efecto, le confería a él las prerrogativas de un emperador. Por cierto, Belisario era oriundo de Germania, ciudad que está situada entre Tracia e Iliria. De tal forma, pues, se desarrollaron estos acontecimientos.Procopio, Guerra Vándala, III, xi, 18-21

El ejército embarcó en Constantinopla en junio de 533. Como novedad Belisario iba acompañado de su esposa Antonina y su assessor y secretario Procopio. La flota zarpó con rumbo a Perinto para embarcar allí caballos de los criaderos imperiales en Tracia. Cuando los vientos fueron favorables la flota abandonó los Estrechos para internarse en el Mar Egeo. Durante su escala en Metona los comandantes Martino y Valeriano se unieron a la expedición con un contingente de tropas no especificado. Ante la falta de viento Belisario ordenó el desembarco de las tropas.

Fue en esta escala cuando se produjo un incidente de gravedad. El mal estado de la galleta repartida a los soldados provocó la muerte de 500 de ellos, según Procopio, por las medidas ahorrativas decididas por Juan de Capadocia.

Una vez provista con alimentos frescos la flota siguió avanzando en lentas jornadas hacia el Adriático. La falta de vientos obligó a racionar el agua pero al fin los primeros barcos de la expedición llegaron a aguas de Sicilia, a un lugar desierto cerca del monte Etna donde comenzaron a desembarcar.

Llegados a este punto Belisario necesitaba información actualizada sobre la situación a la que se iba a enfrentar:

Y Belisario, tan pronto como desembarcó en la isla, se sentía irritado al no saber qué hacer y lo que atormentaba a su mente era el hecho de ignorar qué tipo de hombres eran los vándalos aquellos contra los que se dirigía o cómo eran en relación con la guerra, ni de qué manera o desde qué base de operaciones debían lanzar sus ataques. Pero, por encima de todo, lo intranquilizaba la actitud de sus soldados, que sentían un miedo terrible a una batalla naval […] Estando preocupado por todas esas cosas envió a Procopio, su consejero, a Siracusa con el fin de averiguar si los enemigos tenían naves emboscadas vigilando el paso o en la isla o en la parte continental y también en qué lugar de Libia sería mejor para ellos anclar, así como la base de operaciones de la que les convenía lanzarse para llevar a buen término la guerra contra los vándalos.Procopio, Guerra Vándala, III, xiv, 1-3

En esta ocasión el historiador Procopio se convierte en protagonista de los mismos hechos sobre los que escribiría en el futuro. El consejero de Belisario viajó a Siracusa con el pretexto de comprar víveres y pudo saber por un mercader amigo que había regresado sólo tres días antes de Cartago que la ciudad y los vándalos eran totalmente desconocedores de su presencia en estas aguas. Todavía más importante, Procopio supo por él que todos los hombres útiles habían partido a Cerdeña para combatir a Godas el rebelde y que Gelimer estaba en Hermíone, a cuatro días de viaje de la capital.

Sin dudarlo el futuro historiador tomó al hombre y lo condujo a Caucana, donde esperaba la flota. Allí encontró a la expedición de luto por la muerte por enfermedad de Doroteo, el magister militum per Armeniam. En medio de esa desgracia las noticias que llegaban de Cartago animaron a Belisario y se dio la orden de partida inmediata.

La flota pasó a la altura de Gozo y Malta hasta fondear en Caput Vada [actual Rass Kabudia] cerca de Ruspe en la costa de Bizacena sobre el 30 o 31 de agosto. Antes de proceder al desembarco se produjo un consejo en el que Procopio hace exponer a través de los discursos de los protagonistas el dilema sobre la conveniencia de desembarcar de inmediato (como deseaba Belisario) o la alternativa de navegar hasta Cartago y desembarcar en el mismo corazón del territorio enemigo, como defendía Arquelao.

Tras prevalecer la postura del general en jefe el ejército desembarcó y construyó de inmediato un campamento fortificado mientras la flota asumía la protección a corta distancia de la costa. Después de tres meses de viaje el ejército imperial estaba preparado para enfrentarse a su destino.

 

Belisario y la batalla de Décimo

 

El ejército romano inició su avance usando todo tipo de cautelas tanto en su orden de marcha como en el comportamiento con la población local. Al tercer día de avance pudo tomar pacíficamente Silecto. Tras interceptar a uno de los mensajeros reales y enviar un mensaje de Justiniano a los magistrados vándalos en el que se presentaba la justicia de la causa, Belisario dispuso en orden de combate a su ejército a la espera de un próximo contacto con las fuerzas vándalas.

Era hora. Gelimer había recibido la noticia del desembarco romano. Su primera decisión fue ordenar a su hermano Amatas que ejecutase a Ilderico y a otros cautivos en Cartago y reuniese a todos los hombres disponibles para atrapar a los romanos en Ad Decimum, la décima piedra miliar. Dispuso luego la puesta a salvo de su tesoro, con órdenes de enviarla a Hispania en caso de que la situación empeorase y después se puso al frente de sus tropas para combatir al enemigo.

El ejército romano avanzó preparado para combatir. Al frente 300 bucelarios escogidos al mando de Juan el Armenio, optio [intendente] de la casa de Belisario, en misión de descubierta a unos veinte estadios [unos 3,6 kms.] por delante del ejército. Los 600 hunos de Sinión y Balas se colocaron en el flanco izquierdo a la misma distancia que Juan del cuerpo principal del ejército. Belisario se dispuso en la retaguardia con sus bucelarios y las mejores tropas, consciente de que el ataque de Gelimer debería llegar en esa dirección. El resto del ejército se situó en el centro, con la flota avanzando en paralelo pegada a la costa.

Belisario en África

Belisario en África
 

Avanzando con esa disposición a una media de 80 estadios [14,5 Kms.] al día, el ejército superó Leptes y Adrumeto hasta detenerse en el lugar de Grase, a unos 63 Kms. de Cartago. Al atardecer de ese día se produjo la primera escaramuza entre los exploradores de Gelimer y los romanos. Al día siguiente la calzada se adentraba en tierra mientras que la costa curvaba hacia el norte. Por orden de Belisario Calónimo y Arquelao condujeron a la flota a un fondeadero en las inmediaciones del Golfo de Cartago, a unos 36 kms. de la capital. Mientras tanto el ejército siguió camino hasta llegar al día siguiente a Décimo, según palabras de Procopio, a setenta estadios de Cartago.

El lugar parecía propicio para una emboscada. Y Gelimer necesitaba vencer a los romanos para unir sus tropas con las procedentes de Cartago. Se estima que el rey vándalo podía tener consigo entre 5.000 y 6.000 hombres y su hermano Amatas unos 6.000 o 7.000, lo que le impedía enfrentarse a los romanos en una batalla campal, pero sí dar un golpe por sorpresa si el terreno era propicio.

El plan ideado por Gelimer era simple: las tropas de Amatas llegaría desde Cartago y bloquearían la salida norte del valle. Su misión era llegar allí antes que los romanos, atacar a la vanguardia y hacerla retroceder sobre el resto del ejército en desorden. Cuando la batalla estuviese en marcha Gelimer avanzaría desde el sur para completar la derrota de los imperiales.

La efectividad del plan dependía por entero de la elección del momento justo para desencadenar los ataques. Según nos informa Procopio tres rutas conducían al lugar donde tendría lugar la batalla y ninguna era visible para las otras a causa de los montuoso del terreno. La coordinación de los ataques por tanto era primordial:

  • La primera carretera era la calzada costera por la que avanzaba el ejército romano. Amatas avanzaría también por ella pero desde dirección opuesta.
  • Una segunda ruta llegaba desde el sur y fue la utilizada por Gelimer para acercarse a Décimo. Poco antes del paso la calzada se unía a la ruta empleada por los romanos, por lo que Gelimer esperaba una sorpresa completa al atacar en ese punto concreto.
  • La tercera ruta discurría más al interior en dirección a Cartago. Temeroso de que una pequeña fuerza romana pudiera infiltrarse y alcanzar una Cartago indefensa, Gelimer envió a su sobrino Gibamundo con 2.000 hombres para ocuparla. Según Procopio su misión era realizar un ataque de flanco sobre las tropas romanas.

La batalla de Décimo se desarrolló en cuatro fases:

Preliminares:

 

En las primeras horas del cuarto día después de la invasión, las tropas mandadas por Amatas comenzaron a salir de Cartago hacia el punto de reunión mientras él mismo se adelantaba para reconocer el lugar. Por su parte Belisario se acercaba en dirección opuesta. Cuatro millas antes del paso el ejército romano alcanzó una posición adecuada para servir de campamento [probablemente la llanura de Mornag]. Belisario dejó allí la infantería y los bagajes y confiándoles la seguridad de su esposa Antonina condujo el resto de la caballería al encuentro de los vándalos en la tarde de ese cuarto día. Su objetivo era comprobar la solidez y la composición del ejército enemigo antes de retirarse a la seguridad de su campamento. En consecuencia envió a Salomón con los federados para unirse a Juan de Armenia sin saber que este ya estaba combatiendo contra las avanzadillas vándalas. La batalla de Décimo había comenzado.

 

Fase I: derrota de Gibamundo

 

Según el testimonio de Procopio dos enfrentamientos tuvieron lugar simultáneamente. Cerca del mediodía Gibamundo y sus dos mil jinetes se encontraron de repente con los maságetas mientras marchaban por la tercera ruta en la proximidad de Pedio Halón [La llanura de las sales, probablemente El Bahira, a unos 7 km. de distancia de Décimo]. Los feroces arqueros hunos se lanzaron sobre ellos, mataron al propio Gibamundo y, según el testimonio de Procopio, aniquilaron hasta el último de los vándalos.

 

Fase II: derrota de Amatas

 

En esos mismos momentos Amatas, que se acercaba hacia Décimo, había cometido el gravísimo error de no concentrar sus tropas sino permitir que se fuesen incorporando por grupos, lo que destruyó su capacidad como unidad de combate. En esa misma hora del mediodía Amatas llego al paso al mismo tiempo que los bucelarios de Juan el Armenio. El hermano del rey realizó prodigios de valor, matando por su mano a doce de los guardias de Belisario antes de caer él mismo muerto. Los supervivientes de su tropa escaparon precipitadamente hacia Cartago perseguidos por Juan y los suyos, provocando con su huida la retirada de los demás grupos que en ese momento seguían avanzando hacia el paso. Juan llegó hasta las puertas de la ciudad en su persecución. Los cuerpos de los muertos jalonaban todo el camino según el testimonio ocular de Procopio. Los vencedores se retiraron lentamente deteniéndose para despojar los cadáveres de los vencidos a medida que los encontraban.

 

Fase III: la llegada de Gelimer

 

Mientras estos acontecimientos tenían lugar los federados al mando de Salomón llegaron al lugar donde se produjera el enfrentamiento entre Amatas y Juan el Armenio y encontraron los cadáveres. Estaban allí presentes habitantes de la zona a los que interrogaron sobre lo que había pasado. Sin saber qué hacer Salomón decidió retirarse con los suyos a una altura cercana para inspeccionar el terreno. Allí descubrieron una nube de polvo que se acercaba desde el sur. Sospechando que se trataba del rey vándalo y su ejército los jefes de los federados se apresuraron a enviar un mensaje a Belisario pidiéndole que avanzase a toda prisa para apoyarles.

Entre las tropas de Gelimer y los federados había una colina que ofrecía una magnífica posición para dominar toda el área. Ambos bandos reconocieron la importancia de apoderarse de ella para tener ventaja sobre el enemigo. Unos y otros se lanzaron a la carrera para llegar antes a la cima.

Los vándalos fueron los primeros en alcanzarla. Aprovechando su posición y su mayor número cargaron sobre los romanos y les hicieron huir. Los federados escaparon despavoridos en busca de Belisario y se encontraron a uno de sus oficiales, Uliaris, que ocupaba una posición adelantada con 800 bucelarios del general. Si los federados esperaban que Uliaris se uniese a ellos para hacer frente al  ataque vándalo se vieron decepcionados. Los bucelarios dieron la vuelta y todos juntos cabalgaron a toda velocidad para reunirse con Belisario. Cuando los fugitivos alcanzaron el campamento Belisario puso orden en las filas y reprendió severamente a estos por su comportamiento. Tras escuchar sus informes y considerando que tras los acontecimientos Gelimer ya no gozaba de superioridad numérica ordenó el avance a toda velocidad hacia Décimo.

Mientras tanto Gelimer se encontró dueño del campo de batalla. En ese clímax de la batalla en el que todo estaba en juego todavía el ánimo del rey se quebró. Procopio relata así este trascendental momento:

Desde ese momento en adelante no soy capaz de decir qué fue lo que le ocurrió a Gelimer que, teniendo en sus manos la victoria en la guerra, la puso voluntariamente en manos de los enemigos […] Pues, por una parte, si hubiera llevado a cabo la persecución inmediatamente, yo creo que ni siquiera el propio Belisario le habría ofrecido resistencia, sino que nuestra causa, por el contrario, habría estado total y absolutamente perdida: tan numerosa parecía a nuestros ojos la muchedumbre de vándalos y el miedo hacia ellos que inspiraba a los romanos. Y si Gelimer se hubiera dirigido a caballo directamente a Cartago habría matado sin dificultad a todos los hombres que estaban bajo el mando de Juan, los cuales, despreocupadamente, estaban recorriendo la llanura uno a uno o por parejas despojando a los que yacían muertos. Y además, él habría mantenido a salvo de peligros a la ciudad con sus tesoros y se habría apoderado de nuestros barcos, que no estaban a mucha distancia, y nos habría quitado toda esperanza tanto de regresar por mar como de obtener la victoria. Pero la realidad es que no hizo ninguna de las dos cosas, sino que por el contrario, descendió de la colina al paso y, una vez que estuvo en terreno llano y vio el cadáver de su hermano, se dio a los lamentos y, como se cuidó de su enterramiento, le restó entonces fuerza al momento álgido de su oportunidad de vencer, momento del cual, ciertamente, ya no podría disfrutar más.Procopio, Guerra Vándala, III xix, 25-29

Es más justo ver en la reacción del rey la incertidumbre sobre lo que había sucedido allí. En lugar de encontrar a su hermano y sin información visual ante lo abigarrado del terreno es comprensible que creyese que el ejército romano había logrado adelantarse y marchaba camino a Cartago. Ante esa situación se ofrecía la opción de avanzar para atacar a los romanos por la espalda sabiendo que lo haría en desventaja numérica o enviar un mensaje a su hermano Tzazón para que retirase a sus 5.000 hombres de Cerdeña y se reuniese con él. Mientras se debatía sobre la decisión más acertada el desastre se abatió sobre el ejército vándalo.

 

Fase IV: la llegada de Belisario y la derrota de Gelimer

 

Las tropas de Belisario llegaron al lugar y atacaron de inmediato al desorganizado ejército vándalo. Creyendo que el camino a Cartago estaba bloqueado por otra fuerza romana, y totalmente desorientados sobre lo que había ocurrido, los vándalos escaparon a la llanura de Bula en Numidia, a cuatro días de viaje para un viajero desenvuelto (144 Kms.) en palabras de Procopio. Si Gelimer hubiese sabido cuál era la situación ante él podría con toda facilidad haber derrotado a los hombres de Juan el Armenio y reforzar la guarnición de Cartago. En vez de eso prefirió la huida a Numidia amparándose en sus recientes alianzas con los moros locales.

Con Gelimer ausente no había en Cartago tropas suficientes para su defensa o impedir que la población africana abriese las puertas a los romanos. Además las murallas se encontraban en mal estado y no podían resistir un sitio. Cartago era ahora una ciudad al alcance del ejército imperial. Belisario había vencido.

Al día siguiente el ejército reunido se puso en marcha hacia Cartago, a donde llegó al atardecer. Belisario dispuso que las tropas acamparan fuera aunque las puertas estaban abiertas y las lámparas encendidas para recibirles como medida de precaución en caso de una posible emboscada vándala en el interior de la ciudad.

Mientras estos acontecimientos tenían lugar la flota había alcanzado el promontorio de Mercurio [Cabo Bon] y, tras conocer la noticia de la victoria, fondearon en Estagno a cuatro millas y media de la ciudad por miedo a las tormentas ciprianas, que azotaban esas costas alrededor de la fiesta del santo [16 de septiembre]. Tras echar el ancla Calónimo envió una partida a tierra desobedeciendo las órdenes de Belisario. Los marinos saquearon las propiedades de los comerciantes que vivían junto al mar en el puerto de Mandracio.

En la mañana del sexto día, el 4 o 5 de septiembre, las tropas romanas entraron ordenadamente en la ciudad. Belisario tomó posesión del palacio de Gelimer y comenzó a recibir en audiencia a los ciudadanos. Antes de que acabase el día los vándalos que se habían refugiado en los santuarios recibieron garantías de buen trato y se entregaron.

Tras la victoria no hubo tiempo para el descanso. A la vista del ruinoso estado de las fortificaciones de la ciudad Belisario ordenó como tarea primordial para todo el ejército la reparación de las murallas. Se empleó a los locales para excavar un foso protegido con estacas y tras proteger el recinto se procedió a reparar los lienzos de los muros más afectados.

Durante las siguientes semanas ambos bandos se aplicaron febrilmente a prepararse para la inevitable confrontación. Belisario permaneció en Cartago organizando las tareas de reconstrucción mientras Salomón viajaba a Constantinopla para anunciar la victoria al emperador. Por su parte entre los vándalos Tzazón, el hermano del rey, había completado la derrota del rebelde Godas. El mensajero enviado a Cartago para anunciar la victoria se encontró a los romanos dueños de la ciudad. Tras conocer la derrota de Godas Cirilo, que había viajado a Cerdeña con sus 400 hombres, se dirigió a Cartago donde sus soldados fueron un excelente refuerzo para las tropas romanas.

El rey Gelimer seguía en la llanura de Bula, donde había intentado hacer efectiva su alianza con las tribus moras. Muchas de estas no mostraron interés en cumplir sus compromisos y, al contrario, se apresuraron a enviar embajadas a Cartago para reclamar los tradicionales distintivos que simbolizaban su poder:

En efecto, era ley entre los moros que nadie, aunque fuese enemigo de los romanos, gobernase sobre ellos hasta que el emperador de los romanos no le hubiese proporcionado los distintivos que simbolizaban su poder. Y aunque ya los habían recibido de los vándalos no consideraban que la autoridad que ellos tenían fuese sólida. Estos distintivos eran un cetro de plata recubierto de oro y un bonete también de plata que no cubría la cabeza entera, sino que, como una corona, se sostenía en su sitio por todos lados por medio de unas bandas de plata, una especie de capa pequeña blanca que se recogía con un broche dorado sobre el hombro derecho en forma de clámide tesalia y una túnica blanca con bordados, así como una bota chapada en oro. Y efectivamente Belisario les mandó todos esos distintivos, obsequiándolos además a cada uno de ellos con una gran cantidad de dinero.Procopio, Guerra Vándala, III, xxv, 5-8

Los jefes moros no se comprometieron a participar en la guerra, pero sí aseguraron su neutralidad, lo que convenía igualmente a los planes de Belisario.

Aunque no podía contar más que con una pequeña cantidad de tropas moras Gelimer podía recurrir a las fuerzas de su hermano. Un mensaje urgente fue enviado a Tzazón para que se reuniese con él en Bula. Cuando ambos hermanos estuvieron reunidos el ejército vándalo emprendió la marcha hacia Cartago, sabedor de que en una única batalla se podía decidir la suerte de la guerra.

Cuando el ejército vándalo se acercó a las afueras de la ciudad procedió a cortar el acueducto y acampó en las cercanías, esperando ganarse la voluntad de las poblaciones vecinas. Otra de sus esperanzas era ganarse el favor de las tropas arrianas que militaban en el bando romano. Aprovechando el descontento de los hunos, que habían sido conducidos a esta campaña sin su consentimiento y deseaban regresar al este, Gelimer pudo conseguir un principio de acuerdo con ellos para traicionar a los romanos.

Belisario estaba alerta. La vigilancia se intensificó y la pena capital a un cartaginés acusado de traición disuadió a muchos otros de seguir su camino. En la delicada cuestión de la fidelidad de los hunos la táctica empleada por el general fue la de la entrega de dádivas y agasajos hasta que estos confesaron la oferta y aceptaron mantener su fidelidad contra la promesa solemne de Belisario de que, al final de la campaña, regresarían a sus tierras.

Una vez asegurada la situación Belisario se sintió en condiciones de sacar a su ejército de Cartago y oponerlo al enemigo. Habían pasado tres meses desde el inicio de la campaña cuando el 13 de diciembre de 533 se dirigió a sus tropas para arengarlas y ese mismo día hizo salir a toda la caballería y a los bucelarios, a excepción de una reserva de 500 hombres, y los puso a las órdenes de Juan el Armenio.

Juan recibió orden de escaramuzar con el enemigo si se ofrecía la oportunidad, pero de ningún modo tenía que entrar en un combate general. Al día siguiente Belisario partió con el resto del ejército en dirección a Tricamaro, localidad situada a unos 25 kms. de Cartago. Los dos ejércitos acamparon a una distancia prudencial unos de otros y se prepararon para el encuentro definitivo. El día podría haber sido el 14 o 15 de diciembre.

 

La batalla de Tricamaro

 

Al mediodía del día siguiente Gelimer sacó a sus tropas fuera del campamento y las dispuso en formación de batalla ante un arroyo que les separaba de las líneas romanas. La razón de tomar la iniciativa puede haber estado en su superioridad numérica sobre las fuerzas de Belisario, que en ese momento no superaban los 5.000 jinetes ante el retraso de la infantería, todavía en camino. El ejército vándalo podría constar de unos 15.000 hombres en esos momentos.

Los romanos se vieron sorprendidos por la iniciativa de Gelimer y se apresuraron a formar también al otro lado del arroyo. En el centro Juan el Armenio seguía al mando con los bucelarios y el estandarte de Belisario. En el ala izquierda Martino, Valeriano, Juan, Cipriano, Altias y Marcelo mandaban sus contingentes de caballería. En la otra ala formaban Papo, Barbato, Aigan, con los hunos de Faras separados.

Enfrente las tropas de Tzazón, las más escogidas, ocupaban el centro. Tras las líneas vándalas una tropa de aliados moros que no se apresuraron a entrar en combate hasta conocer el bando vencedor.

El combate comenzó con algunas partidas de caballería romana adelantándose para hostigar al enemigo. El plan era provocar a la formación vándala para hacerle perder cohesión o reducir sus números a distancia en una modalidad de combate en la que los hombres de Belisario eran expertos.

Los romanos realizaron una primera carga sin éxito. La segunda, en la que Juan el Armenio tomó parte personalmente, tampoco consiguió arrastrar a los vándalos a cruzar el arroyo. Tras comprobar que las alas no se habían movido para apoyar al centro Juan lideró una tercera carga masiva por el centro. En el combate que tuvo lugar Tzazón  cayó muerto.

El desánimo hizo presa en el centro del dispositivo vándalo. El terror se contagió y en un corto espacio de tiempo todo el ejército se retiró precipitadamente a su campamento. Incapaz de aprovechar el momento por la ausencia de la infantería, Belisario ordenó detener la persecución y esperó a que llegase el resto del ejército. En el campo se encontraron 800 vándalos muertos por cincuenta romanos, lo que era una señal clara del alcance de la victoria.

Por la tarde la infantería llegó finalmente al campamento. Belisario dispuso de inmediato todo el ejército y se preparó para atacar el campamento vándalo.

No fue necesario. El rey Gelimer había huido acompañado de sus allegados. Sin su rey todo el ejército se dispersó. El ejército romano pudo entrar sin oposición en el campamento y tomó posesión de un abundante botín. Esa noche la embriaguez de la victoria se apoderó de las tropas y sólo a la mañana siguiente fue capaz Belisario de restablecer la disciplina entre sus hombres. Juan el Armenio fue enviado con 200 hombres para capturar a Gelimer mientras que los vándalos refugiados en los santuarios cercanos recibieron garantías y fueron enviados a Cartago bajo escolta. Desde ese día el reino vándalo había dejado de existir.

Entre las razones para esta rápida victoria se pueden citar las de tipo técnico, como la falta de respuesta vándala para los arqueros a caballo romanos y las dudas del rey sobre las acciones más adecuadas para contrarrestar a sus enemigos en el campo de batalla. La razón de la huida de Gelimer no es achacable a falta de valor, sino a la pérdida de apoyo entre los nobles vándalos por su falta de éxito en la guerra y, probablemente, a la muerte en combate de buena parte de sus seguidores más fieles. Sin apoyos claros ni una voluntad decidida entre los suyos Gelimer probó a escapar antes de ser muerto o entregado a los romanos.

En cuanto a Belisario, sus notables victorias en Décimo y Tricamaro tienen en común que, por distintas razones, las consiguió sólo con una fracción de sus tropas, lo que en otras circunstancias y un rival más decidido, podría haber sido la causa de su fracaso.

 

El fin del África vándala

 

Tras la gran victoria de Tricamaro la persecución de Gelimer continuó sin pausa durante cinco días y sus noches. Cuando estaba a punto de ser alcanzado Gelimer se vio librado de sus perseguidores por un desgraciado incidente que le costó la vida a Juan el Armenio. Gelimer continuó su camino hasta Hipo Regio y de allí a Médeos, ciudad en las laderas del monte Papúa [situado por los expertos en la región de Krumiria en Túnez], a unos diez días de distancia de Cartago.

Belisario encomendó el sitio de la plaza a Faras el hérulo mientras él mismo regresaba a Hipo Regio para ocuparse de los vándalos refugiados allí. Es en estos momentos cuando Bonifacio, el hombre de confianza de Gelimer, se vio atrapado en el puerto de esa ciudad y ofreció el tesoro del rey vándalo a Belisario a cambio de su propia seguridad. Tras regresar a Cartago Belisario dispuso el envío de varios contingentes al resto de los territorios gobernados por los vándalos. Cerdeña, Córcega, Septem [Ceuta], las Baleares, Cesarea de Mauritania y Trípolis fueron sus destinos. Puedes leer ese relato en la entrada sobre la España bizantina.

El sitio de Médeos siguió durante semanas. Tras un asalto infructuoso Faras intercambió mensajes con Gelimer invitándole a rendirse. A pesar de su rechazo inicial el impresionable monarca fue incapaz de soportar la miseria del lugar y finalmente  en marzo de 534 aceptó a cambio de garantías de su bienestar. Cipriano, el jefe de los federados, acudió para escoltarlo a Cartago y llevarlo ante Belisario:

 Y daba la casualidad de que Belisario se encontraba descansando durante un tiempo en el suburbio de la ciudad que llaman Aclas, y fue precisamente en este lugar donde Gelimer entró a verle, riéndose de una forma que ni era normal ni capaz de ser disimulada, por lo que algunos de los que le contemplaban tuvieron la sospecha de que él, a consecuencia de lo excesivo de sus sufrimientos, había cambiado completamente su modo de ser y que, ya delirando, sufría un ataque de risa que no respondía a motivo alguno […] Por su parte Belisario, al informar al emperador de que Gelimer estaba como prisionero en Cartago, le pedía permiso para llevarlo a Bizancio con él. Y, al mismo tiempo, puso bajo vigilancia tanto a Gelimer como a todos los vándalos sin privarlos de sus derechos y dejó preparada la flota.Procopio, Guerra Vándala IV, vii, 13-17

En ese mismo tiempo Belisario envió una partida para reclamar Lilibeo [Marsala en la costa occidental de Sicilia] que había sido cedida por Teodorico al reino vándalo como dote de su hermana Amalafrida al casarse con Trasamundo en torno al año 500. Los ostrogodos rechazaron su propuesta y en el intercambio de embajadas que siguió se tomó la decisión de remitirse a Justiniano para un arbitraje. La evolución política en Italia hizo que este asunto quedara pronto relegado en el olvido.

El valor de un guerrero

En la narración de Procopio se dedica mucho espacio a alabar las proezas individuales de los lanceros y escuderos al servicio de los oficiales imperiales. Uno de esos episodios tuvo lugar durante la lucha contra las tribus moras. Altias, el comandante de los federados, derrota con su sólo valor a un rival muy superior en Centurias, a poca distancia de Tigisis. Así es cómo lo cuenta Procopio:

“Sin embargo durante el tiempo en que sucedieron estos acontecimientos en Bizacio, Yaudas, que gobernaba a los moros en el Aurasio, llevándose a más de treinta mil hombres aptos para el combate, saqueaba los territorios de Numidia y reducía a la condición de esclavos a muchos de los libios. Se dio la circunstancia de que Altias se encontraba en Centurias, el cual tenía a su cargo la vigilancia de los fuertes de aquella comarca, y éste, ardiendo en deseos de arrebatarles a los enemigos algunos de los prisioneros, salió fuera de la fortaleza en compañía de los hunos que estaban a sus órdenes, unos setenta aproximadamente”.

El valeroso Altias no encuentra un desfiladero donde apostarse, pero cerca de Tigisis un manantial en un lugar favorable le permite aprovechar sus escasos recursos cuando se presentaron los moros de Yaudas:

“Más cuando descubrieron [los moros] que el agua estaba vigilada por los enemigos, todos se detuvieron sin saber qué debían hacer, habiendo gastado ya la mayor parte de sus energías por culpa de su ansia de beber; razón por la cual Yaudas llegó para parlamentar con Altias y le prometió entregarle la tercera parte de su botín a condición de que los moros pudiesen beber todos. Sin embargo Altias no estaba dispuesto en modo alguno a dar su consentimiento a tal propuesta, sino que por el contrario le hizo la proposición de que luchara contra él en combate singular por el botín. Y tras aceptar Yaudas el desafío se acordó que si Altias resultaba derrotado los moros podrían beber. Entonces todo el ejército entero de los moros se alegró de este acuerdo, al sentirse esperanzado de que Altias fuese vencido, puesto que este último era delgado y de escasa corpulencia, mientras que Yaudas era el más lozano y mejor dotado para el combate de entre todos los moros. Por tanto ambos montaron entonces a caballo y Yaudas disparó primero su lanza, la cual Altias, mientras iba en dirección a él, fue capaz de agarrarla con su mano derecha de forma inesperada, llenando de estupor a Yaudas y al resto de los enemigos. Y tras tender su arco de inmediato con su mano izquierda, pues era ambidextro, disparó al caballo de Yaudas y lo mató. Al caer este al suelo, los moros trajeron a su jefe un segundo caballo, sobre el cual saltó Yaudas y al instante se dio a la fuga, seguido por el ejército de los moros en completo desorden. Entonces Altias, tras arrebatarles los prisioneros de guerra y la totalidad del botín, adquirió una gran reputación por toda Libia a raíz de esta hazaña”.

Procopio, Guerra Vándala, IV, xiii 1-17

Altias conde de los Federados

La proeza bélica de Altias, conde de los federados, en Tigisis (J. Shumate)

 

Antes de concluir el relato de la conquista del África podemos detenernos en el papel de Antonina y la razón de su presencia en la campaña. Si, como parece probable, el matrimonio era muy reciente y había sido celebrado por razones de interés político (la amistad de Antonina con Teodora la convertía en su confidente y su presencia en África un modo de controlar las acciones de Belisario), la falta de sentimientos podría explicar la infidelidad de Antonina con Teodosio en el mismo inicio de la campaña, denunciada por Procopio en su Historia Secreta. A pesar de ser sorprendidos por Belisario, este no hizo nada para denunciar a su esposa, lo que puede ser entendido por el temor a ser castigado y depuesto  a instancias de la emperatriz. En cualquier caso la relación entre ambos parece extremadamente compleja.

Mapa conquista de África

La conquista de África por Belisario (autoría de Guilhem de Encausse)

 

Por estas mismas fechas Belisario ocupó su tiempo en la reorganización de los nuevos territorios. La promulgación de nueva legislación imperial fechada en abril de 534 estableció la estructura administrativa del África romana y puso las bases para su gobierno. Es en estos momentos cuando Procopio nos informa de una conspiración entre la oficialidad dirigida contra Belisario con la intención de socavar su posición acusándole de querer convertirse en tomar la corona para sí mismo:

 Así pues, de esta forma terminó la guerra vándala. Sin embargo la envidia, como suele suceder en medio de una situación de gran prosperidad, estaba ya creciendo contra Belisario, aun cuando él no proporcionaba pretexto alguno para que aquella se produjese. En efecto, algunos de sus oficiales lo calumniaron ante el emperador, acusándolo sin ningún fundamento de que estaba interesado en establecer un reino para sí mismo. No obstante el emperador no desveló públicamente estas acusaciones, ya sea porque no hizo caso de la calumnia, ya sea incluso porque lo consideró preferible. Sin embargo envió a Salomón y le dio a Belisario la oportunidad de elegir cuál de las dos opciones era de su agrado: o venir a Bizancio con Gelimer y los vándalos, o bien permanecer allí y despachar a aquellos. Y Belisario, pues no se le ocultaba que sus oficiales le estaban acusando de querer instalarse en el poder supremo, estaba ansioso por llegar a Bizancio, para poder librarse de la acusación y vengarse de sus calumniadores.Procopio, Guerra Vándala, IV, viii, 1-5

En vísperas de la partida se tuvo noticia en Cartago de una rebelión entre las tribus moras. Impaciente por abandonar África, Belisario confió buena parte de sus bucelarios a Salomón con orden de sofocarla y él mismo se embarcó con Gelimer, un buen número de prisioneros vándalos y el tesoro real. Poco podía prever que la inquietud de las tribus moras sería la causa de agotadoras guerras en el futuro. La llegada de los recaudadores Trifón y Eustracio para revisar las contribuciones y sus duras medidas contra los nativos y los vándalos arrianos provocarían una gran perturbación en África. Un último error: las pagas del ejército no fueron enviadas. Las consecuencias de tantos errores se pondrían muy pronto en evidencia.

Pero por ahora el momento del triunfo pertenecía por entero a Belisario. A su llegada a Constantinopla tuvo el recibimiento de un héroe:

Belisario, al llegar con Gelimer y los vándalos a Bizancio, fue considerado merecedor de las honras que en épocas anteriores se les habían dispensado a los generales romanos que ciñeron coronas por las victorias más importantes y soñadas. Hacía ya mucho tiempo, alrededor de seiscientos años, que nadie recibía tales honras, si exceptuamos a Tito, Trajano y a todos los demás emperadores que movilizaron un ejército contra alguna nación bárbara y vencieron. Y, en efecto, haciendo gala del botín y de los prisioneros de guerra, Belisario condujo por medio de la ciudad el desfile que los romanos llaman triunfo, pero no a la antigua usanza, sino a pie desde su casa hasta el hipódromo, y una vez allí, caminó de nuevo desde los arrancaderos [carceres, lugar de partida de los carros] hacia el sitio justo donde está el trono imperial […] El emperador Justiniano y la emperatriz Teodora obsequiaron con bastantes riquezas a los hijos de Ilderico y a sus descendientes y a todos los de la familia del emperador Valentiniano y a Gelimer le dieron unas tierras en Galacia nada despreciables y le permitieron vivir allí junto con sus familiares. Entre los patricios, sin embargo, no quedó inscrito Gelimer porque no quería abandonar la fe de Arrio. Poco después Belisario celebró también el triunfo con arreglo a la antigua costumbre. En efecto, accedió al consulado y vino a ser portado a hombros por los prisioneros y mientras lo llevaban en la silla curul él iba lanzando al pueblo el propio botín de la guerra contra los vándalos. Objetos de plata, cinturones de oro y una gran cantidad del resto de las riquezas vándalas, de todo eso se apoderó el pueblo a empellones a raíz del consulado de Belisario y así pareció restablecerse algo que ya no era costumbre desde hacía tiempo.Procopio, Guerra Vándala, IV, ix, 1-9

El héroe podía reposar después de una campaña gloriosa que lo situaba como el general más prestigioso del Imperio. Sin embargo no habría mucho tiempo para el descanso. Nuevas empresas esperaban en Occidente, donde la diplomacia de Justiniano había puesto las miras en otro reino germánico.

 

Belisario en Sicilia

 

El reinado de Teodorico había sido largo y próspero para los ostrogodos.  A su muerte en 526 dejaba una Italia pacificada y fortalecida por alianzas con los reinos vecinos. La sucesión de Teodorico recayó en su nieto Atalarico, menor de edad entonces, a través de la tutela de su madre Amalasunta. Mujer educada y deseosa de mantener buenas relaciones con el Imperio, su política pronto incurrió en el desagrado de una amplia facción de los magnates ostrogodos que recelaban de una política prorromana. Su oposición tomó forma en una lucha por el control de la educación de Atalarico.

Amalasunta vio como sus esfuerzos por gobernar se topaban con resistencias cada vez mayores. La oposición interna y la amenaza de los francos en el norte empeoraron su situación. Fue en ese tiempo cuando concedió a la flota de Belisario permiso para recalar en Sicilia durante su tránsito a África.

En 534 el joven Atalarico murió consumido por los excesos a la edad de dieciséis años. Sin cobertura legal para mantenerse como regenta del reino Amalasunta recurrió a Teodato, sobrino de Teodorico, y el hombre de mayores posibilidades de acceder al trono después de la muerte de Atalarico. Amalasunta llegó a un acuerdo con Teodato por el que ella seguiría siendo la detentadora del poder real en Rávena. Teodato era un hombre codicioso y con pocos escrúpulos. No dudó en ofrecer los juramentos más solemnes que se le requerían pero tan pronto como lo hizo ordenó detener a Amalasunta y tomó el poder de Italia en sus manos.

Mientras un enviado de Justiniano, Pedro el Ilirio, esperaba instrucciones del emperador sobre lo que habría de hacerse, Amalasunta fue asesinada por un grupo de nobles godos. De inmediato Pedro declaró la guerra al reino ostrogodo.

Al igual que había ocurrido en África, el emperador utilizó las querellas dinásticas para intervenir en favor de una de las partes. Fueron enviados embajadores y una gran cantidad de oro a los francos para que interviniesen en la frontera norte. Estos recibieron el dinero pero se abstuvieron de participar en el inminente conflicto por el momento.

Las hostilidades se iniciaron en Dalmacia, donde un ejército godo atacó la ciudad de Salona, derrotando y matando a Mauricio, el hijo de Mundo, el mismo que se había destacado tanto durante la sedición Niká. Mundo acudió con sus tropas y derrotó a los godos al precio de morir él también. Tras ese primer enfrentamiento el escenario de la guerra se trasladó al sur, a la isla de Sicilia.

Belisario, una vez más, había sido reclamado para comandar el ejército enviado a Occidente. Sus medios esta vez eran más modestos que los empleados en la expedición contra los vándalos:

[Justiniano] después a Belisario por mar con cuatro mil soldados de las tropas regulares y de los federados y unos tres mil más aproximadamente de los isáuricos. Los comandantes eran hombres notables: por un lado Constantino y Besas, que procedían de las tierras de Tracia, y por otro Peranio de Iberia, que queda muy cerca del país de los medos, un hombre que era miembro de nacimiento de la familia real de los iberos, pero que anteriormente se había presentado a los romanos como desertor por su hostilidad hacia los persas. Los comandantes de las tropas de caballería eran Valentín, Magno e Inocencio, mientras que los de la infantería eran Herodiano, Pablo, Demetrio y Ursicino; finalmente el que mandaba a los isáuricos era Enes. Les acompañaban además como aliados doscientos hunos y trescientos moros. No obstante el general con mando supremo sobre todos ellos era Belisario, que tenía con él a numerosos hombres notables como lanceros y escuderos. También iba junto a él Focio, el hijo de su esposa Antonina, fruto de un matrimonio anterior […] El emperador le encargó a Belisario que declarase públicamente que la expedición se dirigía a Cartago, pero tan pronto como se aproximaran a Sicilia habrían de desembarcar allí como obligados por alguna necesidad y llevarían a cabo un ataque sobre la isla.Procopio, Guerra Gótica, V, v, 2-7

Las instrucciones de Justiniano establecían que si la resistencia en la isla era suficientemente enconada Belisario habría de seguir camino a África pretendiendo que esa fuera siempre su misión.

La flota fondeó en Catania. La ciudad se rindió de inmediato como lo hicieron otras a excepción de Panormo [Palermo], que tenía una guarnición goda y murallas en buen estado. Sin fuerzas suficientes para tomarla al asalto el ingenio del general le sirvió bien. Observando que las murallas en el interior del puerto eran de escasa altura se enviaron barcos con botes colgados de los mástiles en los que fueron apostados  arqueros que pudieron disparar al interior de la ciudad sin ser molestados.

Ante esa amenaza a la que no podían responder la guarnición goda se apresuró a entregar la ciudad. Tras ella Sicilia entera pudo considerarse conquistada. El 31 de diciembre de 535 Belisario entró en Siracusa. Al ser ese el último día de su consulado la ocasión fue celebrada con la distribución de monedas de oro al pueblo y las tropas.

Justiniano no descansaba. El eficaz embajador Pedro comenzó las negociaciones con Teodato para conseguir que este, a cambio de una sustanciosa remuneración y amplias donaciones territoriales, reconociese la soberanía del Imperio sobre Italia. Tras llegar a un acuerdo se envió un mensajero a Belisario para pedirle que cruzase a la Península pero la situación en África desvió la atención hacia una necesidad más urgente.

 

Rebelión en África

 

Belisario había abandonado África mientras la rebelión de las tribus moras renovaba el estado de guerra en los territorios recién conquistados. Habían llegado refuerzos desde Oriente al mando de Teodoro el capadocio e Ildiger, yerno de Antonina. Sin embargo los moros resultaron ser unos enemigos de resistencia considerable. En la primavera de 534 dos valiosos oficiales de Belisario, Rufino el portaestandarte y Aigán el huno, perecieron con todos sus hombres en combate mientras intentaban auxiliar a la población civil. Durante la segunda mitad de 534 Salomón acaudilló a las tropas imperiales en duras campañas contra las tribus sublevadas. Hacia final de 535, mientras establecía guarniciones para contener las incursiones de los rebeldes se tuvo noticia de un motín en Cerdeña. Salomón se preparó para viajar a la isla en la primavera pero sus planes se vieron sepultados en el olvido cuando las tropas romanas en África se declararon en rebelión.

Las razones para la sublevación están en el fracaso del gobierno imperial para dar respuesta a las expectativas de las tropas. Vencedoras en una guerra esperaban una compensación en forma de tierras y dinero que no se hicieron realidad. Los lotes de tierra ganados a los vándalos que las tropas esperaban retener les fueron arrebatados. La persecución del culto arriano y la prohibición del sacramento del bautismo se unieron al impago de los sueldos adeudados. La conjunción de todos esos factores hizo estallar la rebelión en el día de Pascua, el 23 de marzo de 536.

Guerra contra los moros

Guerra contra los moros conducida por Juan Troglita

 

Cuando el motín de las tropas se extendió por toda la ciudad los comandantes imperiales consiguieron escapar con dificultad. Salomón se hizo a la mar en compañía de Procopio el historiador y se dirigieron a Siracusa para pedir ayuda a Belisario.

Los rebeldes necesitaban un jefe. Reunidos en la llanura de Bula escogieron a Estotzas, uno de los bucelarios de Martino. En los años que siguieron Estotzas demostró ser un caudillo tenaz e implacable.

El ejército rebelde, que ahora sumaba unos 8.000 hombres, se dirigió a Cartago para adueñarse de ella mientras intentaba convencer al resto de las tropas leales en África a que se uniesen a su causa a la que también habían invitado a los vándalos que habían conseguido escapar a la vigilancia de los romanos y a un numeroso grupo de esclavos. Llegados ante la ciudad, Teodoro de Capadocia, que estaba al mando, se negó a abrir las puertas. Los rebeldes acamparon a las puertas esperando entrar al día siguiente sin saber que esa misma noche Belisario llegó a la ciudad acompañado de 100 hombres. Cuando al día siguiente el ejército rebelde conoció la noticia levantó el campo y se retiró al interior.

Belisario no contemporizó. Con promesas y dinero consiguió reunir 2.000 soldados y partió de inmediato en persecución de los rebeldes. El contacto se produjo en la ciudad de Membresa, a unos 63 kms. de Cartago, a orillas del río Bagradas. A la mañana siguiente los dos ejércitos formaron uno frente al otro. Soplaba un fuerte viento que dificultaba el uso de los arcos a los rebeldes. Estotzas ordenó un giro de noventa grados para remediarlo. La maniobra se efectuó con desorden y Belisario aprovechó la oportunidad para atacar. Los rebeldes escaparon precipitadamente dejando pocos muertos en el campo. Imposibilitado por la falta de hombres Belisario se contentó con permitir a sus hombres que saqueasen el campamento.

De vuelta en Cartago Belisario recibió la noticia de un motín en Sicilia y de la necesidad urgente de su presencia allí. El general dejó al mando a Ildiger y Teodoro y se embarcó. Sería la última vez que el ilustre general pisase suelo africano. La victoria del río Bagradas no supuso el final de la rebelión. Seguirían largos años de combates sobre los que no nos detendremos ya que Belisario no estuvo implicado.

 

El inicio de la Guerra Gótica

 

La derrota y muerte de Mundo y Mauricio en Salona animaron a Teodato para denunciar sus acuerdos con Justiniano. La reacción del emperador fue dar orden a Belisario para que invadiese la Península.

Tras dejar guarniciones en Palermo y Siracusa Belisario pasó a la Península por Reggio. El comandante de la guarnición, Ebrimo, yerno de Teodato, sorprendentemente decidió entregarse sin lucha a Belisario. Su acción fue generosamente recompensada con el título de patricio.

Sin oposición firme Belisario avanzó por la región del Brucio y Lucania hasta llegar a Neápolis [Nápoles] en la Campania, la ciudad más importante al sur de Roma y que estaba defendida por una poderosa guarnición goda. Después de establecer el asedio de la ciudad el general comenzó las negociaciones. De entre los enviados el llamado Estéfano se mostró partidario de aceptar la rendición de la ciudad, pero los otros dos, Pastor y Asclepiódoto se mantuvieron firmes en su lealtad a Teodato. Su insistencia consiguió convencer a sus conciudadanos y Neápolis se negó a entregarse.

La ciudad estaba bien defendida. Belisario ordenó varios ataques sin éxito que le costaron hombres que necesitaba desesperadamente. En su propósito de dificultar el aprovisionamiento de la ciudad ordenó el corte del acueducto que suministraba agua a Neápolis, pero los pozos de la ciudad siguieron abasteciendo a la población.

La estrategia de Belisario estaba basada en un ataque rápido sobre Roma para conquistarla antes de la llegada del invierno. El retraso ante Neápolis suponía un grave problema que le hizo considerar la posibilidad de levantar el sitio. En ese momento crucial un golpe de suerte ayudó inesperadamente. Un isáurico que inspeccionaba el acueducto descubrió un pasaje que permitía la entrada en la ciudad.

Belisario ofreció la rendición por última vez a los neapolitanos. Cuando estos la rechazaron una partida de 600 hombres al mando de Enes y Magno entró en la ciudad y se apoderó de dos torres en la parte norte de la muralla. Tras dar la señal convenida Belisario atacó la ciudad. Se abrieron las puertas y Neápolis sufrió el saqueo que tanto temían sus ciudadanos. Cuando Belisario fue capaz de restablecer el orden de sus tropas ordenó que las mujeres y los niños capturados fuesen devueltos a sus familias pero los vencedores pudieron quedarse con el botín como castigo por la resistencia de la ciudad a rendirse. En venganza por su consejo los neapolitanos mataron al enviado Asclepiódoto por haberles llevado con su consejo a esa ruina.

La caída de Neápolis provocó una conmoción entre los godos. Juzgando incapaz de defender el reino a Teodato, sus principales se reunieron en Terracina y eligieron como rey a Vitigis. Teodato escapó a Rávena pero fue capturado y muerto antes de alcanzarla. Con un rey decidido al mando la nación goda se preparó para la guerra.

 

El asedio de Roma

 

El nuevo rey se enfrentaba a un dilema. Belisario llegaba desde el sur pero no era la única amenaza a la que debía enfrentarse. En el Ilírico el general Constanciano amenazaba con avanzar por el norte de Italia y en el noroeste los francos estaban en la frontera. Ante esa situación Vigitis optó por dejar una fuerte guarnición de 4.000 hombres en Roma al mando de Leuderis, tomó numerosos rehenes entre la clase senatorial y conminó al papa Silverio y a los romanos a permanecer leales. Después se dirigió a Rávena para ocupar una posición estratégicamente bien situada para hacer frente a la triple amenaza. Una vez en la ciudad tomó en matrimonio a Matasunta, la hija de Amalasunta, y ordenó la movilización general de la nación goda. En su búsqueda de aliados entró en negociación con los francos y les cedió las partes de la Galia todavía en poder de los godos a cambio de apoyo militar. Los francos prometieron enviar tropa aliadas pero ellos mismos se abstuvieron para no violar el acuerdo con el emperador. Vitigis pudo así hacer llegar de Galia las tropas que estaban allí de guarnición con su jefe Marciano.

Mientras tanto Belisario preparaba su asalto a Roma. Sin medios de defensa Apulia y Calabria se entregaron sin lucha. Después de dejar una guarnición de 300 hombres de infantería al mando de Herodiano en Neápolis y otra en Cumas, Belisario comenzó a avanzar.

Nuevamente, como había ocurrido en Neápolis, un golpe de fortuna favoreció al general. La población de Roma y el papa Silverio, atemorizados por lo ocurrido en Neápolis, acordaron que era preferible la rendición antes que la ruina de un saqueo. El cuestor Fidelio fue enviado para informar a Belisario. Sólo cuando el ejército imperial se acercó a la ciudad la guarnición goda se enteró de la negociación. Mientras las fuerzas imperiales entraban por la Puerta Asinaria los godos abandonaron Roma por la Puerta Flaminia. Era el 9 de diciembre de 536.

La urbe de Roma

Plano de la ciudad de Roma
 

El comandante de la guarnición decidió permanecer en su puesto, fuese por pundonor o por temor a la reacción de Vitigis. Belisario lo envió a Justiniano junto con las llaves de la ciudad como testimonio de su triunfo.

Pronto se recibió otra señal de la descoordinación de la defensa goda. Pitzas, el comandante al mando en el Samnio occidental se entregó sin lucha a Belisario. Este se dedicó de inmediato a reunir aprovisionamientos y reforzar las defensas de la ciudad en previsión del inevitable ataque de los godos. Mientras se ocupaba personalmente de preparar Roma para el asedio envió a sus hombres para extender el control sobre nuevas plazas:

De esta forma Belisario tomó posesión de todos los territorios que forman un círculo en torno a Roma hasta el río Tíber y los dejó bien asegurados. Una vez que estuvo dispuesto todo de la mejor manera posible, le dio a Constantino un buen número de sus propios escuderos junto con otros lanceros como los maságetas Zárter, Corsomano y Escmano, así como un ejército y le encargó que fuera a Toscana con la finalidad de poner de su lado las plazas fuertes de aquella región. Dio también órdenes a Besas de que se apoderara de Narnia, que era una ciudad muy fuerte de Toscana. Este hombre, llamado Besas, godo de nacimiento y un hombre enérgico y bravo en la guerra, era uno de los que habían vivido en Tracia desde tiempos antiguos y que no habían seguido a Teodorico cuando condujo al pueblo godo de allí a Italia.Procopio, Guerra Gótica, V, xvi, 1-2

Como resultado de estas acciones Espoleto, Perusia y Narnia fueron tomadas asegurando el control de la Vía Flaminia y los pasos que cruzaban los Apeninos al norte de Roma.

Vitigis esperaba acontecimientos en Rávena. Cuando tuvo noticia de la pérdida de Toscana y de que Belisario seguía en Roma se decidió a atacar. Una fuerza al mando de Unilas y Pisas atacó Perusia pero fue derrotada por Constantino a pesar de estar en inferioridad. Al tener noticia del resultado del combate Vigitis condujo el grueso del ejército godo hacia Roma. Conocedor del avance enemigo Belisario ordenó a sus oficiales de avanzada que se replegasen sobre Roma dejando aseguradas las ciudades conquistadas y se preparó para el choque inminente.

El 21 de febrero de 537 la vanguardia ostrogoda llegó hasta el puente Mulvio, a 2,5 kms. de la ciudad. En ese punto Belisario había mandado construir una torre fortificada en la que se apostó Inocencio con un destacamento de caballería. Esa misma mañana el propio Belisario salió de la ciudad al mando de 1.000 hombres escogidos de caballería para entorpecer el avance del enemigo. Cuando se acercaba al puente se vio sorprendido al descubrir en las cercanías a la caballería goda. Unos desertores señalaron a Belisario y un fiero combate se produjo alrededor del general. De creer el épico relato de Procopio Belisario realizó prodigios de valor en la batalla:

Entonces Belisario, aunque había estado antes en una posición segura, ya no conservó por más tiempo el puesto de general, sino que comenzó a luchar en las primeras filas como un soldado más […] Cuantos de entre aquellos tenían pretensiones de demostrar valor, dominados por un enorme deseo de honores, se acercaban todo lo más que podían e intentaban echarle mano y sintiéndose poseídos por una furia incontenible lo golpeaban con sus lanzas y sus espadas. Sin embargo el propio Belisario iba matando a los que continuamente venían a su encuentro a un lado y al otro y él asimismo sacó entonces un extraordinario provecho, en aquel momento de peligro de la lealtad hacia él de sus propios lanceros y escuderos. Pues todos se colocaron alrededor de él e hicieron una demostración de valor tal, creo yo, como no ha sido mostrada por ningún hombre en el mundo hasta el día de hoy […] Sin embargo la buena suerte quiso que Belisario aquel día no resultase herido ni tampoco alcanzado por arma arrojadiza alguna, aun a pesar de que la batalla se desarrolló únicamente en torno a él.Procopio, Guerra Gótica, V, xviii, 4-15

Los godos fueron finalmente derrotados. Tras una corta persecución los romanos se vieron obligados a su vez a retirarse perseguidos por el grueso del ejército godo. Al llegar a la puerta Salaria los romanos se negaron a dejarles entrar por creer muerto a Belisario. Una carga más fue necesaria para ahuyentar a los godos y convencer a los romanos de que estaba vivo. Con esta acción dio comienzo el asedio.

Belisario en el puente Mulvio

Batalla en el Puente Mulvio (ilustración de Igor Dzis)
 

El sitio de Roma

 

Vitigis llegó a las afueras de Roma a comienzos del mes de marzo y estableció siete campamentos para sus tropas. La escasez de efectivos le impidió un bloqueo total de la ciudad. Seis de los campamentos estaban apostados en la zona comprendida entre las puertas Flaminia y Prenestina. El séptimo campamento estaba en el llamado Campo de Nerón, al otro lado del Tíber, para cubrir el espacio entre las puertas Cornelia y Aurelia, con lo que la parte del recinto amurallado en la orilla oeste del Tíber quedaba libre de amenaza.

Vitigis ordenó cortar todos los acueductos que servían agua a la ciudad y comenzó la construcción de máquinas de asedio y el resto de los preparativos. Belisario por su parte apostó a sus comandantes en las puertas. Entre las más amenazadas Besas se ocupó de la Prenestina, Constantino de la Flaminia y él mismo de la Salaria y Pinciana. El resto fueron asignadas a comandantes de infantería y en todas ellas y a lo largo de las murallas fueron colocadas catapultas y pedreros para repeler los futuros asaltos.

Al haber sido cortados los acueductos Belisario tomó medidas para que los godos no los utilizasen del modo en que él lo había hecho para tomar Neápolis. Como hombre de recursos, cuando los molinos de la ciudad se vieron inmovilizados al ser desprovistos del agua que los hacía girar, Belisario hizo colocar ruedas de molino sujetas en botes para aprovechar la corriente del río y así moler el trigo necesario para el abastecimiento de la ciudad.

El primer asedio de Roma (536-538)

Tras completar sus preparativos Vitigis ordenó el asalto al alba del décimo octavo día del sitio. Se acercaron torres a los muros pero el ataque se vio paralizado cuando Belisario ordenó disparar a los bueyes que tiraban de ellas. Tras inmovilizar las máquinas una partida salió de la ciudad para incendiarlas y poner fin al ataque. Simultáneamente frente a la puerta Cornelia donde estaban apostados los hombres de Constantino, los godos se acercaron a cubierto de las edificaciones del lugar. Imposibilitados para usar las catapultas los defensores se vieron apurados hasta el extremo de quebrar las estatuas en el Mausoleo de Adriano y arrojar los fragmentos sobre los atacantes. Otro ataque ante la puerta Pancraciana defendida por Pablo fue rechazado igualmente. En la puerta Flaminia, donde estaban apostados los Reges de Ursicino no hubo actividad.

Asalto al Mausoleo

Constantino defiende el Mausoleo durante el primer asalto (ilustración de Angus Mcbride)

 

El ataque sobre Vivario [cerca de la puerta Labicana] se benefició del mal estado del muro, derrumbado en parte. En este lugar Besas y Peranio encontraron dificultades para repeler a los godos y pidieron ayuda a Belisario. La construcción de un muro adicional y un oportuno ataque de Cipriano sobre el propio Vivario sembraron la confusión entre los godos. Una salida de Belisario decidió el combate. Los atacantes se retiraron al campamento y los imperiales quemaron las máquinas de asedio antes de regresar al abrigo de las murallas. Con este combate finalizó el primer asalto a Roma y lo hacía con una rotunda victoria de Belisario.

Asedio de Roma

Primer asalto ostrogodo a Roma

 

Era un triunfo incontestable, pero la guerra estaba muy lejos de ser ganada. Belisario era consciente de la limitación de sus medios y escribió al emperador para pedir el envío urgente de refuerzos. Los federados al mando de Martino y Valeriano que habían servido con él en África habían regresado a Constantinopla y desde allí zarparon rumbo a Italia. El mal tiempo sin embargo los detuvo en Grecia. Mientras esperaba su llegada Belisario alistó a ciudadanos a cambio de una paga para reforzar los medios de la guarnición.

Tras el fracaso del primer asalto Vitigis decidió que el siguiente ataque fuese sobre Porto, en la zona norte de las bocas del Tíber frente a Ostia, el puerto donde atracaban los barcos cuyas mercancías eran transportadas después en gabarras y embarcaciones menores río arriba hasta Roma. Tres días después del primer asalto, el 13 de marzo de 537, capturó Porto y dejó en ella una guarnición de un millar de hombres.

Esa iniciativa de los godos aumentó las dificultades de abastecimiento que padecía la ciudad, que ahora tenía que depender de Antium (Ancio, a unos 37 kms. de Roma) para el desembarco de los suministros. Para aliviar la carga sobre la ciudad Belisario ordenó que las mujeres y los niños se retirasen por la Vía Apia en dirección a Neápolis.

La presión sobre los ciudadanos aumentaba. En el exterior Vitigis, enfurecido por lo que consideraba traición de los romanos, ordenó la muerte de los rehenes aristocráticos retenidos en Rávena. En el interior se extremaron las precauciones para evitar una traición. El papa Silverio se vio envuelto en una acusación para entregar la ciudad a los godos. Tras su detención Belisario ordenó que el papa fuese enviado a Asia Menor. El 29 de marzo Vigilio fue ordenado nuevo papa, a instancia de Teodora. Posteriormente Silverio fue enviado de nuevo a Italia por orden de Justiniano y confiado a la guardia de Vigilio que lo hizo morir de hambre. Los rumores de que el nuevo papa había prometido 200 libras de oro a Belisario por su apoyo comprometieron el prestigio del general durante esta época.

Alrededor del 5 de abril Martino y Valeriano llegaron con 1.600 federados, hunos, esclavenos y antas, todos arqueros a caballo. Animado con este refuerzo Belisario se decidió a adoptar una actitud más agresiva:

Al día siguiente, pues, le ordenó a uno de sus propios lanceros, de nombre Trajano, un impetuoso y activo guerrero, que tomara doscientos soldados de caballería de entre los escuderos y fuera derecho contra los enemigos y que, tan pronto como llegara a un punto cercano a los campamentos fortificados, subieran a lo alto de una elevada colina, mostrándole el lugar exacto, y permanecieran allí sin moverse. En caso de que los enemigos fueran contra ellos, no debía permitir que se entrara en batalla ni que se echara mano a las espadas o a las lanzas en ningún caso, sino que sólo se emplearan los arcos y en cuanto se diera cuenta de que su aljaba no tenía dentro más flechas, debía escapar a toda velocidad sin sentir ningún reparo y retirarse a las fortificaciones a la carrera.[…] Entonces Trajano salió de la puerta Salaria con los doscientos hombres contra el campamento de los enemigos. Ellos, llenos de asombro por lo sorpresivo de la acción, salieron a la carrera de los campamentos equipándose cada uno como buenamente pudo. Sin embargo los hombres que acompañaban a Trajano subieron al galope hasta la cima de la colina que Belisario les había señalado y rechazaron a los bárbaros con sus disparos. Vino a suceder que sus flechas, como caían en gran cantidad, daban en el blanco con muchísima frecuencia y herían a un hombre o un caballo. Sin embargo, cuando se les hubo agotado la totalidad de los proyectiles se alejaron a caballo hacia la retaguardia a toda velocidad, en tanto que los godos los hostigaban persiguiéndolos. Pero cuando se encontraron cerca de las murallas los encargados de las máquinas empezaron a realizar disparos de flechas y los bárbaros, aterrorizados, abandonaron la persecución. Se dice que perecieron en esta acción un número no inferior a mil godos.Procopio, Guerra Gótica, V, xxvii, 4-11

La maniobra había salido bien. Al cabo de pocos días Belisario ordenó a sus escuderos Mundilas y Diógenes que repitiesen la operación con 300 hombres. Tras gozar del mismo éxito el lancero Oilas la repitió por tercera vez con 300 hombres sin que los godos encontrasen un remedio para superar las tácticas de los imperiales.

ostrogodo contra arquero

Combate entre ostrogodo y arquero
 

La respuesta de Vitigis en los días siguientes muestra su incapacidad para reconocer la superioridad técnica del enemigo, las dotes de mando de los escuderos del séquito de Belisario y el alto nivel de entrenamiento de sus tropas. Para contrarrestar la iniciativa de los bizantinos el rey envió 500 hombres a apostarse frente a las murallas fuera del alcance de las máquinas de tiro. Belisario envió a Besas con 1000 hombres y los godos tuvieron que retirarse apresuradamente con muchas bajas. Un intento similar tres días después permitió a los federados de Martino y Valeriano una fácil victoria sobre unos godos en inferioridad.

 

La batalla de Roma

 

Esa sucesión de escaramuzas provocó un comportamiento mucho más prudente por parte del ejército godo. Incapaz de atraerlo a nuevas emboscadas Belisario se resignó a un enfrentamiento reglado. En consecuencia ordenó a Valentín y sus hombres que se desplegasen en el Campo de Nerón para fijar allí a las tropas de Marciano con instrucciones precisas de no dejarse implicar en ningún enfrentamiento.

Las tropas reclutadas entre los romanos presentaban un problema adicional, por su escaso entrenamiento y la poca confianza que tenía en ellas Belisario. Para limitar los daños ordenó que saliesen por la puerta Pancraciana y formasen en orden cerrado cerca de la orilla izquierda del Tíber. Sólo si Belisario daba la señal debían pasar al ataque, en caso contrario debían permanecer allí inmovilizando con su presencia a las fuerzas godas enfrentadas.

En la orilla este del río Belisario contaba con mucha de su antigua infantería que ahora estaba montada gracias a los caballos ganados en los últimos combates. El resto de la infantería, de nacionalidad isáurica, se apostó junto al foso para apoyar a la caballería en caso de necesidad.

Al igual que ocurriera en Calínico la infantería isáurica mostró su carácter inestable. Los soldados, envalentonados por los recientes triunfos, exigieron un papel mayor en la próxima victoria. Dos lanceros de Belisario, el pisidio Principio y Tarmuto el isáurico, hermano de Enes el jefe de la infantería, se ofrecieron al general para conducir a la infantería. Belisario aceptó la oferta.

Tras dejar un pequeño retén en las  puertas el resto de la infantería se desplegó tras la caballería. Frente a ellos los godos se dispusieron al modo tradicional, con el centro ocupado por los hombres armados más pesadamente y la caballería en los flancos. Por orden del rey el ejército godo se dispuso muy cerca de su propio campamento para alejar en lo posible a los imperiales de la protección de las murallas.

La batalla de Roma comenzó con la habitual descarga de proyectiles. Los godos encajaron el castigo sin romper la formación. Paulatinamente las líneas se fueron acercando y con el paso de las horas la evolución de la batalla pareció favorecer netamente los intereses de los imperiales:

Era del agrado de ellos [los romanos], que al mediodía habían llevado la lucha hasta los campamentos de los adversarios y habían dado muerte ya a muchos de los enemigos, regresar a la ciudad si se les presentaba algún pretexto para hacerlo. En esta acción fueron tres los hombres que se mostraron más bravos que todos los demás, a saber, Atenodoro, un isáurico, un hombre que gozaba de buena fama entre los lanceros de Belisario, Teodorisco y Jorge, lanceros estos de Martino y capadocios de nacimiento, pues ellos salían una y otra vez más allá del frente de la falange y daban muerte a muchos de los bárbaros con sus lanzas. Así  fue ciertamente el desarrollo de los acontecimientos.Procopio, Guerra Gótica, V xxix, 18-21

Pero también en las filas imperiales se producían bajas sensibles y con ellas una reducción de los efectivos presentes. La situación no pasó inadvertida para Vitigis. A su orden la caballería del ala derecha pasó al ataque. La caballería que les hacía frente se replegó sobre la infantería que formaba detrás con la idea de reagruparse y contraatacar. Sin embargo la infantería no permaneció en su sitio y huyó aterrorizada buscando la protección de las murallas. El pánico se extendió irremisiblemente a todo el ejército y toda la fuerza de caballería volvió grupas y escapó perseguida de cerca por los godos.

El desastre que se avecinaba fue paliado por la resistencia heroica de los hombres que formaban alrededor de Principio y Tarmuto. Su sacrificio permitió la salvación del resto que, a cubierto de las murallas, pudo salir del paso mientras los godos se retiraban victoriosos a su campamento.

Mientras tanto en el Campo de Nerón los moros y la caballería de Valentín mantuvieron a raya a los hombres de Marciano. Una vez más la indisciplina de la milicia romana al atacar sin órdenes decidió el resultado del combate. Aunque en un primer momento consiguieron rechazar a los godos hasta más allá de su campamento, la decisión de detenerse para saquearlo fue su perdición. Al descubrir los godos lo que estaba pasando se reagruparon y atacaron de nuevo, derrotando por completo a las tropas de Valentino.

Al final de la batalla el balance para los imperiales era desolador. A causa de la falta de dirección de Belisario y la indisciplina de parte de las tropas esa derrota provocó que durante el resto del sitio no se volviese a intentar un enfrentamiento en batalla formal con los godos.

Escarmentando por el fracaso Belisario volvió a las escaramuzas que tantos éxitos le habían proporcionado. En ellas algunos contingentes de infantería fueron mezclados con la caballería, sin duda para restablecer la moral tras el lamentable papel desempeñado anteriormente.

En primavera el abastecimiento de la ciudad se convirtió en un problema de primer orden. Al hambre se unió la peste para aumentar los sufrimiento de los asediados. Temerosos del contagio los godos se replegaron a sus campamentos para evitar ser contagiados ellos mismos.

El asedio se arrastró lentamente durante el verano de 537. En septiembre u octubre Belisario envió a Procopio a Neápolis para reunir todas las tropas posibles y suministros. El historiador partió de noche por la puerta de San Pablo, acompañado por una pequeña escolta al mando de Mundilas. Ante la noticia de que los godos no patrullaban al sur de la ciudad Belisario comenzó a enviar partidas para hostigar a las partidas de forraje. Gradualmente el ejército de Vitigis pasó de asediar a ser asediado.

Más libre ahora para moverse, Belisario comenzó a recoger suministros en las regiones circundantes y guarnecer algunas posiciones fortificadas. Martino y Trajano fueron enviados a Terracina con 1.000 hombres con la doble misión de escoltar a Antonina a Neápolis y hostigar a los godos en la Campania. Magno y el lancero Sintues con 500 hombres fueron enviados a Tibur, a 140 estadios [25 kms.] de Roma mientras que Valeriano y los hunos establecieron un campamento en la basílica de San Pablo para vigilar a los godos que acampaban cerca de allí.

Procopio reunió los abastecimientos que se le habían demandado, los cargó en barcos y puso rumbo a Ostia acompañado por Antonina. Al tiempo que los suministros llegaban también nuevos refuerzos: 300 hombres de caballería al mando de Zenón que llegaron por la Vía Latina. Poco después 3.000 isáuricos mandados por Pablo y Conón y 800 jinetes tracios al mando de Juan, el sobrino de Vitaliano, aquel que se había sublevado en 513 contra el emperador Anastasio, acompañados de otros mil soldados de caballería mandados por Alejandro y Marcencio, se concentraron en Neápolis antes de dirigirse a Terracina donde se unieron a las tropas de Martino y Trajano.

Esas tropas y suministros eran demasiado preciosos para perderse de modo que Belisario preparó una estratagema para evitar que los godos interviniesen. Después de eliminar en secreto el muro que taponaba la puerta Flaminia Belisario hizo salir a Trajano y Diógenes con 1.000 hombres por la puerta Pincia para atraer la atención de los godos. Mientras estos atacaban Belisario salió por sorpresa por la Flaminia y los derrotó decisivamente.

Tras tantas derrotas y la noticia de la llegada de refuerzos para los imperiales la moral en el bando godo decayó hasta el punto de iniciar conversaciones de paz. Vitigis ofreció por medio de sus enviados la isla de Sicilia a cambio del fin de la guerra. Cuando Belisario contestó que no estaba capacitado para negociar se acordó una tregua de tres meses mientras se enviaba la propuesta a Justiniano. La fecha de estos acontecimientos puede ser situada entre el inicio y la mitad de diciembre de 537.

Durante este tiempo de tregua tuvo lugar el embarazoso incidente entre Belisario y su subordinado Constantino. La causa de la disputa  tuvo su origen en unas dagas que el oficial había confiscado a un romano llamado Presidio. Cuando Belisario le ordenó que las devolviese Constantino se negó a cumplir la orden aprovechando las urgencias de la guerra. Presidio no se resignó a perder lo que era de su propiedad y se atrevió a detener en la calle a Belisario para protestar por el abuso. Enojado, Belisario hizo llamar a Constantino y la situación quedó fuera de control:

Así pues, al día siguiente Belisario convocó a Constantino y a un buen número de comandantes a cierto aposento de palacio y tras repasar lo sucedido el día anterior, le exigió que, aunque ya era muy tarde, devolviera los dos puñales. Él, sin embargo, dijo que no los entregaría, pues le resultaría más grato arrojarlos a las aguas del Tíber que devolvérselos a Presidio. Entonces Belisario, dominado ya por la cólera que sentía, le preguntó a Constantino si no se creía obligado a obedecer sus órdenes. Él entonces contestó que consentía en obedecerle en todas las demás cosa pues estas órdenes representaban la voluntad del emperador, pero que por el contrario precisamente esta orden que le estaba imponiendo en ese momento jamás la cumpliría. Entonces Belisario ordenó a sus lanceros que entraran, al ver lo cual Constantino dijo, “Naturalmente, para ordenarles que me den muerte”. “En modo alguno –le atajó Belisario –sino para que obliguen a tu escudero Majenciolo que fue el que se llevó por la fuerza las dagas para dártelas a ti, a que le devuelva al hombre lo que le arrebató por medios violentos. Sin embargo Constantino, convencido de que iba a morir de un momento a otro, sintió el deseo de llevar a cabo una acción importante antes de sufrir él algún daño. Por este motivo precisamente tiró del puñal que colgaba junto a su muslo derecho y lo lanzó, en un abrir y cerrar de ojos, al vientre de Belisario. Éste, lleno de terror, dio un paso atrás y rodeando con sus brazos a Besas, que se encontraba cerca de él, logró esquivar el golpe. Entonces Constantino, todavía hirviendo de ira, fue en pos del general, pero Ildiger y Valeriano, al ver lo que se estaba produciendo, el uno lo tomó de la mano derecha y el otro de la izquierda y tiraron de él hacia atrás. En ese momento entraron los lanceros que poco antes había llamado Belisario, le arrancaron de las manos a Constantino con gran violencia el puñal y lo apresaron en medio de un gran albototo. Con todo en ese momento no le infligieron ningún daño, seguramente creo yo, por respeto a los oficiales que se encontraron presentes, pero por orden de Belisario se lo llevaron aparte a otra habitación donde al poco rato le dieron muerte. Esta fue la única acción impía llevada a cabo por Belisario y que además no era en modo alguno digna del carácter de este hombre, pues se comportaba con gran benevolencia en su trato con todos los demás. Sin embargo, como ya se ha dicho, alguna desgracia le tenía que ocurrir a Constantino.Procopio, Guerra Gótica, VI, viii, 10-18

En la Historia Secreta Procopio abunda sobre el tema e implica a Antonina como inductora del asesinato como venganza por cuentas pendientes:

A Constantino no mucho después lo mató Belisario persuadido por su esposa […] pues aunque este hombre estuvo a punto de quedar libre, Antonina no cesó hasta que lo castigó por las palabras que yo mencioné hace un momento [Procopio se refiere a las palabras de Constantino “por mi parte yo habría acabado antes con la mujer que con el joven” referidas al asunto entre Teodosio y Antonina] Por esta causa el emperador y todos los notables romanos concibieron un gran odio contra Belisario.Procopio, Historia Secreta, I, 22-20
 

El fin del sitio de Roma

 

Tras la llegada de suministros a Roma Belisario se sintió lo suficientemente confiado para enviar tropas fuera de la ciudad para presionar a los godos. Juan, el sobrino de Vitaliano fue enviado con sus 800 tracios y 400 de los hombres de Valeriano al mando de su sobrino Damián y 800 bucelarios con Suntas y Adegis para establecer un campamento cerca de Alba [Alba Fucentia en el Piceno] con orden de no actuar de forma agresiva a menos que los godos violasen el armisticio. Por la misma época Dacio, el obispo de Milán, se presentó ante Belisario para ofrecerle la ciudad y toda la Liguria a condición de que enviase tropas para defenderlas. Belisario aceptó el ofrecimiento pero pospuso su cumplimiento durante el invierno para no ser acusado de la ruptura de la tregua.

Vitigis no se resignó a retirarse sin probar un último asalto a Roma, pero su tentativa sobre la Puerta Pinciana y en la zona de los muros a lo largo del río fracasó sin ningún resultado. La reacción bizantina ante esos ataques fue dar rienda suelta a Juan en el Piceno para que se adueñase de la región. Juan venció a los godos en una batalla campal y dejando atrás Áuximo y Urbino que estaban fuertemente defendidas, aceptó la invitación de los habitantes de Arímino [Rímini] para ocuparla. Juan sabía que por la proximidad de la ciudad a Rávena los godos tendrían que reaccionar para defender su propia capital. Efectivamente, al conocer la noticia, Vitigis ordenó que su ejército levantara el campo y se dirigió a Rávena. Tras una última y sangrienta derrota sobre el puente Mulvio el sitio de Roma terminó finalmente en marzo de 538, después de prolongarse durante un año y nueve días.

 

La victoria de Belisario

 

Tras la retirada de Vitigis Belisario podía ahora afrontar con más tranquilidad las operaciones en el resto de Italia. En primer lugar envió 1.000 tracios e isáuricos con Enes y Pablo a Milán. Mundilas estaba al mando de toda la fuerza y con ellos viajaba el milanés Fidelio como nuevo prefecto pretoriano. Aunque este murió en una escaramuza el pequeño ejército consiguió entrar en Milán. Desde allí Mundilas envió destacamentos para tomar Bérgamo, Como y Novara y con ello apoderarse de toda la Liguria.

Al conocer la noticia Vitigis ordenó a su sobrino Urayas que asediase la ciudad. En su apoyo el rey franco Teodiberto I (533-548) envió 10.000 hombres tomados entre los burgundios para no traicionar el acuerdo firmado con Justiniano. Mundilas se vio en un grave aprieto. Al deshacerse de muchos de sus hombres para guarnecer el resto de las plazas se encontró tan sólo con 300 hombres a su disposición cuando comenzó el asedio. Para poder guardar las murallas se vio obligado a emplear a ciudadanos, como había hecho Belisario en Roma antes.

Con el ataque sobre Milán organizado Vitigis reordenó sus tropas. Tras dejar tropas en las plazas más importantes se dirigió con el resto del ejército hacia Arímino para eliminar esa amenaza sobre Rávena. Para apoyar a Juan Belisario ordenó que Ildiger y Valeriano se dirigiesen a Arímino con 1.000 hombres. Tras reforzar su tropa con la guarnición de Ancona tenían instrucciones de reemplazar la caballería de Juan con fuerzas de infantería y emplear aquellas en otros escenarios.

Para su sorpresa Juan se negó a dejar Arímino cuando sus colegas se presentaron ante las puertas. Tras discutir con él finalmente Ildiger y Valeriano se retiraron dejando las tropas de infantería originalmente destinadas a servir de guarnición para la ciudad y se llevaron con ellos los bucelarios de Belisario. La falta de entendimiento entre Belisario y Juan habría de ser un grave problema durante el resto de la campaña.

Primera campaña de Italia (536-540)

Primera campaña de Belisario en Italia (536-540)

 

Poco después de su marcha Vitigis se presentó ante Arímino y puso sitio a la ciudad. Juan se defendió con habilidad y eficacia y Vitigis tuvo que resignarse a tomar la ciudad por hambre. El rey godo intentó entonces un ataque sobre Ancona que se vio frustrado por el valor de los bucelarios de Belisario.

Mientras esto ocurría Belisario había partido de Roma para recibir la rendición de Clusio [Chiusi] y Túdera [Todi], cuyas guarniciones fueron enviadas a Sicilia y Neápolis. Era mitad de junio de 538 cuando el general tuvo noticia del desembarco en el Piceno del eunuco Narsés con tropas de refuerzo. El segundo artífice de la conquista de Italia para el Imperio aparece en escena por primera vez en suelo italiano y desde el principio mantuvo una tensa relación con Belisario que habría de afectar sensiblemente a la armonía dentro del alto mando del ejército imperial.

Narsés llegaba con sustanciosos refuerzos. Cinco mil hombres y un buen número de comandantes entre los que se encontraba el magister militum per Ilyricum Justino, Narsés el hermano de Aracio y 2.000 hérulos al mando de Visando, Alovit y Faníteo.

El encuentro de los dos generales tuvo lugar en Firmo. Allí se celebró un consejo para decidir cuál debía ser la dirección de la campaña. Las opiniones estaban divididas entre dos opciones:

  • Atacar Áuximo antes de socorrer a Juan en Arímino.
  • Dejar atrás Áuximo y acudir a Arímino. Eso permitiría ganar tiempo para auxiliar a Juan, pero implicaba un potencial  ataque desde la retaguardia procedente de Áuximo.

La oficialidad se dividió entre las dos posturas, con Belisario apoyando la primera y Narsés la segunda. Este se movía por la amistad personal que tenía con Juan, mientras que Belisario y los que le apoyaban verían con buenos ojos el castigo a Juan por su indisciplina.

La llegada de una carta de Juan exponiendo la extremada situación en la que se encontraba decidió la cuestión. Para organizar el socorro de Arímino Belisario organizó un cuádruple avance desde distintas direcciones. Los godos, atemorizados, levantaron el sitio y huyeron precipitadamente a Rávena.

El fin del sitio no puso término a las diferencias entre Juan y Belisario. Por el contrario la evidente falta de sintonía entre Narsés y Belisario se vio agravada por la polarización de la oficialidad entre uno y otro. A la vista de la situación Belisario convocó un consejo para restituir la armonía en el alto mando imperial. En dicha reunión el general propuso enviar tropas para levantar el asedio de Milán mientras que el resto del ejército sitiaba Áuximo.

Narsés y sus partidarios aceptaron en parte el plan pero el eunuco anunció que iría a la Emilia para controlar la región, lo que permitiría a Belisario manos libres para actuar contra Rávena. A la vista del encastillamiento de las posiciones Belisario se decidió a utilizar la última baza:

Belisario, sin embargo, por temor a que, al dirigirse los romanos contra muchos lugares, ocurriese que la causa del emperador se debilitara y se viera arruinada finalmente por la confusión que resultaría de ello, mostró una carta del emperador Justiniano que este le había escrito a los comandantes del ejército y que contenía el siguiente mensaje: “Nosotros no hemos enviado a Italia a nuestro administrador Narsés con la intención de que se ponga al frente del ejército, pues nuestro deseo es que sea sólo Belisario quien dirija a la totalidad de nuestras fuerzas militares de la forma que a él le parezca más recomendable y lo que procede es que todos vosotros lo sigáis en aras del interés de nuestro estado”. Tal era ciertamente el contenido de la carta del emperador. No obstante, Narsés se aferró a la frase final de la misiva y seguía afirmando que Belisario, en esas circunstancias, tomaba decisiones que iban en contra del interés del estado, razón por la cual ellos no estaban obligados a seguirlo.Procopio, Guerra Gótica, VI, xviii, 27-29

No había acuerdo posible entre ambos. Belisario emprendió el camino de vuelta a Roma. Durante el regreso envió a Peranio a asediar Urbivento [Orvieto] mientras él mismo sitiaba Urbino. Narsés, Juan y sus partidarios siguieron a Belisario pero establecieron su campamento en el otro lado de la ciudad para mostrar su absoluto distanciamiento. Convencidos de que la ciudad no podía ser tomada, Narsés y los suyos regresaron a Arímino a pesar de la petición de Belisario de que colaborasen con él en el asedio.

Una vez solo la fortuna ayudó de nuevo a Belisario. El corte de la fuente que aprovisionaba a la ciudad movió a la guarnición a rendirse en la mitad de diciembre de 538. Tras apoderarse de la plaza Belisario continuó su viaje a Roma. En ruta hicieron una nueva parada ante Urbino para aceptar la rendición de la ciudad. Una vez que estuvo en Roma y antes de prepararse para los cuarteles de invierno Belisario envió tropas al socorro de Milán. Martino y Uliaris fueron los elegidos para la misión.

El pequeño ejército de socorro se detuvo ante el Po sin atreverse a cruzarlo por las crecidas. Cuando Mundilas tuvo noticia de su llegada pidió que se apresurasen porque estaban pasando por grandes dificultades. Indecisos sobre lo que debía hacerse Martino y Uliaris escribieron a Belisario para pedirle que ordenase a Juan y Justino, que se encontraban en la Emilia, que colaborase con ellos. Belisario ordenó a ambos que participasen pero Juan y Justino se negaron alegando que Narsés era su comandante.

Belisario se vio entonces obligado a escribir a Narsés para pedirle que facilitase las cosas. El eunuco accedió y ordenó a Juan que marchase en apoyo de los asediados. El capaz pero indisciplinado Juan se dirigió a la costa para reunir barcos de transporte y cayó enfermo. La expedición de apoyo no continuó adelante.

La situación en Milán estaba llegando a un punto crítico. Urayas el godo ofreció términos a la guarnición pero advirtiendo que la población había traicionado y no estaba incluida en el trato. Mundilas intentó rechazar el acuerdo, pero la guarnición decidió rendirse y fue escoltada fuera de la ciudad en febrero o marzo de 539. La ciudad fue saqueada con gran mortandad entre la población civil. Como resultado el resto de las guarniciones imperiales en la Liguria cayeron también.

 

Caballería bizantina del siglo VI

Caballería bizantina del siglo VI
 

Lo ocurrido en Milán enfureció a Belisario. Enojado con su escudero Uliaris por su falta de iniciativa se negó a volver a hablar con él y por fin escribió al emperador para exponer el parón estratégico en que se encontraba la situación en Italia. La respuesta de Justiniano fue reclamar a Narsés y devolver el mando absoluto a Belisario.

Ahora que volvía a estar al frente de las operaciones Belisario planeó la estrategia para el nuevo año. La primera medida fue tomar Áuximo y Fisula [Fiesole] para despejar el camino a Rávena de guarniciones godas. En consecuencia envió a Cipriano y Justino con sus propias unidades además de una tropa de isáuricos y 500 hombres al mando de Demetrio para comenzar el asedio de Fisula. Por su parte Martino y Juan avanzaron hasta el Po para atacar Dortón [Tortona] mientras Belisario se dirigía a Áuximo.

Atacado desde tantas direcciones Vitigis intentó la vía diplomática para recabar apoyos. Vaces el lombardo rehusó alegando que él mismo era aliado de Justiniano. También Cosroes fue objeto de una delegación, dos sacerdotes ligurios se hicieron pasar por un obispo y su asistente para intentar implicar al rey persa en la guerra.

Belisario estaba en campaña otra vez. Con un ejército de unos 11.000 hombres puso sitio a la casi inexpugnable plaza fuerte de Áuximo en abril o mayo de 539. La ciudad tenía una poderosa guarnición decidida a defenderse y de inmediato comenzaron los combates y emboscadas casi diarios entre sitiados y sitiadores. Convencido de la imposibilidad de tomarla al asalto Belisario se resignó a un asedio por hambre.

Belisario en Italia

Belisario en Italia

 

En ese momento en que imperiales y godos estaban enfrascados en la disputa por Áuximo y Fisula el rey franco Teodiberto decidió que la ocasión era propicia para ganar beneficios territoriales. Un ejército, que Procopio exageradamente eleva a 100.000 hombres, atravesó los Alpes y penetró en la región del Po.

Los godos recibieron con los brazos abiertos a los recién llegados pero se vieron desengañados cuando los francos mostraron sus verdaderas intenciones tras asegurarse el paso del Po en Ticino. Un repentino ataque sobre el campamento de Urayas provocó una desbandada en el ejército godo. Frente a ellos Martino y Juan se encontraron de repente con los francos y se retiraron precipitadamente a la seguridad de la Toscana.

Los francos quedaron dueños del campo. La región en la que se encontraban había conocido la ocupación de godos y romanos y carecía de provisiones para abastecer a los recién llegados. Las enfermedades pronto comenzaron a propagarse por el campamento disminuyendo grandemente la efectividad como fuerza de combate del ejército franco.

Belisario no perdió la ocasión de escribir al rey Teodiberto para advertirle de las consecuencias políticas de su acción. El mal estado de sus tropas y la amenaza de una confrontación directa con el Imperio animaron al rey franco a regresar a su patria. A partir de entonces sería de nuevo una cuestión entre godos y romanos.

De vuelta a la guerra el sitio de Áuximo se prolongó a pesar de los esfuerzos de Belisario por impedir el suministro de agua a la fortaleza. La caída de Fisula permitió a Cipriano y Justino unirse al asedio de Áuximo. La visión de los jefes de la guarnición de Fisula animó a la guarnición a parlamentar. Por fin se llegó a un acuerdo por el que los defensores pudieron conservar la mitad de sus pertenencias y unirse a las fuerzas de Belisario mientras que la otra parte era entregada a las tropas vencedoras como botín de guerra. Era octubre o noviembre de 539 y la caída de Áuximo se produjo tras un asedio de siete meses.

 

La conquista de Rávena

 

Sin respetar el periodo invernal Belisario emprendió de inmediato el camino a Rávena para dar un golpe decisivo. Magno con un fuerte contingente de tropas fue enviado al extremo más alejado de la ciudad y a patrullar en los bancos meridionales del Po para evitar la llegada de suministros a la población. Vitalio tenía la misma misión en el norte.

La captura accidental de un importante cargamento de víveres destinado a la ciudad agravó las condiciones dentro de la misma. Con el empeoramiento de la situación las maniobras políticas en el interior comenzaron a considerar la entrega de Rávena.

Fue el incendio accidental o provocado que destruyó los almacenes de grano de la ciudad el que decidió a los godos a pensar que la causa estaba perdida. Las tropas de Urayas se disolvieron y su jefe se retiró con algunos seguidores a Liguria desentendiéndose de lo que pasaba en Rávena.

En ese momento llegaron a la capital los emisarios de Justiniano con su oferta para acabar con la guerra [dividir la mitad del tesoro real de Vitigis y entregar una de ellas,  al emperador además de los territorios italianos al sur del Po]. Los godos, en el presente estado de cosas, estaban dispuestos a aceptarlo pero Belisario se negó. Los oficiales del alto mando se mostraron contrarios a la decisión de su comandante, pero Belisario se dirigió a ellos para exponer que en las presentes circunstancias había una probabilidad real de acabar con la guerra en Italia. Sus subordinados aceptaron sus razones.

Por su parte en el bando godo había una creciente oposición a Vitigis, del que se temía que sufriese el mismo destino que Gelimer. En secreto se envió un mensaje a Belisario ofreciéndole el título de Emperador en el Oeste. Al conocer su designio Vitigis se mostró de acuerdo con el plan.

La reacción de Belisario fue escuchar la propuesta y después convocar a sus oficiales para informarles. Después de recibir su beneplácito para lo que tenía en mente volvió a recibir a los enviados godos y les concedió todas las garantías que solicitaban salvo la del reinado, sobre la que sólo se comprometió a confirmarla en presencia de Vitigis y el resto de la aristocracia goda. Incapaces de pensar que pudiera rechazar la oferta los enviados regresaron junto al rey para anunciarle que Belisario consentía.

Como paso previo a la ejecución del plan Belisario envió a los comandantes en los que  no confiaba lejos de Rávena para que no pudiesen arruinar la operación. Besas, Juan, Narsés el armenio y Aracio fueron enviados a distintas localidades para asegurar su control y aliviar los problemas de suministros.

Con todo preparado Belisario ordenó que una flota cargada con grano desembarcase en Clases, el puerto de Rávena y con el resto de su ejército hizo su entrada solemne en Rávena. Era un día de mayo de 540.

En lo que podemos considerar el momento culminante de la carrera de Belisario este es el relato que hace Procopio:

Mientras yo me encontraba observando la entrada del ejército romano en Rávena, me vino a la mente la siguiente reflexión: que los sucesos no vienen a cumplirse en modo alguno por la discreción de los hombres o cualquier otra de sus virtudes, sino que es algún poder divino el que precisamente trastoca sus propósitos y los empuja hacia unos derroteros por donde no cabe impedimento alguno para que se cumpla lo que haya de producirse. Aun siendo los godos muy superiores a sus oponentes en número de soldados y en poderío militar y aunque no habían entablado ninguna batalla decisiva desde que entraron en Rávena, ni tampoco habían sido humillados en su orgullo por ningún otro infortunio, estaban siendo convertidos en prisioneros de guerra por unas tropas más débiles y, además, ni siquiera contemplaban la condición de la esclavitud como una deshonra. Sin embargo las mujeres –pues daba la casualidad de que ellas habían oído por boca de sus maridos que los enemigos eran corpulentos y superiores en número a ellos –cuando sentadas a la puerta de sus casas vieron al ejército entero, comenzaron todas a escupir al rostro a sus esposos y, señalando con sus manos a los vencedores, les echaban en cara su cobardía.Procopio, Guerra Gótica, VI, xxix, 32-34

Tras la captura de la capital del reino godo Belisario se ocupó de organizar el nuevo orden. Vitigis fue tratado con honor y los godos que todavía estaban fuera del alcance fueron invitados a regresar a casa con garantías de no ser molestados. El tesoro del reino fue custodiado cuidadosamente para ser enviado a Justiniano.

No todos los godos estaban de acuerdo con lo que se había hecho. Ildibado, el comandante de Verona, fue uno de los que se negaron a trasladarse a Rávena para encontrarse con Belisario. Su negativa era compartida por otros, sobre todo cuando descubrieron que Belisario no pensaba aceptar su oferta.

Los desengañados acudieron entonces a Urayas, que estaba en Ticino y le ofrecieron el trono. Este rechazó la oferta por ser sobrino de Vitigis y sugirió en su lugar a Ildibado, que gozaba de buena reputación y era sobrino del rey Teudis de Hispania, por lo que podía esperar socorro de aquel reino.

Ildibado fue entonces llamado a Ticino para ser nombrado rey aunque al aceptar recomendó a los godos que volviesen a repetir la oferta a Belisario. Tras rechazar este por segunda vez asegurando que siempre sería leal a Justiniano, los enviados godos regresaron a Ticino y proclamaron rey a Ildibado. Poco después, a mediados del verano de 540, Belisario embarcó con dirección a Constantinopla donde le esperaba un nuevo desafío: detener la ofensiva persa en el Este.

El puerto de Clases

Clases, el puerto de Rávena

 

Belisario regresaba cargado de gloria, con el poderoso reino ostrogodo vencido y su rey cautivo en la comitiva. Cinco años de guerra le habían permitido exhibir todas sus habilidades como comandante y también exponer alguna de sus flaquezas, particularmente en las relaciones con sus subordinados. El mayor error que se puede imputar en perspectiva tras la victoria de 540 es la excesiva prisa por concluir la guerra, lo que permitió mantener bolsas de resistencia godas que se activaron tan pronto como faltó una dirección única y firme entre los imperiales. La falta de tacto de Belisario con los aristócratas godos que le ofrecieron el trono y el grave error de no haber puesto las vías para la sumisión pacífica de los núcleos todavía no controlados por los romanos supondrían la renovación de la guerra en la etapa más destructiva y dolorosa de todo el período.

En el terreno personal la relación entre Antonina y Teodosio parece haber continuado durante el tiempo de la guerra gótica. Procopio acusa a Antonina de causar la muerte de la sirvienta Macedonia, que la había acusado de su infidelidad ante el general. La relación de Teodosio con Focio, el hijo de Antonina, parece haber sido también muy tensa, hasta el punto de obligarle a huir por miedo a un ataque por parte de este. Esta turbia relación se mantuvo contra viento y marea hasta que, al ser reclamado Belisario al Este, Antonina y su protegido se embarcaron con él.

El elogio de Belisario

La conquista de Ravena en 540 y el regreso de Belisario a Constantinopla supusieron el ápice de la carrera del general. Para celebrar sus méritos Procopio le dedica un panegírico vibrante en su Historia oficial que merece ser incluido en esta biografía:

“De este modo Belisario, aunque todavía la situación era inestable, regresó a Bizancio y trajo consigo a Vitigis, a los nobles godos y a los hijos de Ildibado, además de todas las riquezas. […] Todos sin embargo se hacían lenguas de Belisario: se había ceñido la corona de dos victorias, como nunca antes coincidió que nadie hubiera conseguido; había traído  a Bizancio dos reyes cautivos y contra todo pronóstico había convertido en botín de los romanos al linaje y los bienes de Gicerico y Teodorico […] y recobró en poco tiempo para el imperio casi la mitad de las posesiones en tierra y mar. A los bizantinos les gustaba ver cómo Belisario iba cada día de su casa al foro y regresaba luego, y nadie se hartaba de contemplar aquel espectáculo; y es que sus paseos se asemejaban a una procesión solemnísima, porque siempre lo iban escoltando un pelotón de vándalos, godos y moros. Era también de físico hermoso y era alto y el mejor parecido de todos. Asimismo se mostraba cordial y afable con quienes se encontrara, hasta el extremo de comportarse como alguien muy humilde y anónimo. El aprecio que hacia su autoridad como general sentían soldados y campesinos fue siempre irresistible. El caso era que con las tropas había sido el más generoso del mundo pues a los que habían salido malparados en el combate a base de dinero los consolaba de las heridas que les habían hecho y a los que se habían distinguido les ofrecía como recompensa brazaletes y collares, y el soldado que hubiera perdido en la batalla el caballo, un arco o cualquier cosa recibía de inmediato otro de Belisario […] Además de todo esto contaba con una inteligencia extraordinariamente despierta y con una insuperable capacidad para tener las mejores ideas en medio de las dificultades […] Así pues todo el tiempo que estuvo al frente del ejército romano en Libia e Italia lo pasó de victoria en victoria y adueñándose sin parar de lo que se le ponía por delante. Y cuando se le mandó volver a Bizancio su valía fue muchísimo más reconocida que antes; pues destacaba por esa valía suya en todos los campos y como por la gran abundancia de riquezas y por la fuerza de sus lanceros y escuderos sobrepasaba a los generales de cualquier época, todos los oficiales y soldados lo miraban, lógicamente, con temor. Lo cierto es que nadie, que yo sepa, se atrevía a oponerse a sus órdenes ni jamás le quitaban importancia al hecho de cumplir todo lo que mandara, porque reverenciaban su valía y sentían miedo de su poder”.

Procopio, Guerra Gótica, III, 1-19

 

Belisario y los persas. Guerra en el Este

 

El rey Cosroes no había permanecido ocioso durante los años de la Paz Eterna. Un ambicioso plan de reformas había reforzado la estructura organizativa y militar del Imperio. Los éxitos de Justiniano en Occidente habían sido seguido con alarma y ahora que las fuerzas del Imperio estaban concentradas en Italia Cosroes se decidió a intervenir. El resultado habría de ser enormemente desastroso para Bizancio.

En la primavera de 540 Cosroes atravesó la frontera por Circesio, tomó Sura y siguió avanzando en dirección a Antioquía exigiendo costosos rescates a las ciudades en ruta para no ser destruidas. Una vez llegado ante la ciudad del Orontes, Cosroes inició las negociaciones para su rescate pero se sintió menoscabado en su dignidad cuando su representante fue insultado desde las murallas. Las tropas persas atacaron y tomaron la ciudad. El fruto de la conquista fue un enorme botín y miles de cautivos llevados a Persia.

Mapa del Este

Provincias del Este

 

Los enviados de Justiniano alcanzaron a Cosroes y negociaron un acuerdo que implicaba nuevos y cuantiosos pagos. En el camino de vuelta Cosroes rompió el trato y exigió grandes sumas de dinero en Apamea, Calcis y Edesa para evitar su destrucción. Los ciudadanos de Constantina reunieron la cantidad demandada por el rey persa para rescatar a los prisioneros de Antioquía.

Al final de la campaña el balance era catastrófico para el Imperio por las cuantiosísimas pérdidas económicas y de prestigio. La paz en Italia significó la liberación de tropas y el desvió de recursos hacia el Este. Uno de los primeros oficiales en llegar fue Martino, destinado a Daras, plaza que era un blanco obvio para un ataque persa. Martino consiguió llegar antes que Cosroes y defendió la plaza con eficacia de modo que el rey persa decidió levantar el sitio y regresar a su territorio.

Al conocer el ataque a Daras y las exacciones de Cosroes en ruta Justiniano ordenó suspender el pago de dinero a Persia. El verano había concluido y se hizo la paz mientras ambos bandos se preparaban para reiniciar las operaciones al año siguiente.

 

La campaña de 541

 

Al final del invierno Belisario se puso en camino hacia el Este, esta vez sin Antonina. El alto mando imperial contaba con una nueva invasión persa en la primavera, sin saber que la atención de Cosroes estaba puesta en Lázica.

Cuando Belisario llegó a Mesopotamia comenzó la tarea de organizar las tropas existentes y enviar espías para recoger información sobre los planes persas. Al recibir noticias sobre la ausencia del rey, Belisario consideró factible una invasión del territorio persa. En el consejo de oficiales reunido para tratar la cuestión Teoctisto y Recitango, duques de Fenicia Libanesa, advirtieron que Fenicia y Siria quedarían expuestas a los ataques de los lájmidas. Belisario replicó que en esa época del año debían atender durante los dos próximos meses a sus deberes religiosos y no saldrían en campaña. Para confortar a sus colegas prometió que retendría a sus tropas sólo durante sesenta días y que después podrían regresar a sus provincias para defenderlas de los árabes.

Una vez llegados a un acuerdo se fijó como objetivo la poderosa ciudad de Nísibis. Las tropas acamparon a una cierta distancia de las murallas. Buena parte de la oficialidad protestó por esa medida pero Belisario les convenció de que era el modo más adecuado para atraer fuera de las murallas a su poderosa guarnición. Todos los comandantes aceptaron su postura salvo Pedro y Juan. En abierta muestra de indisciplina ambos llevaron sus tropas a muy corta distancia de la ciudad.

Al día siguiente,  a la hora del mediodía, mientras las tropas de los dos comandantes se dispersaban para tomar su alimento los persas atacaron por sorpresa. Los hombres de Pedro y Juan fueron derrotados con facilidad y perdieron su estandarte antes de que Belisario pudiera acudir en su auxilio. En el combate que siguió se distinguieron especialmente los godos alistados en el ejército imperial.

Lanceros y escuderos al ataque

Lanceros y escuderos al ataque
 

La derrota de los persas tuvo consecuencias insignificantes. Las tropas del spahbad Nábedes se retiraron con pérdidas insignificantes tras los muros de Nísibe y se encastillaron allí.

Sabedor de que sería imposible tomar la ciudad al asalto Belisario puso sus miras en la vecina fortaleza de Sisauranon, a un día de marcha en el interior. Su guarnición estaba formada por 800 soldados de caballería escogidos al mando de Blescames.

El primer asalto a sus murallas fracasó. Belisario decidió entonces enviar a Aretas el gasánida para saquear las tierras más allá del Tigris reforzado por 1.200 bucelarios al mando de Juan el Glotón y Trajano. Las informaciones de los desertores revelaron que Sisauranon tenía escasez de víveres. Tras negociar con la guarnición Blescames aceptó rendirse. La población estaba formada en buena parte por romanos capturados anteriormente. Ahora fueron libres para establecerse donde quisieran. Por su parte la guarnición fue enviada a Constantinopla y posteriormente serviría con distinción en Italia.

 

 

Mapa de la región en 528

La región en conflicto 

 

La expedición de saqueo al interior de Persia había reunido un rico botín. Aretas no estaba dispuesto a compartirlo y engañó a sus colegas romanos induciéndoles a creer que se acercaba una poderosa fuerza persa. El rey sarraceno se retiró a sus tierras por otro camino mientras Juan y Trajano con su parte del botín regresaron a territorio romano.

Mientras tanto en el campamento se debatió la dirección que debía tomar la campaña. Parte de las tropas habían caído enfermas de fiebre y la falta de noticias sobre la expedición de Aretas y la premura de Teoctisto y Recitango por verse liberados de su servicio impulsó al consejo a decidir que la retirada era la opción más adecuada. El ejército regreso sin contratiempos aunque a Belisario le esperaban problemas domésticos que no podía soslayar.

La relación entre Antonina y Teodosio había pasado por una crisis. En un momento dado el hombre había huido a Éfeso para convertirse en monje, arrepentido por sus pecados pero una vez más Antonina había conseguido hacerle volver.

La infatigable esposa de Belisario había encontrado tiempo para participar en intrigas políticas de primer orden. Si hemos de creer el testimonio de Procopio, la trampa urdida entre ella y Teodora tuvo como resultado la caída del poderoso Juan de Capadocia bajo la acusación de aspirar al trono. Reforzada ante la emperatriz Antonina emprendió viaje al Este para reunirse con su esposo. Sin embargo la recepción que encontró fue muy distinta a la esperada.

Focio, el hijo de Antonina, mantenía su enfrentamiento con Teodosio. Al saber que el amante había vuelto a encontrarse con su madre se lo comunicó a Belisario. Este le ordenó que viajase a Éfeso para matarle. Estas turbulencias personales afectaron el juicio del general durante la campaña de 541 como lo revelan los dos testimonios contrapuestos de Procopio:

Belisario y el ejército romano, como no sabían nada acerca de estas tropas [los sarracenos de Aretas y los hombres de Juan el Glotón y Trajano], estaban alarmados y en un continuo sobresalto por el miedo y las insoportables y excesivas sospechas de peligro. Y después de haber pasado mucho tiempo en aquel asedio, ocurrió que a muchos soldados les entró allí una fiebre de muy mal cariz, pues la zona de Mesopotamia sometida a los persas es extremadamente árida […] Así que todo el ejército tenia prisa por alejarse de allí y regresar cuanto antes a su tierra.Procopio, Guerra Persa, II, xix, 30-33
Alguien comunicó a Belisario, cuando este acababa de tomar la fortaleza de Sisauranon, que ella [Antonina] estaba en camino. Este, sin tener en cuenta ninguna otra consideración, hizo que el ejército se retirase. Habían sucedido en efecto otras cosas en el ejército, como narré anteriormente [el fragmento citado arriba], pero sin duda esta noticia le impulsó a tomar esa decisión todavía más rápidamente. Pero como dije al empezar este libro, en aquel momento me pareció que era peligroso decir todas las causas de los sucesos. Como consecuencia de ello todos los romanos empezaron a acusar a Belisario de poner los más graves asuntos de estado por detrás de asuntos familiares, pues desde el principio, atado por la pasión que sentía hacia su esposa, no quiso de ningún modo alejarse demasiado del territorio de los romanos, para, en cuanto se enterase de que su mujer venía de Bizancio, dándose la vuelta, poder detenerla y castigarla en el acto.Procopio, Historia Secreta, II, 18-22

 A su llegada Antonina se vio encarcelada, aunque Belisario no ordenó matarla por el amor que sentía por ella. Tal es el razonamiento de Procopio en la Historia Secreta, aunque el temor a la venganza de la emperatriz podría haber pesado tanto o más en su decisión.

Teodora había tenido conocimiento de lo ocurrido y ahora convocó a ambos en palacio, al igual que a Focio, que había capturado a Teodosio con todo el dinero que tenía consigo y lo había enviado a Cilicia, donde los bucelarios de Belisario pasaban el invierno.

La voluntad de la emperatriz era férrea. La pareja tenía que reconciliarse. Teodosio fue traído desde Cilicia y sus captores castigados. Probablemente la relación con Antonina habría seguido adelante de no haber Teodosio enfermado de disentería y fallecido poco después. Por su parte Focio escapó de su prisión y huyó a Jerusalén, donde pasó el resto de su vida como monje. Procopio critica en la Historia Secreta con dureza a Belisario por no haber ayudado a Focio durante su encarcelamiento, aunque teniendo en cuenta la animosidad de Teodora probablemente es bien poco lo que podría haber hecho en su favor.

Todos estos sucesos tuvieron lugar durante el invierno de 541-542 y se resolvieron a tiempo para la campaña de 542.

 

La campaña de 542

 

En primavera de ese año Cosroes lanzó la segunda invasión en territorio romano. Siguiendo la misma ruta que dos años antes alcanzó Sergiópolis. La ciudad resistió el asalto y falto de agua el ejército persa tomo el camino de la Eufratense (Comagene) en dirección hacia Jerusalén, sabedor de que la región estaba débilmente defendida y no había recibido ataques en mucho tiempo.

Justiniano envió al Este a Belisario para hacer frente a la invasión. Al conocer su llegada Justo (el sobrino de Justiniano), Buzes y el resto de los comandantes le escribieron para rogarle que se reuniese con ellos en Hierápolis. En lugar de eso Belisario se dirigió a Europos y reunió allí todas las tropas disponibles. El resto de los comandantes se reunieron con él tras dejar atrás a Justo con una pequeña guarnición.

Cosroes pronto tuvo noticia de la presencia de Belisario. El embajador Abandanes fue enviado para entrevistarse con él con el propósito de conocer al hombre y averiguar sus intenciones. Lo que ocurrió a continuación ha sido llamado por algunos la farsa de Europos y Procopio lo relata del siguiente modo:

Al enterarse, Belisario hizo lo siguiente. Escogió seis mil hombres de buena estatura y bellísimo cuerpo y los mandó a cazar bastante lejos del campamento. Luego les dio órdenes concretas a Diógenes, lancero de su guardia, y a Adolio, el hijo de Acacio y armenio de nacimiento, que siempre le había prestado sus servicios al emperador encargándose de mantener el silencio en palacio (silenciarios llaman los romanos a quienes cumplen esta función), pero que entonces era comandante de algunas fuerzas armenias. Pues bien, lo que les ordenó fue que cruzaran el río con un millar de jinetes y se pusieran a recorrer la orilla de aquel lado, dejándoles creer continuamente a los enemigos que en el caso de que quisieran cruzar el Éufrates y tomar el camino de su tierra no iban a permitírselo de ningún modo. Y así lo hicieron. Belisario, cuando se informó de que el embajador ya estaba muy cerca, montó una tienda fabricada de tejido grueso que suelen llamar pabellón y allí se sentó como en un lugar desierto […] y a sus soldados los dispuso de la siguiente manera. A cada lado de la tienda había tracios e ilirios, detrás godos, a continuación hérulos y tras estos había vándalos y moros […] todos daban la impresión de estar ansiosos por ir de caza, despreocupados de cualquier otro asunto. Llegó, pues, Abandanes a presencia de Belisario y le aseguró […] que Cosroes se había visto obligado a venir en armas contra el territorio romano. Belisario, sin sentir ningún miedo porque un número tan grande de bárbaros estuviera allí acampado muy cerca, y sin inquietarse por sus palabras, le respondió con una sonrisa y con el semblante relajado, diciéndole: “la forma en que ha actuado Cosroes no es la acostumbrada entre el resto de los hombres. Pues todos los demás, en caso de que surjan discrepancias con algunos de sus vecinos, primero envían una embajada y de no obtener las oportunas explicaciones, entonces van a la guerra contra ellos. Él, por el contrario, cuando ya está en medio de los romanos, ahora nos ofrece conversaciones de paz”. Y tras estas palabras despidió al embajador.Procopio, Guerra Persa, II, xxi, 3-12

El embajador, claramente impresionado, aconsejó a Cosroes a la vuelta que se retirara porque se había encontrado con un general superior en valentía y sagacidad a todos los demás. La elocuencia de Abandanes convenció a Cosroes para decidirse por la retirada. Belisario siguió de cerca al ejército persa hasta asegurarse de que abandonaba territorio romano. Una vez hecho esto Belisario se dirigió a Edesa y envió un rehén para cumplir las condiciones del acuerdo. Sin la presión de Belisario sobre él Cosroes no se resignó a abandonar tierra romana sin cobrarse alguna pieza y de camino saqueó Calínico antes de terminar la campaña.

Ese fue el fin de la campaña de 542, la última realizada por Belisario en el Este. Por haber conseguido la retirada de los persas sin derramamiento de sangre Procopio la consideró más valiosa que cualquier otra emprendida por el general:

Los romanos se deshacían en elogios de Belisario y consideraban que por esta acción aquel hombre había alcanzado más gloria que cuando trajo cautivos hasta Bizancio a Gelimer y a Vitigis. Y es que, verdaderamente, era algo de suma importancia y merecía las mayores alabanzas el que, cuando todos los romanos estaban llenos de temor y ocultos en sus fortificaciones y Cosroes se encontraba con un enorme ejército en el centro del imperio romano, un general con unos pocos soldados hubiera llegado de pronto a galope tendido desde Bizancio para asentar el campo contra el rey de los persas y que Cosroes, inesperadamente, ya fuera por miedo a la fortuna o al valor de ese hombre o incluso engañado por alguna estratagema, no hubiera seguido avanzando sino que, de hecho, hubiera huido aunque a título de pretender la paz.Procopio, Guerra Persa, II, xxi, 28-29

Tal es el relato embellecido de Procopio para realzar los méritos de su jefe. Sin embargo entre las razones para la apresurada retirada de Cosroes debemos considerar, fundamentalmente, el brote de peste bubónica que a partir de 541 castigó durísimamente el Imperio y del que Procopio nos ha dejado una célebre descripción siguiendo el modelo de Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso.

Sin embargo, a pesar del indudable mérito de la campaña, Procopio nos informa que al final de la misma Belisario tuvo que enfrentarse a acusaciones de cobardía por haber dejado escapar a Cosroes sin librar batalla tras el saqueo de Calínico aunque no parecen haber tenido consecuencias serias en la carrera del general. En el balance de las dos campañas la falta de sentido ofensivo de Belisario parece razonable en las circunstancias del momento. Otra razón determinante fue la repugnancia del general a implicarse en una batalla y arriesgar la vida de sus hombres a menos que hubiese claras ventajas estratégicas y táctica. Fue precisamente esa preocupación constante a lo largo de su carrera lo que le granjeó una duradera popularidad entre sus tropas.

Teatro de operaciones en Persia

La guerra en el Este durante el reinado de Justiniano

 

De vuelta a sus cuarteles la irrupción de la plaga en Constantinopla provocó una conmoción en todos los órdenes de la vida en el Imperio. Tras manifestarse por primera vez en Pelusio de Egipto la enfermedad se propagó  en dirección a Palestina, probablemente teniendo como vector las pulgas de la rata negra a bordo de los mercantes que atravesaban el Mediterráneo. El primer brote en la capital tuvo lugar en la primavera y continuó durante cuatro meses. Las estimaciones sobre la mortandad provocada han sido estimadas en alrededor de 300.000 muertos, sólo en la capital. Pero con ser gravísimas cifras lo que convirtió la enfermedad en un factor decisivo en la carrera de Belisario fue el hecho de que durante el verano el propio Justiniano se vio afectado por la enfermedad.

La noticia de que el emperador estaba enfermo llegó al alto mando en el este algunas semanas después. Por entonces el conocimiento de los efectos causados por la peste hizo parecer inevitable que el emperador sucumbiese. En un consejo de oficiales se tomó la decisión de no apoyar el nombramiento de un sucesor en Constantinopla [esto es, por influencia de Teodora] sin el consentimiento del alto mando en el Este.

Clibanarios sasánidas

Clibanarios sasánidas

 

Esa decisión provocó la ira de Teodora. La emperatriz, cuya fuente de legitimidad era su unión con Justiniano, esperaba tener la primera opción para elegir sucesor en caso de que su esposo muriese. La decisión de los oficiales en el Este fue tomada como un ataque personal hacia ella. Teodora sabía esperar para tomar su venganza. Cuando Justiniano se recobró de la enfermedad la emperatriz buscó culpables.

Los dos primeros fueron Buzes y Belisario. Ambos fueron llamados a Constantinopla. Buzes fue enviado a prisión acusado de traición y permaneció en ella durante más de dos años. Por su parte Belisario, que no había estado presente en aquella reunión, fue acusado en cambio de haberse apropiado dinero en las campañas vándala y gótica. Como resultado fue destituido de su cargo de magister militum per Orientem, que fue entregado a Martino. Todas las riquezas del general fueron confiscadas y se le confinó sin poder comunicarse con sus allegados. Por último su séquito fue desbandado y repartido entre oficiales y eunucos de palacio.

 

Segunda estancia en Italia

 

La situación en Italia desde 540 se había deteriorado en poco tiempo. Los excesos recaudatorios de la administración, la torpeza en la gobernación y la falta de colaboración entre los comandantes  provocaron el resurgimiento de la causa goda. Ildibado, con unos pocos incondicionales se había asentado en Liguria y el Véneto tras la marcha de Belisario. A pesar de su victoria en Treviso sobre Vitalio, Ildibado fue asesinado al poco tiempo por uno de sus guardias. Tras el corto reinado de Erarico los notables godos ofrecieron el trono a Totila, el sobrino de Ildibado.

La inacción del alto mando en Italia enojó a Justiniano, que dio órdenes perentorias a sus oficiales para que suprimiesen la resistencia goda. Un ejército de 12.000 soldados al mando de once comandantes se presentó ante Verona en 542. Tras mostrarse incapaces de tomar la ciudad por falta de colaboración entre ellos, el ejército se dirigió a Faventia [Faenza].

Conocedor de los problemas en el campo romano Totila reunió a sus hombres para ofrecer batalla. Una parte de sus tropas atravesó el Po y atacó por la retaguardia a los romanos. A pesar de ser numéricamente superiores estos perdieron el ánimo y huyeron precipitadamente. Tras una nueva derrota en Mucellis [Mugello] Totila se reveló como el adversario más formidable de los romanos en toda la guerra gótica por sus dotes de mando y capacidad como político.

Al año siguiente Totila continuó su ofensiva capturando Cesena, Petra y dejando atrás Roma, se internó en Italia del Sur tomando ciudades y haciendo retroceder rápidamente el territorio controlado por los imperiales. Los retrasos en las pagas, las medidas de recortes de la administración y la inseguridad general disminuyeron drásticamente el entusiasmo combativo de las tropas. Tras la caída de Neápolis en manos de Totila, Constanciano, en nombre de todos los oficiales de servicio en Italia escribió al emperador para anunciar que no estaban en condiciones de luchar contra los godos. En ese momento crítico Justiniano volvió su mirada hacia el hombre que le había entregado dos reyes cautivos.

 

El regreso de Belisario

 

Después de su caída en desgracia Belisario había llevado la vida de un ciudadano privado. Procopio ofrece este relato poco favorecedor del general durante ese tiempo de zozobra:

Los ojos no podían dar crédito al lamentable espectáculo que circulaba por las calles: Belisario como un simple ciudadano en Bizancio, prácticamente solo, siempre caviloso, con la mirada sombría y temeroso de morir por una conjura. […] En una ocasión vino Belisario a Palacio temprano, como era su costumbre, acompañado por algunos pocos hombres, todos ellos dignos de lástima. Habiendo comprobado que el emperador y la emperatriz no estaban bien dispuestos hacia él y viéndose además vejado allí por hombres miserables y de baja condición partió de vuelta a su casa ya avanzada la tarde, volviéndose con frecuencia al alejarse y mirando en derredor por todos los lados para ver por dónde se acercarían sus asesinos. En este estado de terror subió a su habitación y se sentó a solas en su jergón. No tenía un pensamiento noble ni recordaba siquiera qué hombre había sido, sino que sudaba todo el tiempo, sentía que se le iba la cabeza y estaba paralizado por un gran temor, atormentado por miedos serviles y angustias cobardes, en absoluto dignas de un hombre […] Cuando Belisario leyó esto en voz alta ([a carta en la que Teodora le perdona y levanta las acusaciones contra él por amistad con Antonina] sintiéndose transportado por una inmensa alegría y queriendo al mismo tiempo expresar qué era lo que pensaba en ese momento, se incorporó enseguida y se echó de bruces a los pies de su mujer. Ciñendo con ambas manos las dos piernas de ella no dejaba de lamer los pies de su mujer, mientras la llamaba causa de su vida y de su salvación y proclamaba que desde ese momento sería su esclavo fiel y no ya su marido.Procopio, Historia Secreta, IV, 16-30

Buena parte de su fortuna le fue devuelta tras el perdón salvo 30 centenaria que fueron entregados al emperador. Para asegurar de modo más firme su lealtad su hija Joanina fue comprometida con Anastasio, uno de los nietos de Teodora, aunque Procopio deja entender que uno de los motivos era adquirir el derecho a su fortuna tras su muerte.

Tras su readmisión en el servicio Belisario solicitó ser nombrado magister militum per Orientem de nuevo, pero a instancias de Antonina ese deseo le fue denegado. Justiniano tenía pensado otro destino para él, Italia, donde sus servicios eran más necesitados. En lugar del puesto solicitado Belisario fue nombrado comes sacri stabuli, un puesto menor que evidenciaba que el general no había recobrado totalmente el favor imperial.

Para la nueva campaña Belisario no recuperó las tropas que habían servido bajo su mando. Su antiguo séquito estaba ahora repartido entre muchos oficiales y no parece haber sido capaz de reclutar en números significativos nuevos bucelarios para reconstruir su casa militar. Para rellenar esos huecos se desplazó a Tracia en busca de reclutas dispuestos a luchar a su lado.

Tras reunir 4.000 hombres Belisario se dirigió a Salona meditando cuál debía ser el punto de llegada a la península. Entre tanto envió a Valentino con algunos barcos en socorro de Dryus [Otranto] que estaba a punto de capitular ante los godos. Tras salvar la ciudad Belisario se dirigió a Pola y desde allí cruzó el Adriático para pasar a Rávena.

Ya en la ciudad, aunque fue incapaz de conseguir que se le uniesen suficientes voluntarios entre los locales Belisario no se resignó a permanecer inactivo. Su lancero Turimut y a un pequeño contingente de tropas pasaron a Emilia y hostigaron a los godos alrededor de Bononia [Bolonia]. Tras conseguir éxitos modestos en una guerra de guerrillas contra los godos locales Belisario despachó al mismo Turimut, a Ricilas y a Sabiniano con 1.000 soldados para socorrer Áuximo, donde se mantenía todavía Magno pero la operación resultó un fracaso y los supervivientes debieron replegarse a Arímino.

Todavía deseoso de obtener algún resultado Belisario ordenó a Turimut y Sabiniano que restaurasen Pisauro [Pesaro] y Fano. Ambos cumplieron sus órdenes y defendieron las fortalezas con eficacia de los asaltos de los hombres de Totila, obligando a este a replegarse a su posición cerca de Áuximo.

Con sus fuerzas casi agotadas Belisario envió a Roma a dos de sus lanceros, Artasires y Barbación, para pedir a Besas, que estaba al mando, que permaneciese al abrigo de los muros y no se dejase tentar a una salida. Tras eso, sin más efectivos disponibles, Belisario tuvo que resignarse a esperar acontecimientos.

Totila tenía ahora libertad de movimiento. Su primera acción fue asediar Firmo y Ascoli. Belisario no tenía fuerzas para socorrer esas plazas y se decidió a enviar a Juan, el sobrino de Vitaliano, a Constantinopla como portador de una carta al emperador en la que se solicitaba el envío de un nuevo ejército y el dinero de las pagas atrasadas sin el cual era imposible movilizar a las tropas para luchar, caballos, suministros y la devolución de su séquito además del reclutamiento de tropas entre los hunos y otros mercenarios expertos en la lucha con arco.

La elección del mensajero demostró ser muy desafortunada. Las diferencias entre ambos no parecieron zanjadas con el paso de los años. Juan dedicó sus esfuerzos en la capital a arreglar un matrimonio ventajoso con la hija de Germano, el sobrino del emperador, y no fue capaz de convencer al emperador de la necesidad de refuerzos urgentes en Italia, aunque en la resistencia de Justiniano debemos ver también los efectos de una recurrencia de la peste bubónica y la falta de recursos disponibles ante las necesidades en el Ilírico, Persia y África.

Faltos de ayuda Firmo y Ascoli capitularon. Totila centró entonces su atención en Espoleto y Asís, defendidas por Herodiano y Sisifredo. Ambas ciudades capitularon y entonces Totila probó suerte ante Perusia, donde mandaba Cipriano. Ante su negativa a rendirse Totila probó con el soborno de uno de sus guardias. Cuando este mató a Cipriano la población y las tropas se mantuvieron firmes y Totila renunció a continuar el asedio. Su nuevo destino fue Roma.

 

El segundo asedio de Roma

 

Al igual que había hecho Vitiges también Totila estableció varios campamentos alrededor de la ciudad. Tras derrotar a los hombres de Besas en una salida el rey godo cortó las comunicaciones terrestres y el enlace marítimo con Neápolis, condenando a la ciudad a una severa hambruna.

Belisario era consciente de que no tenía recursos suficientes para levantar el asedio de Roma. Dejando a Justino en Rávena con unos pocos hombres, el general viajó hasta Dirraquio para pedir de nuevo el envío de un ejército de socorro. El emperador tenía algunos hombres disponibles y envió un ejército al mando de Juan, el sobrino de Vitaliano, e Isaac el armenio. Paralelamente el emperador ordenó a Narsés el eunuco que viajase a tierras de los hérulos para reclutar una nueva fuerza mercenaria.

Belisario seguía teniendo el mismo gusto por las escaramuzas como medio para desgastar las fuerzas de su adversario. Ahora envió un contigente modesto de tropas al mando de Valentino y el lancero Focas para unirse a Inocencio en Porto y hostigar a los godos presentes. Con sus 500 hombres Valentino y Focas enviaron un mensaje a Besas solicitándole que hiciese salir sus tropas en el momento en que ellos mismos atacasen. Besas no cumplió y los valerosos lanceros de Belisario tuvieron que replegarse otra vez a Porto.

Por segunda ocasión Valentino y Focas pidieron ayuda a Besas, pero esta vez un desertor avisó de sus planes y Totila emboscó a la fuerza imperial de camino. Valentino, Focas y la mayoría de sus hombres murieron combatiendo.

La situación continuaba empeorando para los imperiales. Tras la caída de Placentia [Piacenza] toda la Emilia estuvo en manos de Totila. Mientras tanto en Roma los padecimientos de la población eran intolerables, agravados por la corrupción del gobierno de Besas y Conón.

Al comienzo de la nueva estación de campaña Belisario envió a Juan el sobrino de Vitaliano al sur para asegurar Calabria mientras que el propio general y el resto de sus tropas navegaron directamente a Roma. Conocedor de la inminente llegada de Belisario Totila preparó barreras en el Tíber y torres para impedirle el paso.

Belisario tuvo que comenzar la marcha sobre Roma otra vez sin Juan, que había negado nuevamente su cooperación prefiriendo retirarse a Apulia. Siempre hombre de recursos, improvisó una plataforma con botes rellenada con materiales inflamables y preparó doscientas lanchas cargadas con suministros destinados a la ciudad. Tras intentar en vano hacer colaborar a Besas, Belisario se embarcó en una de las 200 pequeñas embarcaciones que transportaban víveres y partió acompañado por una tropa de infantería que marchaba por la orilla este del río.

Aguas arriba el ejército de socorro encontró una torre construida por los godos y un puente. La barca con materias inflamables fue puesta en acción y la torre ardió como una pira con sus ocupantes dentro.

Mientras Belisario combatía por abrirse paso en Porto, Isaac el armenio estaba decidido a tener una parte en la operación. Con un centenar de hombres atacó el campamento godo más cercano derrotando a sus ocupantes. La rapacidad de los hombres al saquear el campo de batalla sin preocuparse de la formación animó a los godos a contraatacar. En el combate que siguió muchos de los soldados imperiales perdieron la vida y el propio Isaac resultó capturado.

La noticia de la captura de Isaac provocó enorme angustia en Belisario, al interpretar que ante las órdenes de Isaac de permanecer en Porto, eso sólo podía significar que la ciudad había caído. El general dio orden al ejército de dar media vuelta sólo para comprender a su llegada el error. Mortificado por el fracaso del socorro a Roma, Belisario mostró una inusual reacción emocional y cayó enfermo de fiebres. Cuando dos días después Ruderico, el jefe de los godos, murió por las heridas que Isaac le había infligido, Totila ordenó la ejecución del armenio.

La situación en Roma era lamentable. Besas, el comandante de la guarnición, había descuidado sus deberes y se dedicaba sólo a lucrarse con la venta fraudulenta de suministros mientras los ciudadanos presentes sufrían terriblemente por el hambre. En ese clima de indisciplina unos soldados isáuricos destinados en la puerta Asinaria contactaron con Totila para ofrecerle entrada en la ciudad a cambio de una generosa cantidad de dinero. Totila dudó en varias ocasiones pero por fin, una noche ordenó que su ejército se reuniese ante la puerta. Los traidores estaban esperando para abrir y permitir al ejército godo entrar en la ciudad.

La confusión más completa cayó sobre Roma. Besas y muchos otros consiguieron escapar mientras que otros buscaron refugio en los santuarios. En la hora de la victoria Totila se mostró generoso y las pérdidas humanas se redujeron al mínimo por lo que el rey godo adquirió gran reputación entre la población italiana. Era el 17 de diciembre de 546.

Tras esta victoria Totila envió a sus hombres a la Lucania para forzar los pasos que conducían al sur. Las fuerzas locales, al mando de un magnate llamado Tuliano, fueron capaces de derrotar a los godos con la ayuda de 300 mercenarios antas.

Tras conocer la noticia Totila se decidió a destruir las murallas de Roma y atacar con todo su ejército a Tuliano. Ya había derribado un tercio de los muros cuando recibió una carta de Belisario en la que este le pedía que reconsiderara su decisión:

Como esto es así [razonamiento anterior de Belisario en el que se extiende sobre la grandeza de la ciudad], ten en cuenta que por fuerza ha de ocurrir una de las dos cosas: o que tú seas derrotado por el emperador en esta guerra o, si te sonríe la fortuna, que salgas victorioso. Pues bien, si eres tú el que vence, al haber asolado Roma te encontrarás, ilustre amigo mío, con que habrías arruinado no la posesión de  otro cualquiera, sino la tuya propia; pero si la mantienes a salvo, te enriquecerás, como es lógico, con todo ese bellísimo patrimonio […] pero si la destruyes no te quedará ya ningún pretexto para solicitar benevolencia y no estará en tu mano aprovecharte de tu buena acción […] Pues según sean las acciones de los que mandan, así será por fuerza el renombre que merezcan.Procopio, Guerra Gótica, VII, xxii, 13-16

Después de considerarlo Totila renunció a seguir destruyendo la ciudad. Por sus órdenes Roma quedó por completo desierta mientras una fuerza se apostaba al oeste de la ciudad para vigilar Porto. Él por su parte condujo el resto de las tropas contra Juan el sobrino de Vitaliano y Tuliano.

Mientras Totila estaba ausente en Lucania Belisario recibió la valiosa colaboración de un romano llamado Martiniano que se hizo pasar por desertor para conseguir la entrega de la ciudad de Espoleto. Desde su base de Porto Belisario concibió el proyecto de reconquistar Roma. Dejando atrás unos pocos hombres para guardar la población, Belisario marchó con el resto hasta entrar en la ciudad abandonada. Debió ser un espectáculo singular contemplar la majestuosidad de Roma desierta de ciudadanos.

Totila había destruido todas las puertas de la ciudad. Belisario no tenía ni el tiempo ni los medios para repararlas adecuadamente antes de que el enemigo se presentase. En consecuencia ordenó que se apilasen escombros en los huecos de la muralla y mandó que se construyesen puertas con la mayor celeridad posible. En el plazo de veinticinco días de trabajo frenético las obras de reparación permitieron reestablecer aceptablemente el circuito de las murallas. Mientras esas obras habían tenido lugar muchos de los ciudadanos que habían huido previamente se decidieron a volver atraídos por los abundantes suministros que Belisario había hecho traer río arriba.

La noticia de que Belisario estaba otra vez en Roma llegó pronto a Totila. El rey se dirigió de inmediato a Roma adonde llegó antes de que las nuevas puertas estuviesen colocadas. Sin esperar más, a la mañana siguiente al alba ordenó un ataque sobre las puertas.

Belisario esperaba eso. Dispuso a sus mejores hombres en ellas y colocó al resto en los alrededores para ofrecer su apoyo. La lucha fue feroz y los godos se encontraron obstaculizados por la estrechez del escenario. Los combates duraron todo el día y al atardecer los godos se retiraron sin haber podido forzar la entrada. Esa noche los imperiales sembraron abrojos de hierro alrededor para dificultar el avance del enemigo en el siguiente ataque.

En el segundo día los combates se reanudaron. Siguiendo una vieja táctica Belisario ordenó salidas desde puertas vecinas para sorprender por el flanco al enemigo. Totila, mejor comandante que Vitigis, ordenó la retirada de sus hombres para dejar expuestos a los imperiales en campo abierto. Esa situación fue detectada por Belisario, que envió una segunda fuerza para socorrer a la primera y facilitar su retirada. Al final del día ambos bandos dejaron de combatir exhaustos.

El tercer día Belisario sacó a sus hombres fuera para enfrentarse en campo abierto a los godos. Tras una dura batalla los hombres de Totila fueron derrotados y se vieron obligados a retirarse. El rey godo tuvo entonces que escuchar las acusaciones de sus hombres por su error al no haber destruido definitivamente las defensas de Roma. Sabedor de que era imposible asediar la ciudad con éxito, Totila se retiró a Tibur después de destruir los puentes y pasó allí el invierno. Por su parte Belisario aprovechó la tregua para reconstruir las puertas de la ciudad. Al terminar las obras envió las llaves a Justiniano y se preparó también para pasar el invierno.

El emperador se hizo eco por fin de los llamamientos desde occidente y envió por fin los socorros tan necesitados. Pacurio, el hijo de Peranio, y Sergio, el sobrino de Salomón, se presentaron con unas pocas tropas. Tras ellos fueron llegando poco a poco Vero con 300 hérulos, el armenio Varaces con 800 soldados y Valeriano con su séquito de más de 1.000 bucelarios.

Justiniano escribió a Belisario para informarle de la llegada inminente de refuerzos y le ordenó que se reuniera con ellos en Calabria. Dejando a Conón al mando en Roma, Belisario se embarcó con 700 jinetes y 200 infantes con rumbo a Tarento. Los malos vientos le obligaron a refugiarse en Crotona. El lugar estaba indefenso, de modo que decidió quedarse en la plaza con la infantería y envió a Fazas el ibero y a su lancero Barbación con la caballería para guardar Petra Sanguinis y Lavula, unos pasos de montaña que protegían la región.

En ruta hacia su destino las tropa de Barbación y Fazas se toparon con un destacamento godo. En el combate que siguió los romanos derrotaron a sus enemigos matándole 200 hombres y obligando a huir al resto. Los fugitivos se presentaron ante Totila para informar de la presencia de romanos en las cercanías. El rey ordenó que una fuerza de 3.000 jinetes atacase de inmediato.

La victoria anterior había vuelto negligentes a Fazas y Barbación. Cuando llegó por sorpresa el ataque godo Fazas se defendió con valentía y cayó con muchos de los suyos. Barbación huyó con el resto para anunciar a Belisario lo que había ocurrido. Privado de las mejores tropas de las que disponía Belisario se resignó a embarcarse con rumbo a Messina.

A comienzos del año 548 Justiniano envió 2.000 hombres por mar a Italia y ordenó a Valeriano, que había permanecido en la orilla este del Adriático, que se uniera a Belisario. El punto de encuentro fue fijado en Otranto, donde también había llegado Antonina. Mientras Belisario enviaba a Antonina de vuelta a Constantinopla para mediar ante Teodora para que se enviasen nuevas tropas y suministros (sin saber que la emperatriz fallecería de cáncer el 28 de junio), el díscolo Juan se presentó en Otranto con la misión conjunta de liberar Rusciana [Rossano], que estaba siendo asediada por Totila.

Dos intentos de hacer llegar la flota por mar fracasaron. El alto mando imperial decidió entonces que Belisario partiese a Roma y que Juan y Valeriano se dirigiesen al Piceno con la esperanza que eso obligaría a Totila a levantar el asedio de Rusciana.

El rey se mantuvo impertérrito. Envió 2.000 hombres para perseguir a Juan y continuó el asedio con otros 1.000. Cuando la guarnición pidió negociar sólo exigió que se le entregase a uno de los jefes, Calazar el huno, que había roto la negociación anterior con la esperanza de recibir el socorro de las tropas romanas. Calazar fue ejecutado y el resto tuvo que decidir entre las condiciones habituales de Totila, integrarse con plenos derechos en el ejército godo o irse libres dejando todas sus pertenencias atrás. Sólo ochenta hombres eligieron reunirse con Belisario en Roma.

Al llegar a la capital Belisario recibió una carta de Antonina en la que le anunciaba la muerte de la emperatriz y la orden del emperador de que regresara. Como última disposición antes de partir, Belisario dejó en Roma una guarnición de 3.000 hombres al mando del apto lancero Diógenes y dejó la ciudad de Reggio al cargo de Turimut e Himerio.

De este modo terminó la carrera activa del general en Italia y en el resto de los frentes hasta el drámático epílogo de su carrera.

Las razones de la llamada a Belisario son argumentadas por Procopio de tres modos:

  • La muerte de la emperatriz convenció a Antonina de que le era ya imposible utilizar su posición para conseguir refuerzos y en consecuencia obtuvo de Justiniano la gracia de la reclamación de su marido.
  • Una segunda opinión vertida en la Historia Secreta sostiene que el propio Belisario pidió ser sustituido y abandonar esa guerra sin esperanza.
  • Procopio expone también que Justiniano había pensado en Belisario ante la inminencia de la guerra en el Este con Persia.

Del análisis de todas ellas es razonable pensar que la insistencia de Antonina por la presencia de su esposo en Constantinopla tuviese que ver con que Belisario, tras la desaparición de su protectora, fuese la única fuente de influencia que le quedaba.

También es muy probable que el propio Belisario desease abandonar Italia. Las condiciones de su segunda estancia fueron muy diferentes a la primera y la falta de recursos una dificultad insuperable para poder finalizarla con una victoria. Cuando esta se produjo de la mano de Narsés el eunuco pudo contar con todos los medios que se le negaron a Belisario.

El razonamiento de que Justiniano pensaba en Belisario para el inminente conflicto con Persia es irrelevante, pues Belisario no volvió a ejercer un mando activo hasta once años después y en unas condiciones muy especiales.

El juicio que hace Procopio de Belisario durante esta segunda estancia en Italia es altamente crítico, especialmente en lo personal:

Por ello [el temor de Belisario a un enfrentamiento con Totila] Belisario no pudo recuperar nada de lo que había perdido, sino que además perdió también Roma y se puede decir que todo lo demás. Durante este tiempo se volvió más avaro que nadie con el dinero y con gran perspicacia se procuraba ganancias vergonzosas, pues nada le aportaba el emperador. En efecto, robó sin recato alguno prácticamente a todos los italianos, concretamente a los que vivían en Rávena y en Sicilia y a cualquier otro al que pudiera alcanzar con su autoridad, como si les pasara factura por sus actuaciones previas.Procopio, Historia Secreta, V, 1-4

El prejuicio con que el historiador trata a su antiguo jefe no tiene en cuenta las enormes dificultades logísticas y personales por las que atravesaba el ejército imperial de la época. Un periodo en el que el impacto de la plaga de peste anuló en la práctica cualquier iniciativa militar entre 542 y 546. La revisión de los efectivos enviados como refuerzo para la guerra italiana son el testimonio más claro de la incapacidad del Imperio para disponer de tropas en número suficiente para atender a sus necesidades.

Durante el viaje de vuelta a casa, y con total desconocimiento del general, en Constantinopla se descubrió la conspiración del armenio Artabanes, Arsaces y Caranangas para asesinar a Justiniano. Conocido por su probada fidelidad al emperador, los conspiradores se habían decidido también a asesinar a Belisario para eliminarlo como rival político y más que posible vengador de su señor. La trama fue descubierta al tiempo que Belisario desembarcaba en Constantinopla sin consecuencias graves, ni siquiera para los conspiradores.

Tras su retiro el general recuperó su cargo de magister militum per Orientem, pero tuvo que acostumbrarse a una vida más tranquila:

El emperador reclamó a Belisario en Bizancio, como ya dije en el libro anterior, lo trató con gran honor y ni siquiera a la muerte de Germano pensó en enviarlo a Italia, sino que, como general que era de oriente, lo nombró comandante de la guardia de corps imperial [comes domesticorum] y lo retuvo allí. En dignidad era Belisario el primero de todos los romanos, por mucho que algunos de ellos, antes que él, estuvieran inscritos entre los patricios y se hubieran sentado en la silla consular. Pero, aún así, todos le cedían el primer puesto, avergonzándose a la vista de sus méritos de aprovecharse de la ley y de investirse del derecho que de esta procedía, cosa que agradaba al emperador sobremanera.Procopio, Guerra Gótica, VIII, xxi, 1-3

Por esa misma época el matrimonio entre su hija Joanina y Anastasio, el nieto de Teodora, fue anulado por deseo de Antonina, que pretendía otra alianza para ella tras el fallecimiento de la emperatriz.

La tranquila vida en la capital del general continuó en los años siguientes. Aunque Belisario seguía detentando el alto cargo de general del Oriente no volvió a ejercer ningún mando activo. Desconocemos cuál pudo ser su reacción cuando en 551/552 Narsés recibió los medios para acabar la guerra en Italia que a él se le habían negado. La siguiente tarea de la que tuvo que ocuparse fue de un cariz muy distinto a las que estaba acostumbrado.

Durante el comienzo de la década de 550 la paz religiosa del Imperio estaba agitada por la Controversia de los Tres Capítulos. Ante las continuas disputas entre ortodoxos y monofisitas por la doble o única naturaleza de Cristo, el emperador promulgó un edicto por el que condenaba los escritos de los obispos Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa acusándolos de simpatías nestorianas. La propuesta pretendía unir a ortodoxos y monofisitas contra un adversario común, pero sólo consiguió el efecto de enojar a los monofisitas (que esperaban más concesiones) y a ortodoxos (que en occidente habían aprobado las enseñanzas de los tres obispos y creían que la iniciativa de Justiniano estaba pensada para favorecer a los monofisitas).

El papa Vigilio fue llamado a Constantinopla para dar cuenta de su posición. Temiendo por su seguridad Vigilio buscó refugio en la iglesia de los santos Pedro y Pablo el 14 de agosto de 551. En esa ocasión Belisario, al frente de una delegación de personajes de la corte conocidos por su integridad, (el patricio Cetego, Justino el hijo de Germano, el magister officiorum Pedro y Marcelo, conde de los excubitores) tuvo la misión de visitar al pontífice para convencerlo de que abandonase el santuario y continuase participando en el debate. Es evidente por ello que Belisario continuaba siendo un hombre influyente en la corte por esos años.

A pesar de haber consentido en volver a Palacio Vigilio seguía temiendo por su seguridad y escapó de nuevo en la noche del 23 al 24 de diciembre, esta vez a la iglesia de Santa Eufemia en Calcedonia, la misma en la que se había celebrado el IV Concilio Ecuménico en 451. De nuevo Belisario y sus compañeros fueron enviados el 28 de enero de 552 para hablar con él, pero esta vez no pudieron convencerle. Como contraataque Vigilio escribió una carta al emperador el 5 de febrero exponiendo su propia postura y excomulgando al patriarca de Constantinopla y a otros obispos.

La cuestión siguió pendiente durante la celebración del V Concilio Ecuménico a partir del 5 de mayo de 553. El emperador volvió a enviar a Belisario acompañado de Cetego, del patricio Liberio (aquel al que Jordanes menciona al mando del ejército enviado a Hispania), de Pedro y otros personajes para que depusiera su actitud. Vigilio se obstinó en oponerse a las conclusiones y reclamó a Belisario junto a otros para que trasladasen su carta de protesta al emperador. Aunque estos se negaron a cumplir su deseo es significativa para nuestros propósitos la evidencia de que Belisario seguía siendo alguien en la escena política y que Vigilio no olvidaba la relación de ambos desde los lejanos años de la guerra italiana.

 

El último servicio de Belisario

 

Tras su mediación en la cuestión de los Tres Capítulos no se sabe nada sobre las actividades de Belisario en la capital. Probablemente siguió ejerciendo funciones ceremoniales y actuando como consejero del emperador. Es muy probable que se encontrase todavía en la capital cuando la peste rebrotó en 558. Al año siguiente la invasión de los Balcanes por los hunos cutriguros le daría la oportunidad de brillar una vez más con su último servicio al Imperio.

En marzo de 559 Zabergan el huno atravesó el Danubio helado y penetró en Tracia pillando y saqueando. Tras dividir sus tropas y enviar una parte a Grecia, él mismo al mando de 7.000 hombres se dirigió hacia la capital con la intención de encontrar un paso a Asia Menor para saquear esas ricas tierras intactas. Tras apoderarse de un cuantioso botín y numerosos cautivos los hunos franquearon los Muros Largos y se acercaron a Constantinopla.

El historiador Agatías se queja amargamente en un famoso pasaje de la falta de preparación militar y del declive de las fuerzas armadas que había permitido que una banda de ladrones amenazase las mismas puertas de Constantinopla. Avanzando con lentitud los hunos llegaron hasta Melantias sobre el Athyras, a unos 24 kms. de Constantinopla.

La noticia de la llegada de los bárbaros hunos provocó el pánico en la capital. Sin ningún comandante cerca al que acudir Justiniano se volvió hacia su viejo servidor y Belisario volvió a encontrarse al mando en unas circunstancias desconocidas en su carrera:

Tras un largo tiempo de zozobra para la ciudad y de continuos saqueos por parte de los bárbaros de todo aquello que se encontraba a su paso, el general Belisario, aunque ya vencido por la vejez, fue enviado contra ellos por orden del emperador. Y en efecto el anciano, cuando, después de tanto tiempo volvio a ceñirse la coraza y el casco y a vestirse con todo el equipo que acostumbraba a usar de joven, revivió en su mente el pasado y rejuveneció lleno de ardor. Pues realizar esta campaña, la última de su vida, le iba a proporcionar una gloria no menor a la de sus triunfos contra los vándalos y los godos.Agatías, Historias, V, xv, 7-9

No había tropas disponibles en la capital. Para hacer frente a la crisis Belisario reunió a 300 veteranos de la guerra de Italia, probablemente los últimos de su séquito. Junto a ellos un número de civiles sin preparación militar y campesinos que habían perdido sus granjas durante el avance de los hunos.

Ese ejército improvisado avanzó hasta Queto, cerca de Melantias. Belisario ordenó que campesinos y civiles cavasen una zanja alrededor de su campamento y encendiesen gran número de fuegos para exagerar el tamaño del ejército. La reacción de los hunos al principio fue cautelosa, pero cuando conocieron la debilidad de las fuerzas de Belisario se prepararon para atacar. Zabergan avanzó hacia Queto con 2.000 hombres mientras en el campamento Belisario intentaba infundir algo de serenidad a sus inexpertos reclutas.

Al conocer la aproximación de los hunos Belisario dividió a sus trescientos en tres grupos. Dos de ellos fueron enviados en una cañada en el camino y les ordenó que esperasen a su señal  para atacar a los hunos por el flanco y retaguardia. Él mismo tomó el mando de los 100 restantes en el frente y situó al resto detrás con orden de hacer mucho ruido.

Cuando los hunos descubrieron la pequeña fuerza de Belisario el osado plan del general se puso en marcha:

Tan pronto como los enemigos se acercaron y la mayoría estaba en el radio de acción de la emboscada, Belisario avanzó de frente junto a sus hombres para chocar violentamente con ellos, mientras los campesinos animaban a los combatientes con sus gritos y los golpes de los palos que llevaban para ese fin. Cuando se dio la señal los demás salieron de sus escondrijos y descargaron sus proyectiles oblicuamente cada uno desde su lado. Se produjo un clamor y una confusión mucho mayor que la que correspondía al tamaño de la batalla. Los bárbaros, que recibían dardos por todas partes, se replegaron, tal y como había supuesto Belisario, y al estar tan estrechamente apelotonados no eran capaces de rechazar el ataque, ya que no podían usar sus arcos al no tener espacio para las flechas, ni podían cargar o rodear al enemigo con sus caballos: parecía como si estuviesen completamente acorralados por un gran ejército; cundía el espanto debido a los gritos y al estruendo de los que estaban detrás y la gran polvareda que se levantaba no les permitía averiguar el número exacto de los que estaban luchando. Primero Belisario, tras matar a muchos de los que le hicieron frente y romper las filas enemigas, los obligó a huir; después al echarseles los demás encima los bárbaros volvieron la espalda y se retiraron en desorden, dispersándose en todas direcciones […] Los romanos los siguieron en una ordenada formación y cómodamente daban muerte a los que tenían a mano; hubo una gran masacre entre los bárbaros.Agatías, Historias, V, xix, 6-11

Tras su retirada precipitada a Melantias Zabergan desistió de su propósito. Había perdido unos 400 hombres en el combate. La fuerza enviada al Quersoneso fue derrotada también por Germano, el hijo de Doroteo y los hunos abandonaron el territorio romano tras obtener rescate por sus prisioneros.

La acogida que dedicó Constantinopla al héroe del día encontró división de opiniones:

Belisario, a pesar de haber podido acabar por completo con esos hombres que se iban […] volvió a la ciudad no por su propia voluntad, sino porque así se lo había ordenado el emperador. Cuando todo el pueblo, al saber la noticia, empezó a dedicarle colecciones de canciones e himnos por haber sido tan brillantemente salvados por él, esto molestó sobremanera a muchos poderosos, que estaban dominados por la envidia y los celos […] Por ello acusaron falsamente a este hombre de haber perdido la cabeza y llenarse de ínfulas a causa de su éxito entre la gente y también de tener la vista puesta en otras aspiraciones. Por esto volvió más rápido, para que su gloria no fuera completa: ni siquiera recibió el reconocimiento debido a lo que ya había conseguido, sino que hicieron lo que estaba en su mano para que se perdiera lo referente a su victoria, que quedó borrada, sin recompensa y completamente silenciada.Agatías, Historias, xx, 4-6

La última batalla de Belisario muestra muchas de las habilidades del general largamente demostradas en su carrera como la habilidad táctica para aprovechar las oportunidades, su capacidad para motivar a los combatientes o su deseo de reducir las bajas propias al mínimo.

Los últimos años de vida del general se vieron ensombrecidos por la sospecha de la traición. En noviembre de 562 se descubrió una conspiración contra Justiniano en la que estaban envueltos dos hombres del entorno de Belisario:

En el mes de noviembre de la undécima indicción ciertas personas idearon una conspiración contra el emperador Justiniano para matarle mientras se sentaba en el palacio. Los que habían acordado la trama para la tarde siguiente eran Ablabio, el hijo de Milcíades, Marcelo el cambista y Sergio, el sobrino del curator Eterio […] Sin embargo, gracias a Dios, uno de los que participaban en la trama, Ablabio el hijo de Milcíades, confió el plan a Eusebio, el conde de los federados y a Juan, hijo de Domeciolo […] Sergio, el sobrino de Eterio, buscó refugio en Nuestra Señora de las Blaquernas. Expulsado de su recinto porque había conspirado contra el emperador fue interrogado. En su declaración declaró que Isaac, el cambista de la casa del patricio Belisario, también conocía la conspiración al igual que Vito el cambista y Pablo, el suboptio de Belisario. Ambos fueron arrestados y entregados a Procopio, el prefecto de la ciudad. Constantino el cuestor, Julián el primer secretario y Zenodoro, el asekretis escucharon sus respuestas se unieron a Procopio en la investigación. Denunciaron al patricio Belisario y este incurrió en la ira del emperador.Malalas, Crónica, xviii, 141

Confesando bajo tortura uno de ellos implicó al general. En el silention [consejo] celebrado el 5 de diciembre Belisario fue acusado formalmente y puesto bajo arresto domiciliario con pérdida de su rango y dignidades. Obediente como siempre, Belisario aceptó la situación y esperó el juicio. Tras una investigación se concluyó que el general era inocente de sus acusaciones y fue restituido en todos sus cargos el 19 de julio de 563.

Mientras en Italia su viejo rival Narsés seguía luchando para terminar las revueltas, en marzo de 565 falleció Belisario, aproximadamente a los 60 años. Su mujer Antonina le sobrevivió, aunque se ignora por cuánto tiempo. Según informa Malalas, sus propiedades fueron asignadas a la casa imperial de Marina.

Ocho meses después, en noviembre el emperador Justiniano murió también. Los dos hombres que habían marcado una época para el Imperio se fueron juntos, como juntos habían estado durante todas sus vidas.

 

Belisario después de Belisario

 

La dramática y bien documentada historia de Belisario no fue olvidada tras su muerte. Los extraordinarios éxitos que había gozado en vida y las envidias de que fue objeto sin duda influyeron para ir creando una leyenda alrededor de los hechos históricos hasta acabar transformando la misma realidad en una narración de tintes míticos.

Los escritores contemporáneos como Procopio, Agatías o Malalas se limitan a hablar de envidias y calumnias, sin ir más allá. La deformación de la verdad histórica se encuentra en testimonios posteriores:

  • En el Epítome de 948 en el que se dice que tras obtener grandes triunfos para Justiniano “Belisario fue acusado de conspirar y murió de dolor tras habérsele confiscado toda su hacienda”.
  • En la recensión conocida como Patria se relata lo siguiente: “envidioso del valentísimo Belisario (Justiniano) le sacó los ojos y le ordenó sentarse en el barrio de Lauso y mandó que le diesen una escudilla y que los transeúntes le echasen un óbolo”.
  • Constantino Manasses habla de la envidia como “escorpión de mil aguijones” que obliga al general a languidecer en prisión esperando la muerte, “mientras apuraba hasta las heces el cáliz de la amargura”.
  • Juan Tzetzes (1110-1180) en sus Quilíadas presenta la leyenda del Belisario ciego y mendicante ya totalmente formada aunque también el mismo autor se apresura a decir que otras crónicas hablan de un final honroso para el general.
  • Una de la obras más famosas sobre su persona, el Poema de Belisario, datado en la época paleóloga, nos muestra una mezcla de hechos y fantasías atribuidos al general que desfiguran la realidad histórica conocida. En el Poema Belisario restaura la ciudad de Constantinopla, sufre ceguera por la ingratitud del emperador y acaba sus días pidiendo limosna como un mendigo, invade Inglaterra, quema su flota y tiene un hijo varón, todo lo cual es falso históricamente.

Esa historia del reverso de la fortuna y de la exaltación y caída del gran hombre se extendió a Occidente por obra de Raffaele Maffei de Volterra y pasó a integrarse en el imaginario literario.

La primera manifestación literaria en la que Belisario ocupa un gran papel es la epopeya L’Italia liberata dai Goti, de Giangiorgio Trissino, publicada en 1547-48. Sin embargo el mito de Belisario alcanza mayor fortuna en el teatro, donde el drama del protagonista puede recibir mayor realce. Jakob Bidermann (1578-1639) escribe su drama Belisarius sobre las vicisitudes de la fortuna del héroe y su amargo final. Scipio Francucci Aretino en 1620 escribe una tragedia sobre Belisario que parte del ataque del general al papa Silverio y deriva en una acción dramática sobre el hijo de Belisario que conduce finalmente a la muerte de este.

En España Mira de Amescua, probablemente inspirado por el descubrimiento de la Historia Secreta en 1623, se basa en la vida del general para escribir su El ejemplo mayor de la desdicha, en la que convierte a Belisario en el protagonista de un enredo amoroso de ambiente palaciego muy al gusto de la época.

Poco después, en 1642, el francés Jean Rotrou escribe Bélisaire, una tragedia en cinco actos basada en la de Amescua, aunque en ella hace morir ajusticiado al protagonista por orden del emperador. En 1659 Gauthier de Costes de la Calprenède estrena su obra Bélisaire una tragicomedia llena de cantos y fiestas. En el siglo siguiente Goldoni compone en 1734 su La gloriosa cecità del gran Belisario, un drama popular de discreta calidad.

En el terreno novelístico uno de los más famosos divulgadores de la leyenda de Belisario es Jean François Marmontel y su Bélisaire de 1767, una novela alegórica de carácter político-moral en la que se representa la desgracia de la sabiduría. El héroe ciego imparte enseñanzas sobre el gobierno liberal, la tolerancia religiosa y otras cuestiones muy del gusto de la Ilustración. Stephanie-Felicité Ducrest de Sant-Aubin escribe Bélisaire en 1808 imitando a su compatriota. En su obra se pone el acento en la malignidad de la envidia y la belleza del perdón.

Ya en tiempos más recientes la historia de Belisario siguió atrayendo la atención de los escritores con la necesaria adaptación a las formas y esquemas de la novela moderna. Mario Pratesi con su Belisario de 1876 es uno de ellos y sobre todo Robert Graves y su novela Count Belisarius publicada en 1938 (primera traducción española en 1981), cuyo análisis puedes leer en la entrada sobre las novelas ambientadas en Bizancio.

La poesía no ignoró tampoco el tema. Dante menciona a Belisario en el Canto VI de su Divina Comedia, como lo hace Lope de Vega en El despertar a quien duerme:

Que todas tus memorias – Marios y Belisarios
Césares y Pompeyos – con laureles plebeyos
Aplausos, triunfos y despojos varios
no igualaran mi estado – si me tuviera yo por desdichado,
¡Dichoso el que no puede – caer, por más que la fortuna ruede!

Francisco de Quevedo dedica a Belisario este soneto:
Viéndose sobre el cerco de la luna
triunfar de tanto bárbaro contrario,
¿quién no temiera, ¡oh noble Belisario!
que habías de dar envidia a la Fortuna?
Estas lágrimas tristes, una a una,
bien las debo al valor extraordinario
con que escondiste en alto olvido a Mario,
que mandando nació desde la cuna.
Y agora entre los míseros mendigos,
te tiraniza el tiempo y el sosiego
la memoria de altísimos despojos.
Quisiéronte cegar tus enemigos,
sin advertir que mal puede ser ciego
quien tiene en tanta fama tales ojos.

 

 

Finalizamos esta recopilación con el dramático poema de nostalgia y desengaño escrito por H. W. Longfellow (1807-1882):

Soy pobre y viejo y ciego
El sol me quema, y el viento
Sopla en la puerta  de la ciudad
Y me cubre de polvo
de las ruedas del augusto
Justiniano el Grande
[…]
¡Y por eso, por eso, miradme!
Débil y ciego y viejo,
Con la cabeza cana, descubierta
Bajo el mismo arco
De mi desfile triunfal,
¡De pie mendigo mi pan!
[…]
Pero la desgracia más amarga
Es ver siempre el rostro
Del monje de Éfeso
La voluntad inconquistable
Eso también lo puedo soportar;
¡Todavía
Soy Belisario!

 

También los músicos encontraron en Belisario fuente de inspiración. Philidor en el siglo XVIII se inspiró en la obra de Marmontel para escribir una ópera sobre la figura del general estrenada en 1796. Pierre Garat y León de Saint-Lubin escribieron también una romanza y un melodrama sobre el tema, pero fue el Belisario de Donizetti la obra más conocida en el género lírico. Estrenada en 1836 describe el triunfo, exilio y muerte del héroe en una obra que apela a los sentimientos.

En el terreno de la pintura las muestras son más escasas. David expuso en 1781 en París el lienzo Date obolum Belisario y su discípulo Gérard otro inspirado en el mismo tema en 1800.

Date obolum Belisario

Date obolum Belisario de Jacques-Louis David

 

Hasta aquí la entrada sobre la biografía de Belisario. Espero que haya sido de tu interés. Si quieres hacer un comentario o preguntar alguna duda no dejes de utilizar el espacio reservado en la parte inferior.

Un cordial saludo

Roberto

 

Para saber más...

  • Agatías de Mirina, Historias, Gredos.
  • Cameron, A. (1985) = Procopius and the sixth century, Londres.
  • Chapot, V. (1907) = La frontière de l’Euphrate, Paris.
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  • Jacobsen, C. T. (2009) = The gothic war. Rome’s final conflict in the West, Yardley.
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  • Procopio de Cesarea, Historia de las Guerras, Gredos.
  • —————————-, Historia Secreta, Gredos.
  • —————————-, De los edificios, CEPOAT.
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  • Valero Garrido, J. (1983) = Poema e Historia de Belisario, Barcelona.
  • Whitby, M. (1986) = “Procopius’ description of Dara (Buildings II, 1-3)” en The defence of the roman and byzantine east, pp. 737-783.

 

Enlaces de interés

La España bizantina
Justiniano I, emperador de los romanos
Dieciséis novelas sobre Bizancio
Cuando Roma volvió a ser romana (autoría de Koldo Gondra)

 
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Belisario, la gloria de los romanos
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Roberto

Roberto Zapata es profesor y estudioso de Bizancio. Ha publicado el libro Italia bizantina 867-1071. En la actualidad escribe una trilogía ambientada en el siglo XI.

  • Gustavo dice:

    Hola Roberto,
    Recibí mis más sinceras felicitaciones por esta entrada del blog.
    Belisario es una personalidad fascinante.
    Solamente debo hacerte una pregunta.
    Ya que ilustrás el artículo con un retrato del mosaico de Justiniano en Rávena, ¿ es segura la identificación de este personaje como Belisario? De ser así, ¿en qué se basa dicha identificación?
    Nuevamente mis felicitaciones y espero que sigas informándonos y recreándonos sobre la historia bizantina.
    Abrazo grande.

    Gustavo

    • Roberto dice:

      Hola otra vez, Gustavo
      La identificación de ese mosaico con el celebérrimo general está basada en la probabilidad. Evidentemente si sobre su cabeza apareciese la leyenda Belisarius todo estaría más claro 🙂 A pesar de no contar con ella hay razones fundamentadas para creer que esa imagen es la que todo el mundo considera como su retrato. En la época de encargo del mosaico Belisario era una de las personalidades más elevadas del Imperio y la primera figura política en Italia. Es evidente que sería considerado lógico hacerlo figurar al lado del emperador. Además el Elogio de Belisario de Procopio, contenido en su Historia de las guerras, alude al general como un hombre apuesto en lo físico y masculino en su apariencia, cualidades que encajan a la perfección con el retrato de San Vital.
      En mi modesta opinión no hay duda en que la identificación con el general es segura.
      Muchas gracias por tus amables palabras, llevo bastantes meses sin actualizar contenidos pero es que las obligaciones familiares hacen que mi tiempo libre sea medido. Y la prioridad para ese tiempo es seguir escribiendo mis novelas. En estos momentos la segunda parte de la trilogía de Jorge Maniaces está a punto de ser completada. Tengo muy avanzado el cuarto libro o parte con la que remata, una obra que se extiende también a las mil y pico páginas como ocurrió con Los años de hierro. Además en este tiempo he comenzado la redacción de otra trilogía situada en otro momento cronológico y relacionada con España. La primera parte también está acabada y los planes para la segunda novela sobre el papel. Ya ves que no pierdo el tiempo aunque las cosas por aquí estén tranquilas de más…

      Un saludo muy cordial y gracias por tu participación.

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